Capítulo 29 #3
–Tendremos que hacerlo en silencio –dice, y esboza una sonrisa. Pero antes de que sus dedos me toquen, Aliz se inclina hacia atrás, dudando–. ¿Estás segura de que quieres hacer esto?
–Sí –interrumpo–. Lo quiero. –No me importa si parezco desesperada. Pero ahora su pregunta resuena en mi cabeza, me hace pensar algo que he estado tratando de ignorar–. Pero tú… –La miro, mi corazón late fuerte–. No querrías esto si no fuera por la marca.
Enseguida me arrepiento de lo que digo, porque Aliz se aleja, frunciendo el ceño.
–Todavía puedo decidir por mí misma, Cassie.
–Sí –digo, y por alguna estúpida razón, me arden los ojos–. Pero piensa en cómo era antes de tener la marca, Aliz. Es imposible que tú…
–No me arrepentiré de esto –interviene–. No me importa lo que sentía antes o qué pensaba. Lo que importa es el presente. –Su voz se suaviza, cortando de golpe el torbellino de mis pensamientos–. Y tendré mucho cuidado. Lo prometo.
Espera a que asienta con la cabeza y luego me rodea con los brazos, acercándome hasta que mis labios rozan su cuello. Respiro hondo.
–Pero tendrás que mantener los ojos cerrados –agrega, mientras comienza a recorrer mi cuerpo con las manos–. ¿Puedes hacer eso por mí?
Quisiera verla. Pero digo que sí, la deseo más de lo que ella puede imaginar.
Más de lo que ella anhela mi sangre. Sus besos se sienten más suaves ahora, bajando hasta mi cuello.
Llevo un chaleco sobre la camisa y, si no fuera así, estoy segura de que Aliz habría intentado desnudarme aquí, en la sala común.
–¿Estás segura de que no vendrá nadie? –pregunto. Mi respiración se acelera cuando siento cómo sus dedos trazan una línea recta muy despacio sobre mi ropa interior, pero todavía no llegan donde quiero. Hundo las uñas en su cuello y la beso de nuevo, como pidiéndole que vaya más rápido.
–Ah, claro –susurra.
Por fin, su dedo se desliza hacia abajo, provocando una descarga de placer que me llega hasta los dedos de los pies.
Tengo que morderme el labio para no gritar.
La sujeto muy fuerte, mordiéndole el cuello mientras su dedo traza un lento círculo sobre mi ropa interior.
Siento como el calor crece en mi interior.
–Mierda –gimo en su oído, mientras sus dedos presionan más y más.
Oímos un ruido al otro lado del pasillo. Las puertas del elevador se abren y alguien saca un carrito lleno de productos de limpieza.
–Mierda –dice Aliz–. Me había olvidado por completo del servicio de limpieza.
–Debes estar bromeando –digo.
Ella toma mi muñeca y salimos corriendo de la sala común. Aliz introduce la llave en la puerta y me empuja dentro justo cuando el personal de limpieza dobla en la esquina.
Lucha con mi ropa, me pide permiso para cruzar la barrera de sal antes de empujarme sobre la cama y subirse encima de mí. Igual que en la azotea, Aliz me tapa los ojos con la mano. Quiero verla, pero solo puedo concentrarme en sus dedos, en cómo se hunden debajo de mi ropa interior.
–Mierda, estás tan mojada –dice, acariciándome despacio, como si intentara memorizar cada parte de mí.
Muerdo mi lengua para no gemir. Siento como sus manos bajan mi ropa interior, deslizándose por mis muslos. Y apenas me toca, me doy cuenta de que estoy muy cerca de…
–Aliz… –jadeo. Ella engancha una pierna entre las mías, separándolas.
–Después de que acabes –empieza, frotándome con más fuerza–, ¿me dejarás cogerte?
–Sí –grito, y aunque me dijo que no lo hiciera, abro los ojos solo por un segundo. Veo cómo su cabello blanco, despeinado, le cae sobre la mitad del rostro. Lame sus labios, ver su lengua me da más ganas de acabar.
–Los ojos –dice, y se inclina hacia mí. Siento su boca caliente en mi cuello, sus labios rozando las líneas de la marca de familiar.
Sigue frotándome, y cada movimiento me provoca una nueva ola de placer, hasta que de repente no aguanto más, ni un roce más.
Jadeo, con el cuerpo temblando mientras el éxtasis recorre mi cuerpo.
No se detiene, acelera el ritmo mientras el clímax se hace más largo y, mientras siento cómo sus labios aún recorren mi cuello, grito:
–¡Cógeme!
