Libro de sangre y rosas Capítulo 37
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Capítulo 37

E n mi sueño, yo siempre era la presa. Aliz me cazaba.

Ahora todo es diferente. Todo ha terminado. Rompo una rama en dos y formo una cruz. Camino entre los setos, con la ira hirviendo en mis venas. “No me sigas”. Se acabó. Aunque esta noche pierda mi libertad, Aliz nunca volverá a mirarme igual. Nunca volverá a amarme.

Hundo las uñas en las palmas de mis manos.

Así era yo cuando entrenaba para ser cazadora.

Cuando la herida por la muerte de mis padres todavía estaba fresca y abierta.

“Estás más cerca”, Penny decía con cada estaca, cada flecha que daba en el blanco.

Me seco las lágrimas al darme cuenta de que he desperdiciado cuatro años de mi vida.

Y tan pronto como me alejé de Calisto, comencé a sentirme completa de nuevo.

–¡Eres muy lenta, Rebecca! –grita el vampiro, lo veo tres setos delante de mí. Acelero el paso. Ya me sé de memoria el camino del laberinto.

Lo alcanzo justo cuando llega al rosal del centro, protegido por cuatro estatuas. Él se detiene y yo también, con miedo de que un movimiento en falso lo haga salir volando como murciélago.

–Suelo olvidar a la mayoría de las chicas que selecciono –dice, retrocediendo poco a poco detrás del rosal, se apoya en una de las esculturas, a la que le falta la cabeza.

Doy un paso cauteloso hacia él, pero mantengo la cruz improvisada a mi lado.

Tengo una estaca escondida detrás de las alas de mi disfraz.

Pero aún no puedo mostrarle mis cartas–. ¿Quieres saber por qué te recuerdo?

–¿Mi sangre sabía increíble? –pregunto. Oigo como el viento sopla fuerte en el laberinto, como crujen las ramas secas. La luna sigue alta sobre nosotros. Si le arrancara el corazón y me lo comiera sola, ¿funcionaría?

–Ah, lo sigue haciendo –dice–. Incluso mejor que cuando tenías dieciocho años.

Me tiembla el mentón e intento borrar esa imagen de mi mente. Aquello que no consigo recordar. Quizá mi cabeza imagina algo mucho peor, quizá solo fue un pequeño corte, un bocado. Eso fue todo lo que hizo Gustavsson, ¿no?

–No, Rebecca –dice, y su sonrisa inquietante se suaviza, su rostro pierde tensión–. Por lo general, no me involucro en lo que sucede después, y aunque no habría sabido que eran parientes, la sangre de tu padre olía exactamente igual que la tuya. Incluso mejor.

Las líneas de la marca arden, siento como se clavan en mi piel. Por una vez, agradezco el dolor, porque sin él habría perdido la cabeza.

–¿Trabajas con Calisto? –Parpadeo, intento distanciarme de sus palabras.

–Esa es una pregunta bastante delicada –dice, arrancando una de las rosas del arbusto y llevándosela a la nariz.

Juraría que gotea sangre del tallo–. A veces se quedan sin cazadores, así que les indicamos la dirección correcta.

La mayoría de las chicas que elijo son para las fiestas.

–Inspecciona la rosa–. Aunque, si sé que Calisto está buscando gente, hipnotizo a las chicas para hacer algo más.

Hundo las uñas en mi cuello, intento respirar a pesar del dolor.

–Tú, por ejemplo. Te hice correr tres veces alrededor del hotel.

Subiste las escaleras muy rápido, con tacones altos, lo hiciste muy bien.

Demostraste tu potencial. Pero la prueba principal fue cuando te ordené matarme.

Algunas personas son cazadoras por naturaleza, en cuanto vi esa mirada en tus ojos, supe que había encontrado algo especial. La pasamos muy bien.

Mis dedos tiemblan alrededor de la cruz improvisada.

–¿Y luego mataste a mis padres? –De alguna manera, mi voz sigue siendo bastante firme, aunque siento como si cada centímetro de mi cuerpo se hubiera resquebrajado.

–No fui yo –dice, levantando las manos en señal de inocencia.

La rosa cae al suelo–. Fue Calisto quien lo ordenó.

Tenían que darte una razón para que te unieras, así que encontraron una para ti.

Yo solo estaba allí para limpiar el desastre y quedarme con las sobras.

Mira, Rebecca, si no estuvieras a punto de morir, no te diría esto.

Pero puedo verlo en tus ojos, necesitas cerrar ese capítulo, ¿verdad?

Asiento apenas con la cabeza. ¿Morir? ¿De verdad cree que puede matarme?

