Light Wielder (Fuego y metal 2) Capítulo 3. Jo
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Capítulo 3. Jo

Jo

Mantengo los ojos atentos a cualquier indicio de púrpura entre los cuerpos, pero el rojo del emblema de Strou parece ser el color predominante.

Eso me hace sentir agradecida. Un soldado cercano coloca un pie sobre uno de los muertos y usa el impulso para sacarle del pecho el sable curvo con un chasquido húmedo.

Las armas curvas tienden a quedarse atascadas cuando la sangre se espesa.

Inspecciona la hoja antes de lanzarla a un carro cercano.

Al menos se vislumbra el final del campo de batalla.

Se están revisando los últimos cadáveres esparcidos por el suelo en busca de equipo útil, mientras la guardia de noche apila los cuerpos caídos en un montón, listos para quemarlos.

Se necesitan dos hombres para cargar a un solo guerrero de Strou. Bastardos gordinflones.

En las regiones del norte del continente, donde los inviernos rara vez ceden y se comen bueyes para desayunar, se crían los hombres más brutales.

Si es que se les puede llamar así. Hombres.

Las cicatrices que les marcan los rostros, brazos y torsos les confieren un aspecto monstruoso.

Una marca de piedra ígnea en la piel por cada vida que arrebatan.

Los he visto contarlas en medio de la batalla.

«Trofeos», los llamó el general Samasu.

Esta pelea en particular ha sido corta. Nada más que un altercado antes de dormir.

Llevan meses jugando con nosotros desde que llegaron.

Envían unos pocos cientos de hombres a la vez, a veces mil.

El número de hombres con que nos emboscan varía siempre, así que nunca sabemos qué nos deparará el día.

No somos ingenuos respecto a sus tácticas.

Buscan dividir la atención de nuestro ejército mediante un hostigamiento en intervalos aleatorios para distraernos de sus verdaderas intenciones: hacer llegar ayuda y hombres a Kenta a través del golfo.

Sabíamos lo que estaban haciendo en cuanto recibimos aviso de que se habían visto guerreros strou en la colina que está justo más allá de nuestra frontera.

Era de esperar, pero no lo ideal, ya que nos apresuramos a desplegar batallones por la extensión de terreno vecina, dividiendo así nuestros recursos.

La comida y los suministros deben desviarse en dos direcciones opuestas.

Cosas como comida y agua, así como catres, ropa y aceite.

Exhalo un soplo de niebla al suspirar. La noche se extiende en el horizonte, las estrellas ya son visibles mientras el cielo se tiñe de gris.

Este año el invierno se acerca rápido y no me apetece afrontarlo.

Mi madre me dijo que me acostumbraría al mordisco del viento y al olor del hielo en el aire, pero aún no ha sido así.

—No deberías estar aquí. —Miro por encima del hombro para encontrar la fuente de la voz exasperada. El general Samasu da una orden silenciosa a un soldado mediante un simple gesto, antes de prestarme toda su atención—. Necesitas descansar.

Me agacho a recoger una daga suelta.

—Habla por ti, anciano.

Fredrich, el soldado que está a su lado, arroja las armas requisadas al carro descubierto.

He escuchado al escudero pronunciar apenas cinco palabras en los meses que llevamos aquí, así que cuando nota mi enfrentamiento con Sam, su leve sonrisa me desconcierta.

Especialmente considerando que entre él y yo no hay cariño alguno.

La primera vez que vi a Fredrich observándome fue en Maile.

Acechando en los tejados u oculto en callejones.

Siempre cerca, pero nunca demasiado. Cuando le mencioné a mi madre que un soldado me seguía, ella admitió haber hablado con Sam para que me pusiera protección.

Para no disgustarla, acepté la escolta, pensando que la paranoia de mi madre disminuiría con el tiempo.

Pero cuando me di cuenta de que el chico me había seguido hasta la frontera, me pareció demasiado y me aseguré sin rodeos de que supiera que debía mantenerse alejado de mí.

Frente a mi ira, lo único que hizo fue mirarme con indiferencia.

Continúo mi inspección del campo de batalla y voy ahuyentando con las manos las moscas que me rodean, solo para que regresen momentos después.

Son una molestia constante. Su zumbido nos ha seguido desde la primera batalla, como si supieran que la cena llegará si permanecen cerca el tiempo suficiente.

Los ojos de los muertos son su predilección.

Mi mirada se fija en el emblema púrpura que asoma por debajo de un strou derribado; se ve una porción de la mariposa dorada del emblema de Maile. Coloco mi pie bajo el cuerpo y aparto al pesado guerrero del hombre que hay debajo.

La respiración se me entrecorta en el pecho.

El rostro del joven me resulta familiar. Lo he visto por el campamento. El hijo de un granjero, creo. A menudo desviaba la mirada en mi presencia. Al principio pensé que era timidez, pero con el tiempo comprendí que intentaba ocultar su desdén hacia mí. Supongo que esa era su forma de ser amable.

Es extraño. Parece casi en paz, como dormido, si no fuera por la sangre escarlata que le salpica el rostro blanco como la leche. La mayoría de los soldados mueren con expresiones afligidas y los ojos abiertos como si su lucha continuara más allá del velo de la vida.

El dolor de mi pecho, en cierto modo, me resulta reconfortante, y doy la bienvenida a la sensación.

Levanto el brazo y hago señas para solicitar ayuda en la recogida de uno de nuestros camaradas caídos.

—Maile —grito.

