Light Wielder (Fuego y metal 2) Capítulo 4. Jo
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Capítulo 4. Jo

Jo

Dentro de mi puesto, me desabrocho la armadura del torso y relajo los hombros aliviada.

La dejo caer junto a la puerta para que los asistentes se la lleven a limpiar por la mañana, y luego me quito las piezas de cuero empapadas de barro y sangre y las arrojo encima del metal.

Al instante se me eriza la piel desnuda.

Una larga cadena de piedras mangi me rodea el cuerpo; una única tira se une al aro que llevo al cuello, cae entre mis pechos y vuelve a dividirse en dos bajo el esternón.

Se apoya justo sobre la cicatriz que me dejó una flecha, en el lugar donde reside mi magia, antes de reunirse en la columna.

El grillete requirió algo de ensayo y error hasta perfeccionarse, pero tiene la holgura suficiente para poder combatir con él sin dejar de amortiguar mi magia ni el vínculo al que está conectado.

Normalmente oculto bajo la ropa, el complejo entramado de piedras pesa poco más que una manzana en la palma de la mano, pero de algún modo resulta más pesado que la placa de hierro que me ato al pecho cada día.

La vergüenza de llevarlo nunca se atenúa, sabiendo que mi pueblo considera esos collares un símbolo de opresión.

¿Cómo se supone que debo liderar con fuerza y dignidad cuando el vínculo pende sobre mi cabeza?

Necesito las piedras para impedir que el vínculo me arrastre a la presencia de Acker, o a él a la mía. Para proteger mi mente. Y mi corazón.

Agradezco la pequeña cantidad de agua limpia del lavabo y hago lo que puedo por asearme antes de volver a ponerme la ropa de faena. La litera del rincón me llama como las sirenas de las leyendas. Necesito dormir con desesperación, pero sé los horrores que me esperan si cedo.

Llevo mucho tiempo huyendo de mis pesadillas.

Desde Kenta. Sueños en los que Kai le corta el cuello a Acker y tengo que ver cómo la vida se le escurre de los ojos oscuros y llenos de odio.

Sueños en los que Acker intenta matarme y me despierto jadeando, arañando unas manos imaginarias alrededor de mi garganta.

Los peores, sin embargo, son los sueños buenos.

Como los recuerdos desenterrados de mi infancia robada, o de mi tiempo en Alaha con Kai y Messer. Cuando me obligan a revivir el tiempo que pasé con Acker. En el barco, en tierra..., en una cama blanda con sábanas limpias.

Buenos o malos, no quiero ninguno.

El frío me cala hasta los huesos y me envuelvo en un abrigo antes de dejarme caer en la silla del escritorio. Saco una cerilla de la caja que hay sobre la mesa, la rasco contra la madera y enciendo la lámpara de aceite, cuya luz baña el mapa de guerra extendido ante mí con un resplandor anaranjado.

Dirijo la atención al montón de pergaminos y a la carta que dejé a medio escribir, pero la idea de hilvanar frases completas se me hace demasiado cuesta arriba ahora mismo. En su lugar, cojo el libro que hay encima de la pila de textos y lo abro por la página donde lo dejé: «la reina Asa».

La última portadora de luz conocida no es un tema en el que me apetezca profundizar esta noche.

Pensé que, si aprendía todo lo posible de la anterior reina de Maile, podría, no sé, aprender de sus errores, pero cada vez que leo los relatos de su impetuoso reinado solo encuentro partes de mí misma dispersas por su historia.

Por mucho que me diga que no soy vengativa ni cruel, no estoy segura de que no sea precisamente así como se vayan a percibir mis actos en el futuro.

De tener la oportunidad, volvería atrás y tomaría decisiones distintas.

Después de salir de Alaha con Acker, debería haber mandado a la mierda a Kai y a la rebelión en cuanto tocamos tierra.

En lugar de ir al palacio de Kenta, debería haberle suplicado a Acker que viniera conmigo a Maile.