–La noche en la que murieron tus padres fue lo que llamamos la Fiesta de los Sedientos –dice–.

Los sedientos son muy fáciles de controlar, solo tienes que darles tu sangre y enviarlos a matar a quien quieras, sin tener que ensuciarte las manos.

Nosotros mantuvimos a cincuenta vampiros recién convertidos en una vieja estación de tren, los privamos de sangre y, poco a poco, se transformaron.

Luego los liberamos para que devastaran la ciudad.

Los vampiros que mataron a tus padres tenían otros cinco objetivos esa noche, así que no te sientas tan especial.

– ¿Nosotros? –pregunto, mientras la masacre que él describe comienza a cobrar sentido en mi cabeza–. ¿Los Vasallos?

–¿Has oído hablar de nosotros? –Inclina la cabeza–. Si hubieras completado tu misión correctamente, Rebecca –dice–, te habrían nombrado Suprema en Calisto y, quién sabe, quizás habríamos terminado trabajando juntos.

En ese momento, al fin pierdo el control y me abalanzo sobre él.

La sangre me hierve mientras lo derribo, con un grito atragantado.

Todo fue mi culpa. Si no hubiera llamado su atención, si no hubiera olido mi sangre, si no hubiera mostrado potencial, mis padres seguirían vivos.

Le doy un golpe en el rostro y él se ríe.

Entonces presiono mis pulgares contra sus ojos, gritándole, pero antes de empujar hacia adentro, siento cómo las espinas de la marca se mueven, desgarrándome la piel.

Por un momento, veo blanco, el dolor congela cada músculo de mi cuerpo, diciéndome que selle el contrato con Aliz. Pero ella se ha ido. Y mientras trato de recordar cómo respirar, siento cómo él me empuja hacia abajo.

–Rara vez tengo la oportunidad de disfrutar esto –dice Gustavsson, sujetándome suavemente por los brazos–.

Solo he reclutado a unas pocas cazadoras, pero todas mueren antes de que nuestros caminos vuelvan a cruzarse.

Así que desde el momento en que te vi aquí –toma mi mejilla y yo lo miro, observo sus ojos color carmesí–, he estado fantaseando con este momento.

Cada vez que me mirabas desde el fondo de mi clase, imaginaba cómo sería romperte el cuello.

Poco a poco, el dolor comienza a desaparecer.

Me pregunto si ya habrá pasado la medianoche, si la marca será ahora permanente.

En cualquier caso, siento cómo mis músculos recuperan la fuerza y, tras respirar hondo, lanzo todo mi peso contra él, volcándonos y clavándole la rodilla entre las piernas.

Él sisea y yo hago lo mismo que hizo Penny antes, empiezo a rezar para mantenerlo inmóvil.

Él se tapa los oídos, mientras yo busco detrás de mi espalda, entre las plumas de mis alas, donde sé que se esconde la estaca, por si acaso.

No tiene sentido mantenerlo con vida. Es demasiado tarde.

Tomo mi estaca y, justo cuando estoy a punto de clavarla, él me apuñala en el brazo.

Fallo y siento un dolor muy fuerte al ver la herida abierta, que se cura unos segundos después.

–Qué interesante –dice Gustavsson, mientras se me viene encima de nuevo–.

¿Te has convertido en la familiar de alguien?

Si hubiera sabido que estabas dispuesta, quizá te habría ofrecido el puesto yo mismo –dice, tomando la estaca que no le ha atravesado el corazón–.

Pero, bueno, se nos acaba el tiempo. Al cuarteto le falta su violonchelista.

Miro fijo la luna mientras él me apuñala el torso, suelto un grito ahogado cuando me tapa la boca con su mano.

Intento alcanzar la estaca para sacarla, pero ya estoy perdiendo la sensibilidad en las manos.

La herida no puede curarse si la estaca sigue dentro.

Siento como si todo mi cuerpo se estuviera derritiendo, como si mi piel intentara recomponerse sin éxito.

Gustavsson se agacha y lame el costado del arma. Mi grito queda atrapado bajo su mano.

–¿Sabes una cosa, Rebecca? –dice, bajando el tono de voz–.

Cuando metí sus cuerpos en el coche, tu padre ya estaba muerto.

Sin embargo, de alguna manera, tu madre (y estoy seguro de que recuerdas el estado en el que la encontramos) todavía respiraba.

Le dije que era policía y que me apretara la mano si podía oírme.

El miedo se apodera de mi cuerpo, elimina el dolor. No .

–Ella apretó fuerte, así que le dije lo que te esperaba.

“Tu hija pasará el resto de su vida vengándote”, dije.

Y le expliqué con lujo de detalle el entrenamiento de una cazadora.