Un soldado cercano deja caer sus armas y otro ya pisa el cuerpo a sus pies mientras se acerca a mí. Miro de nuevo al soldado de Maile y prácticamente dejo de respirar. Sus ojos están abiertos, vidriosos mientras me miran.

Vivo.

Está vivo.

Caigo de rodillas.

—¡Raina! —Sostengo con cuidado el rostro del soldado y le inspecciono las pupilas, luego el lento movimiento del pecho: su respiración es tan superficial que tarda demasiado en inspirar—. ¡Raina! —grito—. ¡Que traigan a Raina!

Escucho pasos que se acercan.

—Ya viene —me informa alguien.

Parece que pasa una eternidad antes de que la sanadora se arrodille al otro lado del soldado.

—Estoy aquí —dice, mientras sus ojos recorren ya el cuerpo, inspeccionándolo—. Quítale la armadura.

Mis dedos buscan los cierres a los lados de la coraza y Raina me ayuda a retirarla, apartándola a un lado. El aliento que me quedaba se evapora al ver la espada que le sobresale del abdomen. La hoja oscura y alargada de un hacha. Negra. Piedra ígnea.

Los ojos de Raina se encuentran con los míos y la resignación que hay en su mirada alimenta la llama constante de ira que se niega a apagarse en mi interior.

—Inténtalo —le ordeno—. Ponlo de lado.

No espero a que me ayude, agarro al soldado por las vestimentas y lo giro sobre su costado. Un gemido bajo escapa de él, pero Raina y yo nos quedamos mirando en silencio pétreo al ver su espalda: el hacha la atraviesa de lado a lado.

La voz de Raina trata de calmarme.

—Jo...

La ignoro mientras extraigo la hoja. La falta de sangre que sigue hace que se me caiga el alma a los pies de nuevo y, para cuando consigo dejar al soldado otra vez sobre su espalda para verle el rostro, sus ojos ya se han vidriado: están sin vida. La mano que le coloco sobre el pecho no se mueve.

Muerto.

En cuestión de segundos, ha muerto.

Sentada sobre mis talones, observo al soldado. Ya no duerme en paz; sus ojos están abiertos y asustados.

He desperdiciado sus últimos momentos intentando salvarlo, cuando debería haberle ofrecido consuelo.

¿A quién quiero engañar? Probablemente, en este momento me esté maldiciendo en su viaje hacia el otro mundo.

Parpadeo al mirar hacia arriba y me doy cuenta de que estamos rodeados de nuestros soldados. Sus rostros son un torrente de lástima y enfado como el mío, pero algunos parecen indiferentes: han visto suficiente muerte como para permanecer insensibles.

Un destello de cabello dorado aparece cuando Sam se abre paso entre ellos mientras les hace gestos con la mano para que se dispersen.

Me obligo a ponerme en pie.

—Vamos —le digo, junto a los pies del soldado muerto—. Llevémoslo al carro.

Sam no habla mientras me ayuda a levantar el cuerpo.

Lo llevamos hasta el carro que está cubierto y lo colocamos junto a los otros caídos.

Sam retira el emblema del hombro del soldado y yo lo cojo, lo fijo al lateral del carro y lo aliso con el puño cerrado.

Informará a las familias de la identidad de los soldados, cuando los transporten a la ciudad para que se reclamen y se entierren los cuerpos.

El recuento de hoy asciende a diecisiete. No está mal en comparación con otros días.

Sam me detiene apoyando una mano en la parte superior de mi brazo, cuando intento volver al campo de batalla.

—Por hoy has terminado.

Intento quitarme su mano de encima, pero no cede.

—Jovinnia —dice, usando mi nombre completo—. Ya has hecho suficiente.

La dureza de mi mirada se encuentra con la suya, del color del trigo, y me planteo ponerlo en su sitio; esa ira siempre presente en mi pecho está ansiosa por pelear.

Como si percibiera el fuego listo para brotar de mi boca, me suelta.

—El campo está casi despejado.

Miro hacia el claro y, efectivamente, los destellos de las llamas que comienzan a envolver a los muertos de Strou levantan una columna de humo gris hacia el cielo.

Mi vista se desplaza hacia los puntos de humo en la distancia.

En las colinas, nuestro enemigo se instala para pasar la noche.

Sin duda pueden ver la evidencia de la cremación de sus compañeros.

Cedo y asiento, y Sam intenta, sin éxito, ocultar su alivio.

El agotamiento en el campamento es palpable cuando llego allí.

Puedo sentir los ojos de mis hombres sobre mí mientras avanzo.

Los mismos hombres con los que lucho, como y lloro.

Era importante demostrar mi valía ante cada uno de ellos, esos hombres enviados a pelear en una guerra que yo he iniciado.

Simplemente no había previsto la magnitud de la culpa que surgiría tras mis decisiones, ni lo pesada que se haría su mirada.

Inclinan la cabeza en señal de respeto a mi paso y me niego a permitirme la tregua de desviar la mirada.

Las horas inmediatamente posteriores a la batalla siempre son silenciosas, pero esta noche hay algo especialmente opresivo en el silencio que rodea las hogueras del campamento.

Como si la brevedad de la escaramuza consiguiera que la muerte de nuestros hombres resultara todavía más absurda.

El campamento parece desierto en contraste con los puestos bulliciosos de la primera vez que lo levantamos, cuando apenas había espacio para caminar debido al hacinamiento.

Al menos, ahora, todo el mundo tiene una cama.