Epílogo
Q ueridos estudiantes:
Lamentamos profundamente cualquier malestar que esta noticia pueda haber causado.
Atentamente,
Fausto Nocth,
Decano de la Noche y Humanidades.
–Adelante –dice una voz desde dentro de la oficina, tres minutos después de que llamara a la puerta.
Nocth ha estado desbordado esta última semana, sobre todo después de que una decena de humanos exigieran la devolución de su matrícula y abandonaran el campus.
No puedo culparlos por querer irse. La posibilidad de ser atacados por un profesor no se mencionaba en la carta de admisión.
Entro y la puerta se cierra con un crujido detrás de mí. Fausto Nocth me mira desde su sillón de cuero. Parece un poco más pálido de lo habitual, con el cabello negro revuelto.
–La estaba esperando, Rebecca.
Lo miro fijo. Siento un dolor en las uñas. Quizás sea un extraño efecto secundario del desamor.
–¿Por qué? –pregunto.
–Esperaba que viniera antes, teniendo en cuenta lo que pasó en esa fiestita de Halloween.
Puedo imaginarme la expresión de Elia al escuchar que alguien llama a su baile “fiestita ” . Seguro estrangularía a Nocth por la ofensa. Parpadeo y lo miro, inclino un poco la cabeza.
–Lo único que hice en esa fiesta fue deshacerme de la marca de familiar.
–¿Y cómo lo ha hecho? –Hay una quietud en su rostro, como si una parte de él no quisiera saber la respuesta.
–Comiéndome el corazón de un vampiro. Aunque no sabía muy bien.
–Ya veo –dice. Si le repugna lo que hice, no lo demuestra–. Ahora es libre de abandonar Tynahine si lo desea, señorita Charity. Estoy seguro de que Calisto ya tendrá una nueva misión para usted.
Me muerdo el labio. No le he dicho a nadie, excepto a Elia, que he abandonado a Calisto.
Al menos en mi corazón. Porque ahora que sé que ellos están detrás del asesinato de mis padres, no puedo alejarme. Perseguiré hasta la última Suprema de Calisto, a cualquiera que haya tenido algo que ver con mi reclutamiento. Incluida Penny.
–¿Qué pasó con eso de ser útil ? –pregunto.
–Lo que pasó es que ha descubierto a un Vasallo.
–A quien usted contrató.
–Sí –admite–. Conocí a Sven poco antes de que mi prima lo convirtiera en vampiro. En aquel entonces era un hombre diferente.
–Por diferente, se refiere a humano.
–Sí, Rebecca. –Suspira y se recuesta en su silla antes de cambiar de tema–. Es libre de estudiar con nosotros hasta el final del semestre. Al fin y al cabo, Penny pagó cuatro meses de matrícula.
No debería querer quedarme. Ahora que por fin tengo un objetivo, una puerta hacia mi venganza, no debería dudar.
Pero estoy dudando. Elia, Julia, Ife y Stephan me hacen dudar.
Nunca había sentido que pudiera echar raíces en ningún sitio, al menos no en los últimos cuatro años.
Y ellos han cambiado eso. Y si Aliz siguiera aquí, no lo pensaría dos veces.
El Día de Todos los Santos, ella desapareció antes de que pudiera disculparme o preguntarle si aquel último beso manchado de sangre había sido sincero. Le envié un mensaje en cuanto me di cuenta de que se había ido.
Lo siento. Puedo explicarlo.
Pero nunca respondió. Y cada vez que miro nuestro chat, ella siempre está desconectada. También intenté llamarla y dejé que sonara durante un minuto entero, hasta que al final me rendí.
–Me quedaré –susurro, antes de poder pensarlo mejor. Quién sabe de dónde sacaré el dinero cuando termine el semestre. Pero ese es un problema para la Rebecca del futuro. Entonces recuerdo el correo electrónico. El enlace a la seguridad del campus.
–¿Por qué no me contratan? –pregunto–. ¿Quién mejor para vigilar a sus vampiros que una cazadora?
–Si la contratara, Rebecca, tendría que revelar su identidad –dice–. Y entonces, ¿cómo cree que se sentirían mis alumnos vampiros al saber que una de las asesinas de Calisto ha estado entre ellos?
Apoyo la mano en su escritorio, me inclino hacia él.
–Solo soy una Iniciada. No podría ni matar una mosca. –Pienso en lo que acaba de decir. Revelar mi identidad significa que les mentí a mis amigos. Y una vez que lo sepan, nunca volverán a verme con los mismos ojos–. Pero supongo que por ahora seguiré estudiando.
El comedor de Tynarrich está repleto, pero me han guardado un lugar. El sofá de cuero es viejo y cálido, está rasgado por un gato que solía cazar ratones en los pasillos hace dos décadas. Me siento junto a Julia, mientras que Ife y Stephan se acomodan frente a nosotras.
Julia tiene su cuaderno de bocetos en el regazo, como siempre. Está trabajando en otro paisaje, esta vez es uno que reconozco. Un bosque con un sendero, puentes, farolas viejas y gaviotas posadas en las ramas.
–¿Las islas Ness? –pregunto. Su lápiz se detiene y voltea para mirarme.
–¿Este lugar existe de verdad? –susurra. Miro el dibujo más de cerca.
–Sí –respondo–. Está a solo veinte minutos de aquí.
