Capítulo 31
U na parte de mí sigue pensando que estoy equivocada. Quizá la marca de familiar me está volviendo paranoica. Nocth dijo que puede suceder. Pero esos recuerdos, esos destellos de aquella noche, parecen reales. Bajo al túnel Cola de Gato, tomo la tercera escalera que conduce a la sala de música.
Ya está tocando, cada nota es filosa como un corte, como si él estuviera atravesándome con el instrumento, extrayendo mi sangre con las cuerdas. Estabilizo mi respiración. Abro la puerta trasera que da al pasillo. Ife arquea las cejas al verme.
–Podrías haberme esperado –susurra–. ¿A dónde te habías ido?
–Me sentía mal –explico en voz baja.
Pienso en el cuadro de Julia y lo comparo con mis propios recuerdos. Él llevaba una camisa lisa y unos vaqueros rotos. Ahora lo observo mientras coloca su violonchelo en el atril. Lleva el traje impecable y se ha peinado el cabello hacia atrás para apartárselo de los ojos.
Mientras comienza la clase sobre una de sus óperas experimentales, siento cómo su voz tiene ahora un tono sofocante.
¿Se acordará de mí?
Recuerdo nuestro primer encuentro. Él me llamó al frente de la clase y me dijo que su oficina era un lugar seguro. ¿Quizás esperaba que yo lo reconociera?
La clase parece eterna, cada segundo se alarga mientras siento como el miedo y la ansiedad recorren mi cuerpo.
No sabía que los vampiros existían hasta que Penny me encontró.
Si hubiera estado lúcida, quizá no le habría creído.
Pero cuando me ofreció venganza, volví a Londres.
La seguí hasta el rincón más recóndito del convento abandonado donde mantenía a sus prisioneros.
La primera vampira que vi fue una Convertida, una mujer con las mejillas hundidas y los colmillos afilados a la que Penny había mantenido con vida solo para mí.
Siempre me imaginé a esa vampira, con sus ojos color carmesí y su expresión salvaje, como la primera. Como mi puerta de entrada a este mundo. Pero no fue ella.
Fue Gustavsson.
Todos a nuestro alrededor comienzan a levantarse, los bancos crujen mientras salen de la sala de conciertos. Veo como Ife guarda su computadora portátil en el bolso, con un rizo que cae sobre su rostro.
–Cassie, ¿podemos hablar? –me llama él. Juego con mi reloj mientras asiento con la cabeza.
–¿Otra vez? –pregunta Ife.
–No te preocupes –murmuro. Si ella dice algo más no la oigo, porque otra vez me zumban los oídos.
Me levanto. Tengo un arma y dos cargadores de balas en mi bolso. Y una estaca, aunque prefiero no usarla hoy. Si quiero respuestas, lo necesito vivo.
Intento recordar. Vuelvo a imaginarlo. El hotel, el escenario. Pero la noche sigue estando borrosa en mi mente. Quiero darle vida al cuadro de Julia en mi cabeza, pero permanece estático. Cuando llego al frente del aula, sus ojos se fijan en los míos. Siento un cosquilleo en la nuca.
–Cassie –dice, y me dedica una sonrisa perfecta–. He leído su propuesta. Ravel es muy interesante, pero sería buena idea que incluyera también a una compositora. ¿Se acuerda de Campbell?
Siento el cuerpo pesado. Frío. Me cuesta respirar. Necesito concentrarme.
Su mirada es demasiado intensa, espera mi respuesta. ¿Por qué estaba en mi baile de graduación?
–Sí –logro decir, intento que mi voz suene normal.
Una vez que el último estudiante sale, dando un portazo, quedamos solos en el aula oscura.
Infinitas posibilidades pasan por mi mente. Maneras para obligarlo a hablar.
El silencio nos envuelve, todas las preguntas que tengo quedan atrapadas en mi garganta. Gustavsson aparta la vista y niega con la cabeza.
–Ojalá no me viera así, Cassie –susurra. Su voz, profunda y aterciopelada, me eriza la piel. Baja de la plataforma y se acerca–. He intentado ignorar esas miradas suyas –dice en voz baja–. Pero se está volviendo insoportable.
Está demasiado cerca. Retrocedo hasta sentir una mesa en mi espalda, mientras él pone un brazo a mi lado, inhalando mi aroma.
Mis manos tiemblan. Una antigua sensación de temor me paraliza y hace que no pueda dejar de mirarlo.
–Me meterá en problemas –susurra.
Parece que va a decir algo más, a hacer algo más, pero de repente se aleja y mira hacia la puerta trasera.
–Ah, señorita Astra –dice–. ¿A qué debo su visita?
Sigo paralizada, un escalofrío recorre mi piel.
Y no me doy cuenta de que ella está aquí hasta que se encuentra al frente de la clase.
Es la primera vez que la veo en esta aula, lleva el cabello dorado en lugar de blanco.
Una sensación de alivio me invade por completo cuando reparo en que ya no estamos solos. Aliz está aquí.
–Aléjese de ella –ordena. Gustavsson da otro paso atrás y levanta ambas manos. Esboza una sonrisa torcida, una expresión que nunca le había visto en la universidad, pero sí en el baile de graduación–. Si vuelve a mirarla, se arrepentirá.
Ella toma mi mano y me aleja de él. De repente, siento cómo el pánico y todo lo que me paralizaba desaparece.
–No sabía que los Astra fueran tan amigables con los humanos. –Su voz resuena contra los frescos del techo abovedado, los ojos de Aliz brillan en color rojo.
