Libro de sangre y rosas Capítulo 35 #2
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Capítulo 35 #2

Gustavsson lleva el mismo atuendo, pero menos llamativo. En lugar de plateado o verde, su traje es blanco y negro. Y cuando sus ojos se encuentran con los míos, sé que lo tengo.

–¿Profesor? –digo. Su música, que hasta ahora no había cortado en absoluto, se ve interrumpida, y el olor de mi sangre tiñe sus ojos de color carmesí.

He hecho algo un poco arriesgado, lo suficiente como para que todos los vampiros a mi alrededor volteen y me miren también: un corte en la palma de mi mano, que se curó de inmediato, pero igual dejó una película de sangre.

–¿Qué pasa, Cassie? –pregunta–. No la he visto en clase. –Su voz me atraviesa la piel, me resulta familiar. Pero mantengo mi rostro impasible, con una expresión leve de lujuria.

–Me moría por verlo –digo–. ¿Cuánto tiempo va a tocar?

Me mira, horrorizado. Y yo insisto.

–Quiero continuar nuestra conversación .

–¿No le importará a la señorita Astra? –pregunta, mirando al otro lado del salón. Niego con la cabeza.

–No tiene por qué saberlo.

Él arquea una ceja y luego observa a sus compañeros músicos. Me miran fijo, con los ojos enrojecidos por la sed, pero no dejan de tocar.

–Puedo escaparme al final de esta tanda –dice Gustavsson–. Un minuto.

Levanto la vista hacia el techo de cristal, donde la luna se alza entre las ramas y las luces rojas. Vamos a deshacernos de la marca. Al otro lado del salón de baile, veo a Elia hablando con Julia, seguro para evitar que me vea.

–¿Adónde vamos? –pregunta–. Hay un laberinto precioso ahí fuera.

Baja de un salto, dejando al cuarteto atrás.

–Arriba –digo–. Quiero ver el resto del palacio.

Aprieto mi mano, con la sangre secándose, contra la suya, él me huele un poco más profundo.

–Lo que usted quiera, Cassie –dice. Toma mi muñeca y me arrastra entre la multitud. Tengo una sensación de déjà vu mientras voy detrás, tratando de seguirle el ritmo. Siento un ardor en el estómago.

¿Es esto lo que pasó aquella noche? ¿Vicki se quedó en una esquina mirando cómo él me arrastraba al otro extremo del hotel?

Se me hace un nudo en la garganta mientras trato de quitar de mi mente lo que pudo haber pasado. Lo que él hizo que yo no recuerdo.

–Está cerrado –exclama decepcionado, cuando llegamos al final de la gran escalera.

–No me diga que nunca ha roto las reglas –digo, con voz regañona, pasando por encima de la cuerda roja. Él suelta una carcajada breve.

–¿Ve? Le dije que me metería en problemas.

–¿No es eso lo que quiere? –pregunto, mientras subo corriendo por las escaleras de mármol, pasando junto al retrato de Ada Astra, que observa cómo él me persigue. Suelto una risa, acelerando el paso, mi corazón late con fuerza. Siento el pulso en los oídos y las náuseas subiéndome por el pecho.

Solo tengo que meterlo en la habitación de Ada. Luego, cerramos la puerta y lo asesinamos.

Veo una flecha plateada detrás de una de las estatuas. Espero no tener que usarla. Espero que Aliz no haya olvidado sus habilidades y podamos terminar con esto rápido.

–¡No recuerdo que fueras tan divertida la última vez, Rebecca! –grita, justo cuando estoy a punto de llegar al final del pasillo, donde se esconde Aliz.

El sonido de mi nombre casi me hace perder el equilibrio y, antes de que pueda pensar en cómo responder, me toma por la nuca, enredando los dedos en la corona plisada y me empuja contra uno de los espejos.

El dolor hace que me quede ciega por un segundo. Cuando abro los ojos, sus manos sujetan mis mejillas y sus ojos brillan con un rojo intenso, me clava la mirada y dice:

–Mátate.

–¡No!

El grito viene de la habitación de Ada. Aliz sale corriendo mientras siento cómo la sangre corre por mi cara. No empuña su espada, sino que solo corre hacia nosotros mientras Gustavsson la mira, divertido.

–Es la inútil heredera –dice, antes de acercarse y lamer mi cara.

No puedo usar mi estaca, dañaría el corazón.

En vez de eso, me abalanzo sobre él y le doy un rodillazo entre las piernas.

Justo cuando deja escapar un grito, se convierte en murciélago.

No voy a permitir que se repita lo de Inverness, así que, antes de que pueda volar, alcanzo la flecha de plata que hay detrás de la estatua.

Ignoro el dolor de cabeza mientras apunto y suelto la flecha.

Vuelve a transformarse en su forma humana, con la flecha clavada en el estómago.

No miro a Aliz. No tengo tiempo para ver su expresión, cómo se da cuenta poco a poco de que le he mentido sobre absolutamente todo.

–No estuvo mal –dice Gustavsson con una voz tranquila. A pesar de que la plata lo quema, sujeta la flecha clavada en su estómago y la saca con un movimiento fluido, mientras sus manos echan chispas–. Pero podrías haber apuntado a la cabeza.

Está herido, pero, aun así, antes de que pueda alcanzarlo, vuelve a transformarse en murciélago y desaparece por la escalera.

–¡No! –grito.

Tardo demasiado en alcanzar la flecha. Cuando tiro del arco, él ya se ha ido.

–¿Cassie?

Siento como la adrenalina corre por mis venas, bajo el arma y volteo. Aliz me mira fijo, su rostro está pálido.

–Te hipnotizó para que te mataras –dice con voz tensa.

–Estoy bien –digo.

Miro hacia el pasillo, hacia la puerta abierta que lleva a la habitación de Ada Astra. Desde aquí se ve la ventana abierta. Y detrás, hay una silueta.

La reconozco incluso con la máscara puesta. La mujer que me enseñó a sobrevivir en las sombras.

Penny levanta un arma, una ballesta cargada con una estaca larga. Y dispara.