Light Wielder (Fuego y metal 2)
© inepub.com
Capítulo 1. Acker
Acker
—¿A dónde demonios va?
Hallis se gira desde su puesto de vigilancia en la cima de la escalera frente a las puertas del palacio y recorre con la mirada mi figura a medio vestir, con una ceja arqueada.
—Dicen que tiene compañía femenina esperándolo en la cabaña del sur.
Termino de abotonarme la camisa mientras bajo el resto de los escalones hacia el carruaje.
—Padre —llamo.
Se gira, mientras se ajusta los guantes en las muñecas, con la sonrisa firme a pesar de mi evidente disgusto.
—Hijo, ¿dónde están tus zapatos?
—Tyreek ha convocado una reunión urgente. Todo el consejo está esperando mientras hablamos.
—Tengo algo importante que atender. Estoy seguro de que no es nada que no puedas manejar sin mí —dice mi padre.
—No lo verán así —replico.
La expresión serena de mi padre no cambia.
—Entonces convéncelos.
Me da un toque en la mejilla. El gesto pretende ser conciliador, algo que ha hecho desde que era niño, y resulta condescendiente como el demonio. Harold, el cochero, mantiene la puerta abierta mientras mi padre entra en el carruaje. Él, al menos, tiene la decencia de aparentar arrepentimiento.
Observo, junto con los cadetes que están en el patio, cómo los caballos oscuros desfilan con el vehículo hacia las puertas del palacio.
Increíble.
Los pasos de Hallis se acercan y su mirada se dirige al cielo.
—Todavía es extraño ver el muro libre de buitres.
Mis ojos se fijan en los parapetos donde solían posarse las aves.
Cuando Jovie y su cambiante, Messer, huyeron del palacio tras matar a todos los miembros del consejo de mi padre, se detuvieron el tiempo suficiente para desarmar a los soldados de la puerta y, mientras los pájaros se dispersaban en el cielo nocturno, Jovie se situó bajo aquella verja de hierro y desató su magia.
Un rayo de luz ardiente tan brillante que tuve que proteger mis ojos desde mi lugar en el balcón.
Rompió las cadenas de hierro que mantenían las jaulas en alto, provocando que los recintos con los cuerpos de los prisioneros del rey cayeran al suelo con un ruido desafiante.
Fue la menor de sus transgresiones, considerando los suelos empapados de sangre del comedor, pero de algún modo la más condenatoria para la corona de mi padre. Mandó un mensaje al pueblo: la princesa de Maile no aprueba la opresión de quienes nacen con magia.
Desde aquel día, hace casi cuatro años, el nombre de Jovinnia se susurra en callejones oscuros y salas traseras de tabernas.
La otrora temida portadora de luz se convirtió en un faro de esperanza en la ciudad para quienes tienen magia.
Al parecer, una semilla oculta de rebelión había estado fermentando en la ciudad de mi padre y las acciones de Jovie fueron el agua que necesitaba para crecer.
La gente no tardó en atreverse a actuar.
Estallaron protestas; las piedras mangi de los collares que los portadores de magia habían tenido que usar quedaron esparcidas por las calles o reducidas a polvo bajo las hordas de pies que iban avanzando.
Comenzaron a exigir cambios; a liberarse de la opresión.
La imagen del cuerpo ahorcado de mi padre pintada en las paredes exteriores del palacio sigue viva en mi mente.
La cuerda que rodeaba su cuello era del mismo naranja moteado que las piedras mangi.
Las jaulas nunca volvieron a colocarse.
La voz de Hallis llama a los cadetes que aún permanecen en el patio.
—¡Dejad de mirar! Volved al trabajo.
Los rostros jóvenes de los chicos me revuelven el estómago.
—Ordena a Imen que se encargue del entrenamiento y que informe en la sala de guerra —le digo a Hallis mientras lo paso de largo—. Y que una criada traiga el mejor vino que puedan encontrar en las bodegas. Y algo de comer. Tal vez eso ayude a suavizar la ausencia de mi padre.
—Lo dudo —murmura Hallis mientras se gira para obedecer.
Subo la escalera de dos en dos, vuelvo a entrar al palacio, subo al cuarto de invitados y arreglo rápidamente la ropa desordenada para ocultar cualquier evidencia de mi presencia.
Lo último que necesito es que las criadas murmuren sobre mi estancia en un dormitorio diferente al mío.
Recupero el collar de piedras mangi de la mesita de noche.
En mi prisa por intentar impedir que mi padre saliera de la ciudad, lo había olvidado. Un descuido.
Por mucho que desprecie las piedras moteadas, cumplen una función vital, ya que proporcionan comodidad a los señores designados del consejo al amortiguar mi magia en su presencia.
Algunos tienen dones, pero ninguno puede rivalizar con la letalidad del mío y eso los pone nerviosos.
Más importante aún, las piedras impiden que mi vínculo me espíe.
