13
Meadowbrook estaba más tranquilo sin la policía.
Era de esperar. La mayoría de los lugares lo estaban sin dos coches patrulla en la puerta y un sheriff tratando de aparentar que siempre había querido llegar a la verdad por ese camino.
Aun así, Jay lo notó al cruzar el vestíbulo: la calma cotidiana de un lugar que retomaba sus rutinas.
Un televisor murmuraba en algún punto más allá de la sala de estar.
Una enfermera se reía en el mostrador, con risa queda y cansada.
El andador de alguien repiqueteaba por un pasillo, se detenía, volvía a repiquetear.
Esta vez nadie los detuvo.
Mary dio su nombre en recepción. Susan añadió el suyo antes de que nadie pudiera preguntarle.
Linda se quedó detrás de ellas con la expresión de una mujer dispuesta a esgrimir un argumento médico si hacía falta, y que lo disfrutaría menos de lo que la recepcionista podría imaginar.
Jay sujetaba la correa de Míster Nixon con ambas manos, porque Meadowbrook ya había visto lo que pasaba cuando Míster Nixon interpretaba las normas institucionales a su manera.
La recepcionista miró a las Ocas, luego al basset hound, y otra vez a las Ocas.
—Ha prometido no morirse hoy —dijo Susan.
Jay cerró los ojos.
—No ha hecho tal promesa.
A la recepcionista se le torció la boca.
—Habitación dieciocho. Las está esperando.
La señora Biggles no estaba en la cama cuando entraron.
Se encontraba sentada en su silla de ruedas junto a la ventana, con una manta doblada sobre las rodillas y Cecil Spencer a su lado en la silla de visitas.
El bastón de él se apoyaba contra la pared, al alcance de la mano.
El sombrero le descansaba entre las manos.
Míster Nixon fue directo a la silla de ruedas, olfateó la manta, examinó los zapatos de Cecil y luego se dejó caer junto a los pies de la señora Biggles con el aire solemne de un perro que acepta un nombramiento oficial.
—Oh —dijo la señora Biggles en voz baja—. Qué amable eres.
Míster Nixon apoyó el hocico sobre la punta de las zapatillas de ella y suspiró.
—Normalmente es más egoísta que amable —dijo Jay.
—La mayoría de los caballeros lo son, querida.
Cecil bajó la mirada hacia su sombrero.
Mary cruzó la habitación la primera. Tomó la mano de la señora Biggles entre las suyas y se inclinó sobre ella, sin besarla, sin hacer ceremonia, solo sosteniéndola como si el contacto pudiera lograr lo que las palabras nunca conseguían.
—Señora Biggles.
—Mary, querida.
Susan se acercó después, luego Linda. La señora Biggles pronunció cada nombre con la misma ternura firme y queda, como si las mujeres todavía fueran jóvenes y hubieran entrado en la tienda con el pelo mojado por la lluvia,
preguntándole a Frederick si arriba quedaba alguna Josephine Tey que aún no hubieran comprado.
Jay se quedó cerca de la puerta hasta que Mary miró hacia atrás.
No era una orden. Peor. Una invitación que daba por sentada la aceptación.
Jay entró y se quedó junto a la pared.
—Y Jay —dijo la señora Biggles—. La joven del perro inteligente.
—El perro hizo casi todo el trabajo, señora.
—Los perros suelen hacerlo.
No había sillas suficientes. Era el tipo de problema que habría paralizado a unos desconocidos durante varios segundos incómodos.
A las Ocas no las detuvo. Susan se acomodó en el alféizar.
Linda se quedó de pie con la espalda cerca de la cómoda.
Mary se sentó en el borde de la cama con tanta naturalidad como si se lo hubieran pedido.
Jay ocupó la silla que quedaba junto a la puerta, lo bastante cerca para marcharse, lo bastante lejos para escuchar.
Cecil no se movió de su silla.
Durante un rato, nadie habló de joyas ni de asesinato ni de Doc Mills.
La habitación no parecía hecha para esas palabras.
Estaba hecha para vasitos de pastillas, novelas de bolsillo con lomos gastados, un jarrón de flores que empezaban a marchitarse por los bordes, y los pequeños sonidos de la vejez atendida a sus horas.
La señora Biggles miró por la ventana.
—Frederick solía odiar esta vista —dijo.
Mary sonrió.
—¿De verdad?
—Decía que no tenía argumento. Aparcamiento. Seto. Bebedero para pájaros. Ni siquiera un escándalo decente.
Susan dejó escapar una risa queda.
—Eso suena muy propio de él.
—Una vez me trajo un libro y me dijo que lo levantara cada vez que la vista me decepcionara.
El pulgar de la señora Biggles se deslizó sobre la mano de Mary.
—Decía que cualquier ventana podía mejorarse con un asesinato, siempre que el asesinato fuera ficticio.
—Es una postura defendible —dijo Linda.
Por un momento, la señora Biggles sonrió.
Luego la sonrisa tembló y se desvaneció.
La mano de Cecil se movió hacia el hombro de ella, se detuvo a medio camino y acabó posándose en el brazo de su propia silla. Era cuidadoso incluso en el dolor. Cuidadoso con dónde ponía las manos, cuidadoso con la respiración, cuidadoso de no ocupar más espacio del que le habían concedido.
La señora Biggles lo vio de todos modos.
—No pasa nada —dijo.
Cecil la miró.
—Ya saben bastante —dijo ella—. Mejor que lo sepan bien.
