Capítulo 28 #2
–¿Volverá a soñar con eso? –pregunto.
–Depende –responde–. ¿Ha tenido usted algún sueño muy traumático?
–Sí –respondo, y pienso en Cieri–. Pero estoy bien.
–A partir de ahora tiene que estar más cerca de ella –dice.
–Ya compartimos habitación –digo, y él suspira.
–Quizás deberían dormir juntas.
–Pero Aliz necesita dormir en un ataúd –replico. Me arde la piel de solo pensarlo.
–Sería por un par de semanas, no le hará daño –insiste–. Quiere eliminar los sueños, ¿verdad?
–Claro que sí. –De alguna manera, siento que cuanto más lo pienso, más calmada estoy.
–Coloque esto en la sangre. –Se inclina sobre el escritorio y me entrega un frasco color carmesí–. Es un poco más de la mía, lo que debería ayudar a consolidar los efectos de la hipnosis.
–¿La ha hipnotizado? –pregunto, él arquea una ceja. Haré lo que sea para evitar que vuelva a tener una pesadilla como esa.
–No tengo el poder de mi tío –responde–. Si pudiera hipnotizarla, borraría el recuerdo por completo. En cambio, solo lo estoy bloqueando.
–¿Qué le digo ahora?
–Dígale que la enfermedad ha vuelto –dice–. Que me llamaron y yo ayudé. Aliz no recordará nada, pero sabrá que vomitó.
–Está bien –digo, dudando.
–¿Era una barrera de sal lo que vi junto a su cama? –pregunta en voz baja, como si temiera que alguien nos oyera. Frunzo el ceño.
–Encontré las instrucciones para hacerlo en un grimorio. Necesitaba protección hasta que ella se acostumbrara al olor de mi sangre. –Me mira fijo. No consigo descifrar qué hay detrás de su mirada. Entonces añado–: He visto a Penny.
Observo su expresión con atención. De cierta forma, se parece a la de Penny cuando mencioné su nombre, aunque Nocth no se retuerce de la rabia.
–¿En Inverness? –Parece sorprendido–. ¿Por qué estaba allí?
–¿No le había hablado usted de la fiesta de sangre? –Él niega con la cabeza–. Se enfadó bastante cuando mencioné su nombre.
–Ah, me detesta –dice, con voz suave–. Y no puedo culparla.
–¿Por qué? –pregunto.
–Debería irse. Aliz despertará pronto –dice, recostándose y mirando su reloj.
Aliz ya está despierta cuando llego a nuestra habitación. Ha formado un capullo algo extraño con mis sábanas y está pegada a la pared con la almohada a su lado.
Aunque solo me ausenté media hora, la habitación está impecable.
–¿Te gusta mi nuevo ataúd? –pregunta con la voz amortiguada bajo las sábanas.
–Muy creativo –digo, sentándome a su lado. Levanto la sábana justo lo suficiente para ver sus ojos. Están enrojecidos, pero ya no se nota en ella el mismo miedo, el mismo pánico de antes.
–¿Ha vuelto mi enfermedad? –pregunta, yo asiento con la cabeza. Sigue con un aspecto demacrado, le acaricio los pómulos, más afilados de lo normal. Se tapa la cabeza con la sábana–. Lo siento. Debe haber sido repugnante.
–No pasa nada –digo–. Estaba preocupada. –Una extraña sensación de tranquilidad me invade ahora que estoy cerca de ella–. ¿Por qué te acostaste tan temprano?
–No lo hice –dice, con la voz atenuada por el edredón–. Volví a la habitación a tomar un libro, pero no recuerdo qué pasó después. ¿Te…? –Vuelve a asomar la cabeza por debajo de las sábanas, con las pestañas húmedas–. ¿Te hice daño?
–No –susurro. Deja escapar un suspiro de alivio y deshace la parte superior de las sábanas–. ¿Tienes sed?
–Demasiada –dice, tragando con dificultad–. Vomité, ¿no?
–Sí. Pero todo está bien. ¿Por cuánto tiempo debo calentar tu sangre?
–Cuarenta y dos segundos –responde–. A seiscientos vatios.
–Cuarenta y dos segundos –repito y ella me dedica una sonrisita.
Hay unas cortinas nuevas que separan la habitación, sustituyen a las que arrancó.
Le escribo un mensaje al decano para decirle que le consiga más sangre de Marcus, porque ahora solo queda la sintética.
Vierto el frasco con la sangre de Nocth, con la esperanza de que pueda beberla.
Cuarenta y dos segundos después, le llevo la taza y ella se libera de las mantas.
Tiene tanta sed que, al principio, ni siquiera se da cuenta de lo que lleva puesto. Bebe todo en diez segundos y, poco a poco, sus ojos vuelven al color negro. Sus mejillas hundidas vuelven a rellenarse. Siento como me tiembla el mentón, tenía miedo de perderla.
–Voy a cambiarme –susurro. Despejo mi garganta y Aliz asiente con la cabeza.
