Capítulo 33 #3
–Fue tres semanas después de mi graduación. Tenía dieciocho años –comienza, pasando las páginas del cuaderno hasta detenerse en el dibujo del metro que vi hace un tiempo–. Iba a reunirme con mis papás en Trafalgar Square. Pero el tren no se detuvo. La verdad es que no sé cómo lo hicieron.
»Secuestraron el tren. Nadie entró en pánico.
Debieron habernos hipnotizado para mantener la calma, aunque no lo recuerdo.
–Esboza una sonrisa amarga–. El tren por fin se detuvo en una estación abandonada y la mujer nos dividió en dos grupos.
A la derecha, los que iban a ser parte del banquete, los más atractivos o con buena sangre.
El resto de nosotros quedamos a la izquierda.
Recuerdo estar allí de pie durante horas, esperando el final.
Pero aquí viene lo curioso, Cassie. No recuerdo mi muerte.
–Lo siento –susurro. Julia respira despacio y mira fijo al cielo. Su cabello es casi tan blanco como el de Aliz.
–Desperté en una jaula –dice–. Cada nuevo vampiro tenía su propia celda con barrotes de plata.
Y yo tenía tanta, tanta sed… –Pasa las páginas y encuentra otro dibujo.
Este representa una gran sala con varias filas de jaulas.
Algunas están rotas. Las siluetas dentro de cada una son borrosas, pero solo una, la de una chica que, supongo, debió ser la jaula más cercana a Julia, está dibujada con detalles fotorrealistas–.
Nos estaban haciendo pasar hambre a propósito.
¿Sabes lo que le pasa a un vampiro si no bebe sangre?
Asiento con la cabeza. Si un vampiro pasa siete días sin beber sangre, se secan, sedientos.
Poco a poco, trato de asimilar lo que Julia me está contando.
La pesadilla por la que pasó. Entonces pienso en mis padres.
Sus muertes, a mano de vampiros sedientos.
Antes de que pueda sacar conclusiones precipitadas, ella retoma la historia.
–Las personas que estaban en las jaulas a mi alrededor comenzaron a transformarse y, aunque no recuerdo su nombre…
–Señala a la chica enjaulada en el boceto–.
Nos prometimos que quien se transformara primero intentaría sacar a la otra.
Ella no me lo dijo, pero ya llevaba cuatro días sin sangre, porque tres días después de que yo despertara ahí…
Sus ojos pálidos se enrojecen.
–¿Ella… se transformó? –susurro.
–Rompió su jaula –dice–. No sé si alguna vez has visto a un vampiro sediento.
Son enormes. Pero, de alguna manera, en su último momento de cordura, ella…
–Aprieta con fuerza el cuaderno–. Rompió los barrotes de mi jaula, no lo suficiente como para que los demás se dieran cuenta, pero sí lo suficiente para que yo…
Deja que yo complete en mi mente lo que sucedió después y continúa:
–Tenía tanta sed que no podía pensar con claridad.
De alguna manera, logré llegar a un hospital y mi instinto me llevó al sector de la morgue.
–Sus hombros tiemblan–. Antes de que pudiera profanar un cadáver, antes de pasar esa línea, el hermano de Ife me encontró.
–Respira hondo y cierra el cuaderno de bocetos con un golpe seco–.
Y ahora nunca volverás a verme de la misma forma –dice en voz baja.
–No digas eso –digo, tomando su mano. Siento un nudo en la garganta–. Nada de lo que pasó fue culpa tuya.
Julia esboza otra sonrisa llena de dolor, veo como se humedecen sus pestañas pálidas.
–No pude salvar a nadie. Toda esa gente… –Aprieto su mano. Quiero decirle que la entiendo. Pero no se me ocurren palabras que puedan llenar el vacío que siente en su pecho. Solo venganza.
–Las personas que te secuestraron… –Hablo con cuidado, veo a ver si cambia de tema. Pero no lo hace–. ¿Llevaban algún emblema? ¿Algo…?
Abre la primera página del cuaderno y ahí está, una insignia en un uniforme.
Una V en color rojo, atravesada por una espada plateada.
De alguna manera, sé lo que es. Julia dijo que era una organización vampírica oscura, que no es el Consejo.
Los Vasallos . Cierra el libro de nuevo y puedo oír el pulso en mis oídos.
Tanto Aliz como Julia fueron víctimas de los Vasallos.
Y si Gustavsson es quien creo que es, entonces mis padres también fueron sus víctimas.
–¿Sabe el Consejo lo que te pasó? –pregunto. Julia frunce el ceño mientras piensa.
–Seguro que sí. El hermano de Ife los contactó de inmediato. Aunque no recuerdo que me entrevistaran.
–Ares Astra es el presidente del Consejo –digo con cuidado, Julia se pone tensa–. ¿Crees que sus…? –Dudo, sin saber muy bien cómo describirlo–. ¿Crees que sus visitas podrían tener algo que ver con esto?
–Tal vez –susurra–. Pero, por suerte, hace tres años que no sueño con él. –Cierra el cuaderno y lo sujeta con fuerza–. Recuerda, si no quieres ser la familiar de Astra, estaré encantada de convertirte. Aunque quizá necesite instrucciones.
