Libro de sangre y rosas Capítulo 35
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Capítulo 35

P edaleo hasta el pabellón de caza, con el arco rebotando entre mis alas mientras cruzo el puente de piedra.

Hay flechas de plata escondidas por todo el palacio.

Será bastante sencillo. Le dispararé a Gustavsson en la cabeza y luego le rogaré a Aliz que comparta su corazón conmigo.

Siento un ardor en la garganta y enseguida levanto la vista.

La luna llena brilla sobre el bosque. No se verá roja hasta la medianoche, durante el eclipse. Siento cómo el viento me azota los hombros y hace bailar las aberturas de mis mangas holgadas. Espero que Elia haya encontrado la manera de calentar el palacio, o moriré congelada antes de las doce.

Ha decorado los árboles de los alrededores con las mismas luces rojas que al resto de la casa. Y recuerdo aquel primer sueño en el laberinto, el cuervo de ojos rojos brillantes picoteando el cuerpo moribundo de Aliz.

Cuando entro, el baile ya ha comenzado, los pasillos están repletos de vampiros bebiendo de sus copas. Cualquier desliz que vea me dará una excusa para matar.

Para robar un corazón.

Los vampiros a mi alrededor voltean para observarme y, mientras evito sus miradas sedientas, me doy cuenta de que voy algo mal vestida.

Mi falda me llega justo por encima de la rodilla.

Las vampiras que me rodean llevan vestidos largos hasta el suelo con volantes, encajes y cristales.

Algunos parecen vanguardistas sacados directo de una pasarela, mientras que otros son piezas de época de una infinidad de países y siglos.

Y todos, sin importar su corte o estilo, son lujosos.

Elia me prometió que había convencido a Gustavsson para que tocara con un cuarteto.

Y cuando miro hacia el final del salón, lo veo.

Mi corazón late fuerte en mi pecho. Aunque es parte de un grupo, de alguna manera escucho su violonchelo por encima del resto, ese sonido se graba en mis oídos. Él no mira en mi dirección.

Siento una inquietud en el estómago. Pronto veo a Ife y Stephan entre las parejas que bailan, ella ríe, echando la cabeza hacia atrás mientras él le susurra algo al oído.

Stephan va vestido de espantapájaros, con paja asomando de un traje de retazos y un sombrero que oculta su melena castaña y espesa.

Ife lleva un vestido negro muy delicado con un corsé confeccionado todo en plumas, que se alargan a medida que caen en cascada hacia la falda.

Los detalles plateados salpican todo el vestido.

Y se ha pintado líneas alrededor de los ojos, formando destellos en espiral.

Lleva el cabello trenzado, recogido sobre la cabeza, con un pequeño trozo de heno asomando entre las horquillas, un detalle que conecta su disfraz con el de Stephan.

Nunca había sentido envidia hacia ellos hasta ahora, cuando me doy cuenta de que nunca tendré lo que tienen.

Aunque por milagro lograra deshacerme de la marca y Aliz decidiera que sus sentimientos por mí son reales, nunca podríamos comportarnos igual que Ife y Stephan. Ella no me querría en público.

–¿Cómo me veo?

A mi lado, con un traje del siglo XIX lleno de roturas e hilos sueltos, está Julia.

Lleva la piel pintada en distintos tonos de azul, verde y morado.

Con varias líneas, trazadas con mucho cuidado, que atraviesan su piel.

Puntadas que unen los tonos desiguales. Y para sujetarlo todo hay dos tornillos metálicos pegados a su cabello.

–Espantosa –digo–. ¿Eres el monstruo de Frankenstein?

–El único e inigualable –dice ella con una sonrisa–. ¿Quieres bailar?

–No soy muy buena –advierto.

–Yo tampoco –dice entre risas.

Su mano fría se siente frágil entre las mías, tan ligera que podría romperse si la aprieto con fuerza. Ella mira a su alrededor, tratando de averiguar los pasos del baile.

–Creo que es un vals –digo, rodeándole la cintura con un brazo y acercándola a mí.

–Me encanta bailar el vals –dice, pisándome.

–Es mi baile favorito –respondo, esquivando a una pareja que claramente sabe lo que hace.

Ife y Stephan pronto pasan junto a nosotras.

–¡Lo estás haciendo muy bien, cariño! –grita Ife.

–Gracias –respondo

–¡Gracias, mamá! –responde Julia. Cuando me mira, sigue sonriendo. Y mientras la observo, pienso que no sería tan malo. Si Aliz me convierte, al menos tendré a mis amigos vampiros. Y podré contárselo todo a Julia. Ella lo entenderá, ¿verdad?

El vals termina y siento una mano en mi hombro.

–¿Me concedes este baile?

Aliz lleva el cabello peinado hacia atrás y, al principio, no tengo ni idea de qué se supone que es su disfraz, todo negro. Por primera vez, no está usando un traje. Más bien, es una mezcla de cuero viejo y alguna otra tela resistente, con una pesada capa que le llega a la cintura.

–Claro –respondo, y le lanzo una mirada de disculpa a Julia.

–Guárdame otro para más tarde –dice ella antes de desaparecer detrás de las otras parejas.

–No sé bailar –digo, mucho más consciente de cómo me muevo ahora que Aliz está frente a mí.