Así él habría visto lo distintas que pueden ser las cosas sin sofocar la magia bajo el yugo tiránico de su padre. Quizá todo sería diferente.

Intento ser un poco indulgente conmigo misma, recordarme que era joven e ingenua y que desconfiaba de...

casi todo el mundo, Acker incluido. Y tampoco es que él haya venido a buscarme jamás ni haya enviado ni un solo mensaje con un ave.

Oscilo entre estar tan enfadada con él como conmigo misma.

Si de verdad me hubiera amado como yo creía, nunca se habría casado con Irina.

Cierro el libro con un golpe, me inclino sobre la mesa y apoyo la barbilla en el puño, decidida a no dejar caer la cabeza.

El mapa me devuelve la mirada casi burlón.

Recorro con los ojos los terraplenes marcados entre las laderas.

Los guerreros de Strou se han apretujado en muchas de las repisas rocosas, los alfileres cuadrados señalan sus posiciones conocidas.

Me han dicho que, en algunas zonas, esos espacios no superan un palmo o dos de anchura.

Son lo suficientemente arrogantes para esconderse a plena vista.

Siempre observándonos, sabiendo que no podemos combatirlos en su terreno.

Un terreno demasiado alto. Demasiado expuesto.

Sam me ha contado historias de batallas que duraron años, guerras que se prolongaron durante décadas, y ruego a los dioses no tener que ver algo así en mi vida.

Estoy desesperada por que esta guerra termine y aún no ha empezado de verdad.

No del todo, al menos. La frustración me hace barrer la mesa con el brazo, tirando las piezas, que se dispersan por el suelo.

Oigo pasos fuera del puesto. Son soldados que regresan del campo de batalla. Esperaba que la guerra fuera ruidosa, y lo es en el fragor del combate, pero ¿después? El silencio amortiguado duele.

Siento la cabeza muy pesada.

La dejo caer en el hueco del brazo, cierro los ojos y escucho el paso regular de la guardia nocturna. De algún modo me reconforta. Como el vaivén del océano. Y, al cabo de un rato, casi puedo oler el agua salada. Saborearla en el aire.

Es uno de los peores sueños. De los que sacan a la superficie las emociones que me esfuerzo por enterrar en lo más hondo a cada instante de la vigilia. Cuando mi inconsciente se niega a dejarme escapar de los verdaderos deseos de mi corazón.

Uno de los mejores.

«Vas a echar esto de menos», dice Acker.

Me cuesta horrores mirarlo.

«Y una mierda».

Sonríe hacia el cielo, con los ojos aún cerrados, y observo cómo una gota de agua le desciende por la línea de la garganta.

Acabamos de darnos un baño de media tarde y, de algún modo, me ha convencido para tumbarme con él en cubierta.

Tiene una obsesión rara con mis hábitos de sueño.

Con la mejilla apoyada en el interior de su brazo, cierro los ojos y acepto mi destino.

«Lo harás», insiste. Su pulgar traza círculos perezosos en la parte posterior de mi brazo.

Es tan agradable.

«Llegará un día en que no tengas que matar a ningún hombre».

La confusión atraviesa mi somnolencia.

«¿Qué acabas de decir?».

De pronto, el suave balanceo del barco se detiene.

«Te preguntarás qué te pasa —continúa, con una voz que es como un bálsamo para mi alma—. Porque ¿cómo no ibas a echar de menos la sensación de deslizar la hoja en la carne de otro hombre?».

Algo no va bien.

Abro los ojos y me lo encuentro mirándome. Ojos oscuros, suaves y adormilados a la luz del día.

«Somos malas personas, Jovie —dice, con los dedos bailando entre mi pelo—. Está bien admitirlo».

Tras un instante de consideración confusa, pienso... «quizá tenga razón». Mientras me relajo aún más contra su costado, me dejo llevar por el calor de su cuerpo y por el sueño que me tira de los párpados.

Entonces algo me arranca del sopor.

—¡¿Qué cojones, B?!