–No mencione a mi familia –dice ella.
Gustavsson sujeta con fuerza el estuche de su violonchelo, con una sonrisa gélida que ahora se dirige a Aliz.
–Sabe, no se parece en nada a su hermana –suelta él. Y antes de que Aliz pueda decir otra palabra, añade–: Somos parientes, ¿lo sabía?
–¿Qué? –dice ella, con la voz tajante. Exhalo, intento seguir el hilo de la conversación.
–Usted y yo. Hace casi trescientos años, su hermana me bendijo con la vida eterna. –Mira sus manos, girándolas como si las viera por primera vez–. Se enamoró perdidamente de mí, aunque su amor era inestable.
Aliz parece atónita. Yo también lo estoy. Aprieta los dedos contra los míos y no sé si está furiosa o asustada.
Recuerdo la historia que el profesor contó en su primera clase. Una aristócrata misteriosa lo escuchó tocar, lo acechó durante un año y le regaló la vida eterna. La razón por la que Gustavsson sabe lo que sabe sobre el Libro de sangre y rosas es porque una vez vivió con la mujer que lo escribió.
–No somos parientes –dice Aliz finalmente–. Mi hermana engendró a muchos vampiros.
Esta vez, cuando ella empieza a caminar, Gustavsson no dice nada. Aunque todavía puedo sentir su mirada en mi nuca mientras nos alejamos.
Aliz no suelta mi mano mientras caminamos por el túnel, tomamos el primer giro que encontramos y bajamos por una escalera oscura y silenciosa. Luego me atrae hacia sus brazos.
–¿Qué te hizo venir? –susurro, me siento a salvo contra su pecho.
–Es extraño –dice, dudando, sin aflojar su abrazo–. Pero, de alguna manera, podía sentir que estabas en peligro. –Sus dedos se detienen en mi cuello, descansando sobre la marca. Un escalofrío recorre mi piel, como agradeciendo su roce.
Levanto la vista y siento una calidez en el pecho cuando sus ojos encuentran los míos. Entonces baja su mirada hacia mis labios y se inclina hacia mí. Despejo mi garganta y, aunque no quiero hacerlo, me alejo.
–Debemos tener cuidado. Si alguien nos ve así, podrías meterte en problemas.
–Me gustan los problemas –dice y levanta mi mano para besarme los nudillos. Me atrae hacia ella y siento como mi corazón acelerado comienza a calmarse mientras respiro sobre su cuello. Me pican los ojos, pero tengo que contener mis emociones. Esto es algo que no puedo explicarle.
Regresamos a Tynarrich, caminando a unos metros de distancia para evitar que alguien note nuestra cercanía. El hecho de que ella esté cerca me ayuda a mantener el miedo alejado.
Pero no puedo deshacerme de esa sensación repugnante que se apodera de mí, mientras la voz de Gustavsson y su sonrisa torcida permanecen en mi mente.
Más tarde esa noche, cuando Aliz se va a clase, voy a la casa de Elia.
Le muestro una foto del mural de Julia y el perfil de Gustavsson en la intranet de Tynahine. A pesar de tener toda una biblioteca en el campus, la mitad de la casa de Elia está repleta de libros.
–Tendré que consultar otras fuentes –dice por fin, con voz baja y cautelosa–.
Pero, por lo que me has contado, podría ser un Vasallo.
–Se me tensan todos los músculos del cuerpo.
Los Vasallos son la secta asesina de Convertidos de la que me habló Nocth.
Los responsables de la enfermedad de Aliz.
Elia debe de haber notado el cambio en mi expresión, porque me pregunta–: Los recuerdos de Aliz no han vuelto, ¿no?
La miro fijo. ¿Cómo es que sabe sobre esto? De alguna manera, no me sorprende.
–Sí, pero Nocth pudo…
–¿Ponerle otra venda? –pregunta, tajante–. ¿Cuándo se dará cuenta Fausto de que Aliz nunca crecerá si sigue protegiéndola así?
–Tú no la viste –digo–. Estaba vomitando sangre.
–Tiene que haber otra manera –dice, suavizando la mirada–, me niego a creer que la hipnosis sea la única cura.
–¿Alguna vez habías visto a Gustavsson antes? –Quiero volver al tema. Elia me mira y frunce el ceño–. ¿Antes de que llegara a Tynahine?
–¿Debería haberlo visto? –pregunta.
–Dice que fue engendrado por Ada Astra.
Espero a ver cómo abre los ojos de la sorpresa, pero en cambio hace un gesto de disgusto.
–Le encantaba engendrar novatos –dice–. Cada vez que nuestra relación atravesaba una mala racha, desaparecía por algún lugar de Europa y traía un vampiro recién convertido para darme celos.
–Traga nerviosa y baja la mirada–. Dejé de preocuparme después del siglo XVI , así que supongo que, si lo que dijo él es cierto, debió ser una de sus últimas conquistas.
–Se queda mirando la foto impresa–. Cuando tu creador muere, una parte de ti muere con él.
Después de ese tipo de pérdida, puedes volverte cruel.
A mí me pasó. Así que tal vez la muerte de Ada fue lo que lo llevó a unirse a los Vasallos.
La miro fijo. Sabía que Elia era una Convertida, pero al mismo tiempo, no puedo imaginarla como humana.
–¿Por qué un Vasallo iría a Wishaw? –pregunto. Ella me mira, sin ocultar su confusión–. Es mi ciudad –explico, entonces asiente con la cabeza.