Ella arquea una ceja, mirándome con expresión de no me digas .

Teniendo en cuenta que es la heredera de la familia Astra, no debería sorprenderme que ella sea capaz de guiarme con tanta facilidad.

Damos una vuelta y siento algo duro presionándome el muslo.

Miro hacia abajo y veo una funda. Trago con dificultad y levanto la mirada hacia Aliz de nuevo.

–¿De qué te disfrazaste exactamente?

–Es algo difícil enviarte un mensaje de texto así, Cassie –dice.

–Solo dime.

Me hace girar y, cuando vuelvo a estar frente a ella, me dice:

–Este es el antiguo uniforme de Catherine Lovelace. Así que, podría decirse que estoy vestida de cazadora de vampiros.

No sonríe ni se ríe después de decir eso. Durante un segundo horrible que se siente eterno, creo que va a decirlo. Sé lo que eres . Pero no lo hace. Su expresión es sombría por alguna razón diferente.

–He encontrado a alguien –susurra–. Bueno, Elia lo encontró. –Aliz me toma con fuerza de la cintura. Mira hacia el escenario y luego vuelve a mirarme–. Gustavsson.

Me cuesta mantener la calma. Si matamos a Gustavsson antes de que tenga la oportunidad de hablar con él, nunca sabré por qué estaba en mi baile de graduación.

Pero hay demasiado en juego como para preocuparme por mantenerlo con vida.

Trago con dificultad y miro a nuestro objetivo.

Está pendiente de unas chicas entre la multitud, sonriéndoles de vez en cuando. ¿Eso hizo en mi baile?

–¿Estás segura de que quieres hacer esto, Aliz? –pregunto.

La expresión en su rostro se suaviza, pero la tristeza permanece.

–Sí. No puedo hacer que renuncies a tu mortalidad por mi culpa.

Porque esto es culpa mía. Si me hubiera detenido a pensar por un segundo antes de darte mi sangre, me habría dado cuenta de que era una pésima idea, mierda.

Pero estaba tan preocupada por ti. –El rápido vals está llegando a su fin y la voz de Aliz se vuelve más tensa–.

No había podido pensar en nada más que en ti y, de repente…

–Suelta un suspiro tembloroso–. Te estabas muriendo. Y no podía permitir que eso sucediera.

Apoya su frente contra la mía y yo respiro con calma. Empieza la segunda tanda de baile.

–¿Cómo lo haremos? –pregunto, en voz baja. Ya tengo un plan dando vueltas en mi cabeza.

–Eh… –Ella lo mira–. Podría decirle que necesito hablar.

–No –susurro. Aprieto los dientes, no me gusta lo que estoy por decir–. Lo atraeré arriba. No rechazará mi sangre. –Antes de que Aliz pueda interrumpirme, agrego–: No dejaré que beba. Solo tenemos que sacarlo de entre la multitud. Espera en la habitación de tu hermana, yo lo llevaré allí.

–Es peligroso –murmura. Sus manos tiemblan al darse cuenta de que todo esto es real.

–Claro que lo es –digo, y alzo la mano para acariciar su mejilla–. Pero si en verdad quieres hacerlo, este es nuestro mejor plan.

A pesar de estar entre la multitud, a pesar de todas las bocas indiscretas que nos rodean, Aliz se inclina y me besa. Un beso breve e inocente, pero dulce.

–¿Estás segura? –pregunta.

–Sí –respondo–. ¿Sabes cómo usar eso? –pregunto, mirando la espada de su disfraz de cazadora.

Aliz asiente un poco con la cabeza.

–De niña era una especie de prodigio en la esgrima. –Respira hondo y agrega–: Solo tengo que imaginar que soy mi padre. O mi hermana. O, literal, cualquier otro Astra que haya pisado la tierra.

–Nos vemos allí al final de la próxima tanda de baile –digo.

Todavía no puedo creer que haya aceptado.

Siento cómo me tiemblan las manos. Si Gustavsson me recuerda, y tengo la sensación de que así es, revelará mi identidad.

Quizá solo una parte. Podría decir mi nombre y todas las preguntas de Aliz saldrían a la luz.

Espero que esas preguntas se respondan después de que nos deshagamos de la marca.

Respiro hondo y busco en mi ser hasta convertirme en la misma cazadora de vampiros que era antes de llegar a Tynahine. Cuando podía colarme en una fiesta de sangre y convencer a cualquiera para que me siguiera a un lugar oscuro y peligroso.

Empiezo a cruzar el salón de baile y, antes de llegar al escenario, tropiezo con Elia, con su traje largo de muselina estilo romano.

El tipo de vestido que seguro usaba cuando era joven, hace dos mil años.

Lleva el cabello medio recogido, con mechones plateados.

Parece una diosa. Y la media luna pequeña que lleva en la cabeza indica que es Diana.

–Buena suerte –susurra. Ella fue quien logró convencer a Aliz. Aprieto sus manos, intento encontrar las palabras para agradecerle. En lugar de eso, solo asiento y sigo caminando.

Veo el escenario frente a mí. Los cuatro músicos llevan trajes con volantes del siglo XVIII , pantalones cortos y medias hasta la rodilla. Llevan capas y sus instrumentos están decorados con calaveras y arañas. Uno de ellos incluso se ha puesto una peluca blanca.