Capítulo 31 #2
–Para explorar. Es posible que haya asistido a todos los bailes de graduación de Gran Bretaña.
–¿Para qué?
–Para encontrar víctimas de fiestas de sangre –dice–. Dijiste que unos vampiros asesinaron a tus padres.
–Sí.
–¿Cuánto tiempo después del baile?
Rasco mi cuello con tanta fuerza que sin querer me lastimo. Veo cómo las pupilas de Elia se dilatan y muerde su labio con fuerza. Limpio la sangre de mi cuello, mirándola fijo, esperando que se abalance sobre mí. Pero tras tomar aire, la sed desaparece de sus ojos.
–Murieron un mes después –digo por fin. Y mientras lo hago, siento cómo se me revuelve el estómago. Elia no dice nada, deja que mis pensamientos respiren.
Puede que haya sido una coincidencia. Pero, al mismo tiempo, no tiene sentido. Si Gustavsson buscaba humanos para la fiesta de sangre, ¿por qué no me llevó a una? Yo debería haber sido la víctima, pero fueron mis padres. Y, de alguna manera, Calisto estaba ahí, esperando para reclutarme.
Recuerdo a Penny de pie junto a los cadáveres de mis padres.
Llevaba el cabello rojo recogido en un rodete muy cuidado, su piel pálida contrastaba con la ropa negra.
Pensé que era policía, pero enseguida me dijo que lo que les había sucedido a mis padres era un crimen que ningún policía común podría resolver.
Nunca me pregunté por qué Calisto me había encontrado, por qué había apostado por mí, por qué había decidido que una joven de dieciocho años cualquiera sería una buena cazadora.
Solo más tarde descubrieron que mi sangre olía bien.
Pero ¿y si ya lo sabían? Y si Gustavsson, los Vasallos, ¿les habían avisado? Siento un dolor en el pecho. Seguro podrían haber encontrado a alguien mejor que yo. Una atleta. Una guerrera. Lo único que tenía a favor era mi sangre.
–Sabes, si Calisto solo estuviera interesada en proteger a los humanos de los vampiros, no tendría nada en contra de tu organización, Rebecca –dice, tomando mi mano.
Lleva las uñas de un color rosa pastel–.
Incluso los ayudaría, igual que al Consejo.
Y el Consejo no es perfecto en absoluto.
Pero, al menos, ellos no están aliados con los Vasallos.
No puedo mirarla. Ojalá sus palabras fueran solo irritantes o no tuvieran sentido.
–¿Crees en las coincidencias? –pregunta.
No. Pero, aun así, no quiero creerlo. Calisto aliada con los Vasallos.
–¿Y por qué iban a trabajar con ellos?
–Tanto Calisto como los Vasallos quieren destruir al Consejo –dice, mirando hacia la lámpara de cristal que cuelga del techo–.
Los Vasallos porque quieren que el mundo vuelva a ser como era antes de los tratados.
Calisto porque quiere librar a la Tierra de los vampiros.
Tienen objetivos muy diferentes, por lo que no se pensaría que alguna vez pudieran trabajar juntos, pero mientras el Consejo siga existiendo, es posible que se ayuden mutuamente.
–Todas mis misiones han consistido en desmantelar fiestas de sangre –digo–. Nunca he atacado al Consejo.
–Por supuesto que no –responde, apoyando la cabeza en su brazo y mirándome con sus penetrantes ojos azules–. Pero Calisto tiene rangos, ¿no? Iniciadas, Devotas, Consagradas y Supremas. Imagino que tú eres Iniciada.
Aparto la mirada. Tiene razón. He sido Iniciada durante cuatro años. Penny ya era Suprema cuando la conocí. Sé que las misiones que realizan ellas son diferentes.
–¿Cómo sabes tanto sobre Calisto? –pregunto, trato de evitar que mis pensamientos vayan muy rápido.
–Tuve el placer de conocer a su fundadora –dice, con tono sarcástico. Catherine Lovelace . Tengo un millón de preguntas. Pero siento que Elia no quiere hablar de ella.
¿Y si tiene razón sobre Calisto?
Si en serio trabajan con los Vasallos, si Gustavsson me reclutó para ellos, entonces existe la posibilidad de que Calisto haya organizado la muerte de mis padres, solo para asegurarse de que tuviera una razón para unírmeles.
¿Y si han pasado los últimos cuatro años tentándome con la venganza para que siguiera luchando, cuando en realidad ellas eran las culpables desde el principio?
¿Y si Penny me mintió?
–Si tienes razón sobre Gustavsson, ¿qué deberíamos hacer? –pregunto. Estoy dispuesta a encargarme de él yo misma. Pero cuando nos quedamos solos en el aula, me quedé paralizada. Eso podría volver a suceder.
–Necesito una banda para mi baile de Halloween –dice, y toma su teléfono–. Y creo que él forma parte de un cuarteto. El palacio de Ada tiene muchos rincones ocultos en los que podemos interrogarlo.
Asiento. Vuelvo a pensar en lo que ella dijo antes. Calisto trabajando para los Vasallos.
–¿Cuándo te diste cuenta de que era una cazadora? –pregunto–. ¿Fue por el ajo en mi habitación?
–No –dice entre risas–. Lo supe en cuanto te vi –agrega–. Tus ojos estaban llenos de odio, ese tipo de odio que solo tienen las cazadoras de Calisto. –Coloca una mano en mi cabeza–. Pero has cambiado.
Respiro hondo y la miro mientras exhalo.
