Libro de sangre y rosas Capítulo 30
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Capítulo 30

S iento su aliento fresco en mi nuca. Poco a poco, abro los ojos y veo que la habitación está en total oscuridad. Aliz tiene un brazo alrededor de mi cintura y el otro sobre mi cabeza. Respiro hondo, me pregunto si solo es un sueño. Pero entonces ella se mueve y murmura incoherencias en mi nuca.

–Buen día –digo con voz ronca.

Anoche nos dejamos llevar. Al menos hasta que la luna esté en cuarto creciente, podremos estar juntas. Después volveremos a no significar nada la una para la otra. Apoyo mis manos sobre las suyas y ella tararea.

–Buen día, Cassie –dice, con los labios rozando mi cuello.

Me incorporo, bostezando, y cuando mis recuerdos confusos de anoche toman forma, me quedo paralizada. Tuve sexo con una vampira. Por voluntad propia. Espero sentir algún tipo de vergüenza, culpa, cualquier cosa que indique que fue un error, pero no es así.

–¿Te vas a clase? –pregunta, estirando los brazos mientras bosteza.

–En una hora –digo, mirando mi teléfono, la pantalla brilla demasiado.

Por primera vez, no tengo que buscar la biblioteca.

En cambio, debo convencer a Elia para que nos deje entrar.

En cuanto me levanto, Aliz me atrae hacia ella y me abraza–.

Al menos déjame lavarme los dientes –digo, mientras su boca encuentra la mía.

–Podrías intentar escapar –protesta, pero me deja ir.

Me cepillo los dientes rápido, bebo agua y vuelvo a la habitación. Aliz me agarra antes de que llegue a la cama, me tira hacia abajo y se sube encima de mí, con los labios hambrientos. Lucho con su pijama. Aunque no me deje quitárselo, todavía quiero sentir su piel desnuda sobre la mía.

Menos mal que no estoy aquí para estudiar , pienso, mientras ella besa mi pecho. Siento como arde cada lugar que toca con sus manos.

–Debemos tener cuidado –dice, deslizando los dedos entre mis piernas–. Ojalá fueras una vampira –agrega, e introduce un dedo dentro de mí. La miro fijo.

–¿Por qué? –pregunto, tratando de mantener la voz firme. Hundo las uñas en su espalda, atrayéndola hacia mí.

–Estoy acostumbrada a ser más ruda –admite mientras el placer me invade y lucho por contener los gemidos–. Ni siquiera sabía que podía ser tan delicada –agrega, sin dejar de tocarme.

–Puedes ser ruda –digo, sin aliento, esperando que se mueva más rápido. En cambio, Aliz saca el dedo y yo suelto un gruñido de frustración. Chasquea la lengua y me mira a los ojos.

– No , no puedo –dice, tajante–. Eres humana. Mucho más débil que yo, Cassie.

–Entonces, al menos sé un poco menos delicada –pido, antes de apretar mis dientes. No puedo creer que me haya llamado débil. Pero no sabe lo que soy. Aparta los labios mientras considera mi petición. Luego, su boca se encuentra con la mía, en un beso delicado.

–Lo pensaré –susurra tras una breve pausa–. Ahora cierra los ojos.

Vuelve a tocarme suavemente entre las piernas, con los dedos húmedos por mi excitación, yo gimo contra ella, moviendo las caderas para más placer.

Unos golpes en la puerta arruinan el momento. Abro los ojos y Aliz salta de la cama, tropieza y casi tira las cortinas. Me mira con los ojos abiertos de par en par, como si solo ahora se diera cuenta de lo que estábamos haciendo.

–Escóndete –susurra, y yo corro al baño y cierro la puerta con llave.

–Bueno –dice una voz. Es Elia –. Eso fue rápido.

–¿Qué cosa? –pregunta Aliz, todavía agitada.

–Lo de acostarte con Cassie. Pensé que aguantarías un poco… –Se detiene en cuanto salgo del baño, todavía con mi camisón puesto. Aparta los labios mientras me mira con una mirada hambrienta, sus ojos teñidos de un tenue brillo rojo–. ¿Puedo probar un bocado yo también?

–Vete a la mierda –dice Aliz.

Elia la mira y luego voltea hacia mí.

–Tengo que hablar con Cassie –dice.

Ha llegado el momento . ¿Qué puedo ofrecerle? ¿Mi sangre?

–¿Cuándo se volvieron tan amigas? –pregunta Aliz, irritada.

–Cuando no estabas mirando –responde la otra, rodeándome con el brazo y acercándome a ella–. Ahora somos pareja.

–No digas tonterías –digo, apartando su brazo.

–La próxima vez tienen que dejarme unirme a la diversión –dice–. Ada y yo solíamos compartir humanas, antes de los tratados. Claro que no las matábamos ni las hipnotizábamos. De hecho, yo era una vampira con ética antes de que estuviera de moda.

–En serio, no necesito saber cómo era tu vida sexual con mi hermana –se queja Aliz.

Enciende la luz y busca ropa por la habitación.

La expresión de Elia cambia un poco cuando ella deja de mirarnos, se vuelve más fría.

Me acusa de algo. ¿Está celosa?–. Y no le cuentes a nadie de lo nuestro –agrega–, nos dejamos llevar, eso es todo.

–Sí –digo, tratando de que parezca que le creo. Sus palabras duelen.

