Libro de sangre y rosas Capítulo 33 #2
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Capítulo 33 #2

–Es la marca –digo apretando los dientes. Ella se apresura hacia mí, presiona su mano contra las líneas, y la sensación de quemazón desaparece despacio. Exhalo–: Gracias.

Siento cómo la mano de Aliz tiembla sobre mi cuello.

–¿Quién era? –me pregunta en cuanto acaricio su mano.

Trago con dificultad, sin soltarla. ¿Y si le cuento todo ahora mismo? No. No puedo.

–Una amiga de la familia. –Penny es mi familia. Así que lo que digo no es exactamente una mentira. Aun así, no puedo mirar a Aliz a los ojos mientras lo digo–. Siento que la hayas oído.

–Ella… –Duda, puedo percibir la tensión en su voz–. ¿De verdad me llamó sanguijuela?

Yo he dicho esa palabra. La he pensado y usado en mi cabeza para todos los vampiros que he conocido aquí en Tynahine. Ife, Julia, Elia, Aliz. Pero ahora ese término me molesta.

–No le agradan los vampiros –digo. Aliz me levanta el mentón, dolida.

–Tu familia ha trabajado con vampiros durante siglos –dice–. Entonces, ¿por qué querrías relacionarte con alguien así?

–¿Cómo sabes que mi familia trabaja con vampiros? –pregunto, tratando de ignorar la pregunta.

–Porque te busqué en Google –dice, con las mejillas enrojecidas–. Nunca me cuentas nada sobre ti.

Mi respiración se detiene. Siento cómo el calor se escapa de mi rostro y la miro. Aliz saca su teléfono, con el rostro aún tenso, y abre una página web.

–“Los Smith son socios desde hace mucho tiempo de las familias Macleod y Willow, una asociación que viene del siglo XVIII”. Eso aparece en la página web de tus padres. Sé que son familias de vampiros.

Intento decir algo, pero tengo un nudo en la garganta.

–¿Por qué le caemos mal, si su familia ha hecho fortuna gracias a los vampiros?

–Yo no soy como ellos –digo, tratando de mantener la calma.

–¿Y cómo eres, entonces, Cassie? –pregunta, su voz cada vez más tensa.

–No soy como ellos –insisto, y cuando intento acercarme a ella, da un paso atrás, veo su rostro aún enrojecido por la ira–. Quizás antes de venir a Tynahine sí. No te voy a mentir, pero…

–¡Siempre estás mintiendo! –exclama, tajante. Cualquier expresión que ponga le caerá mal–. ¿Crees que no me doy cuenta? Mientes todo el tiempo. Desde el momento en que hablamos por primera vez.

Me arden los ojos. Todo este tiempo pensé que había sido cuidadosa. Aliz parece querer decir algo más, algo que arruine todo entre nosotras.

–Dime, ¿crees que soy una sanguijuela?

No levanta la voz. Sin embargo, de alguna manera, la oigo muy fuerte.

Resuena en mi cabeza, las palabras envuelven mi mente, excavando profundo en el espacio que se ha marchitado y quemado desde que me convertí en cazadora de vampiros.

Siento cómo el dolor me arde en la marca, las espinas clavándose en mí.

–No –digo. Mi rostro está paralizado. Reconozco esa sensación. Pensaba que la había olvidado, pero es tan real como lo era antes de que me hiciera inmune a ella.

–Entonces, ¿por qué no confías en mí?

Aliz afloja su control sobre mí y yo la miro boquiabierta, observo sus ojos negros sin siquiera un rastro de color rojo.

–¿Qué sucede? –pregunta.

–Me acabas de hipnotizar –digo. Siento las piernas flojas, pero no me dejo caer. Aparto la mirada, aunque sé que no verla a los ojos no cambiará nada. Puedo sentirlo, su mente mezclándose con la mía. Hay hilos que controlan mis palabras, mis pensamientos, mis movimientos.

–¿Qué? –Aliz sigue furiosa, pero cuando ve mi expresión, algo cambia.

Se acabó.

Todavía nos quedaban seis días, pero de alguna manera… Tapo mi boca con mis manos e intento respirar con calma, me contengo para no gritar. No . No pasé meses de tortura en el entrenamiento de Calisto para evitar la hipnosis solo para que Aliz lo haga sin siquiera mirarme .

–Esto no puede estar pasando –digo.

–Yo no…

–Inténtalo –digo, con un nudo en la garganta–. Dame una orden.

Niega con la cabeza, sin verme a los ojos. Pero también debe haberlo sentido, un nuevo poder otorgado por la marca de familiar, porque vuelve a mirarme, decidida. Escucho cómo el viento sopla contra la ventana.

–Voltea –ordena, y mi cuerpo se mueve. Obligado, da una vuelta.

Corro.

Corro porque, aunque me dijo que voltee, no me dijo que me quedara. Y mientras no esté a su lado, sigo siendo libre. No me importa si duele. No puedo permitir que vuelva a suceder. No puedo dejar que Aliz me hipnotice. Pase lo que pase.

Corro hasta pasar el bosque de pinos y la biblioteca Kinsnet, salgo al terreno desconocido que se extiende detrás del campus. Corro hacia el río, hacia el puente que lleva al pabellón de caza. Los ladrillos están cubiertos de musgo, erosionándose despacio, bajo siglos y siglos de lluvia.

Hay alguien sentado en el muro, con las piernas colgando por el borde.