Mientras digo esto, me doy cuenta de que hay una isla que no me resulta del todo familiar.
Es pequeña, con un álamo imponente y, justo enfrente, un monolito.
Antes de que pueda observarla mejor, Julia pasa la página siguiente, tiene el rostro pálido.
Estoy a punto de preguntarle qué le pasa, pero creo que ya lo sé.
Justo después del correo sobre Gustavsson, Julia se apresuró a ir al edificio Traquair para borrar su mural con el rostro del profesor, tan bien capturado por su pincel.
Hasta ahora, cuando sus dibujos parecían ver más allá de la superficie de alguien cercano, eso resultaba fascinante e inocente. La aparición de Gustavsson en su lienzo, seguida del ataque, ha añadido un toque siniestro a la inusual habilidad de Julia, que ahora parece aterradora.
Peor aún, quizás, es el hecho de que mis tres amigos me vieron reaccionar sin sentido ante ese mural. Y todavía no les he dicho por qué.
–Fuiste tú, ¿verdad? –susurra Ife, después de mirar a su alrededor, asegurándose de que nadie pueda escuchar.
–¿Qué? –pregunto.
–Te vi entrar en la oficina del Decano de la Noche –dice Stephan, rascándose la nuca–. Todos pensamos que tú eres la alumna a la que atacó Gustavsson.
–Mi madre trabaja en el Consejo –dice Ife, apoyando las manos en su regazo. Tiene las uñas decoradas con margaritas–. Hace unos días, hubo una audiencia. Aliz Astra estaba allí. No mencionó tu nombre, pero admitió haber matado a Gustavsson para proteger a un humano.
Trago con dificultad. El Consejo no la meterá en la cárcel por matar a un Vasallo, ¿no?
–Ella estará bien –dice Julia, reconociendo el pánico en mi rostro.
–Entonces, ¿por qué no ha vuelto? –susurro, no puedo ocultar el dolor en mi voz. Y esta es una pregunta para la que ninguno de ellos tiene respuesta.
Sigo despertándome por las noches, convencida de que la veré sentada en su ataúd, bebiendo sangre de un vaso descartable. Pero en lugar de eso, me encuentro con el silencio. Así que, para escapar de esta soledad, empiezo a pasar más tiempo en la casa de Elia.
–Tu aroma ha cambiado –dice, mientras se sienta a mi lado con un vaso de sangre humeante en la mano.
–¿En serio? –Estoy bastante segura de que no ha cambiado . Más bien, ha vuelto a oler como antes de tener la marca de familiar. Pero la observo, esperando su respuesta.
Deja el vaso y se lleva mi muñeca a la nariz, inhalando despacio.
–Petricor –dice por fin, después de fruncir el ceño. Nunca antes había escuchado a nadie describirme así. Y mientras la miro fijo, sintiendo su cercanía, mis uñas comienzan a dolerme de nuevo.
También siento dolor en el estómago. Algo oscuro que acecha dentro de mí. Quizá me causé algún daño interno al comer el corazón de Gustavsson. Pero no estoy segura de si este es el tipo de dolor por el que puedo acudir a un médico humano.
–¿Apareció alguna señal de Penny? –pregunto, tratando de ignorar esa sensación.
Cuando Penny escuchó que el Libro de sangre y rosas se guardaba en los recuerdos de un fantasma, desapareció. Y todavía no entiendo por qué lo quería con tanta desesperación.
–No –responde. Hay otra pregunta, una que no digo, pero ella responde de todos modos–. Y tampoco he sabido nada de Aliz.
Nos quedamos en un cómodo silencio, me arden los ojos. Las espinas pueden haber abandonado mi piel, pero ahora se han apretado alrededor de mi pecho, con fuerza, clavándose en mí cada vez que pienso en ella.
Elia me aparta un mechón largo de cabello del rostro.
–Te están creciendo las raíces –me dice.
A la mañana siguiente, me quito las extensiones en la peluquería del campus, pero me quedo con el pelo rojo. No estoy del todo preparada para dejar atrás a la chica de la que Aliz se enamoró. Aunque ese amor nunca fuera real.
Puede que Aliz se haya ido, puede que haya ignorado mis mensajes, pero todavía puedo sentir su presencia en la habitación.
Su escritorio es un caos de ensayos sin terminar y libros anotados.
Recorro con los dedos su letra cursiva, la imagino mordisqueando su bolígrafo.
El brillo de la luna creciente, oculta tras las nubes plateadas, entra por la ventana.
Saco mi teléfono una vez que estoy en la cama.
Su foto de perfil no ha cambiado. Veo cómo sus gafas de sol negras siguen descansando en la punta de su nariz mientras mira a la cámara, tímida.
Tomó esa foto antes de conocerme. Cuando yo era una asesina a sangre fría y ella tenía una decena de chicas peleando por su atención.
La persona que era antes de Aliz ya no existe.
En línea .
Me quedo mirando el estado debajo de su nombre. Es la primera vez que se conecta en tres semanas, pero no me responde. Por un momento, imagino que me llama. Entonces tendría su voz en mi oído y todo volvería a estar bien. Antes de que la razón pueda detenerme, empiezo a escribir otro mensaje.
Espero que estés bien.
Hundo mi rostro en la almohada y bloqueo mi teléfono. No vibra ni se ilumina. Cuando por fin lo vuelvo a mirar, veo que ella ha leído mi mensaje.