–Entonces, me voy a mi ataúd.
–En realidad, creo que deberíamos intentar dormir juntas –suelto, y me mira boquiabierta, abre sus ojos cansados de par en par–.
Según Nocth, el hecho de que estuviéramos tan separadas es lo que puede haber provocado el regreso de tu enfermedad –explico lo más rápido que puedo, no quiero que se note ningún tipo de vacilación en mi voz–.
Al parecer, dormir en la misma habitación no es suficiente.
Así que, hasta que la marca desaparezca, tendremos que estar aún más cerca.
–Me gusta estar cerca de ti –dice, asintiendo con la cabeza. Su mirada, agotada, se posa en mi mano. Ojalá no dijera ese tipo de cosas, porque a mí también me gusta.
Voy al baño para cepillarme los dientes y cambiarme de ropa. Algunas de las enredaderas de la marca de familiar han comenzado a extenderse por mis brazos. Es un milagro que no hayan subido hasta mi rostro, porque ocultarlo sería una pesadilla aún mayor.
Miro la ducha. Los azulejos blancos están impecables, como si nunca hubiera salpicado ni una sola gota de sangre sobre ellos. Aprieto los labios e intento borrar esa imagen de mi mente.
Si vamos a dormir en la misma cama a partir de ahora, creo que debería comprarme unos pijamas adecuados. Al correr las cortinas de mi cama, la veo sosteniendo la tela del camisón prestado, observando los adornos de encaje.
–Lo siento –susurro–. No tenía otra cosa. ¿Quieres cambiarte?
–Me viste desnuda –dice.
Me acuesto a su lado, por fuera de las sábanas, y asiento.
–Tú también a mí, así que estamos a mano.
–Me parece justo –susurra, suspirando–. Gracias por cuidar de mí, Cassie.
–Tú harías lo mismo por mí –digo, apartándole un mechón de cabello blanco como la nieve de la cara. Una fina capa de sudor frío brilla en su piel. En lugar de soltarla, mantengo mi mano ahí y le acaricio la mejilla.
–Ya lo hice, y básicamente arruiné tu vida.
Puedo notar que está tensa, como si estuviera conteniendo las lágrimas.
–Bueno –susurro, pasando el pulgar por su frente y despeinándole los cabellos blancos cortos–. Resulta que Elia sabe cómo entrar a la biblioteca.
–¿Elia? –Se queda boquiabierta.
–La entrada está detrás del rincón de las rosas. Y ella sabe cómo pasar –asiento.
–¿Cómo…? ¿Por qué lo sabe?
–Vio mi marca –digo.
–No, me refiero a la biblioteca –aclara, parpadeando rápido.
La miro fijo. Elia debe haber mantenido su identidad en secreto incluso para Aliz, porque si Aliz hubiera sabido que ella era Palau, seguro le habría pedido ayuda de inmediato.
–Creo que será mejor que Elia lo explique –digo–. Mañana le pediremos que nos lleve allí.
Elia ya me ha dicho que no. Pero seguro que no se negará a Aliz, ¿verdad?
De repente, Aliz se libera de su capullo, me atrae hacia sus brazos y dice:
–Ah, Cassie. –Su voz se quiebra y me abraza más fuerte–. Gracias al cielo, yo… –Respira hondo y apoya el mentón en mi cabeza para que no vea sus lágrimas–. No podría vivir en paz conmigo misma si se sellara el contrato.
De a poco le devuelvo el abrazo. No soy una vampira. No puedo saber cuándo alguien miente. Pero Elia se equivoca. Puede que Ares y Ada hayan manipulado a quienes los rodeaban, pero Aliz es diferente.
Siento mi nariz pegada al recodo de su cuello, mis labios sobre la clavícula.
Su piel debería estar fría, pero arde. De a poco su llanto disminuye y yo la abrazo fuerte.
Desearía que este momento, por horrible que haya sido el comienzo, durara para siempre.
Ella suspira, abrazándome intensamente, me gustaría que esto no se sintiera tan bien. Tan natural.
Estoy a punto de quedarme dormida cuando oigo su voz.
–Ah, Cassie –susurra, acariciándome el cabello con los dedos.
–¿Qué pasa? –pregunto, mirándola–. ¿Es mi sangre?
Ella niega con la cabeza.
–Sigue oliendo bien, pero la sed ya no es una tortura.
–Y entonces, ¿qué es? –pregunto. Siento cómo su frente toca la mía y, por un momento, creo que nuestros labios, ya muy cerca, van a encontrarse. Sus pestañas blancas rozan las mías, mi corazón se acelera.
–Te lo diré mañana –susurra–. Deberíamos dormir.
Estamos a milímetros de distancia.
–Mañana –repito y bajo el rostro hasta quedar justo encima de su pecho. Aliz suspira. De a poco, vuelve a rodearme con un brazo, asegurándose de que nuestra piel quede pegada.
Por favor, no sueñes nada , pienso, apretando su mano.