Capítulo 31 #3
–Me encantaría, pero perdería el control.
Una sensación amarga me invade de repente, al pensar en otra chica tocándola de una forma en la que yo no puedo, los colmillos de Aliz perforando su piel de una forma que yo nunca podré sentir.
–Quizás podría atarte –digo. Ella suspira y cuando nuestras miradas se cruzan, noto un ligero tono rojizo en sus ojos–, y vendarte los ojos –agrego.
–¿Cuándo te volviste tan pervertida? –pregunta y, a pesar de que acabo de alcanzar el clímax, Aliz vuelve a deslizar la mano bajo mi falda.
Unos segundos después, la quita y pone cara de asco–.
Tenemos compañía –dice. Recuerdo haber oído esas mismas palabras de su boca cuando la conocí, aquí mismo, en el quinto piso de la biblioteca.
Aliz envuelve mi cuello con la bufanda, asegurándose de que la marca no se vea, antes de salir de entre los estantes, intenta actuar con normalidad.
Julia nos mira fijo, con un par de libros en la mano.
Mueve la nariz, recuerdo que dijo que podía sentir el aroma de Aliz en mí.
No quiero ni pensar en lo que percibe ahora.
–¿Estudiando? –pregunto, algo incómoda. Julia observa a Aliz por un momento, no se la ve muy contenta.
–Sí –dice–. Tenemos examen mañana, Astra.
–Ah, sí –dice Aliz–. Qué emoción.
No sé si debería disculparme, siento que eso solo empeoraría las cosas.
–Creo que no le caigo bien –susurra Aliz, mientras bajamos por las escaleras–. Es la primera vez que me pasa.
–A mí tampoco me caerías bien si no fuera por esta marca tan molesta –bromeo, ella me mira enfadada.
–Quizá le gustas –dice.
–No seas tonta –respondo.
–¿Qué? Eres linda y tu sangre huele muy bien. Es raro, siento que la he visto en algún lado. Pero no en clase.
–¿A qué te refieres?
–Me resulta familiar, pero no sé por qué.
Pienso en lo que Julia dijo sobre el padre de Aliz visitándola en sus sueños. Julia se convirtió hace solo cuatro años, pero posee habilidades que otros vampiros no tienen. Así que tal vez fue convertida por un Astra.
Aliz suelta mi mano cuando llegamos a la planta baja de la biblioteca. Y solo cuando salimos de allí, del lugar donde la vi por primera vez, me doy cuenta de que es muy probable que nunca más vuelva a tocarme así.
El rincón está frente a nosotras. La luz de la vela y el color de la rosa iluminan la antigua roca con un resplandor color rojo.
–Bueno, aquí es –dice Elia mientras recoge la rosa. Aprieta el tallo con fuerza en su mano, hundiendo las espinas en su piel. Luego sostiene su mano ensangrentada sobre la vela, dejando que la llama alcance su herida. Debe haberlo hecho miles de veces, porque apenas se inmuta.
Aliz la imita, toma el tallo con la mano y sisea cuando las espinas la pinchan.
Y esta vez ocurre algo muy extraño, porque a medida que la rosa bebe su sangre, le crecen hojas nuevas y los pétalos se abren un poco más.
Rápidamente, antes de que se cure la herida, la sostiene sobre la vela, dejando que su sangre se mezcle con la llama.
–Ay –protesta.
–Deberías alejarte –le digo cuando llega mi turno.
Aliz asiente con la cabeza, retrocede todo lo que puede y se pega a la pared. Tapa su nariz.
–Estoy lista –dice.
Tomo la rosa, las espinas son como fragmentos de vidrio.
La aplasto contra mi palma, conteniendo mi sorpresa mientras el tallo crece un centímetro más y veo cómo se despliegan más hojas.
Aliz despeja su garganta y yo sostengo la mano ensangrentada sobre la vela, siento cómo mi piel se quema al entrar en contacto con la llama. Muerdo mi lengua para no gritar.
–Toma –dice Elia.
Está claro que vino preparada, porque después de tomar la rosa y la vela, me entrega una toallita húmeda y varias venditas.
Comienzo a curarme las heridas antes de mirar a Aliz.
Está muy tensa, contrae su rostro por el dolor.
Sus ojos adquirieron un tono borgoña y veo como desvía la mirada al instante.
Cuando me limpio la sangre de las manos, noto que las heridas ya han desaparecido.
¿Qué carajo? Es la segunda vez que una herida se cura mucho más rápido de lo que debería.
Así que tal vez haya empezado a adquirir algunas de esas habilidades físicas que Nocth me dijo que poseen los familiares de sangre.
–Muy bien, muchachas –anuncia Elia, sosteniendo la rosa y la vela–. Síganme.
Trago con dificultad. Ha llegado el momento. La libertad está tan cerca. Elia abre la puerta izquierda con el codo, la oscuridad nos invita a entrar. Tanto Aliz como yo dudamos, recordando los horrores del pasillo.
–Dense prisa –dice Elia. Cuando entramos, la puerta no se cierra de golpe como aquella vez. Aliz toma mi mano y solo entonces me doy cuenta de que la mía estaba temblando. Respiro despacio, esperando que el río se abalance sobre mí, pero no ocurre, sino que el pasillo cambia.
Las enredaderas de piedra, con elegantes rosas y esculturas a ambos lados, florecen desde las paredes.
Me doy cuenta de que las esculturas son idénticas a las del centro del laberinto de setos, que representan las diferentes fases de la luna.
Pero aquí no les faltan brazos ni piernas.
