Libro de sangre y rosas Capítulo 34
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Capítulo 34

N o regreso a la habitación hasta pasada la medianoche.

Veo a Aliz sentada en su escritorio, revisando algunos de los libros que tomamos prestados de la Colección Palau durante los primeros días con la marca, cuando ninguna de las dos sabía que Palau era, en realidad, Elia.

Parece sorprendida al verme regresar y, en cierto modo, yo también lo estoy.

No me quedé a ver su reacción después de hipnotizarme.

Siento una picazón en el cuello que intento ignorar lo mejor que puedo. Nuestra discusión, inconclusa, flota en el aire.

Mis amigos están en la mesa habitual, en el rincón más alejado de Ambrose, jugando a las cartas. Stephan bebe cerveza y las vampiras, sangre. Espero a que me bombardeen con preguntas sobre mi nueva vida como familiar. Pero nadie dice nada.

Miro a Julia, con su rostro serio de siempre, mientras toma una carta del montón esparcido sobre la mesa.

Están jugando al ¡Ve a pescar! y en cuanto me uno, Ife me roba dos reinas.

Julia no les ha dicho nada sobre la marca.

Ni siquiera me mira el cuello mientras estamos sentados.

Quiero apretarle el brazo, decir gracias, pero no debo hacerlo.

–¿Cómo se vestirán para el baile? –pregunto.

–Ah, es sorpresa –dice Ife, mientras elige una carta.

–Quería ir como animadora zombi –comenta Julia. Una elección un poco fuera de lugar–. Pero parece que eso no es lo suficientemente formal para Elia.

–¿Y tú, Cassie? –pregunta Stephan.

–También es una sorpresa –respondo. Aún no lo he pensado.

Mis cartas son malísimas, no forman nada.

Pero entonces le pido a Ife sus nueves y, entre dientes, me lanza tres.

Le devuelvo la sonrisa y coloco mi primer juego sobre la mesa.

Jugamos otras tres rondas antes de escuchar algo detrás de nosotros.

El ruido de los tacones de Elia sobre las baldosas anuncia su llegada.

Entonces unas manos familiares se posan en mis hombros.

Mis músculos se relajan y la picazón ardiente desaparece.

Levanto la vista, Aliz me mira fijo. A pesar de que está a mi lado, la siento a kilómetros de distancia.

Veo como su mirada se desplaza al otro lado de la mesa y frunce el ceño, confundida.

No entiendo esa expresión hasta que veo la mirada gélida de Julia.

–Invitaciones –dice Elia, repartiendo pequeños sobres de color rojo mientras siento cómo crece la tensión entre Aliz y Julia. Pero, por suerte, ninguna dice nada.

La ventana de nuestra habitación está abierta, revelando una noche despejada.

Veo la luna creciente. El baile es el martes y ahora me siento más impotente que cuando encontré la marca.

Puedo escuchar cómo se abre la cerradura de la puerta y me escondo rápido detrás de las cortinas de mi cama. Aliz no dice nada al entrar.

“Siempre estás mintiendo”.

Sé que sospecha de mí. No estoy del todo segura de por qué, pero no me mira igual desde la pelea.

El dolor en mi pecho es mucho más fuerte que la picazón de la marca.

No quiero ser su familiar, pero tampoco su enemiga.

Ella no se merece esto. Tiro de las cortinas y observo la habitación.

Su cortina está cerrada, no puedo verla.

Las cosas están mucho peor que cuando nos conocimos.

Al menos entonces, aunque no nos soportábamos, todavía podía verla.

Y aunque seguimos durmiendo una al lado de la otra para evitar las pesadillas, esa es toda la cercanía que hay entre nosotras.

No nos hablamos. Trago con dificultad y cruzo la habitación, me detengo delante de sus cortinas.

–¿Podemos hablar? –pregunto.

–Claro –dice con voz nasal.

Levanto una cortina y la veo, mirándome desde su ataúd. Sus ojos están inyectados en sangre.

–Quizás yo no debería hablar –dice–. No quiero que vuelva a pasar.

Observo sus rasgos y siento un impulso por tocarla que me recorre las venas, pero lo ignoro.

–Está bien –susurro.

Ya sé lo que quiero decir. Sé a lo que deberé renunciar por hacerlo, pero no hay otra alternativa. A menos que, por arte de magia, encontremos otra cura antes del martes por la noche.

–Quizá te esté pidiendo mucho –comienzo, intento sonar tranquila. Segura de mí misma–. Pero si la marca se vuelve permanente… –Toco mi cuello, con los dedos temblando–. ¿Me convertirías?

Aliz abre los ojos de par en par y, antes de que pueda interpretar su expresión, se inclina hacia delante y esconde el rostro. Inhala profundo.

–Sabes –dice–, me has dicho muchas mentiras. Pero cuando dijiste que preferías morir antes que convertirte en vampira, supe que decías la verdad.

Siento un pinchazo en el pecho.

–Solo si no encontramos otra cura –digo.

Estiro la mano para tocar su rodilla. Por un momento, creo que va a alejarse, pero toma mi muñeca y me atrae hacia ella, rodeándome con los brazos.