La habitación se quedó en silencio, pero no era el silencio tenso del motel. Este silencio era más antiguo. Abría espacio.
La señora Biggles juntó las manos sobre la manta.
—Conocí a Cecil a finales de los sesenta —dijo—. Era más joven de lo que debería y mayor de lo que aparentaba. Esa es una edad peligrosa para una mujer.
El rostro de Susan cambió casi imperceptiblemente. Aprobación, quizás. O reconocimiento.
—Era guapo —dijo la señora Biggles.
Cecil bajó la mirada al suelo.
—Lo era —dijo ella con más firmeza—. No te quedes ahí sentado fingiendo que no lo eras.
A Mary se le curvaron los labios.
Las orejas de Cecil se tiñeron de rojo.
—Ya estaba casada para entonces —dijo la señora Biggles—.
Charles Biggles III. Todos lo llamaban Charlie cuando le tenían cariño y Charles cuando necesitaban que firmara algo.
Tenía la tienda. Tenía planes para la tienda.
Tenía esa manera de creer que el futuro podía ordenarse si uno simplemente almacenaba los clavos, la harina, el café y el sedal adecuados.
Jay podía imaginar la tienda tal como se la habían descrito tantas veces esa semana, no como un recuerdo, porque ese derecho no le correspondía, sino como una serie de objetos precisos: mostrador, café, huevos, estanterías, la planta de arriba aguardando bajo el tejado.
Una vida medida en inventario y anotaciones a lápiz.
—Charles no era cruel —dijo la señora Biggles—. Eso importa. A la gente le gustan más las historias cuando hay un villano en la elección. La mía no lo tenía, no entonces. Era orgulloso. Era terco. A menudo era aburrido. Pero no era cruel.
Cecil cerró los ojos.
—Y luego estaba Cecil —dijo ella.
Nadie la interrumpió.
—Estaba al margen de la ley —dijo la señora Biggles—.
Lo sabía. No todo. No al principio. Pero lo suficiente.
Se movía como un hombre que siempre tiene una salida en mente.
Escuchaba antes de responder. Se fijaba en las cerraduras.
Se fijaba en los anillos. Se fijaba en qué hombres en las fiestas les habían comprado diamantes a sus esposas y cuáles se habían comprado el silencio.
Linda levantó la cabeza apenas un poco.
—Robaba a joyeros —dijo la señora Biggles—. A colecciones privadas. A hombres que guardaban cosas hermosas en habitaciones cerradas con llave y mentían sobre cómo las habían conseguido. No todos, supongo. Un pecado no se convierte en virtud porque uno elija víctimas desagradables.
—No —dijo Linda.
—Pero algunas piezas ya habían sido robadas antes de que Cecil las tocara. Algunas eran fraudes de seguros. Algunas pertenecían a familias que las habían perdido dos guerras atrás y nunca las volverían a ver, por muchos caballeros educados que las exhibieran copa de brandy en mano.
La voz de Cecil sonó queda y ronca.
—Ann.
Era la primera vez que Jay lo oía pronunciar su nombre así, no como dato, no como apelativo, sino como algo que se sostiene con cuidado entre las manos.
La señora Biggles volvió el rostro hacia él.
—Es verdad —dijo.
—No todo necesita decirse.
—A mi edad —dijo ella—, una descubre que muy poco merece quedarse sin decir.
Susan miró brevemente hacia Linda.
Linda no sonrió. Casi.
La señora Biggles continuó.
—Dijo que me amaba. Le dije que era una tontería. Dijo que me amaba de todos modos. Le dije que estaba casada. Dijo que lo sabía. Le dije que no dejaría a mi marido. Dijo que también lo sabía.
La mano de Cecil se apretó alrededor del ala de su sombrero.
—Verán —dijo la señora Biggles dirigiéndose a todos, aunque su mirada se había perdido en otro lugar—, yo ya me había construido una vida.
No la vida que una chica joven escribe en las últimas páginas de un diario, quizás, pero una vida.
Una tienda. Una casa. Un marido. Un pueblo que conocía mi nombre.
La gente habla como si marcharse fuera solo cuestión de abrir una puerta.
No lo es. A veces la puerta es lo que sostiene la casa.
La voz de la señora Biggles se suavizó.
—Cecil juró que volvería por mí algún día. Le dije que no hiciera promesas que nos avergonzarían a ambos.
—Dijiste algo peor que eso —murmuró Cecil.
—Era joven —dijo ella—. Y tenía mejor lengua.
Mary soltó una risa queda y luego apretó la mano de la señora Biggles.
Al otro lado de la ventana, un coche cruzó lentamente el aparcamiento. Sus neumáticos produjeron un sonido húmedo contra el asfalto. Nadie en la habitación miró hacia fuera.
—La primera y única noche que estuvimos juntos —dijo la señora Biggles— fue el veinte de julio de mil novecientos sesenta y nueve.
La mirada de Linda se afiló.
Jay lo notó porque el rostro de Linda rara vez hacía nada sin motivo.
—El alunizaje —dijo Susan en voz baja.
La señora Biggles asintió.
—Todo el mundo recuerda dónde estaba esa noche. El mundo entero con la mirada en el cielo. Walter Cronkite quitándose las gafas. Hombres en la luna, y todos fingiendo que la Tierra se había encogido gracias a ello.
Sus dedos se movieron una vez sobre la manta.
—Yo estaba con Cecil.
Cecil no levantó la vista.