Libro de sangre y rosas Capítulo 30 #2
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Capítulo 30 #2

–Lo mío está al final –dice Julia, mientras pasamos junto a instalaciones y esculturas.

Stephan se detiene de vez en cuando, distraído por lo que ve.

La sala está sorprendentemente tranquila.

Los proyectos terminados no se evaluarán hasta más tarde esta noche, por lo que la mayoría de los artistas intentan dormir unas horas.

–¡Ah, Julia! –exclama Ife cuando llegamos al final del pasillo–. ¡Son increíbles!

Sus murales cubren cada centímetro disponible del taller, incluyendo el suelo, así como un techo adicional, mucho más bajo que el real.

–El piso está seco –dice, entregándonos cubiertas de plástico para nuestros zapatos antes de que caminemos sobre él.

Cada pared contiene una escena diferente, llena de gente. En la pared izquierda, la de vidrio, hay una playa, el cielo está lleno de parapentes y globos aerostáticos, mientras que el mar y la arena están repletos de gente, y una chica en particular, que se parece bastante a Julia, lleva una medusa.

El estilo fotorrealista que utiliza en su cuaderno de bocetos no aparece aquí, sino que ha sido sustituido por figuras estilizadas.

Y hay algo extraño en cada persona, ya sea porque son demasiado altas o demasiado bajas, porque sus proporciones no tienen sentido, pero cuando se aglomeran en una multitud de pinceladas vibrantes, funcionan.

Miro hacia la pared opuesta. En esta hay una fiesta, tan animada como la escena costera.

El olor a trementina me hace picar la nariz.

La locación parece ser un hotel y, mientras observo, me doy cuenta de que me resulta familiar.

Es el Radstone, donde celebré mi baile de graduación.

Siento un hormigueo que recorre mi nuca.

Deben existir miles de hoteles con un interior idéntico.

Pero cuanto más contemplo la escena, más familiar me resulta.

No solo el hotel, sino también las personas: los rostros de mis antiguos compañeros de clase, algo distorsionados por las fuertes pinceladas de Julia, llenan cada parte del mural mientras se pasan una botella de vodka de contrabando.

Y junto al escenario, con una cabellera verde y lágrimas gruesas como de caricatura, cayéndole por las mejillas, está mi exnovia, Vicki.

Julia les está explicando a Ife y Stephan la escena de la playa, les cuenta sobre un viaje a Blackpool y cómo esa fue la última vez que se quemó con el sol.

El sonido de su voz se desvanece, reemplazado por un timbre agudo.

De repente noto que yo también estoy en el cuadro.

Estoy justo en el centro, mirando hacia el escenario, le tiendo la mano a un hombre delgado con cabello rubio pálido.

Mientras que todos los demás tienen un aspecto un poco inquietante, este hombre está inmortalizado con líneas delicadas, como si estuviera en un cuadro renacentista.

–Eh… –dice Ife a mi lado, apoyando una mano en mi hombro–. Ese hombre se parece un poco al profesor Gustavsson, ¿no?

Está señalando al hombre que está en el escenario. Por supuesto, no me reconoce porque estoy de espaldas, pero llevo un vestido brillante que me puse a juego con el pelo de Vicki, lo reconocería en cualquier parte.

–¿Gustavsson? –digo en voz baja.

Muy despacio, el cuadro comienza a moverse y oigo la música en mi cabeza. Una mala versión de los Arctic Monkeys. Veo luces azules y rojas en el techo, una bola de discoteca que proyecta destellos sobre la pista de baile pequeña.

–El bajista –añade Ife.

Escucho la voz chillona de Vicki en mi cabeza, más fuerte que el zumbido. “Todos te vieron”.

Una acusación de algo que, hasta el día de hoy, no recuerdo.

Porque el baile fue una nebulosa, aunque no bebí. Nunca entendí por qué olvidé lo que sucedió aquella noche.

Me concentro en el cuadro mientras siento el zumbido más y más fuerte.

Julia ha pintado a la banda con colmillos descomunales y sangre chorreando de sus bocas.

Tengo un leve recuerdo de que nuestro maestro de religión nos había dicho que la banda le había ofrecido un descuento si podían empezar a tocar después del atardecer.

Así que el baile de graduación había empezado tarde.

–¿Quién es Gustavsson? –pregunta Julia, que está de pie junto a Ife, y de repente aquella noche, hace más de cuatro años, se vuelve más nítida, cosas que había olvidado vuelven a cobrar vida.

Vicki y yo besándonos en la cabina de fotos, con boas de plumas alrededor del cuello.

Una compañera de clase vomitando sobre la mesa después de cuatro tragos.

Una maestra gritándole. El bajista, al que todos consideraban tan atractivo, sonriéndome desde el escenario.

Una larga inhalación mientras me olía el cuello.

Una sensación de miedo, diferente a todo lo que había sentido antes, recorriendo mi espina dorsal, cuando sus ojos rojos se clavaron en los míos.

–Es uno de nuestros profesores –dice Ife–. ¿Posó para esta pintura?

–Nadie posó –dice Julia–. Esta escena se me ocurrió el primer día de clase.

–¿Te vino a la mente? ¿Como Copito? –pregunta Ife, y la otra asiente con la cabeza.

Julia dijo que podía pintar cosas que la gente había olvidado. Recuerdos ocultos por el trauma.

Siento un ardor en la garganta y al fin logro apartar la mirada de ese cuadro tan horrible, pero no puedo sacármelo de la cabeza. Puedo sentir la música tan fuerte que tapa los gritos. Gustavsson toma mi mano, y entonces…

–¿Cassie? –dice Ife, apretándome los hombros– ¿Estás bien?

No.

Asiento con la cabeza, con la boca demasiado seca para hablar. No puede ser él. No tiene sentido. Quiero romper el mural en mil pedazos, pero un temor muy antiguo comienza a envolver mi pecho y me deja helada.

–¿Y este? –pregunta Stephan, mirando hacia el techo, un mural que representa una fiesta de cumpleaños.

–Estoy llegando tarde –digo, aunque no especifico a qué. No estoy segura de si me respondieron, pero no volteo, sigo caminando y luego salgo corriendo de Traquair, con la piel erizada.

No .

Pienso en la cruz de plata que me regaló. Esa preocupación fingida. El gesto que hizo cuando dijo mi nombre, Cassie, porque sabía que no era el verdadero.

No tiene sentido. No puede ser él.

Bajo las escaleras tambaleándome, me dirijo al túnel, con la vista borrosa. Sigo sin recordar casi nada del baile, solo un poco. Las partes que él no me obligó a olvidar se vuelven de repente muy claras, gracias al cuadro de Julia. ¿Por qué estaba él en el baile?

No puede ser, mi vida antes de la muerte de mis padres era normal. Era… humana.

Hundo las uñas en mis párpados y trago con dificultad. Parpadeo para contener las lágrimas y miro a mi alrededor en el túnel, mientras escucho la voz de Vicki en mi cabeza y lo que me dijo la mañana después del baile, algo que yo nunca había entendido.

“Todos te vieron besando al bajista”.

Me hierve la sangre y el zumbido en mis oídos por fin termina.

Respiro. Siento cómo el pánico es reemplazado por la furia.

¿Qué mierda me hizo?