–Gracias –digo. Ella sonríe. Y aunque todavía no lo sabe, pienso vengarme por lo que le hicieron, a ella y a todos esos humanos que no pudo salvar.
Cuando llego al pabellón de caza, todo lo que pasó con Aliz vuelve a mi mente.
Elia está sentada junto a la entrada y yo contemplo asombrada el viejo palacio.
Ya terminó de decorar el exterior: telarañas y fantasmas en la parte de arriba, calabazas y espantapájaros entre las columnas.
Hay luces rojas que cuelgan de las glicinas.
–¿Qué te parece? –pregunta.
–Soy su familiar –digo. Ella mira la marca e inclina la cabeza.
–No, no lo eres.
–Pero Aliz me hipnotizó.
–¿Solo con sus palabras? –pregunta.
Asiento con la cabeza, mis rodillas se debilitan de nuevo.
–Rebecca, todavía tienes las enredaderas espinosas alrededor de la marca, ¿no?
–Sí, ¿y? –pregunto y ella toma mi mano, tranquilizándome.
–Si el contrato se hubiera sellado, solo la luna y el primer anillo de espinas permanecerían en tu cuello.
Todas estas otras líneas representan tu resistencia.
Pero claro, tu cuerpo y los poderes de Aliz intentarán sellarlo, así que ahora la marca hace que Aliz sienta el poder que conlleva tener un familiar de sangre.
Poco a poco siento cómo la presión que se había acumulado en mi pecho disminuye. Me siento en los escalones de la entrada y Elia se agacha a mi lado, detiene el dedo sobre la marca.
–No es demasiado tarde –dice–. Aún eres libre, Rebecca.
–Entonces, ¿ahora depende de ella? –pregunto.
Elia suspira, mira hacia el bosque.
–Parece que sí. Pero Aliz es más fuerte de lo que crees. Ella se preocupa por ti, ¿sabes? –dice. Hago una mueca–. Más allá de lo que le haga sentir la marca, ella se preocupa por ti.
–Gustavsson –digo, mientras tomo una de las calabazas más pequeñas y la golpeo para comprobar si es real–. ¿Ha aceptado tocar en el baile?
–Sí –responde–. Pero podría huir si se entera de que lo estamos buscando. –Hace una pausa y me mira fijo–. Y lo necesitamos allí. Tanto si consigues que hable como si no, él es el único objetivo para el ritual, Rebecca.
Se pone de pie y sacude el polvo de sus pantalones.
Es la primera vez que la veo con algo que no sea una falda o un vestido.
Abre una de las enormes puertas y deja al descubierto el interior del palacio, que tiene una decoración muy similar a la del exterior, con coronas de flores secas y calabazas.
Los retratos de Ada Astra han sido retirados y sustituidos por pinturas mucho más macabras.
Un anciano espeluznante devorando a un niño, con el rostro cubierto de sangre.
Figuras fantasmales marchando por una colina.
–Tengo contactos en el Prado –dice–. ¿Acaso puede llamarse fiesta de Halloween sin las Pinturas negras de Goya?
–No puedo decir que las conozco –respondo. Tampoco sé dónde está el Prado. Pero, aun así, me quedo fascinada por los lienzos, con decenas de velas reflejándose en el vidrio que los protege–. ¿Por contactos te refieres a que hipnotizaste a alguien que trabaja allí?
–No ando contando mis secretos –dice. Suspiro y me concentro en un lienzo enorme de cuatro metros de largo.
Las pinceladas gruesas forman una congregación de ancianas con expresiones macabras que producen escalofríos.
Hay una cabra presidiendo su reunión. El título, grabado en el marco, dice EL AQUELARRE.
Las esculturas de alrededor también han sido reemplazadas.
En lugar de ninfas o bustos de antiguas vampiras, hay criaturas con expresiones grotescas talladas en mármol, con grandes cuernos o alas de murciélago, todas sosteniendo pequeños cuencos que, supongo, se llenaran de sangre la noche de la fiesta.
–¿Y si nos equivocamos con Gustavsson? –Aunque sé que no–. ¿Y si es inocente?
Pasamos por alto la gran escalera, que ha bloqueado con una cuerda roja, y entramos directamente en el salón de baile de cristal. Elia ha adornado las paredes transparentes con ramas retorcidas y luces de colores. Voltea para mirarme.
–Seguro ya hayas matado a más de un vampiro inocente, ¿no? –suelta con frialdad.
–Solo mato monstruos –digo. Hay un escenario en la esquina del salón y me detengo para mirarlo. Siento una picazón y un dolor muy fuerte en el cuello, la marca me está indicando que debo volver con mi ama. Ignoro el malestar–. Nunca he matado a nadie que no haya intentado asesinarme primero.
–Supongo que sería de hipócrita culparte por tu pasado –dice, tomando mi mano. Su tacto tan suave es extrañamente reconfortante–. En mis peores momentos de sed, he matado gente inocente. En especial durante mi primer año como vampira.
Siento un escalofrío al escuchar eso, mis prejuicios brotan a la superficie.
–No creo que Aliz quiera hacer el ritual conmigo –digo. No sé de qué otra forma llamar a la cura de Ada–. Ella no es como nosotras.
–Intentaré hacerla entrar en razón –dice. Suelta mi mano y esboza una sonrisa triste. Como si ya supiera que es una causa perdida.