Libro de sangre y rosas Capítulo 29 #2
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Capítulo 29 #2

Debería haberlo visto venir. Pero estoy demasiado sorprendida, solo ahora me doy cuenta de adónde quería llegar con esto.

–¿De qué estás hablando? –pregunto, no puedo creerlo. Me levanto, pero ella me sujeta, tirándome hacia su regazo, y me rodea la cintura con los brazos–. Aliz…

–Es una simple pregunta. Sí o no –dice, con las mejillas enrojecidas, como si se arrepintiera de haberlo dicho, pero no pudiera retractarse.

–¿Qué te pasa? –susurro–. Nos conocemos desde hace apenas unas semanas. –Al decir esto, siento que mi corazón se encoge, como si su mano lo estuviera apretando fuerte. ¿Por qué tuvo que preguntar eso?

–Nos conocemos desde hace un mes –argumenta.

–No –digo, apretando los dientes–. He estado manteniendo distancia y ahora ¿me vienes a hablar de amor ?

–Yo…

–En una semana por fin podremos entrar en la biblioteca –digo, tratando de mantener la voz firme–. No lo arruines.

Sujeta mi rostro, obligándome a mirarla. Me pican los ojos y mi corazón se acelera.

–No estoy arruinando nada –dice, tensa–. Llámalo como quieras. Fiebre, obsesión. Solo necesito saber si estamos en la misma sintonía –agrega–. Esta locura no puede ser solo mía.

Está tan cerca que podría besarla. Si me acercara un poco más, lo haría. Poco a poco, sus palabras me atraviesan. Dejo de respirar y siento cómo mi ira se desvanece un instante al darme cuenta de lo que está diciendo. Aliz respira hondo y el viento comienza a soplar a nuestro alrededor.

–Cassie, por favor. –Noto cómo la desesperación tensa su voz. No digo nada y ella aprieta mis manos–. Di que no me amas –dice–. Pero soy una vampira. Podré darme cuenta si mientes.

–Aliz…

–Por favor –insiste con voz seca, a punto de quebrarse. Respiro hondo y ella permanece inmóvil, esperando.

Es una vampira. Mi enemiga por naturaleza. Una criatura a la que he odiado durante cuatro años. Mi corazón late fuerte al darme cuenta de lo que estoy a punto de admitir. En siete días, estos sentimientos nos abandonarán a ambas. Y habría sido mucho más fácil guardarme estas palabras para mí misma.

–No te amo –digo. Aliz se estremece.

Las palabras, la verdad que se esconde tras ellas, rompen todas las reglas que he seguido durante estos últimos años.

De repente, mis sentimientos son tan claros como las estrellas que nos iluminan.

No sabría explicar desde cuándo lo sé, pero ya no me niego a aceptarlos.

Con cuidado, coloco una mano detrás de su cabeza y siento cómo suspira.

–Gracias. –Se aleja. Veo que sus mejillas siguen enrojecidas y siento cómo el frío penetra bajo mi abrigo. El viento sopla, pero no se ha llevado mis palabras. Permanecen muy firmes en su lugar. La mentira es el caparazón y la verdad, la perla en su interior.

Aliz me ama. Es lo más absurdo que he escuchado en mi vida y, sin embargo, al menos por ahora, es cierto.

Cierto, pero no es real. Lo sé. Es imposible que ella se enamore de mí.

Al igual que la marca de familiar puede invocar sueños, estoy segura de que también puede inventar estos sentimientos.

Otro truco para acercarnos y sellar el contrato.

–¿Qué pasará cuando nos deshagamos de la marca? –pregunto.

–Quizás podamos ser amigas –responde–. Sé que no te caía muy bien antes de todo esto, pero…

–Suena bien –digo. No puedo imaginar cómo será la vida cuando deje de sentir todo esto. Me sentiré como un recipiente vacío.

Ahora el silencio es más intenso que el viento y justo cuando despejo mi garganta, ella me tapa los ojos con su mano, envuelta en un guante, inmovilizándome.

–¿Aliz?

–¿Puedo besarte? –pregunta. Siento su aliento fresco contra mi piel. Inhalo rápido, el corazón me late fuerte.

–Me pareció escuchar que solo seríamos amigas –digo. No puedo verla, pero siento su calor envolviéndome.

–Solo amigas… una vez que esto termine. –Desliza su mano por mi espalda–. Pero por ahora…. –Oigo cómo traga en seco–. Dijiste que confiabas en mí, ¿verdad?

–Sí –respondo.

Espero, a ver si me convence un poco más, pienso en formas de pedirle que lo haga, pero sin decirlo explícitamente.

Pero entonces sus labios se posan sobre los míos, frescos y suaves, y se siente como si me estuviera prendiendo fuego por dentro. Mueve los labios despacio, con cuidado. Y aunque estoy segura de que sabe cuánto la deseo, se aparta. Noto cómo su respiración se acelera.

–Más –susurro. Tomo su cuello y acerco su boca hacia la mía.

Aún no estamos tan cerca. Nuestros dientes chocan y ella me empuja hacia abajo.

Antes de que pueda acostumbrarme a la piedra fría debajo de mí, sus labios vuelven a encontrar los míos, esta vez más desesperados, intenta entrar con su lengua.

Siento su rodilla apretada entre mis piernas y suelto un grito ahogado. El beso húmedo de Aliz baja hasta mi cuello, su mano todavía me tapa los ojos.

