Light Wielder (Fuego y metal 2) Capítulo 2. Acker
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Capítulo 2. Acker

Acker

La cocina es el único lugar donde puedo almorzar sin que me atosiguen los que vienen preparados con sus demandas.

Se quedan merodeando por los pasillos para intentar acorralarme.

Siempre buscan imponer sus propios intereses y conseguir mi aprobación para enviar ayuda a sus tierras.

Más soldados, más trigo, más armas. Me duele mentirles, sabiendo que su gente necesita ayuda.

Pero, por los dioses, son buitres dispuestos a quitarle al vecino, si eso les da dinero extra para sus arcas.

El cocinero tiene un plato listo para mí.

El pavo está seco y me trago un par de bocados de pan aún más seco.

No satisface mucho mi estómago, pero le hago a Antony un gesto de agradecimiento con la cabeza mientras me levanto para marcharme.

Sus habilidades culinarias no se comparan con las de nuestro anterior cocinero, Henry, que era un traidor de cuidado, así que me recuerdo a mí mismo que debo estar agradecido de que, al menos, mi comida no esté envenenada.

Recorro los pasillos del servicio que se encuentran detrás de la cocina.

Las mujeres están acostumbradas a que use sus pasadizos para salir del palacio sin ser visto.

La mayoría son veteranas y apenas me prestan atención.

Pero hay algunas chicas que ven mi breve aparición como una oportunidad para captar mi atención con blusas desabrochadas y faldas levantadas.

Muchas de ellas serían capaces de cualquier cosa por la oportunidad de ser mi concubina, y me aseguro de evitar sus miradas mientras salgo por la puerta trasera del ala de servicio.

El cielo está cubierto de nubes que cuelgan como una acusación sobre la capital.

Tras descubrir el escondite secreto bajo la biblioteca cuando Jovie estaba en la corte, indagué un poco más y encontré una serie de mecanismos de seguridad alrededor del palacio.

Parece que los pasadizos ocultos tras las paredes no son los únicos secretos que guarda el edificio.

El aroma a vainilla dulce impregna el aire.

El manto de enredaderas florecidas que cuelga sobre el lado norte de los muros del palacio fue plantado para disimular el olor a basura de la cocina.

Pero bajo el follaje, escondida en un pequeño hueco, hay una puerta oculta.

A nadie se le ocurriría acercarse a las hojas venenosas por miedo a las ampollas que la enredadera puede causar en la piel desnuda.

Me cubro con la capucha y me aseguro de que todo mi cuerpo está bien protegido antes de agacharme bajo las enredaderas.

Coloco la palma sobre el cerrojo de hierro y tengo que concentrarme para abrir el mecanismo a causa de las piedras mangi que llevo alrededor del cuello.

Aunque me dificultan usar todo mi poder mágico, consigo desbloquear la puerta y emerjo en el callejón trasero de los mercaderes.

Tengo cuidado de mantener el rostro oculto al pisar la calle. Podría enviar a un ayudante del palacio a hacer mis encargos, pero la confianza ya no es algo que otorgue a la ligera. Mi título ya no es suficiente para garantizarme tal lujo. Además, quiero hablar con mi amigo cara a cara.

La ciudad está en silencio. Pocas personas se aventuran entre los comercios y los restaurantes cerrados.

La estatua de Madre Naturaleza se alza en la plaza central, seca.

El agua que antaño fluía entre los dedos levantados de la figura hace tiempo ha dejado de manar.

Los niños que solían jugar en la fuente no están y no recuerdo la última vez que escuché la risa de uno.

Hay una quietud que solo he sentido justo antes de entrar en batalla. Cuando el viento mismo parece temer lo que está por venir. Tan quieto como la respiración contenida de los soldados esperando la hora.

Solo cuando llego a la herrería, se rompe el silencio de la ciudad con el sonido de hierros golpeándose entre sí y los gruñidos de los trabajadores.