Me las coloco alrededor del cuello, de forma que los extremos cuelgan sobre las solapas. Son pesadas y la forma en la que ahogan mi magia es agotadora. Un recordatorio constante de su traición.
No es que espere que Jovie use el vínculo para espiarme. Solo lo ha hecho una vez desde su partida, que yo sepa..., y estoy seguro de que aprendió la lección a la primera. Me aseguré de ello.
Me pongo los zapatos y me dirijo a la sala de guerra, respiro hondo antes de entrar. Preferiría enfrentarme a un ejército de hombres del doble de mi tamaño antes que tratar con el consejo, pero, en fin, aquí estoy. El sustituto de mi padre.
La conversación se detiene cuando entro, todas las miradas se vuelven hacia mí.
La araña suspendida sobre mi cabeza alumbra el mapa bélico en el centro de la sala, que, en tiempos de guerra, se mantiene con luz a todas horas, por si hay asuntos urgentes.
Aunque el mapa está completamente iluminado, esa luz nunca alcanza del todo las paredes, dejando las esquinas ensombrecidas.
Lord Draken habla primero.
—¿Dónde está el rey?
—No asistirá —digo, dirigiéndome a los otros catorce hombres—. Vamos a comenzar.
Tyreek, el último en aceptar un asiento en el consejo recién designado por mi padre, se inclina hacia delante y agarra el borde de la mesa.
—Recalqué la importancia de que tu padre estuviera presente cuando solicité esta reunión.
El formidable hombre no se altera con facilidad.
Tras servir en el ejército de mi abuelo cuando era niño, volvió a su vida en la granja familiar en las afueras de Kenta.
Ha soportado sequías y lidiado con algún que otro trol que invadía sus tierras antes de que yo lo convenciera de sentarse en el consejo de mi padre, así que la frustración marcada en su rostro me pone los pelos de punta.
—¿Qué sucede? —pregunto.
—Hemos tenido que retirarnos del frente.
Me acerco a su posición rodeando la mesa.
—¿Dónde?
Señala las afueras del norte de sus tierras, donde las planicies de cultivo se convierten en colinas rocosas.
—Roison ha empujado a mis hombres al valle.
No es lo ideal, pero podría ser peor. El terreno se estrecha y dificulta que cualquier batallón maniobre.
Mi verdadera preocupación es la cosecha de trigo más allá del pequeño fiordo.
Con la ayuda de las fuerzas de Alaha, podrían destruir nuestro suministro de comida y dejar al batallón sin recursos.
Miro a Hallis.
—¿Cuántos hombres podemos destinar de los puestos cercanos?
Él ya está negando con la cabeza.
—Estamos distribuidos a lo largo del frente para cubrir el aumento del movimiento de tropas de Roison. Sería un desperdicio sacar hombres de áreas más vulnerables solo para salvar un batallón.
Vuelvo la mirada hacia Tyreek.
—¿Números?
—Cinco mil nuestros contra treinta mil de Roison. —Arrastra la mano por el tablero—. Si toman el valle, pueden estar en las murallas del palacio en unas pocas semanas.
Hallis se mueve inquieto.
—Solo atravesar el paso estrecho, les llevaría semanas a los treinta mil hombres de Roison. Meses, si las tormentas de fin de verano llegan temprano. —Su tono es de disculpa, claramente odia tener que votar en contra de Tyreek.
—Lo más probable es que mueran en el intento antes de que consigan abrirse paso —convengo.
A juzgar por las caras de los hombres, no están nada satisfechos con nuestra conclusión. Están preocupados. Si Roison lograra que sus fuerzas pasasen a través del fiordo, sentaría un precedente terrible. Ser los primeros en perder terreno nunca es buena señal.
—¡Basta de estupideces! —Lord Paul estampa el puño cerrado contra la mesa, haciendo temblar las piezas del mapa.
Es uno de los pocos de esta sala que tiene sangre noble y el desgraciado actúa como si eso le confiriera a su opinión más peso que a la de los demás señores de baja cuna aquí sentados—.
No he aceptado este puesto en el consejo para recibir órdenes de dos críos que tienen una fracción de mi edad. Es insultante.
—Sería menos irrespetuoso que el rey nos escupiera directamente a la cara —secunda otro.
Esto es lo que se me da mal. Aplacar a los ancianos, hacer de niñera en ausencia de mi padre. Se me da mejor el campo de batalla, donde puedo ver de verdad la diferencia que marco en esta guerra.
«Entonces convéncelos».
—¿Es que os habéis olvidado todos? —Miro uno a uno sus rostros insolentes mientras rodeo la mesa—.
He luchado por mi tierra. He sangrado por ella.
Por mi gente. Igual que Hallis. —Señalo a mi amigo, sin la mano izquierda desde la batalla que libramos siendo niños y, por tanto, sin don—.
Nadie ha sacrificado más que él; el más joven de esta sala.
¿Cómo os atrevéis a cuestionar nuestra autoridad?
¿Nuestro conocimiento de lo que es estar en inferioridad numérica?