Light Wielder (Fuego y metal 2) Capítulo 5. Acker
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Capítulo 5. Acker

Acker

El mensajero desliza el pergamino enrollado en mi mano, asiento y lo despido tan rápido como ha aparecido.

Echo un vistazo al salón comedor en dirección a mi padre.

Está profundamente concentrado en una conversación con Paul en la sala abarrotada.

Parece que el señor de alta cuna ha logrado engañar a mi padre para que se tome una copa esta noche, a pesar de su paranoia ante la posibilidad de que lo vuelvan a envenenar.

Por el rubor de sus mejillas, se puede asumir con seguridad que ambos están sintiendo los efectos del vino.

—Pobre desgraciado —comenta Hallis tras su propio cáliz, antes de beber un sorbo.

Sigo su mirada y la fijo en el catador real de mi padre, que se balancea en la esquina. El pobre chico no es rival para la potencia del vino del palacio. Al menos, no para la cantidad que Paul suele consumir.

Le doy la espalda al salón, con una mano apoyada en la repisa de la chimenea, para que nadie note el disgusto que lucho por ocultar.

Hace menos de una hora que abandonamos la sala de guerra, tras escuchar un informe devastador de bajas en la frontera.

Hemos perdido diez mil hombres más y las fuerzas enemigas han empezado a ocupar un importante pueblo minero.

Estamos quedándonos sin carbón y un tercio de nuestras reservas de grano se ha echado a perder por no haberse almacenado correctamente en la bodega.

Y aquí está el consejo, comiendo y bebiendo a su antojo, sin preocuparse por las noticias del día.

También estaban extrañamente tranquilos en la reunión.

Como si el simple hecho de estar en presencia de mi padre calmara sus mentes consentidas.

Él ha estado inusualmente disponible estas últimas semanas y eso ha servido para tranquilizar los ánimos de todos los miembros del consejo.

Bueno, todos salvo Tyreek, Johannes y Daz.

Se sientan solos al final de la mesa, sin una miga de comida ni una gota de bebida frente a ellos.

A juzgar por sus expresiones, están tan incómodos como yo con la atmósfera alegre y la embriaguez de los demás miembros del consejo.

No son de noble cuna. Uno podría vivir dentro de estos muros y permanecer completamente ajeno a las tragedias que le ocurren a nuestra propia gente.

Pero estos tres..., ellos sí saben el precio.

Hallis inclina su cuerpo más cerca y crea una barrera contra miradas curiosas mientras me enderezo desde la repisa y despego el sello de cera roja del pergamino.

Mis ojos recorren las palabras antes de arrugarlo en el puño.

Hallis permanece en silencio, esperando que revele el mensaje.

Tardo un momento en recomponerme.

—Los maile han hundido un tercio de la flota de Strou en el golfo, en una emboscada.

Hallis se mueve ligeramente para revisar los alrededores en busca de posibles oídos indiscretos, antes de preguntar:

—¿Cómo?

Lucho por no apartar la vista de sus ojos mientras recito el mensaje palabra por palabra, la última, pronunciada como una maldición.

—Eyun.

La criatura mística lleva milenios extinta, pero hay un cambiante que sé que puede transformarse en la mortal ave devoradora de hombres. La mascota de Jovie: Messer.

Poco a poco, la comprensión se refleja en el rostro de Hallis y asiento, con la sangre helada a pesar del fuego que crepita a pocos metros.

—Joder —musita, con las manos en la cadera—. Tu padre va a estar insufrible cuando se entere.

Aunque la ira inicial de mi padre tras la traición de Jovie ha disminuido, los insultos que me lanzó todavía arden: «idiota enamorado, muchacho estúpido, necio».

Con el tiempo, me ha pedido disculpas por haber sido tan duro en las semanas posteriores a aquel día.

Incluso ha llegado a expresar su comprensión.

Una noche, tras tomar un licor en su salita, me puso una mano en el hombro y me dijo:

—¿Por qué crees que mantengo a Greta en la biblioteca? Mi vínculo me ha puesto a prueba una o dos veces, también.

Pero con su actual estado de embriaguez, lo último que quiero esta noche es poner a prueba la paciencia de mi padre.

Lanzo el pergamino a la chimenea.

Hallis y yo intercambiamos una mirada antes de separarnos en direcciones distintas.

Paso junto a los guardias con casco, manteniéndome junto a la pared de vitrinas para evitar una atención no deseada.

Estoy a pocos pasos de la salida del salón cuando escucho, detrás de mí, el tono reprensor de la voz de mi padre.

—Hijo. —La palabra se pronuncia como un término cariñoso, pero no hay forma de negar la autoridad subyacente.

Me detengo y me vuelvo para quedarme frente a él.

—Padre.