Los hogares relumbran a ambos lados del patio, al entrar, y el fuego más grande arde en el centro, convirtiendo el espacio en un horno.

En un instante, el sudor me cubre el cuello y la espalda mientras busco a mi amigo y camarada entre la bruma de humo.

Encuentro a Wells dándole órdenes a uno de sus hombres para que retire una placa de hierro del fuego, con la piel ennegrecida por el hollín.

Vuelve a golpear el arma sobre el yunque frente a él y no me ve hasta que estoy cerca.

Entonces clava los ojos en mí, entre golpe y golpe de martillo.

Las chispas salen volando del metal fundido. Golpe tras golpe.

Inspecciona la espada antes de volver a meterla en el fuego.

—¿Sí? —dice.

—Quería ver si había novedades sobre el próximo envío de armaduras.

Usa el pañuelo del bolsillo para limpiarse el cuello y luego la frente. Es una batalla perdida, el sudor sigue corriéndole por el rostro.

—He recibido noticias de Dusty en Auden y dice que podrá igualar mi producción de quinientas piezas para finales de semana.

Auden está a cuatro días al este de aquí.

—¿Y Trey?

Niega con la cabeza.

—Su último lote de hierro lo interceptaron unos bandidos hace unas semanas. Aún espera materiales.

Joder. Los constantes indicios de una posible rebelión son otro problema.

—Se tardarán dos semanas más en llevar materiales a las líneas del frente —digo.

Un hombre grita pidiendo que lo atiendan y Wells mira por encima del hombro para asegurarse de que alguien lo haga, antes de que sus ojos vuelvan a mí.

—¿Algo más?

Lo miro extrañado por sus cortantes palabras.

—¿Va todo bien?

Resopla y niega con la cabeza, como si no creyera que le haga semejante pregunta, y me deja en medio del patio.

Estoy tan desconcertado por su reacción que me quedo paralizado mientras lo observo volviendo al hogar para echar carbón en la boca del horno. Me pregunto si debo dejarlo pasar y trato de convencerme de que es solo el estrés de la guerra, pero hay algo en su mirada que no puedo ignorar.

La ira me sube junto con la temperatura mientras me acerco a él.

—Si tienes algo que decir, dilo —exijo.

Ni siquiera me dirige una mirada.

—Hoy no tengo paciencia para complacerte, Acker. Vete a casa.

—¿Complacerme?

—Ya me has oído —dice mientras cierra de un golpe la puerta del horno y la asegura con el pestillo—. Cada pocas semanas bajas aquí y exiges más armas, más armaduras y más piezas, y cuando no están listas para ayer, actúas como si fuera inaceptable.

Se quita los guantes y se dirige a la puerta que lleva al resto de su casa.

Le sigo de cerca.

Lo primero que me alarma al entrar es el suelo sucio. Wells deja huellas de botas en el hollín mientras lo sigo al comedor. Dagas negras y espadas en distintas fases de creación yacen sobre la mesa.

Wells arquea una ceja ante mi gesto.

—¿Oh, no lo sabías? —Se quita el delantal y lo tira sobre el desorden—. Tu padre envió un carro lleno de piedra ígnea, hace semanas, con órdenes de hacer tantas armas como pudiera.

Joder...

Las armas de piedra ígnea pertenecen totalmente a quienes las hacen.

Quien forja el arma puede reclamarla en cualquier momento y lugar, y son letales contra un Heredero, capaces de matar la magia de alguien e impedir su curación, en tierra o fuera de ella.

Y son extremadamente raras. Demasiado para extraer tantas sin un gran esfuerzo.

Sin embargo, mi padre no ha dicho nada de aumentar la extracción...

Pero lo más preocupante es la cantidad de armas que Wells está fabricando.

Al convertirse en herrero, hizo un juramento de sangre que le impedía reclamar un arma de piedra ígnea que le encargaran forjar.