–Si es responsable de la muerte de mis padres, está en problemas –digo.
–¿Quién?
–Calisto –digo–. Así que no puedo renunciar. No si puedo destruirlo desde dentro.
–Mis condiciones no han cambiado –dice.
Tanto si Calisto está trabajando con los Vasallos como si no, igual necesito entrar en la biblioteca. Necesito conseguir que Elia confíe en mí.
–Mi misión aquí era robar el Libro de sangre y rosas –digo–. De la biblioteca secreta de Ada.
–¿El Libro de sangre y rosas ? –Arquea sus cejas, recostándose en el asiento–. ¿Por qué Calisto quiere un libro de remedios? –Hace una pausa–. Aunque, claro, tiene sentido ahora. Dada tu situación actual.
–¿Remedios? –pregunto–. Creía que tenía una lista de todas las debilidades vampíricas. Una forma de…
–¿Curar el vampirismo? –murmura–. Ada sin duda lo intentó. Pero esas debilidades de las que hablas están en la sección de Sangre del libro. Los remedios están en la de Rosas , que ocupa la mayor parte de su obra.
Por fin tiene sentido ese nombre tan extraño.
–Supongo que a Calisto le interesa la sección de Sangre –digo.
Me mira fijo, suspira.
–Está bien, Rebecca. Cuando la luna esté en cuarto creciente, te llevaré a la biblioteca. Pero si vuelves a cambiar de opinión y trabajas para Calisto otra vez, te mataré.
–Pensé que ya habías matado a suficientes personas.
–Siempre hay lugar para una excepción –dice, sonriéndome.
Por fin termina esta semana, pensé que sería eterna.
La luna se asoma por encima de las montañas, con un resplandor suave que atraviesa las nubes densas.
He dejado de ir a la clase de Gustavsson, por miedo a quedarme paralizada o a matarlo si lo vuelvo a ver.
Últimamente, Julia me mira con desconfianza.
Desde que hui ese día en el taller, la veo distante, como si supiera el efecto que su mural tuvo en mí.
Y aunque no he asistido a la clase, el recuerdo del baile sigue dándome vueltas en la cabeza, una y otra vez, hasta que se vuelve permanente y los espacios en blanco son un agujero negro que amenaza con arrastrarme.
Mi único alivio es Aliz, capaz de retorcer cada emoción, cada pizca de ansiedad, hasta convertirlas en deseo.
–¿En serio vamos a hacer esto aquí? –pregunto.
Aliz presiona sus labios contra la luna negra de mi cuello, despertando todos mis sentidos.
El quinto piso de la biblioteca Kinsnet está vacía, pero puedo oír los susurros de mis compañeros en los pisos de abajo.
Trago con dificultad y miro mi reloj. Elia nos dijo que nos reuniéramos con ella en el rincón a medianoche, en dos horas.
En dos horas, el fuego que se ha encendido entre nosotras se apagará. Al menos para ella.
–¿No quieres? –pregunta mientras se abrocha los botones que acaba de desabrochar. Trago con dificultad.
–Claro que sí. –La atraigo hacia mí, abrazándola con fuerza, ella besa mi cabeza y aprieta mis hombros. Es que… no quiero que sea la última vez. Sé que sería una estupidez decirlo. Pero el precio de mi libertad no es solo abandonar Calisto. También es perder a Aliz.
–Podemos volver a nuestra habitación –dice–. No quiero que pienses que soy una exhibicionista.
–¿ Ahora te preocupa eso? –digo entre risas, sacándole la camisa de la cintura de los pantalones solo para poder tocar su piel directo con mis manos–. ¿Tengo que recordarte la primera vez que te vi?
–No –dice, acariciando mi mentón, me obliga a mirarla a los ojos–. Pero apuesto a que no podías dejar de pensar en eso –dice–. Recuerdo lo rápido que latía tu corazón.
–Sí, porque tenía miedo –digo, deslizando mi mano hacia arriba, hasta encontrar el broche de su sostén. Tiro de él, pero no lo desabrocho.
–¿Y ahora? –susurra, con los labios muy cerca de los míos.
–Aterrorizada –digo, hundiendo mis uñas en su espalda.
–Mentirosa. –Desliza una mano entre mis piernas, sus dedos ya conocen cada parte de mi cuerpo.
Aprieto los dientes y muerdo mis labios para no gemir, mientras Aliz me empuja contra la estantería–.
¿Qué pasa? –pregunta, inocente, introduciendo dos dedos dentro de mí, seguidos rápidamente por un tercero.
Tironeo su cabello, intento borrar la sonrisa de satisfacción de su rostro, pero ella sabe que tiene todo el control.
Besa mi cuello y se siente profundo, visceral.
Siento cómo arde mi sangre, ansiosa por ser saboreada por Aliz.
Y no sé si puede leer mi mente, pero consigue distraerme introduciendo un cuarto dedo, cogiéndome más fuerte que nunca.
Está siendo, como le pedí, menos delicada.
Muerdo su cuello para evitar gritar. Y es el sonido de su gemido lo que me lleva al límite, el mundo desaparece por un momento mientras el placer me invade por completo.
La sujeto con fuerza, respirando con dificultad, y me besa la mejilla.
–Ojalá pudiera devolverte el favor –susurro, sin dejar de apretarme contra ella–. Ojalá pudiera arrodillarme ahora –digo en su oído. Siento cómo se estremece, cómo le cuesta respirar. Suelta una risa nerviosa y niega con la cabeza.