—¿A dónde vas tan deprisa? —Se aleja del gentío, con los ojos repentinamente agudos a pesar de su estado de embriaguez.

—Me siento un poco indispuesto. —Me llevo una mano al abdomen—. Voy a acostarme temprano.

Su mandíbula se mueve mientras considera mis palabras. Organiza estas cenas como muestra de confianza para la corte de nobles y el consejo. Nada es más importante que mantener la apariencia de control frente a nuestro pueblo.

«La gente nos observa para calibrar el estado de nuestro territorio. Nunca dejes traslucir tus verdaderas inquietudes».

Me pone una mano en el hombro.

—Un príncipe nunca debería dejar a su esposa sola con dignatarios en la corte.

El crujido de mis dientes me resuena en los oídos.

—Por supuesto.

Me vuelvo hacia la tarima y mis ojos se clavan en Irina.

No ha abandonado su lugar desde que le aparté la silla al inicio de la cena.

Perfecta, pulida, he llegado a preguntarme si su apariencia se debe a la dedicación y el cuidado, o si es una ilusión.

Sin su collar, cualquiera de las dos opciones es posible.

El resentimiento hace que el collar que me rodea a mí me parezca aún más asfixiante.

Me acerco a ella. Juguetea con un trozo de queso entre los dedos antes de llevárselo a la boca. Sus ojos se encuentran con los míos mientras subo a la tarima y, al darse cuenta de que estoy allí por ella, se endereza en su asiento, siempre la imagen de una atenta sumisión.

Ambos sabemos la verdad.

—Esposo —me saluda.

Tomo nota de la cercanía de algunos dignatarios, chismosos ávidos de algún detalle para difundir entre las masas hambrientas. Nunca han llegado a aceptarla del todo y, en parte, soy responsable de su aislamiento.

—Esposa —respondo, arrastrando las palabras, con una media sonrisa para su deleite visual—. Espero que no os importe que nos retiremos temprano esta noche.

—¿Oh?

—Sí —digo, implorando que no se muestre difícil. Coloco una mano en el respaldo de su silla y me inclino sobre su hombro para hablarle mientras le muestro la otra mano vuelta hacia arriba—. Ahora mismo.

Le lleva un instante demasiado largo ceder, pero finalmente desliza su mano en mi palma.

—Como deseéis, alteza.

Sé que mi padre quiere exhibir a mi esposa en la gran entrada del salón para mantener la ilusión de una alianza fuerte con los strou, pero la conduzco por la salida trasera.

No protesta mientras descendemos por la estrecha escalera hacia la cocina.

El ruido de ollas y conversaciones se detiene cuando emergemos de la penumbra.

Inclino la cabeza para disculparme y la insto a avanzar con una mano en su espalda.

Se sobresalta al contacto apenas estamos a solas.

—No hace falta que me empujes.

Me alegra que su máscara no se haya roto con testigos delante, aunque sabe, al igual que yo, que los sirvientes tienen la costumbre de espiar por las esquinas.

Se ha vuelto más hostil en el último año y lo que menos necesito esta noche es que se corra la voz sobre otro enfrentamiento entre el príncipe y su esposa.

Parece recobrar la cordura y se suaviza un poco.

—Estar todo el día en la corte me ha puesto nerviosa —murmura mientras esboza, incluso, una leve sonrisa.

Su cambio de actitud es alarmante, casi como si quisiera compadecerse de mí.

No recuerdo la última vez que la vi sonreír de verdad, y mucho menos conmigo.

Pero cuanto más la observo, más me recuerda a la chica que cortejé en Strou.

Es como si hubiera pasado una vida desde entonces.

Cuando quería que este matrimonio funcionara; no solo por nuestros territorios, sino por nosotros. Por ella.

Irina siempre ha sido débil. Demasiado débil para la nobleza.

Sus padres la protegieron demasiado, haciéndole un flaco favor.

Visité su territorio tantas veces como pude para cortejarla, para construir una relación entre ambos.

En ese entonces, esperaba con ansia esas visitas.

Me permitía tomarme un descanso del ejército sin tener que regresar a la capital.

Eran semanas en las que nadie venía a pedirme respuestas, en las que no tenía los ojos vigilantes de mi padre clavados en la nuca.

Pero la chica con la que daba largos paseos, con la que compartía miradas furtivas frente a sus padres, ya no existe.

La chica que se iluminaba con los gestos más simples, como recibir bombones o un beso en la parte más suave de su mano, desapareció el día que declaré mi intención de casarme con Jovie en vez de casarme con ella.

Lo hice frente a toda la congregación durante la cena de celebración del regreso de Jovie y, desde entonces, Irina nunca ha vuelto a ser la misma.

Todo el afecto que sentía por mí murió, al igual que la amabilidad de su corazón.