Y, aunque es habitual que el rey pida alguna que otra arma de vez en cuando, esta cantidad es inédita.

Vuelvo la mirada hacia Wells.

—¿Por qué no me lo mencionaste la última vez que estuve aquí?

Se encoge de hombros con desgana.

—Pensaba que lo sabías —dice y se dirige a la cocina.

Lo sigo y pregunto:

—¿Dónde está Olivia?

—La he enviado a casa de mis padres.

Eso explica su actitud. Wells y Olivia no han pasado más de un día separados desde que tenían dieciséis años. Y también explica el estado de su casa. Olivia estaría furiosa si viera el desastre en que se ha convertido.

Wells revisa los armarios y tira el contenido sobre la encimera. Tiene los hombros tan rígidos que la camisa le queda tirante sobre la espalda. Cuando encuentra una lata que le gusta, saca un cuchillo del cajón y la abre, dobla la tapa y se la vierte directamente en la boca.

Es entonces cuando noto lo delgado que se ha quedado.

—¿Cuándo fue la última vez que comiste bien? —Ante su falta de respuesta, saco una cuchara del cajón y se la meto en la lata de guisantes antes de que se la lleve a la boca de nuevo—. ¿Qué pasa, Wells?

Coge el utensilio, aunque algo a regañadientes.

—Está embarazada —dice, con la boca llena.

Tardo un momento en procesar las palabras.

Olivia está embarazada. Vaya.

—Eso es... increíble, Wells. —Me aclaro la garganta para intentar ponerle más entusiasmo a la voz—. Felicidades.

Asiente, pero sin una pizca de alegría.

Estamos en guerra y no hay escapatoria. Como herrero real, tiene suficiente para cubrir comida y necesidades, pero está agotado.

Ha pasado los últimos tres años reponiendo el arsenal militar que consumimos en una escasa fracción del tiempo que le lleva fabricarlo.

No es un buen momento para traer un bebé a este mundo.

Es el peor momento posible.

—El bebé y ella estarán a salvo en las costas del norte —digo.

—¿Por cuánto tiempo? —Deja caer la cuchara en la lata ya vacía, pero sabe, igual que yo, que no puedo responder—. Olivia cree que, en su momento, Jovie te ofreció una tregua —dice, mirándome a los ojos.

—¿Ha hablado con ella? —pregunto mientras lucho por ocultar mi indignación. No responde, sabiendo que ni siquiera a él le toleraría una traición—. Si Olivia está conspirando con nuestro enemigo...

—Tu enemigo —me corrige, interrumpiéndome. Con ojos como metal fundido, me clava la mirada, retándome a terminar mi frase.

Aprieto los dientes para contenerme.

El dolor y la confusión le enturbian las facciones; los ojos se le ponen vidriosos mientras me sostiene la mirada.

—Nada de esto tenía por qué haber pasado —dice a la vez que niega con la cabeza—. Tantas vidas sacrificadas... ¿para qué?

Mi respuesta sale cargada de incredulidad.

—Quería la cabeza de mi padre.

En un instante estalla de furia y estampa la lata contra la encimera.

—¡Has salvado al hombre que me puso este collar al cuello!

Me quedo demasiado aturdido para reaccionar.

Nunca le he contado a Wells ni a Olivia el ultimátum que me dio mi vínculo.

Cada vez que intentaba sacar el tema, las palabras se me quedaban atascadas en la garganta, la verdad de lo que ocurrió aquella noche hace casi cuatro años. Con el tiempo, pensé que lo mejor era dejar la historia enterrada con los miembros muertos del consejo.

Pero, si soy sincero conmigo mismo, siempre he sospechado que no lo entenderían, tras haber expresado una y otra vez su descontento con el reinado de mi padre.

Se gira de forma abrupta y golpea el armario que tiene al lado, para descargar su frustración contra cualquier cosa, lo que sea, y no hacer algo irreversible. Como ponerme las manos encima.