Su cabello parece blanco bajo el tenue resplandor de la luna.

Al acercarme, veo un cuaderno de bocetos en su regazo y una paleta pequeña de acuarelas a su lado.

Julia voltea cuando nota mi presencia y se pone tensa.

Tenía intención de preguntarle por sus pinturas el otro día.

Sé que mi reacción debe haberla asustado.

Quería ver si había algún boceto que me ayudara a averiguar algo más sobre Gustavsson o sobre las cosas que había olvidado de la noche del baile.

Pero después de que nos viera con Aliz en la biblioteca, tengo la sensación de que ahora no le caigo tan bien.

Estoy a punto de romper el silencio cuando me doy cuenta de que su mirada está fija en mi cuello.

No llevo cuello alto ni bufanda. Tapo la marca con la mano, pero ya es demasiado tarde.

La ha visto.

–No es lo que parece –digo. Pero sí lo es .

–¿Qué es? –pregunta, con voz temblorosa.

Por supuesto que no la reconoce . Siento un nudo en el estómago.

–Es una marca de familiar –digo, y ella me mira fijo mientras el silencio se apodera de nosotras. Me acerco más, hasta que estoy a su lado–. Soy la familiar de Aliz –admito. Julia no agrega nada durante varios minutos.

–Familiar –dice. Hundo mis uñas en la pared húmeda del puente–. ¿Hiciste un pacto de sangre?

Un momento después, mirando cómo el río fluye debajo de nosotras, le cuento. No estoy segura de por qué puedo hablarle así. Quizás sea por ese vínculo extraño del pasado, del que Julia ni siquiera sabe. Pero me apoyo en la pared junto a ella y le cuento todo.

–Estaré bajo su mando hasta el día de mi muerte –digo, siento un dolor en el pecho.

El viento húmedo y frío sopla sobre las páginas de su cuaderno de bocetos.

–La inmortalidad no es tan mala como crees –dice al fin, dejando a un lado el pincel–. Pensé que mi vida había terminado cuando me convirtieron. Pero la noche es tan hermosa como el día cuando tienes nuestros ojos.

Después de un momento, me entrega su cuaderno. En la primera hoja veo una réplica exacta de lo que tenemos delante: un río sinuoso, rocas cubiertas de musgo marcando el curso del agua y las Tierras Altas, ondulantes, en la distancia.

Pero los colores no coinciden con lo que veo. Las sombras que nublan mi visión no están presentes en las páginas gruesas y aún húmedas. La noche, capturada en el cuaderno de Julia, es una infinidad de tonos azules y violetas, agua brillante y estrellas vívidas.

–Ser vampira tiene sus ventajas –dice.

No sé por qué, pero mirar el cuaderno me tranquiliza. Poco a poco, mientras respiro, consigo concentrarme en el presente.

–¿Por qué me cuentas esto?

–Porque solo los humanos pueden ser familiares –dice–. Así que, si quieres, puedo convertirte, Cassie.

Miro cómo me sonríe. He estado tan concentrada en no perder la fecha límite, en romper el contrato antes de la luna llena, que no se me había ocurrido que había otra manera. Una mucho más obvia.

No puedo evitar reírme y Julia me mira boquiabierta, y con el ceño fruncido.

–¿Qué pasa?

–No puedo –digo, negando–. Me alegra que hayas hecho las paces con lo que eres.

Y gracias por ofrecerte, pero… –Sacudo la cabeza de nuevo–.

Pero no, gracias. –Ella suelta un suspiro, similar a un silbido, y me mira.

Siento como si la hubiera ofendido–. Sé que no tenías otra opción –agrego–. Lo siento, Julia.

–No te disculpes –dice en voz baja. Da una palmadita al espacio junto a ella en la pared húmeda.

Siento cómo la adrenalina sigue corriendo por mis venas.

Pero hay algo en Julia que me tranquiliza.

Y jamás hubiera asociado esta sensación con un vampiro–.

No odio lo que soy ahora, pero la forma en que me convertí podría haber sido mejor.

–Subo al borde de piedra, cubierto de musgo entre los ladrillos viejos.

Siento mis botas pesadas mientras cuelgan sobre el río serpenteante.

Volteo para mirarla y ella comienza a hojear su cuaderno de bocetos–. ¿Quieres saber cómo fue? –pregunta.

–Si te sientes cómoda compartiéndolo –digo en voz baja.

Ella aprieta los labios con fuerza. Siento que, sea cual sea su historia, nunca se sentirá cómoda contándola.

–Bueno, tengo que advertirte que no es una historia agradable –comienza, tratando de que su voz suene despreocupada–. Después de todo, tiene que ver con mi muerte. Pero lo más importante es que todavía no entiendo por qué lo hicieron.

–¿Quiénes?

–Una… –Duda, como si se le hubiera pegado la lengua al paladar–.

Una asociación vampírica. No es el Consejo –aclara–.

No recuerdo ningún nombre, solo… –Hojea las páginas hasta detenerse en el retrato de una mujer.

En finas capas de acuarela, una capucha gris que oculta el rostro de una vampira.

El retrato es tan detallado que parece que la mujer pudiera cobrar vida en cualquier momento–. Ella fue quien nos separó.

–¿Cómo? –pregunto mientras subo la cremallera de mi chaqueta. Todavía siento picazón, pero me concentro en la voz de Julia.