–Ese era el plan, sí –murmura.
Y de repente siento cómo un dedo se hunde en mí. Mis músculos todavía se contraen cuando introduce otro, y antes de que pueda recuperar el aliento, empieza a moverlos, fuerte y rápido.
–¿Quieres acabar de nuevo? –pregunta, con la voz pegada a mi oído. No tengo tiempo de responder, sus dedos se curvan en mi interior hasta que veo las estrellas.
Por mucho que quiera decir algo coherente, lo único que consigo es gritar su nombre.
Tironeo con fuerza las sábanas, arqueando la espalda, siento cómo cada nervio de mi cuerpo responde a su tacto.
De a poco reduce el ritmo de sus dedos. No reparo en que me zumban los oídos hasta que oigo su respiración, suave.
La mano que tiene libre traza una línea en mi rostro, acariciando mi frente.
–¿Te gustó? –pregunta con voz ronca. Mi mente sigue confusa.
–Claro que sí, mierda –suspiro.
Acaricio su cabello suave con los dedos, pero Aliz todavía lleva demasiada ropa puesta. Justo antes de que pueda subirme encima de ella, se levanta, tambaleándose.
–Será mejor que cene. –Despeja su garganta–. Ya vuelvo.
–Yo… Eh… –Quiero traerla de nuevo hacia mí. Necesito más–. Voy a cambiarme.
Me dejó con la camisa desabrochada, el sujetador puesto y las medias a medio bajar por una pierna.
Me coloco el camisón, aunque sé que me lo volverá a quitar en unos minutos.
Luego la observo mientras lucha con el microondas, paseándose de un lado a otro mientras espera que la sangre se caliente.
Hay un destello tenue color rojo en sus ojos.
Bebe su porción de sangre. El familiar de Nocth le donó un poco más después de que recuperara la memoria. Los músculos tensos de Aliz comienzan a relajarse y suspira, apoyándose en la ventana falsa. Dijo que volvería enseguida, pero ya empiezo a impacientarme.
Cruzo la barrera de sal y paso la mano por la madera suave de su ataúd.
Su mirada se clava en mi piel. La miro y veo que sigue sosteniendo el vaso, pero su atención está puesta por completo en mí.
Detrás de ella, a través de la ventana, se puede ver una aurora boreal, que brilla con un color verde sobre las montañas.
–¿Qué pasa? –pregunta.
–La otra noche dijiste que no te acostabas con humanos –digo, apoyándome en el ataúd.
Deja el vaso de papel y lame hasta la última gota de sangre de sus labios.
Luego, da unos pasos y se coloca justo frente a mí, atrapándome contra el ataúd.
A pesar de su preocupación por que nuestros ojos se crucen, levanta mi mentón y me obliga a mirarla.
–Dilo de nuevo. –Su voz es tan oscura como sus ojos.
Justo cuando abro la boca, ella tira de mi cabello y me besa, más fuerte que antes, me deja sin aliento.
Siento cómo la madera del ataúd se clava en mi espalda.
Cuando encuentro su lengua, ella se aleja unos centímetros.
Luego, agarrándome por la cadera, me levanta y me coloca sobre el cajón de madera.
–Dilo de nuevo, Cassie.
Necesito que me toque. Pero si puedo irritarla mientras tanto, mejor aún.
–Dijiste que no te acostabas con humanos –digo.
Intento besarla de nuevo, acercarla todavía más, pero me ignora.
Engancha sus dedos bajo los tirantes de mi camisón y tira de la tela hacia abajo, con una lentitud dolorosa, hasta dejar mis pechos al descubierto.
Me lanza una mirada desafiante, con los labios entreabiertos.
Luego besa la marca, antes de seguir muy despacio las líneas hacia abajo.
–¿Qué más dije? –pregunta, mientras sus dedos rozan mis pezones.
Contengo un gemido mientras intento cerrar las piernas.
Ella responde empujándolas para mantener su cuerpo entre ellas.
Sustituye los dedos por su lengua, echo la cabeza hacia atrás, sintiendo cómo el calor me tensa los músculos–. Respóndeme.
Sigue completamente vestida, pero cuando intento desabrocharle los botones de la camisa, chasquea la lengua y sujeta mis muñecas a los lados.
–No me acuesto con humanos –dice–. Pero ¿qué más te dije, Cassie?
Una mano se desliza hacia mi muslo.
–Me preguntaste… –empiezo a decir, con voz temblorosa. Sus dedos se acercan poco a poco, me provoca–. Si quería ser la excepción.