–Lo arreglaremos –afirmo con la voz quebrada. Podría ser peor. Podría odiarla. Podría tener más que perder. Pero si no somos capaces de resolver esto, prefiero renunciar a mi mortalidad antes que a mi libre albedrío.

Y si alguien va a convertirme en el monstruo contra el que he luchado durante los últimos cuatro años, quiero que sea ella.

Aliz se aparta un poco, rozando mi mejilla. Sus ojos buscan los míos y yo asiento con la cabeza. En cuestión de segundos, me derrito en sus brazos, sus labios están tan hambrientos como durante nuestro primer beso.

Me subo al ataúd, empujándola hacia abajo. La madera cruje mientras desabrocho los botones de su chaleco.

–¿Todavía no puedo tocarte? –pregunto. Desprendo el último botón nacarado. Debajo lleva una camiseta de algodón que deja ver sus pezones endurecidos contra la tela.

–Quiero que lo hagas –dice, sin aliento.

–¿Pero…?

De repente, se endereza y deja caer la camisa, deslizándose por sus brazos tonificados, mientras me empuja hacia atrás.

–Pero sigo sin confiar en mí misma –susurra, subiéndome la falda–. Hueles demasiado bien.

Traza el contorno de la marca con los dedos, una línea recta desde mi cuello hasta mi torso. Aunque las espinas terminan justo debajo de la cintura, Aliz continúa, sigue sus dedos con los labios, logrando, en solo unos minutos, deshacer todas mis preocupaciones.

Afuera, la luna llena se esconde tras las nubes densas que cubren nuestra ventana. Pronto alcanzará la misma fase que tenía cuando Aliz y yo firmamos el pacto de sangre. De alguna manera, esa noche parece haber quedado ya muy lejos.

Mientras Aliz se ducha, yo guardo mis armas, igual que hice cuando fui a Inverness. Tres dagas de plata en el muslo, pero esta vez sin la cruz. Mi estaca, con mi verdadero nombre grabado en la madera, en un bolsillo que Elia ha cosido en las alas blancas que acompañan mi disfraz.

No tiene un corte muy diferente al de los vestidos que uso para las fiestas de sangre.

Y teniendo en cuenta lo que voy a hacer, quizás sea lo más adecuando.

Está hecho de gasa plisada, con una capa de seda debajo.

Me coloco el vestido. Tiene unas mangas largas que dejan mis hombros al descubierto, con un hilo dorado entrecruzado a lo largo de la tela.

Si todo sale como esperamos, al final de la noche estará teñido de rojo sangriento.

Estoy luchando con la cremallera del vestido cuando la puerta del baño se abre con un crujido. Aliz sale, con una toalla sobre los hombros, vestida con una camiseta blanca y unos pantalones de cuero negros. Tiene el pelo todavía húmedo, pegado a la frente.

–¿Me puedes echar una mano? –digo, con la cremallera atascada en la mitad de mi espalda.

Ella asiente con la cabeza. No estoy acostumbrada a que esté tan callada.

Se ha estado comunicando conmigo por mensajes de texto, por miedo a volver a darme órdenes por accidente.

Solo escuché su voz en medio de la noche, cuando nos dejamos llevar, con sus labios en mi cuello y la mano entre mis piernas.

Sube la cremallera hasta arriba y abrocha unos botones que no había visto.

–Gracias –susurro, mientras ella toma el teléfono.

¿De qué te has disfrazado?

–Cupido –digo, poniéndome las alas–. Elia dijo que ella usó este mismo atuendo hace ochenta años. –Aliz detiene su mirada en el lugar donde comienza la marca de familiar, bien oculta bajo una capa de corrector de tatuajes–. ¿Cuál es tu disfraz?

Recorro con los dedos la cintura de cuero de sus pantalones. Mi vestido puede tener ochenta años, pero Elia lo ha conservado impecable. Los pantalones de Aliz, en cambio, parecen muy usados, con roturas cosidas sin cuidado por todas partes. Duda antes de volver a enviarme un mensaje.

Es una sorpresa.

Antes de que pueda quejarme de su respuesta tan imprecisa, me pregunta si quiero que me peine.

–Claro –digo. Me siento en la silla de mi escritorio y ella me recoge el cabello muy despacio en una corona, dejando algunos mechones sueltos para enmarcar mi rostro–. ¿Estoy presentable? –pregunto, mientras inclina mi cabeza.

–Pareces un ángel –susurra, por un momento olvida el silencio.

–Supongo que las alas ayudan.

Me besa, pero intento que sea corto, me aparto antes de que pasemos a más. No puedo permitir que encuentre las armas que llevo atadas en el muslo.

Se lo diré.

Pase lo que pase esta noche, después de la medianoche, le contaré todo lo que le he ocultado. Aunque me cueste todo, aunque nunca vuelva a mirarme, no le diré otra mentira. Al menos una vez, quiero oírla decir mi verdadero nombre.

¿En qué estás pensando?

Miro fijo su mensaje, luego la miro a ella, siento la garganta seca. Si le digo la verdad ahora, lo arruinaré todo. Así que pienso algo que sé que no es una mentira.

–Te amo –susurro.