–Déjame verte –digo, hundiendo mis uñas en su abrigo. Pero Aliz se aleja.

–No –dice, sin aliento.

–¿Por qué no?

Cuando por fin retira la mano de mis ojos, parpadeo para adaptarme a la luz tenue.

Veo un leve resplandor rojo en sus ojos.

Su respiración sigue siendo irregular y se muerde los labios.

Los colmillos que deberían aterrorizarme, deberían sentirse como una ducha de agua helada sobre mi deseo, son solo otra parte de ella que amo.

–Es demasiado peligroso –dice.

–Entonces, quizá deberíamos irnos. –Las palabras duelen. Necesito más.

Cuando se aleja, respiro hondo. Siento cómo el aire helado de octubre traspasa mi abrigo.

Volvemos a entrar, bajamos por la escalera angosta.

El silencio nos envuelve. Acabamos de cruzar todas las líneas y límites que nos habíamos impuesto sin decir nada.

No me imagino pudiendo dormir pegada a ella después de lo que acaba de pasar.

Y lo peor de todo es la humedad entre mis piernas, fría y resbaladiza.

Siempre ha habido tensión entre nosotras, pero ahora el ambiente se siente cargado, a punto de estallar.

Mi piel arde bajo la chaqueta, la tela es demasiado cálida.

El pasillo está desierto y veo cómo las lámparas proyectan un resplandor tenue sobre el techo color esmeralda.

Sin pensarlo, tomo su mano y ella me mira. Aparta los labios, pero no dice nada.

En lugar de ir directo a nuestra habitación, toma mi mano con más fuerza y gira a la derecha.

Me lleva hacia la sala común al final del pasillo.

Hay tres sillones de terciopelo, verdes igual que el techo, que forman un círculo pequeño, mientras que las estanterías que los rodean están repletas de volúmenes que deben ser de Aliz, si es que en serio tenía este pasillo para ella sola antes de mi llegada.

–¿Por qué estamos aquí? –pregunto, mirando por la ventana, las persianas están levantadas y dejan ver el suave contorno de las montañas.

–Estamos aquí porque necesito saber qué va a pasar ahora –dice y se frota la frente, apoyándose contra una estantería, frente a mí, mientras yo descanso en el respaldo de uno de los sillones. Tiene los hombros tensos.

Me acerco y vuelvo a tomar su mano. Necesito sentirla contra mí.

Cada nervio de mi cuerpo se siente como un fósforo a punto de encenderse.

Deslizo mi mano desde su hombro hasta su cintura, siento la lana áspera de su abrigo contra mis dedos.

Aliz respira profundo, pero no se mueve.

Quiero arrancarle hasta la última prenda de ropa, sentir cada centímetro de su piel.

–Iremos a nuestra habitación –digo.

–Lo imaginaba –dice, con voz cautelosa–.

Lo que quiero saber es qué pasará cuando crucemos esa puerta.

–Traga con dificultad y, al igual que en la azotea, los nervios (o tal vez solo sea impaciencia) le hacen engrosar la voz–.

¿Vamos a actuar como si nada hubiera pasado, dormiremos una al lado de la otra, sin tocarnos, o… ?

Suelta mi mano y me recorre lento el cuello, haciéndome estremecer, antes de tomar mi mentón y levantarme el rostro para mirarme. Sus ojos siguen negros. No hay peligro.

–¿O…? –pregunto, tan bajo que no me habría oído si no fuera por sus sentidos vampíricos.

–¿O cometeremos un terrible error? –dice, inclinándose lo suficiente como para que sienta su aliento en mis labios.

No estoy muy segura de cuál de las dos acortó la distancia primero, pero de repente volvemos a besarnos.

Sus labios se mueven lentamente, con cuidado, como si fuera la primera vez, tratando de saborear cada segundo.

Envuelvo mis brazos alrededor de su cuello, mordisqueo su labio inferior, presionándola fuerte contra la estantería.

–Define error –susurro, tratando de mantener la voz firme. Veo cómo su mirada se oscurece, me mira como lo hacía al principio, cuando sentía que podía atravesarme con sus ojos.

–Quiero cogerte –dice. Aparto los labios con un jadeo, pero no encuentro nada que decir. Mi piel ya estaba ardiendo, pero sus palabras me han incendiado.

–Eso sería un terrible error. –Mantengo mis labios cerca de los suyos–. Pero deberías hacerlo de todos modos.

Aliz se aleja de la estantería y me empuja con ella hasta presionar mi cuerpo contra el respaldo del sillón de terciopelo.

En cuestión de segundos, desabrocha mi abrigo y siento cómo sus labios se posan sobre los míos antes de que pueda pronunciar una palabra, más hambrientos que antes.

El beso es violento y, si no fuera por su muslo presionado entre los míos, mis piernas ya se habrían derrumbado.

Contengo un gemido, intento ordenar mis pensamientos.

–¿Aquí? –logro decir. Recorre mi cuello con sus besos, con la mano en mi cintura, deslizándose bajo mi chaleco–. ¡Pensé que íbamos a ir a nuestra habitación!

–No –dice, acercándose para susurrarme al oído–. Dije que te iba a coger en nuestra habitación.

Trago con dificultad y, cuando su mano encuentra el dobladillo de mi falda, siento cómo el deseo crece en mi interior.

–¿Y si alguien nos escucha?