Capítulo 29
C ieri no aparece en mis sueños esa noche.
Cuando me despierto, Aliz sigue dormida, su pecho sube y baja, y un tirante de mi camisón se desliza por su hombro.
Veo lo afiladas que son sus clavículas, la curva de sus senos pequeños se dibuja bajo la seda.
Escondo mi rostro para bostezar y luego la miro.
Tiene los labios carnosos algo entreabiertos.
Al mirarla así, tan atentamente, puedo olvidar por un momento que seguro arruiné mi relación con Penny.
Pero entonces me invade una sensación de pánico y busco mi teléfono, que está junto a la almohada.
No hay llamadas perdidas ni mensajes. Me fijo a qué hora se conectó por última vez, las nueve de la noche.
¿Qué he hecho? Me duele la garganta y, antes de poder pensar demasiado en cómo resolver esto, escribo.
¿Dónde estás?
No recibo respuesta, pero casi enseguida puedo ver cómo la única tilde se convierte en dos y se pone azul. A menos que el Consejo le haya confiscado el teléfono, Penny está viva. El alivio y la inquietud se mezclan en mi interior, exhalo, tratando de decidir qué hacer a continuación.
Justo cuando dejo el teléfono, lista para levantarme, Aliz se mueve y, aún dormida, me sujeta y me acerca a ella, con una mano acariciándome la cintura. Trago con dificultad. Sus piernas se entrelazan con las mías y siento su nariz en mi cuello, olfateando.
–¿Aliz? –pregunto con voz ronca.
–Cinco minutos más –murmura, antes de posar sus labios en mi cuello.
–¡Aliz! –gruño, y me libero de su abrazo. Ella se queja. Cuando volteo para mirarla, está profundamente dormida. Mientras tanto, el lugar donde me acaba de besar parece estar a punto de incendiarse–. Maldición –susurro.
Al oírme, por fin abre los ojos, bostezando. Mira a su alrededor y, frotándose los ojos, pregunta:
–¿Has soñado algo?
–No –respondo. Y, como veo que no está vomitando sangre, tengo la sensación de que ella tampoco.
–Yo tampoco –confirma–. Entonces, estar juntas de verdad elimina los síntomas.
–Eso parece –digo, y trago con dificultad.
Ahora solo tengo que convencer a Elia para que nos deje entrar en la biblioteca. O hacer que nos traiga el Libro de sangre y rosas . Pero mientras sea cazadora de vampiros, tengo la sensación de que no querrá ayudarme.
Mientras estamos en el comedor de Tynarrich, me entero de que Elia no ha sido del todo sincera con Aliz.
–Tú conocías… –Aliz recorre su cabello con los dedos y mira fijo a Elia. Lleva un cárdigan rosa ajustado y una falda a juego. Su sonrisa no es del todo apropiada para la situación–. ¿Conocías a Ada?
–Siento no habértelo dicho –dice Elia, reclinándose hacia atrás–. No te pareces en nada a ella, ¿sabes? Y considerando que lleva muerta doscientos años…
–¿Cuál era tu relación con ella exactamente? –pregunta Aliz entre dientes.
Elia mira hacia la ventana, hay ramas golpeando contra el vidrio, y suspira.
–Estuvimos saliendo durante medio milenio, íbamos y veníamos.
–¿Estaban juntas? –dice Aliz, inclinándose adelante y con la boca abierta. Siento cómo su mano se tensa junto a la mía.
–Como dije, íbamos y veníamos.
–Me mentiste.
–No te mentí –replica Elia–. Solo me guardé algunos detalles.
–Y todas esas veces que nos viste en la Colección Palau, ¿nunca se te ocurrió mencionar que es tu biblioteca?
–Nunca lo preguntaron –dice Elia. Sus ojos se encuentran con los míos, oculta una acusación detrás de la mirada, cierta complicidad entre mentirosas.
Trago con dificultad. Tengo que contarle a Aliz quién soy.
Ahora. Porque no solo estoy ocultando una parte, como hizo Elia.
Cassie Smith es toda una identidad. Y sé que, si estuviera en su lugar, no sería capaz de perdonarme.
–¿Puedes llevarnos a la biblioteca ahora? –pregunta Aliz, y mi corazón se acelera.
–La biblioteca de Ada solo puede abrirse cuando la luna está en cuarto creciente –explica Elia.
Pienso en el laberinto, con las cuatro estatuas.
La luna bañada en oro. Claro –. Eso será dentro de una semana.
Pero necesitarán mi ayuda para entrar –dice, y me clava la mirada.
Siento cómo un escalofrío me recorre el cuerpo.
–Una semana –susurra Aliz, antes de soltar un suspiro.
Reviso mi teléfono. Penny aún no ha respondido. Le mando otro mensaje.
¿Estás bien?
Necesito que me responda, pero también me da miedo lo que pueda preguntarme. Empiezo a escribir que lo siento. Si sigue viva, si ha logrado escapar, lo cual, conociéndola, seguro haya hecho, no sé cómo voy a arreglar esto.
Stephan, Ife y Julia entran en el comedor y nos ven enseguida, estamos en la esquina. Buscan otra mesa, pero les hago señas para que se acerquen. Sé que no les caen muy bien Aliz y Elia, pero no puedo hacer nada al respecto. Julia se sienta en el sofá a mi lado, apretándome contra Aliz.
–No viniste a almorzar –dice. Lleva una máscara que tiñe de negro sus pestañas plateadas.