Un destello de culpa surge en mi mente, pero, tan rápido como aparece, se va, y continúo hacia mi dormitorio.

Su resoplido de molestia resuena contra las paredes.

—¿Volvemos al silencio castigador?

No caigo en la provocación.

—Eres un verdadero desgraciado, ¿lo sabías?

Como mi padre, ella también necesita encontrar nuevo material.

—... dormir de nuevo en su habitación y fingir que no existo...

Ya estamos.

—... sirves para nada, imbécil arrogante...

Discutible.

—... padre que lo has estado siguiendo.

La puerta del dormitorio ya está a la vista cuando sus últimas palabras me alcanzan. Me detengo y me vuelvo despacio.

—¿Cómo has dicho?

Su pecho se eleva con cada respiración.

—He dicho —escupe mientras avanza hacia mí a zancadas— que le diré a tu padre que ordenas que lo sigan cada vez que sale del palacio.

Antes de que ella pueda parpadear, tengo la mano cerrada alrededor de su garganta, su espalda clavada contra la pared.

Con las pupilas dilatadas y las uñas arañándome inútilmente la muñeca, su altanería se evapora.

La verdadera Irina está asustada. Y desesperada, caigo en la cuenta mientras lucha por contener las lágrimas.

—¿Qué estás haciendo, Irina?

—Quiero irme —dispara—. Salir de este matrimonio y de este palacio lleno de imbéciles santurrones sometidos al yugo de tu padre, por todos los dioses...

Le tapo la boca con la mano.

—¿Estás intentando que te maten? —siseo.

Pero sigue gritando palabras ahogadas contra mi mano y me veo obligado a levantarla, rodearle la cintura con el brazo y cargar con ella los últimos pasos hasta nuestro dormitorio. Se revuelve todo el camino y, cuando cierro la puerta de una patada, la suelto con un gruñido de frustración.

—Deberías tener más cuidado al usar el nombre de los dioses en vano, porque puede que acaben de librarte de una ejecución.

Su rostro se contrae; la ira da paso a la desesperación.

—Por favor —suplica—. Déjame volver a casa.

—¿Dónde está Wesley?

Al mencionar a su amante, la humedad que le llenaba los ojos por fin se desborda.

—No lo quiero. —Me agarra la camisa con ambas manos y las piedras mangi se le enredan en los puños mientras habla atropelladamente—. Les diré a mis padres que anulen el matrimonio si no me dejas marchar.

—¿Con qué pretexto?

—Que mi marido se niega a engendrar un heredero.

No puedo evitar que se me escape una carcajada.

—¿Crees que me importa lo que piensen esos estúpidos beatos? —La agarro por las muñecas y aprieto hasta obligarla a soltarme—. Valen tan poco como tu dote.

Mis palabras no hacen sino avivar su desesperación frenética.

—Yo..., yo no te culpo por estar vinculado, Acker. Lo único que quiero es volver a casa. Por favor, déjame volver a casa.

La voz se le quiebra en la última palabra y cierro los ojos. Todo este arreglo es una farsa y lo último que me apetece es consolar a la mujer que me ha complicado la vida aún más durante estos últimos años.

Pero aun así la estrecho entre mis brazos.

Sus lágrimas me empapan la camisa y hago una mueca.

—Vamos a la cama —le digo mientras le acaricio el pelo—. Te encontrarás mejor después de dormir.

Tarda un momento, pero al final cede y asiente contra mi pecho. La guío hasta la cama, perfectamente hecha. La habitación que antes era solo mía, antes de que mi padre me obligara a compartirla con mi esposa.

Algunas batallas se ganan rindiéndose.

Y parece que Irina ha entendido ese concepto, al menos por esta noche, cuando se despoja en silencio de sus galas y se desliza bajo las sábanas en ropa interior.

Las lágrimas siguen rodándole por la cara y, cuando los churretones negros le cubren las mejillas húmedas, caigo en la cuenta de que quizá no sea su poder de influencia lo que afecta a su belleza, después de todo.

Me observa cauta, con los ojos entornados, mientras los sollozos van apagándose.

—La única forma de contradecir la orden de mi padre de casarme contigo era repudiarte públicamente en favor de Jovinnia —le digo.

Es una disculpa..., en cierto modo.

Fue una decisión tomada desde la desesperación, como la mayoría de las que tomé cuando se trataba de Jovie, por vergonzoso que me resulte admitirlo.

Inclinado sobre ella, le limpio con los pulgares los surcos del maquillaje.

—Pero no vuelvas a amenazarme.

Las lágrimas le siguen resbalando por las sienes cuando se da la vuelta para apartarse de mí.

—Puedes ser muy cruel —susurra.

Lo sé.

Y no encuentro en mí nada que se parezca a la culpa.