Capítulo 32
A liz retrocede tambaleándose, con el rostro pálido al ver a la hermana que nunca conoció. Solo Elia, que al parecer viene aquí muy seguido, dado el estado impecable de la biblioteca, no parece sorprendida por su presencia.
–No entiendo –digo, mis palabras resuenan en mis oídos.
Ada Astra voltea y sus ojos se fijan en mí. Veo cómo todo su cuerpo brilla con un resplandor tenue y azulado. Desaparece en una nube de humo cobalto y reaparece justo detrás de mí.
–¿La cena? –pregunta, posando sus manos intangibles sobre mis hombros. Su tacto es como escarcha sobre mi piel. Me tambaleo hacia delante, tratando de sacudírmela de encima.
–No, no es la cena –dice Elia, con voz regañona.
–Fantasma –dice Aliz, lo pronuncia sin querer, con voz temblorosa. Al oírla, su hermana, fallecida hace mucho tiempo, se acerca despacio hacia ella. Aliz retrocede hasta chocar contra una estatua.
Ambas tienen la misma estatura, pero mientras Aliz tiene un físico juvenil, Ada es toda curvas, con una figura de reloj de arena que se aprecia incluso bajo su camisón desgastado.
Tiene rasgos afilados, angulosos, una mandíbula y unos pómulos que podrían cortar un cristal y ojos hundidos con gruesas pestañas blancas. Tan hermosa como aterradora.
–¿ Fantasma ? –repite Ada con un tono casi burlón. Se acerca a Aliz e inclina la cabeza hacia un lado–. Soy la heredera del imperio Astra, la vampira más poderosa que ha pisado la Tierra, la Caminante de Sueños de Roma, la…
–Ada, querida –interrumpe Elia, su voz delicada hace que la fantasma gire–. ¿Cuántas veces vas a olvidar que estás muerta?
–Ah. –La cruda realidad de su situación no parece perturbarla demasiado.
De repente, mira su cuerpo resplandeciente y levanta las manos, observa a Aliz a través de ellas–.
¿Quién hubiera pensado que ese bastardo se atrevería a procrear de nuevo?
–pregunta la antigua heredera, sabiendo, de alguna forma, quién es Aliz.
Siento mis rodillas a punto de fallarme.
Todo a mi alrededor me da vueltas, porque solo ahora me doy cuenta de que he estado conteniendo la respiración todo este tiempo.
Cuando inhalo, intento hacerlo lo más bajo posible, para que no se dé cuenta de mi presencia otra vez.
Una fantasma. Mi estómago arde, siento que voy a vomitar, tan fuerte es la sensación que tapo mi boca mientras intento calmarme.
Las manos de Aliz tiemblan, una se aferra a la estantería detrás de ella mientras intenta creer lo que ven sus ojos.
Por fin, logra decir:
–¿ Nőzvér ?
La expresión de Ada Astra cambia, se suaviza un poco. La etérea voz de la fantasma pasa a otro idioma, Aliz asiente con la cabeza. Todavía parece que está a punto de desmayarse, pero poco a poco suelta la estantería y se concentra en su hermana.
Las dos hablan durante un minuto y Ada voltea despacio para mirarme mientras Aliz le explica la situación.
–Ah –dice por fin Ada, desaparece y aparece justo detrás de mí, con su rostro a pocos centímetros del mío, su espíritu muerto se aferra a mi piel como el rocío–.
¿Por qué no la quieres como tu familiar, hermana?
Tiene los ojos de una guerrera. Cuando llegue la guerra, ¿no querrás que luche por ti?
Yo sí lo querría –dice la heredera muerta, sin que sus ojos azules pierdan su tono antinatural.
¿Sabe que soy cazadora? ¿Se lo ha dicho Elia?
Pienso en la familiar de Ada. La fundadora de Calisto.
–No quiero una esclava –sisea Aliz.