Las ventanas en la casa de Elia están cerradas con postigos, una decena de ventanas falsas muestran el paisaje a través de cámaras.

Las calles angostas del pueblo del campus están salpicadas de sombras irregulares, por fin libres de lluvia.

Elia está de pie junto a una de esas ventanas, sin decir una palabra.

–Lo he pensado –dice–. No quiero que Aliz se involucre en esto. Tener a una cazadora de vampiros como familiar sería una pesadilla en vida.

–Gracias –digo, suspirando. Siento una enorme sensación de alivio mientras me siento en su sofá.

–Pero tampoco dejaré que una cazadora vea los secretos que guarda la biblioteca de Ada –agrega–. Ni loca. Ni a través de mí, ni a través de Aliz. Y desde luego tampoco a través de tus propios ojos.

–Pero…

–Entonces –ignora mis palabras y camina hacia mí. Veo como su cabello castaño se balancea, ondulado como la seda–, tienes que dejar Calisto.

La miro fijo. Por un momento, me concentro en la picazón que siento en el cuello. Es lo único que me impide reírme de lo que acaba de decir.

–No seas ridícula.

–Calisto es una secta genocida –dice–. Y aunque estoy segura de que crees que tú eres diferente, sigues informando a otros miembros de tu organización , ¿no es así? –Su voz está cargada de sarcasmo, la miro apretando los dientes–. Tienes que irte.

–No puedo –digo en voz baja–. Debo averiguar quién asesinó a mis padres.

–¿Cuánto tiempo llevas buscando? –pregunta.

–Cuatro años –respondo.

–¿Unos vampiros mataron a tus padres? –pregunta. Asiento con la cabeza–. ¿Y no puedes encontrarlos sin la ayuda de Calisto?

La miro fijo. No tengo una respuesta.

Ya he hecho un lío enorme con Penny, que todavía no ha respondido a ninguno de mis textos. Sigue ignorando mis llamadas, enviándome un mensaje muy claro. Su silencio no puede durar mucho más. Tarde o temprano tendrá que perdonarme.

Pero no puedo imaginarme volviendo a mi antigua vida. Solo llevo aquí poco más de un mes y, sin embargo…

–Me matarán si me voy –digo, y en parte es cierto. Sé que las cazadoras no pueden renunciar. Sabemos demasiado sobre Calisto. O eso dicen.

–Puedes quedarte aquí –dice, sentándose a mi lado–. Y yo te ayudaré a encontrar al asesino de tus padres.

–Yo…

–No espero una respuesta ahora. Pero esa es mi propuesta. Acepta dejar Calisto y te dejaré entrar a la biblioteca.

No digo ni una palabra más, siento el corazón palpitándome mientras me marcho de su apartamento. Salgo a la luz del atardecer, donde los vampiros no pueden alcanzarme y miro mi teléfono. No hay forma de que pueda irme. Y todavía no he sabido nada de ella.

Por favor, solo dime que estás viva.

No puedo traicionar a Penny. Ella fue quien me encontró cuando todo se estaba desmoronando. Me dio una razón para vivir. Un futuro por el que luchar.

Me detengo junto a un banco y contemplo las montañas. Penny también me convirtió en una asesina. Una versión más oscura de quien solía ser. Y estas últimas cuatro semanas me han cambiado de una forma que ni siquiera puedo empezar a comprender.

Pero no puedo abandonar Calisto.

No puedo dejar a Penny.

Ella es mi familia.

Ambrose está repleto, hay vampiros pasando junto a nuestra mesa cargados con bandejas llenas de sangre, algunos humanos tratando de mantener el equilibrio con tazones de sopa mientras corren en busca de una mesa libre.

Ha pasado un mes desde que empezaron las clases, pero, aparte de Stephan y yo, la mayoría de los humanos parecen mantenerse al margen, observan a los vampiros desde lejos.

Observo los mensajes sin responder y luego mi historial de llamadas. Quizá sea bueno que Penny nunca haya respondido. Así sería mucho más fácil hacer lo que Elia quiere.

¿En verdad podría traicionar a Penny? Ella le dio sentido a mi vida después de que lo perdiera todo. Pero ahora ya nada es lo mismo. No puedo odiar a los vampiros como ella quiere que lo haga. Ya no.

–Lo tenía que entregar anoche –dice Julia, apoyando la cabeza sobre la mesa. Está medio dormida y tiene unas ojeras profundas bajo los ojos–. Dormí quince minutos, pero logré terminarlos.

–¿Tus murales? –pregunto.

– Escenas de la adolescencia –dice Ife, con cierto estilo–. ¿El edificio Traquair ya está abierto al público?

–Supongo que sí –dice Julia, inclinándose un poco para mirar a su amiga–. Aunque me gustaría que mi trabajo pasara desapercibido.

–Pero eres una artista –argumenta Stephan, Julia bebe un sorbo de sangre para no responder.

–Eso se dice.

A pesar de sus protestas, cuando Ife pide visitar el edificio Traquair para ver sus murales, la vampira rubia no se niega.

Yo las acompaño, aunque ya me siento inquieta sin Aliz.

Llegamos a la escalera donde me crucé con Julia, no muy lejos del laberinto, y subimos a un edificio de ladrillo rojo que huele a pintura y plástico derretido.

Traquair tiene una nave diáfana, con talleres a ambos lados separados por paredes de vidrio. Me recuerda un poco a Ikea… si Ikea vendiera arte abstracto que me cuesta un poco comprender.