Hay faroles con llamas azules en las paredes, iluminándolas, y a lo lejos un par de puertas enormes de madera que atraviesan la piedra.
Elia aparece de nuevo, sus pasos suenan más fuerte que antes. Voltea para mirarnos.
–Ada hipnotizó a una de las mejores brujas de Escocia para proteger este lugar –dice, con la mirada fija en nuestras manos entrelazadas.
–¡Una bruja! –exclama Aliz.
–Y luego, la drenó.
–¿Por qué? –pregunto.
–Bueno… –Los tacones de Elia resuenan en el suelo. Su voz ahora tiene eco–. A la bruja en cuestión le gustaba sacrificar bebés para mantenerse joven. Así que, en cierto modo, Ada le hizo un favor al mundo.
–Ah –dice Aliz, haciendo un esfuerzo por parecer tranquila.
Hay dos pedestales de madera a ambos lados de las puertas, decorados con el escudo de los Astra, idéntico al que cubre la mitad superior de mi torso. Elia coloca la rosa a un lado y la vela al otro. Y enseguida las puertas se abren con un crujido.
–Tú ve primero –dice Aliz, mirando a Elia–. Tengo que hablar con Cassie.
–No tarden demasiado –dice ella, guiñándome un ojo antes de desaparecer en la oscuridad tras las puertas.
En cuanto nos quedamos solas, la incomodidad se apodera de nosotras.
–Lo logramos –digo, rompiendo el silencio. Siento su mano fría contra la mía.
–Gracias por aguantarme estas últimas semanas –dice, esbozando una sonrisa forzada–. Seguiremos siendo amigas, ¿verdad?
Siento cómo el dolor en mi pecho se intensifica y le acaricio el rostro, contemplando los rasgos que conozco tanto como mi propio reflejo.
Sus ojos negros, bordeados por pestañas claras.
Su cabello blanco, que la identifica como la única heredera de los Astra.
Sus labios carnosos, que podría besar durante días y días.
Paso mi pulgar por ellos y trato de convencerme de que este dolor es lo peor que sentiré.
Después de esto, olvidarla será cada vez más fácil.
–Amigas –susurro.
Sus ojos buscan los míos y, tras dudar, me besa, desesperada, hambrienta. Cuando se aparta, su voz se quiebra.
–Ojalá pudiera sentirme así para siempre –dice, abrazándome más fuerte–. Amarte así.
Tiemblo, siento cómo las lágrimas queman las comisuras de mis ojos.
–Quizás puedas hacerlo –digo, y Aliz me aprieta más fuerte.
–No –responde, con una voz tan baja que apenas la oigo, incluso con sus labios pegados a mi oído–. Si este sentimiento fuera real, arruinaría tu vida. Tendría que enviarte al otro extremo del mundo, para que nuestros caminos nunca se cruzaran. Para que él nunca te encontrara.
Puede que no haya conocido a su padre, pero hasta yo sé que él no aprobaría nuestra relación.
–No iré a ningún lado –digo, alejándome un poco. Ella no me suelta.
–Entonces, seré yo quien lo haga.
Tomo un mechón de su cabello y tironeo hasta que ella hace una mueca de dolor.
Con esa expresión, la atraigo hacia mí para darle el último beso, hago todo lo posible por contener las lágrimas, por no sentir nada.
Este podría ser el final. Quizás nunca vuelva a tenerla así.
Me convertiré en su compañera de cuarto humana, a la que molestará, pero nunca deseará.
Y, mierda, quiero que me desee, sin importar nada.
Se aparta y, sin soltar mi mejilla, dice por última vez:
–Te amo.
Antes de que Elia pueda preguntar por qué tardamos tanto, logramos alejarnos. Aliz va primero, tira la puerta hacia ella y la sostiene para mí. Yo paso, aprovechando la fracción de segundo en que no me ve para secarme las lágrimas antes de que caigan. Antes de que ella las note.
Hay un pasillo corto y, al final, un balcón rodeado por una escalera baja pero muy ancha. Aliz se detiene a mi lado, boquiabierta y con los ojos abiertos de par en par.
En mi mente, desde que Penny la mencionó por primera vez, solo podía imaginarme la biblioteca secreta como un lugar pequeño y angosto.
Solo unas pocas estanterías con algún tipo de protección para mantener el contenido prohibido lejos de las manos malvadas de personas como yo.
Y después de ver el laberinto de setos con el rosal en el centro, pensé que debía ser una mínima parte de su tamaño.
Pero en cambio, cuando las lámparas de gas se encienden poco a poco, me encuentro con un salón enorme, igualando las dimensiones de Kinsnet.
–¿Esto es real? –pregunta Aliz, quitando las palabras de mi boca.
–Tu hermana vivió novecientos años –dice Elia desde la planta baja, sentada en una mesa de madera–. A lo largo de los siglos, uno acumula muchos libros.
Llegamos hasta el fondo y siento cómo la sala se enfría. Aliz sigue maravillada, mira hacia arriba, a los balcones que rodean el salón, con sus innumerables estanterías.
–Y yo que pensaba que la biblioteca de mi casa era grande –dice con nostalgia.
–Le pregunté a papá si podíamos construir otra ala para tener más libros, pero dijo que no. –Una voz, con ese acento continental tan marcado, resuena en las paredes.
Todas miramos hacia arriba y la vemos en el segundo piso, con las piernas colgando del borde. El cabello blanco le cae en forma de cascada hasta sus tobillos, enmarañado y repleto de nudos. Sus ojos brillan con un azul intenso.
–Hola, Ada –dice Elia.