–¿Y lo quieres? –pregunta, con los labios en mi cuello, provocándome un escalofrió a lo largo de las líneas espinosas. Sus dedos por fin rozan mi entrepierna, demasiado suave–. Vamos –dice, y yo la atraigo hacia mí para besarla, quiero que lo haga más rápido.
Sujeto sus hombros mientras siento cómo su pulgar presiona mi clítoris. Le muerdo el cuello y por fin consigo que grite, un sonido apenas contenido. Clava sus uñas desafiladas en mi muslo.
–Ya lo hicimos –digo, tratando de mantener el control, de no arquearme ante su tacto. Toma un mechón de mi pelo con la mano que tiene libre y tira un poco de él.
–Pero quieres más, ¿no es cierto? –pregunta, con sus labios sobre los míos. Cielos, sí .
Si no estuviera tan loca por ella, tal vez me habría aferrado a mi orgullo. Pero Aliz tiene razón. Quiero más.
–Sí –digo, sin aliento.
Ella quita los dedos, alejándose hasta que nuestros ojos quedan a la misma altura.
–Suplícalo –ordena.
No sé qué expresión acabo de poner, pero la hace reír.
–Tú…
No termino el insulto que estaba por decir.
Me besa de nuevo, pero sus dedos se alejan.
En nuestros sueños, Aliz era como un animal salvaje.
Ahora, tiene tanto control que me vuelve loca.
La necesito. Tiro de los botones de su camisa, mordiéndome el labio cuando veo las puntas endurecidas de sus pezones contra el chaleco.
–Pórtate bien, Cassie –susurra, con los labios en mi cuello.
Siento cómo recorre la marca de familiar con su lengua, el placer se extiende por cada línea, hasta que solo puedo pensar en una cosa.
Besa mi torso, siguiendo el recorrido de la marca.
Arqueo la espalda, necesitando más–. No pido mucho.
–Sujeta mi pierna derecha y la coloca sobre su hombro–.
Suplica. –Siento su aliento entre mis muslos y paso los dedos por su cabello.
–Por favor.
Por el tono arrogante de su voz, esa crueldad fingida, esperaba que me hiciera rogar más.
Pero, en cambio, Aliz demuestra ser tan impaciente como yo, gime cuando por fin abre mis labios y desliza la lengua hasta llegar al clítoris.
Intento contener un gemido, tirándole del cabello mientras lucho por mantenerme erguida.
–¡Mierda! –grito.
Siento como introduce tres dedos dentro de mí, los mueve rápido, sin darme ni un segundo para respirar.
–Ahora me toca a mí –digo cuando logramos llegar a la cama, acariciando su espalda. Encuentro el dobladillo de su camisa y deslizo los dedos por debajo–. ¿Cómo puedo devolverte el favor? –Su piel se siente suave y cálida, y aunque quiero tocarla como hizo ella, espero.
–Supongo que podrías corregir un ensayo que tenía que entregar esta noche –dice, con un tono un poco más nervioso de lo que esperaba. Retiro la mano y la miro–. ¿Qué te parece?
–O podría bajar ahora mismo –digo, y la miro fijo. Aliz exhala un suspiro breve antes de despejar su garganta.
–Me encantaría. Pero… –Duda–. No creo que pueda controlarme. –Posa la mirada en mi cuello, en la marca, que brilla en mi piel–. Gracias de todas formas.
–Quizá cuando desaparezca la marca –digo.
–Sí –responde.
Nuestras piernas siguen entrelazadas y mi mano sigue acariciando su piel, pero ambas nos tensamos al darnos cuenta de lo que acabo de decir. Esto no volverá a suceder una vez que la marca haya desaparecido.
Una vez que los sentimientos de Aliz se desvanezcan, las cosas volverán a la normalidad.
La única razón por la que pude admitirme a mí misma que la amaba, y por la que dije una mentira sabiendo que ella reconocería la verdad, fue porque cree que todo se debe a la marca.
Pero, por más que desearía que fuera así, sé que lo que siento ahora no brotó en mi pecho a través de las enredaderas espinosas de nuestro contrato de sangre.
No puedo seguir engañándome a mí misma, porque ahora sé, tan bien como conozco el peso de una daga en mis manos, que la amo. Y también sé que esto es ridículo, pero ¿qué parte de mi vida no lo es? ¿Qué segundo de los últimos cuatro años ha sido otra cosa?
Mi amor por Aliz no es una maldición ni un hechizo. Es real.
Pero me alegra que su amor no lo sea. Porque tiene razón en una cosa.
No puede amar a un humano y, desde ya, no puede amar a una cazadora de vampiros.