–¿Una esclava? –Ada se aleja de mí, horrorizada–. Ah, pero sería mucho más que eso. Un familiar es parte de tu alma. Y tú serías parte de la suya. Podrás controlarla solo con palabras, eso facilitará la transición. Al cabo de unos meses, ya no distinguirá entre su voluntad y la tuya.
–No –dice Aliz, aún más perturbada por lo que dice su hermana.
–Bueno, entonces –suspira la fantasma–, supongo que estás buscando el Libro de sangre y rosas. –Se aleja flotando, atraviesa a Elia, que tose y trata de espantarla–. No te impediré que lo busques. Lo que es mío es tuyo, querida hermana. Y esta bibliotecaria te ayudará en todo lo que necesites.
El fantasma de Ada se dirige a un sofá verde y, cuando se recuesta, la mitad de su cuerpo se hunde entre los cojines y desaparece.
Elia se sienta a su lado y nos mira a Aliz y a mí.
–Vayan –nos indica.
Un fantasma . Todavía no puedo creerlo.
–Tu hermana… –susurro. Aliz sigue conmocionada–. ¿Estás bien? –pregunto.
–Bueno, solía pensar que mi padre exageraba cuando hablaba de ella. Pero en serio está desquiciada. No sé cómo Elia puede soportarla.
–Yo tampoco –murmuro.
Nos separamos, Aliz va al último piso, yo empiezo por el primero.
La mitad de los títulos están en latín y griego, un par en italiano y solo unos pocos en húngaro.
Recorro con la mirada los lomos de los libros, siento el pulso en mis oídos mientras reviso la estantería.
Libro de sangre y rosas . No dejo de imaginarme un tomo medieval, con texto manuscrito, pinturas bien ornamentadas y miniaturas vívidas.
Pero tal vez sea pequeño. Sin pretensiones.
Y mientras estoy atrapada en mis pensamientos, por fin lo veo: Libro de sangre, Serie A, Volumen I .
Es increíblemente grueso, pero el lomo no es demasiado alto.
Cuero negro liso, con las palabras grabadas en dorado.
No lo toco, no registro por completo el título hasta que veo el libro que está a su lado.
Libro de sangre, Serie A, Volumen II . Me agacho, sin decir nada todavía, hasta que me doy cuenta de que las tres estanterías más cercanas a mí todas tienen el mismo título. Libro de sangre, Serie A .
Penny dijo “libro”, en singular. Pero esto…
Sigo caminando, siento un nudo en la garganta.
¿Cómo se supone que voy a sacar todos estos libros a escondidas?
Empiezo a correr, siguiendo el orden, hasta que mi frustración llega a un punto crítico y tomo uno al azar, solo para hacerme una idea de su peso.
En cuanto lo levanto, el libro se desmorona.
Me tambaleo hacia atrás y me golpeo contra el balcón de madera, mientras el polvo que hace unos segundos era un libro real sigue esparciéndose a mi alrededor. No puedo respirar, espero que se rebobine. Debe ser una ilusión, pienso, el corazón me late fuerte.
–¡Mierda! –grita Aliz desde el último piso. Me asomo justo a tiempo para ver cómo se inclina hacia abajo–. ¡Ha desaparecido! –grita.
–Baja la voz –dice el fantasma de Ada Astra–. Estás en una biblioteca.
Corro hacia la siguiente sección y tomo uno al azar. Ocurre exactamente lo mismo, las páginas se deshacen entre mis dedos.
–¿Qué está pasando? –pregunto.
–Esos libros son tan fantasmales como yo –explica Ada entre risas. Y cuando las luces parpadean, las interminables estanterías de repente se vacían, telarañas sustituyen los libros.
No .
–Mi padre los quemó todos. No le gustaba mi investigación.
–Pero… –empiezo, miro hacia el balcón, mientras una sensación de vértigo casi me hace caer–. Lo necesitamos.
–Silencio –dice Ada.
–Por favor. –Aliz baja corriendo por la escalera caracol, tiene el rostro pálido–. Hermana, necesitamos ese libro. ¡Tenemos que romper el contrato!
