Libro de sangre y rosas Capítulo 36
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Capítulo 36

E mpujo a Aliz a un lado y la estaca cae a solo unos centímetros de nosotras.

–¡Vete! –grito, sin mirarla.

–¿Qué…? –dice y me mira con los ojos abiertos de par en par, confundida.

–Corre –digo, justo cuando los pasos de Penny resuenan en el pasillo, acercándose a nosotras–. Aliz, por favor…

–¿Por qué tanta prisa?

La voz de Penny, esa voz penetrante tan familiar, llena el pasillo. Miro fijo la ballesta que tiene en las manos, la carga con otra estaca. No .

–Vete –digo de nuevo, pero Aliz no se mueve, mira a Penny boquiabierta. Al uniforme negro, una versión moderna de lo que lleva puesto ella. En cuanto se acerca lo suficiente, se tapa los ojos para no ver la cruz de la máscara blanca de Penny y sisea entre dientes–. Aliz…

–No te preocupes, Rebecca, no la lastimaré.

–¿Rebecca? –repite Aliz.

He estado deseando oírla decir mi verdadero nombre. Pero no es así como quería que sucediera. Me arden los ojos. Se acabó.

Todo está bien , pienso. Solo tengo que mantener a Penny distraída. El tiempo suficiente para que Aliz pueda escapar.

–¿Qué haces aquí? –le pregunto. Pienso en nuestra última llamada, cuando dijo que todo estaba bien.

–No le haré daño, mientras me des el Libro de sangre y rosas –dice despacio.

No se quita la máscara. Con cuidado, preparo mi arco y flecha. Puede que no sea capaz de derrotar a Penny en una pelea, pero puedo entretenerla y dejar que Aliz escape.

–¡Vete! –grito de nuevo.

–¿Quién es Rebecca? –pregunta Aliz, mirándome fijo, con voz temblorosa.

Y Penny se ríe detrás de su máscara. Es un sonido prolongado, que hace eco y se desliza detrás de cada estatua, parece que ellas también se están riendo.

En cuatro años, nunca la había oído reír, así que no puedo imaginarme cómo se ve ahora.

–No soy la única a la que le ha mentido, ¿verdad? –dice Penny–. Pobre señorita Astra.

–¡Aliz, vete ! –grito.

–Tengo una propuesta muy sencilla para ti, Rebecca –dice Penny, deteniéndose a dos estatuas de distancia de nosotras–. Dame el libro y Astra vivirá.

–No lo tenemos –juro con la voz entrecortada.

–Mentirosa –dice. Estaba tan ocupada mirando la ballesta que no vi cómo levantaba la mano izquierda, con un arma plateada apuntando directo a Aliz.

Demasiado tarde, la empujo a un lado. Aliz deja escapar un grito ahogado, llevándose las manos a la cintura, mientras la sangre gotea sobre el suelo de mármol blanco–.

Padre nuestro que estás en los cielos –comienza Penny y Aliz sisea, tapándose los oídos mientras su torso arde, con una bala de plata incrustada en su interior.

–¡Basta! –le grito a Penny. Y antes de poder pensar con claridad, corro hacia ella, dispuesta a clavarle la flecha en el pecho.

Ella se ríe de nuevo y me da una patada justo cuando llego a su lado. El golpe me lanza contra una de las esculturas, que cae entre nosotras, con el brazo extendido partiéndose en dos. Intento encontrar a Aliz, pero antes de poder verla, Penny me está levantando.

–Dime dónde está el libro y ella vivirá.

–Golpea mi cabeza contra el espejo y siento cómo se rompe el cristal, mi sangre se enfría cuando llega a mi cuello.

El pasillo da vueltas y, aunque la herida se cura rápido, el dolor en mi cabeza no desaparece–.

Dímelo y me aseguraré de que tu muerte sea rápida, Rebecca.

–¡Mi padre quemó la biblioteca! –La voz de Aliz suena a lo lejos, tensa.

Penny me afloja un poco.

–Eso no es posible. Fausto me dijo que la habías encontrado.

Se quita la máscara y descubro una expresión que nunca había visto en ella antes. Tiene los ojos abiertos de par en par, salvajes. Por primera vez desde que la conozco, no es una guerrera sin emociones.

–¿Por qué haces esto? –pregunto con voz entrecortada.

Penny me mira fijo como si fuera una extraña.

–¿De verdad creías que podías traicionarme y salir impune? –pregunta, con las manos alrededor de mi cuello, sin dejarme respirar–. ¡Dame mi libro, estúpida de mierda!

Ella aprieta más fuerte y yo veo blanco. Siento como si los ojos se me fueran a salir de las órbitas.

–¿Traicionarte? –logro articular, con lágrimas mezcladas con sangre, cayendo por mi rostro–. Sé que no me reclutaron por casualidad. Sé que…

No sé qué sucede después, pero mi mente se apaga. Y con mi última pizca de conciencia, oigo la voz de Aliz.

–¡Lo único que había en la biblioteca era el fantasma de mi hermana!

Caigo al suelo, ya sea porque Penny me soltó o porque Aliz de alguna manera la apartó de mí.

Toso y me esfuerzo por respirar. Siento un zumbido en los oídos y, cuando levanto la vista, la única persona a la que veo es a Aliz.

Miro a lo largo del pasillo, con mi corazón acelerado, esperando ver a Penny apuntando su ballesta.

Pero se ha ido.

Poco a poco, la fuerza vuelve a mi cuerpo, cada herida interna se va cerrando. Respiro despacio.

–Pensé que mi hermana solo estaba molestándome –dice Aliz, de pie frente a mí. La bala de plata ha caído al suelo. No puedo distinguir su expresión cuando encuentro su mirada oscura–. Pero en serio mentiste sobre tu nombre.

–Puedo explicarlo –comienzo. Ella abre los ojos de par en par, sorprendida.

–Te di muchas oportunidades para hacerlo –dice con voz quebrada. Me muevo, quiero tocarla, pero ella agrega–: ¡No me toques!

–¡Aliz! –Me pongo de pie, intento calmarme–. Por favor…

Sale corriendo, como lo haría cualquier vampira común si supiera lo que soy.

–¡Espera! –grito.

–¡No me sigas! –gruñe. Siento cómo esas palabras y el poder que encierran me detienen en seco en la escalera.

Ella baja corriendo y yo me quedo ahí, mirando el retrato de Ada Astra.

Me arden los ojos y, si es que tengo una, mi alma empieza a desmoronarse, se desintegra, mientras las líneas ocultas bajo la gruesa capa de maquillaje se clavan en mi piel.

La encontraré de todos modos, aunque no pueda seguirla. Corro por el pasillo, de regreso a la habitación de Ada. La ventana por la que Penny debió haber entrado sigue abierta. Me seco las lágrimas, pero es inútil. Aliz no me perdonará por esto. Penny me odia. Lo he arruinado todo.

Miro hacia afuera y allí, justo fuera del salón de baile, está el laberinto.

Gustavsson está de pie en la entrada, con los brazos cruzados, mirándome con una sonrisa amplia y los ojos brillantes y rojos.

Aliz dejará que nuestro contrato se selle y, pasada la medianoche, sus deseos se convertirán en los míos. Pero si hay algo que aún puedo hacer es sacarle la verdad a ese pedazo de mierda.

Salto al techo del salón, sobre el cristal grueso y húmedo.

No miro hacia abajo para ver si alguien se ha dado cuenta de que estoy encima de ellos.

No pierdo tiempo, corro por el cristal inclinado, intento no deslizarme por el borde.

Justo cuando llego al final, antes de saltar, Gustavsson desaparece en el laberinto.