Libro de sangre y rosas Epílogo #2
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Epílogo #2

El techo de Tynarrich está ventoso. La media luna se ve perfecta, lista para sumergirse detrás de la silueta negra de las montañas.

Tengo la capucha puesta y la cremallera de mi chaqueta subida hasta el cuello.

Cuando exhalo, mi aliento se convierte en una nube pálida.

Solo llevo aquí dos meses, pero me siento como una serpiente que ha mudado la piel y ha descubierto un patrón muy diferente debajo.

Aún no sé cómo será esta nueva versión de mí misma. Pero sí sé que no puedo volver a mi vida anterior. Miro mis manos, ya no me siento una amenaza. Entiendo que hay cosas más importantes que derramar sangre.

La puerta de madera que da al tejado se abre con un crujido y volteo desde la baranda. Todos los músculos de mi cuerpo se paralizan cuando la veo ahí parada.

Aliz, a quien no he visto en tres semanas, ahora me mira fijo con los ojos abiertos de par en par. El viento agita su cabello blanco y espero a que desaparezca, que sea solo un espejismo. Pero es real.

–Así que aquí es donde te has estado escondiendo –anuncia, con el viento amortiguando sus palabras.

–¿Escondiendo? –Es todo lo que puedo decir.

–No estabas en nuestra habitación –dice. Da un paso hacia mí. Luego otro–. Intenté responder tus mensajes, pero no encontré las palabras adecuadas. Cuando llegué a la habitación, ya no estabas.

Me arden los ojos y solo consigo asentir con la cabeza. Ella está aquí.

–Acabo de llegar. Apenas hace una hora –añade.

–¿Llegar de dónde?

–De Hungría –responde–. ¿No te dijo Fausto adónde había ido? –Hace una pausa y veo que sus mejillas se enrojecen–. ¿No te diste cuenta de que me había ido?

–Pensé que no querías verme –digo–. No respondiste ninguno de mis mensajes.

–Recién recuperé mi teléfono hoy –dice. Ella está aquí .

–Claro –susurro–. ¿Cómo estuvo la audiencia en el Consejo? –pregunto. Necesito tenerla más cerca.

–Mejor de lo que pensaba. –Se queda junto a la puerta y no puedo evitar pensar que solo ha venido para despedirse. Ni siquiera me debe tanto. Es imposible que ya me haya perdonado.

–¿Visitaste a tus padres?

–Solo al familiar de mi padre –responde–. Porque él estaba muy ocupado y mi madre no se sentía bien.

Aliz por fin cruza el techo y apoya las manos en la baranda, nuestros brazos casi se tocan.

–Lo siento –digo despacio. Sus manos se aferran al metal oxidado–. Quería decirte la verdad. Pero fui una cobarde.

Aliz no responde. Tal vez aún no está preparada para mis disculpas. Pero si solo está aquí para despedirse, debo decírselo. Pienso en lo que me pidió la última vez que estuvimos aquí, antes de nuestro primer beso.

–No te amo –susurro.

Es la mentira más sincera que he dicho nunca.

No responde. Siento cómo el viento baja mi capucha y mi pelo rojo azota mi cara.

–Sé que dijiste que fue por la marca –empiezo, respiro despacio.

Tengo que decir todo lo que pueda antes de que mi mente me lo impida–.

De acuerdo, estoy segura de que la marca ayudó.

Y sé que tú no sientes lo mismo. No espero que me perdones, pero me dijiste que el viento es capaz de borrar las palabras que no deberíamos haber dicho.

–Muerdo mi labio y hundo las uñas en mis palmas para evitar que tiemblen.

Siento su mano sobre mi hombro, suave, y espero que me diga que ahora es demasiado tarde.

Que los efectos de la marca han desaparecido y que mis mentiras han borrado cualquier sentimiento que pudiera quedar.

En cambio, su otra mano levanta mi mentón, veo como sus ojos oscuros brillan antes de presionar sus labios contra los míos.

–Yo tampoco te amo –susurra, entre un beso y otro. Al principio, me quedo inmóvil, sin saber qué está haciendo, qué está pasando, antes de que el beso se intensifique.

–No sé si mientes o no –digo en voz baja, y ella sonríe contra mí, acercando sus labios a mi mejilla.

–Estas tres semanas han sido un infierno. No sabía que era capaz de extrañar tanto a alguien –dice, pasando sus dedos por mi cabello–. De amar tanto a alguien. Y ahora lo tengo mucho más claro, Rebecca.

Me sorprende escuchar mi propio nombre. Ella me abraza justo cuando siento que se me llenan los ojos de lágrimas al asimilar sus palabras.

Sus brazos me rodean por la espalda y yo la aprieto con fuerza.

Quizá sea un sueño. Quizá me despierte por la mañana y todo haya terminado.

Pero ahora mismo es real. Ella me ama, sin que ningún pacto de sangre altere su mente.

–Pero te mentí –digo en voz baja.

–Lo sé –susurra–. Pero Elia me dijo que tú también la salvaste de una cazadora. Me lo contó todo. Y no sé qué habría hecho yo en tu lugar.

Espero a que cambie de opinión. Siento un ardor en la garganta y la abrazo con más fuerza.

Permanecemos en este abrazo tranquilizador durante unos minutos, ni siquiera la llovizna ligera nos separa. Suspiro, la miro y digo:

–¿Y ahora qué?

–¿Quieres estar conmigo?

Dudo, solo para molestarla.

–Supongo que puedo aguantarte un poco más –susurro mientras el viento sopla, agitando su cabello iluminado por la luz de la luna. La acerco a mí y la abrazo con fuerza.

La protegeré.

La mantendré a salvo. De Calisto, de Penny, de los Vasallos.

–Muy amable de tu parte –dice, antes de que nuestros labios se encuentren en otro beso, un beso al que no le importa el peligro y las consecuencias de lo que estamos haciendo.

Un beso real, sincero, que promete muchos más por venir.