Aliz suelta mi mano y, cuando quiero volver a tomarla, la siento en la parte baja de mi espalda. Llevo un suéter, así que el contacto no es tan directo, pero me estremezco cuando recorre mi columna con la mano.
–Sí –respondo–, me quedé dormida. –Miro a Ife, al otro lado de la mesa, sentada en el regazo de Stephan, con una taza de sangre rozándole los labios. Bebe despacio, con los ojos brillantes. Se ha dado cuenta de nuestra proximidad–. No es lo que piensas –digo, y Aliz retira su mano.
No es solo Ife la que me mira así. Todos parecen esperar a que diga algo, a que admita mi relación con Aliz. Pero sea lo que sea que estén imaginando, desde ya no es eso, por mucho que me gustaría.
De repente, pienso en lo que Aliz dijo anoche: “Te lo diré mañana”.
¿Decirme qué?
Hojeo los periódicos en busca de cualquier pista que indique que el público en general se ha enterado de la fiesta de sangre, pero, como siempre, lo que ocurre en el mundo de los vampiros permanece oculto, incluso cuando está a la vista de todos.
Me arriesgo y llamo a Penny, escucho cómo se alarga el tono.
No responde, me doy cuenta de que quizá tenga que empezar a prepararme para la posibilidad muy real de que intente matarme.
No le tengo miedo a los vampiros. Pero ¿a Penny? Hasta ahora he tenido la suerte de no haberme cruzado nunca en su camino. Solo contéstame , le escribo, acumulando una columna de mensajes ignorados.
Poco después de la una de la madrugada, Aliz me escribe.
¿Nos vemos en la azotea de Tynarrich?
Nunca estuve en la azotea antes. Otra vez siento la picazón en el cuello, lo que indica que hemos pasado demasiado tiempo separadas.
Subo los nueve pisos y busco una puerta adicional que da a una escalera de piedra.
El techo de Tynarrich es plano, con dos bancos de piedra a cada lado y una baranda a lo largo del borde.
Me pregunto si Aliz habrá traído a otras chicas aquí antes. Y justo cuando pienso esto, la oigo detrás de mí. Lleva un abrigo abrochado hasta el cuello y una bufanda gris que le oculta la mitad de la cara. Todas mis dudas se desvanecen cuando la veo, siento una calidez en el pecho.
–Qué bueno que viniste –dice.
Quiero acercarme a ella, ser atrevida. En cambio, volteo y miro hacia el cielo nocturno.
Han pasado años desde la última vez que vi un cielo con estrellas tan brillantes como este, con la Vía Láctea colgando sobre nosotras como un cinturón de pintura plateada.
Ella se acerca a mi lado, apoyándose en la baranda de bronce que se ha oxidado a lo largo de los siglos hasta adquirir un color turquesa pálido.
Se ajusta la bufanda y la baja para que pueda ver su sonrisa tímida.
Su cabello es del mismo color que las estrellas, me acerco para apartarle un mechón de los ojos.
–Bueno, ¿qué sucede? –pregunto, sin vueltas.
–¿Con qué?
–¿Por qué me has pedido que suba? –Ojalá esas palabras hubieran salido de una forma más amable. Aliz se mueve incómoda a mi lado, introduce uno de sus zapatos de cuero calado en la baranda de bronce y luego lo quita.
–Quería verte. ¿Hay algo malo en eso?
–No –respondo. Yo también quería verte , casi añado, pero me contengo–. Solo me preguntaba por qué aquí.
–¡Ah! –exclama, y se aleja de la baranda, saltando a un banco de piedra–. Supongo que hay algunas cosas que prefiero no decir en nuestra habitación. –Nota mi confusión y veo que sus mejillas se enrojecen–. Yo creo que el viento es capaz de borrar las palabras que no deberíamos haber dicho.
–No es una noche particularmente ventosa. –Lo cual es extraño, teniendo en cuenta lo alto que estamos. Solo hay humedad y hace mucho frío.
Aliz toma asiento y cruza las piernas.
–Ven aquí –dice, y yo dudo, solo para asegurarme de que sus palabras aún no tienen el poder de hipnotizarme.
Respiro hondo y me acerco al banco de piedra.
Hay nombres grabados en él, también fechas, que se remontan hasta el siglo XIV .
Mientras examino esos nombres desconocidos, Aliz toma mi mano, quita el guante despacio, libera mis dedos uno por uno.
Cuando su piel roza la mía, pierdo el hilo de mis pensamientos. Olvido qué estoy haciendo aquí o qué le he preguntado.
–¿Alguna vez has estado enamorada? –pregunta.
De alguna manera no siento el frío en mi mano desnuda mientras ella la mantiene entrelazada con la suya. No levanto la vista, no puedo mirarla.
–Sí –respondo, mirando mis botas–. Fue hace tiempo. Vicki.
–¿Vicki?
–Éramos compañeras de clase –digo–. Me dejó justo después del baile de graduación.
Había una banda en la fiesta y, según ella, coqueteé con el bajista –añado.
Ya no me duele, apenas puedo recordarlo.
Todo sucedió muy rápido. Mis padres murieron menos de un mes después del baile y Vicki me envió sus condolencias. No le respondí.
–¿Y después de eso? –Niego con la cabeza. Sé lo que siento, es tan vívido y duele tanto que creo que mi pecho va a estallar, pero no puedo decirlo–. ¿Y ahora qué? –agrega.