–Bueno, eso es muy fácil –dice Ada, reincorporándose y sonriente–. Por suerte para ti, una vez tuve que romper el vínculo con alguien que quería ser mi familiar. Y fue muy sencillo.
Aprieto con fuerza la baranda de madera, hago todo lo posible por ocultar mi reacción. ¿Se refiere a Catherine Lovelace? Pero ¿por qué la habría mandado a pintar si rescindió su contrato?
– ¿Sencillo? –pregunta Aliz, desconfiada–. ¿Conoces la cura?
–¿Qué crees que puede romper un pacto de sangre, hermana? –El fantasma pronuncia la palabra “sangre” con tono burlón. Me pregunto si así era realmente Ada Astra, o si esta criatura malhumorada no es más que una combinación de sus peores cualidades.
–No lo sé –dice Aliz con voz temblorosa. Pero noto un cambio en su expresión, algo serio.
Ada agita su mano fantasmal y aparece ante ella un libro con el mismo brillo espectral que su piel. En la portada se lee: Libro de rosas, Serie F, Volumen IX . Lo hojea, se detiene por la mitad y lee:
–Para deshacer el contrato de sangre de un familiar, tanto el receptor como el vampiro deben beber la sangre de un enemigo, directo de una fuente eterna, bajo la luz de la luna llena.
–¿Una fuente eterna? –pregunto, mientras Ada cierra el libro de golpe y este desaparece.
–¡El corazón desencarnado de un vampiro, sin costillas ni piel! –exclama Ada–. Si ambas comen un corazón bajo la luz de la luna llena, el contrato quedará anulado.
Elia se sienta inmóvil en el sofá verde, mira las estanterías ahora vacías. ¿Siempre estarán así cuando ella viene? ¿Vacías? No entiendo por qué un lugar así, una biblioteca vacía, está tan bien protegido.
Poco a poco, intento comprender la cura. Si fuera la única persona involucrada, sería bastante fácil. Podría secuestrar a cualquier grupo de sanguijuelas, escoger a cualquier maldito y arrancarle el corazón del pecho.
Pero Aliz no es como yo. Espero a ver qué dice, que pida una solución diferente, pero se queda callada.
–Han encontrado la respuesta –dice Elia, sin la calidez con la que hablaba hace unos minutos. Por primera vez, suena mucho más mayor, como si dos mil años se le escaparan de la lengua.
–¿No existe el Libro de sangre y rosas ? –pregunto–. ¿No hay ninguna biblioteca real?
–Ah, es muy real –dice Ada Astra, apareciendo ante mí en una nube de humo azul–. Pero está todo en mi cabeza. –Se acerca, baja hasta que siento el frío en mi oreja. Su voz se reduce a un susurro–. Así que no puedes saquear mi colección, Sangre de Calisto .
No reacciono. La mano de Aliz toma mi muñeca y tironea hacia arriba, hacia las escaleras de piedra por las que bajamos al principio.
¿Lo ha oído? Miro hacia atrás, hacia la fantasma, ella me sonríe, mostrando sus colmillos aterradores.
Luego miro hacia la biblioteca, filas y filas de estantes vacíos.
Elia corre detrás de nosotras y, antes de que pueda recuperar el aliento, las puertas de madera de la biblioteca secreta de Ada se cierran de golpe a nuestras espaldas.
Elia toma la vela y la rosa, y muy despacio, mientras caminamos por el amplio pasillo, el campus comienza a cambiar de nuevo.
Los grabados antiguos se convierten en simples ladrillos.
El techo alto se vuelve más bajo y logramos atravesar las puertas.
Entonces el rincón aparece ante nosotras, todo está oscuro hasta que Elia coloca la vela y la rosa en su interior.
Aliz sigue sin decir nada desde que las instrucciones de su hermana definieron nuestro destino.
Busco su mirada a través del túnel poco iluminado, pero ella no me devuelve la mirada.
Ahora sé cómo deshacerme de la marca. Cómo liberarme, antes de volverme esclava de sus palabras.
Para mí, asesinar a un vampiro es algo natural.
Pero no para Aliz.