Capítulo 1. Acker #2
El silencio que sigue permite que mis últimas palabras queden suspendidas en la sala.
Conocen nuestra historia de supervivencia, los relatos de lo mortal que resultó en el campo de batalla.
Podrán cuestionar mi autoridad en ausencia de mi padre, pero no pueden cuestionar mi experiencia.
Aunque la amarga verdad es que... cuestionan mi criterio porque he sido yo quien ha traído la muerte y la traición a Kenta.
Puede que fueran las acciones de mi vínculo las que destrozaron la corte de mi padre, junto con las de mi hermana, pero, a sus ojos, bien podrían haber sido las mías.
Como era de esperar, Paul es el primero en atreverse a responder.
—¿Y dónde estáis vos ahora? —farfulla, haciendo tintinear más piezas—. De pie en esta sala, muy muy lejos de cualquier batalla de esta guerra.
—Como vos —replica Hallis con desdén—. Venga, tomaos otra botella, Paul. Todo un honor para vuestra gente.
El alcohólico abre la boca, tiene la cara roja de beligerancia, pero Tyreek lo silencia con eficacia poniéndole una mano en el hombro.
—No estoy cuestionando tu liderazgo, Ace —dice, usando el apodo que me pusieron mis camaradas—. Solo pido unos cuantos cuerpos para equilibrar el terreno de juego. Zion está ahí abajo.
Su hijo. Un hermano para mí y para Hallis. Uno de los cinco que compartimos la misma cicatriz.
Como la mitad de los hombres de esta sala, Tyreek no estaba preparado para sustituir al consejero anterior.
A diferencia de ellos, no quería el cargo, pero yo sabía que su conocimiento militar y su honestidad serían valiosos para el consejo.
Me costó mucho convencerlo y muchos viajes a su región para lograr que aceptara.
Lo último que quiero es que sienta que estoy incumpliendo las promesas que le hice a él y a su familia.
Juré a Tyreek que proveería a los suyos y a toda su región si aceptaba el título de consejero.
Formada en su mayoría por granjeros, su comunidad ya se había sentido ignorada por mi padre tras una serie de inviernos duros, y dejar indefenso al batallón de Zion solo parecerá una confirmación de eso mismo.
—Decidle a Zion que disperse a sus hombres a terreno elevado —digo mientras deslizo los dedos por la ladera—. El paso no permitirá que avancen más de unos pocos cientos de hombres a la vez. Deberían poder abatirlos desde arriba. Desviaremos el siguiente contingente de tropas en cuanto esté listo.
Tyreek acepta el plan con una leve inclinación de cabeza.
Seguimos recopilando cifras por región. En total, tenemos diez mil hombres menos, cuatrocientos caballos menos y necesitamos sanadores con urgencia. Nuestras cosechas y recursos se están agotando.
La guerra tardó dos años en comenzar tras la traición de Jovie.
Tal y como ella había insistido en que ocurriría, los alaha se unieron a las fuerzas de Roison en el este.
Y gracias a su advertencia, pudimos reunir nuestro propio ejército en la frontera a tiempo de defender nuestra tierra de la invasión.
Pasó otro año antes de que nos viéramos obligados a ceder terreno a Roison.
La gente es cada vez menos tolerante. No hay una sola familia que no haya enviado al menos a uno de los suyos a luchar.
Muchos de esos hombres no han vuelto a casa en años.
Muchos no volverán jamás. Pero, pese a todas las historias sobre los ejércitos de Wren, aún no he visto nada sin precedentes en su avance. Nada extraordinario ni digno de elogio.
Sin embargo, en el último año nos han superado cada vez más en número, y necesitamos desesperadamente más hombres tras dos años de combates constantes.
Mis ojos se deslizan hacia las pequeñas naves de madera sobre la superficie del mapa, a lo largo de la extensión de agua que separa la tierra de Strou, nuestro único aliado, de la nuestra.
La costa se curva en forma de media luna y el territorio de Maile actúa como una barrera impenetrable entre Strou y Kenta.
El ejército de Evelyn ha interceptado cualquier ayuda que Strou haya intentado enviarnos.
Aunque la reina de Maile se ha mantenido imparcial ante nuestra situación frente a Roison, los informes de las batallas en el mar del norte entre su flota y Strou han sido desastrosos y nada favorables para nosotros.
—Bru —digo mientras miro al único guerrero strou presente. Mirarlo es jodidamente espeluznante y casi duplica el tamaño de Hallis a su lado. Por qué el padre de Irina, rey de Strou, lo enviaría como regente escapa a mi comprensión—. ¿Alguna novedad en el golfo?
El gigantesco guerrero observa los marcadores y luego niega una sola vez con la cabeza.
—Un barco llegó a puerto hace seis días. Fue el único de los últimos siete enviados en las pasadas semanas.
Suelto el aire por la nariz y cruzo la mirada con Hallis.
Hemos hablado hasta la saciedad de lo que significaría para la guerra una emboscada en la frontera más septentrional de Maile, pero ante la disminución de los suministros y las tropas, la recompensa de una acción tan drástica empieza a pesar más que el riesgo.
Su expresión se mantiene, y una pregunta muda flota entre nosotros: «¿Estás seguro? ».
Y yo asiento.
Señala la ladera donde Strou y Maile comparten frontera en el norte.
—Dividamos su atención —empieza, y el siguiente aliento en mi pecho se vuelve más pesado.
«Juro protegerla con mi último aliento».
El juramento de sangre que hice para proteger a Jovie me recuerda constantemente que debo mantenerme dentro de los límites de mi promesa y acepto la advertencia como tal.
Aunque la instrucción no va directamente contra mi vínculo ni es una orden mía, se acerca demasiado, para el gusto de mi magia.
Le hago una seña a Hallis para indicarle que me marcho.
De pésimo humor, regreso a mi dormitorio y lo encuentro vacío, para mi alivio.
Una bandeja con fruta y pan a medio comer descansa sobre la mesilla cercana a la cama, acompañada de dos copas de vino tinto a medio terminar.
Me sirvo, vierto el vino restante en una copa y me la llevo a mi mesa de trabajo.
Los libros están abiertos de par en par sobre la superficie y se desbordan hasta el suelo, donde pilas de textos abarrotan la mitad de la estancia.
Doy un sorbo al vino y repaso los lomos con la esperanza de que alguno me llame la atención.
He pasado rachas de búsquedas obsesivas intentando encontrar una forma de romper el juramento, dedicando semanas, a veces meses, a escudriñar páginas de textos antiguos en un intento de descubrir un remedio.
Cada vez que he creído hallar algo mínimamente prometedor, he enviado centinelas a conseguirlo.
Hierbas de lo más profundo de los bosques de Roison, piedras raras halladas en los manantiales del oeste y sanguijuelas de las marismas del sur.
Lo he probado todo y lo único que he obtenido a cambio ha sido una erupción rara y dolor de estómago.
Filósofos y científicos discrepan en sus teorías sobre los juramentos de sangre, pero el punto en común que comparten es la creencia de que la misma clave que creó el juramento es la que debe romperlo: la sangre. Pero, aparte de desangrarme, no parece haber una opción viable.
En cualquier caso, es un empeño inútil.
Nunca podré superar el juramento de sangre a menos que consiga erradicar el amor que aún siento por Jovie.
Es una paradoja extraña, amarla y al mismo tiempo querer hacerle daño del mismo modo en que ella me lo hizo a mí.
A veces me doy asco a mí mismo y la odio a la vez que echo de menos el tacto de su piel contra la mía.
Con juramento de sangre o sin él, Jovie siempre será mi mayor debilidad.