Parpadeo y veo a Messer mientras recupero la consciencia. Estoy en mi barracón, sentada al escritorio, con una daga clavada a un suspiro de los dedos de Messer, apoyados planos sobre la mesa.

No en un barco en mitad del océano.

Saco la daga de la madera y la dejo a un lado mientras me incorporo, limpiándome la baba de la mejilla.

—¿Por qué te acercas a hurtadillas?

—Casi me arrancas un dedo —dice mientras se examina la mano con un gesto ofendido.

Hago un ademán para restarle importancia.

—Seguro que se te habría regenerado la próxima vez que cambiaras de forma o algo así.

Me mira con horror absoluto.

—Eso no funciona así.

¿Cómo voy a saberlo? No me transformo en una criatura alada en mis ratos libres.

Examino su figura a medio vestir.

—Me alegra que esta vez hayas encontrado pantalones.

—Se los birlé a un pobre desgraciado de un par de puestos más allá. Se llevará un disgusto cuando se despierte.

Definitivamente no quiero saber si los llevaba puestos cuando Messer se los robó.

—¿Qué haces aquí? No te toca informar hasta dentro de otra semana.

Su expresión se vuelve más seria y el vello de la nuca se me eriza.

—¿Qué pasa?

Tarda un momento en hablar, pero la pausa es lo bastante larga como para que ya sepa lo que va a decir.

—Kai ha enviado un aviso esta mañana. He volado directo hasta aquí.

Se me revuelve el estómago y trago saliva para contener las náuseas.

—¿Roison está listo para invadir Kenta?

Asiente, solemne.

—Sí.

Era solo cuestión de tiempo, pero eso no hace que la noticia sea más fácil de digerir.

Messer percibe mi abatimiento y se acerca.

—B...

Me levanto para esquivar su mano y me agacho a recoger las piezas de madera que tiré al suelo antes.

—¿Necesitas un lugar para dormir? —le pregunto mientras intento reunirlas todas de una pasada, fracasando.

Suspira antes de arrodillarse para ayudarme.

—Me vendría bien una noche de descanso antes de volar de vuelta.

Cuando reunimos todas las fichas, las dispongo de nuevo sobre el mapa y me dejo caer en la silla.

—Quédate con la cama. Tengo cartas que contestar.

Se apoya en la mesa.

—Tú también necesitas dormir. Tienes una pinta horrible.

Lo fulmino con la mirada.

—Tú sí que tienes una pinta horrible.

Baja la vista hacia su torso desnudo, que, objetivamente, está muy bien, antes de entrecerrar los ojos al mirarme.

—Somos amigos, B. No nos mentimos.

Mis ojos se enganchan en la V tallada bajo su clavícula donde la cicatriz destaca con crudeza contra el resto de su piel intacta, antes de darle una palmada en el estómago para que se mueva.

—Si no le escribo a mi madre al menos una vez al día, enviará a la caballería a buscarme.

Eso consigue aflojar la tensión en torno a su boca.

—No lo dudo.

—Quédate esta noche —le pido—. Descansa.

Respira hondo mientras inspecciona mi espacio.

—¿Seguro que no podrías encontrarme una utilidad mejor aquí?

Messer odia estar atrapado en tierra firme, pero la culpa por no seguirme a la batalla le pesa todavía más. A pesar de que le insisto constantemente en que estoy bien sin él, lo menciona cada vez que viene a informarme.

—Drake me haría la vida imposible si te sacara de su grupo.

—Siempre me pone a hacer guardias.

—Por una buena razón, estoy segura —digo con una sonrisa sincera—. Por favor, devuelve los pantalones antes de irte por la mañana.

Pone los ojos en blanco, sonriendo.

—Como deseéis, mi...

Le lanzo uno de los alfileres de madera a la cara.

—Ni se te ocurra.

Su risa llena el barracón y se deja caer boca abajo sobre mi camastro, enterrando la cara en la ropa de cama con un gemido de satisfacción.