Tras unos momentos de silencio, habla dándome la espalda.

—Sabes tan bien como yo que Maile podría haber aprovechado nuestra debilidad hace tiempo.

—Cuando se gira, está un poco más calmado—.

Saben que hemos trasladado a todos nuestros ejércitos a luchar en la frontera de Roison.

Nada les impide invadir nuestras tierras, arrasar nuestras ciudades, joder...

, invadir la capital..., pero no lo han hecho.

—Sus ojos me suplican—. Tienes que haberte planteado el motivo.

Me lo he planteado hasta la saciedad. Nada en esta guerra tiene sentido. Evelyn ha tenido todas las oportunidades para hostigarnos desde el oeste y no lo ha hecho. Jovie contaba con lo necesario para provocar una rebelión dentro de las murallas de esta misma ciudad y nunca la puso en marcha.

Eso deja una única idea, amarga, que es la que más me enferma: que Jovie nunca haya tenido la intención de destruir la corona de mi padre ni a Kenta. Que haya seguido adelante con el plan de intentar matar a mi padre solo para complacer a su amante, el hijo de Wren. Kai.

Pero no creo que ahora sea el momento de contarle a Wells mis sospechas, ni que he ordenado el asedio de la frontera norte de Maile.

Me debatí con esa decisión durante meses y, aunque Maile no nos ha atacado directamente, ha entorpecido la entrada de cualquier barco que intentara llegar hasta nosotros desde Strou.

Nos faltan hombres, armas, comida y hasta la jodida cera para velas, por el amor de los dioses, y es culpa suya que llevemos tanto tiempo estancados.

De todas las vidas que he arrebatado, ninguna me ha perseguido como las que quizá sacrifiqué por salvar a mi padre.

Mi gente cae como moscas. Cuanto más se alarga esta guerra, más difícil resulta distinguir cuándo una decisión es la correcta y cuándo es simplemente la más fácil, pero de ningún modo voy a cargar yo con la culpa de las acciones de una sola chica.

Me atormenta el recuerdo del momento en que vi a mi vínculo con un puñal en la garganta de mi padre; el mismo puñal que yo llevaba en su maldito honor.

La voz de Wells interrumpe mis pensamientos.

—Es el mismo collar que algún día le pondrá al cuello a mi hijo, Acker.

—¿Qué estás diciendo? —pregunto mientras le sostengo la mirada—. ¿Que estás en mi contra?

Niega con la cabeza.

—Nunca estaré en tu contra, Ace —dice, llevándose una mano al pecho—. Te estoy pidiendo que, si puedes acabar con esta guerra, por el medio que sea..., por favor..., hazlo.

Wells me salvó la vida a los trece años, lanzándose delante de una flecha destinada a mí. Yo le devolví el favor al apartarlo de la flecha que siguió y aquello selló nuestro vínculo para toda la vida y más allá. Es algo inconmensurable.

Por eso me duele tanto oír su desesperación.

Inclina la cabeza en el gesto tradicional de lealtad de Kenta.

—Ya se ha derramado mucha sangre, pero... —Levanta la vista y vuelve a encontrar mi mirada, con un nuevo fervor en los ojos—. Es tu vínculo. Te escuchará.

Se me hunde el corazón.

—No es Olivia, Wells. No todas las vinculaciones son por un vínculo de amor.

Me dedica la peor mirada de todas: una decepcionada.

—Puedes mentirte todo lo que quieras, Ace, pero sabes tan bien como yo que podría haber hecho algo mucho peor. Eligió la guerra antes que matar a tu padre porque tú se lo pediste. Si eso no es amor, no sé qué es.

Estoy demasiado agotado para discutir con él sobre el amor de mi vínculo por mí o la ausencia del mismo.

Me doy la vuelta para marcharme.

—Veré qué puedo hacer para conseguirte más hierro —digo mientras me alejo.

A diferencia de él, yo tengo una esposa que me espera.