“Le freirán el cerebro y la separarán de su familia”, agregué.

Pero creo que lo que realmente la mató fue cuando le conté en qué consistirían tus misiones.

“Tu hija estará en el nivel más bajo de las cazadoras. La utilizarán como cebo y morirá tras unas pocas misiones”; ah, deberías haber visto su cara.

Las lágrimas resbalan por mis mejillas.

Vuelvo a mirar la luna y entonces la veo detrás de él, como un destello blanco.

Su espada plateada le corta la nuca y él gruñe, con los ojos abiertos de par en par. Y, antes de que pueda convertirse en murciélago, Aliz le clava la espada en el cuello, con un corte limpio. Vemos como la cabeza rueda hacia el rosal y su cuerpo cae inerte a mi lado.

Si lo dejáramos allí, en unas pocas horas, los tendones de su cuello amputado comenzarían a unir sus partes. Su torso decapitado se arrastraría hacia su miembro y, tras unas semanas, o antes, dependiendo de su fuerza, recuperaría la conciencia. Así funciona el poder de los inmortales.

–Tenemos cuarenta segundos. –La voz de Aliz tiembla.

Sus ojos están rojos y sé, sin mirar hacia abajo, que mi vestido está empapado en sangre.

Ella cierra fuerte los ojos mientras saca la estaca de mi estómago y yo dejo escapar un grito, no puedo contener las lágrimas–.

Todo está bien –dice–, llegué a tiempo. Lo logré.

Antes de explicarme lo que quiere decir, la veo desgarrar el torso de Gustavsson, rompe su caja torácica y toma el corazón. Es más pequeño de lo que esperaba y sigue latiendo fuerte.

–Abre la boca –me indica, mientras hunde los colmillos en el órgano y la sangre gotea directo sobre mi lengua.

Me quema la parte posterior de la garganta–.

Muerde –dice, con la boca cubierta de sangre.

Ella traga más y, mientras la herida de mi pecho comienza a cerrarse, me incorporo y hundo los dientes en la carne gomosa del corazón.

Entonces las líneas de la marca vuelven a atravesarme.

Intento dejar de beber, empujo a Aliz mientras siento cómo suben por mi torso, pero ella me obliga, con una mano detrás de mi cuello, a permanecer quieta.

Trago la sangre y veo a mis padres en la morgue, sus cuerpos desfigurados son la puerta de entrada a este mundo horrible lleno de monstruos.

Penny, a su lado, ofreciendo sus condolencias.

Penny, en la parte trasera de la iglesia, diciéndome que puedo vengarme.

Entregándome un boleto de tren a Londres, con la promesa de que descubriré quién lo hizo una vez que sea lo suficientemente buena .

Penny, sentada conmigo después de mi primera misión, secando mis lágrimas, acariciándome el cabello, prometiéndome que todo será más fácil. Que me haré más fuerte .

Entonces vuelvo a ver a mis padres en el jardín trasero, charlando sobre algo que ya no recuerdo, pero con el sol, que tan raramente brilla en Escocia, bañando sus rostros de luz dorada.

Aliz me abraza, sus labios rozan mi cabeza. Ha vuelto por mí.

Escondo mi rostro en su pecho. Ella me abraza con fuerza y vuelve a besarme el cuello.

La picazón desaparece.

Frota mi piel, suelta una risa suave.

–¡Ha desaparecido! –exclama. Aliz me inclina la cabeza hacia arriba y veo que tiene los ojos enrojecidos, pero el iris sigue negro–. Lo hicimos, Cassie.

Su rostro tiembla, como si recordara de repente lo que la adrenalina la obligó a olvidar.

–Quería decírtelo –susurro.

–¿Cómo te llamas? –pregunta, acariciando mi mejilla con el pulgar–. ¿Rebecca qué?

–Charity –respondo, antes de que ella se incline y presione sus labios contra los míos.

Es por la adrenalina, supongo. Porque ahora que la marca ha desaparecido, los sentimientos de Aliz por mí también lo harán.

Al menos eso es lo que pienso, pero a medida que el beso se intensifica, lo olvido todo y la atraigo hacia mí tanto como puedo.

Cuando siento el rígido cadáver todavía no muerto de Gustavsson a mi lado, me detengo. Y Aliz lo mira. La cavidad donde antes estaba su corazón ya ha comenzado a cerrarse.

–¿Qué hago? –susurra. Busco la estaca, aún cubierta con mi propia sangre y se la entrego. Luego señalo con la cabeza el corazón medio devorado que yace en el suelo junto a nosotras.

Sus manos tiemblan antes de clavarla y, en un instante, la podrida existencia de Sven Gustavsson se convierte en una nube de humo y polvo.