Capítulo 28
E ntro en el baño. Sus ojos siguen brillando con ese rojo aterrador, pero no intenta hipnotizarme.
–¿Aliz?
Al principio no responde, solo emite un gruñido bajo, como el de un animal asustado a punto de atacar. Sigo caminando y cuando apoyo mi mano en el exterior de la mampara de la ducha, ella por fin habla.
–Vete –gruñe.
–¿Qué pasó?
–No quería hacerlo –dice con voz débil, ocultando el rostro y sosteniéndose la cabeza de nuevo. Incluso sus dedos parecen más delgados. Es como si se estuviera encogiendo–. No…
–Todo está bien –susurro mientras entro en la ducha. Mi camisa se moja antes de que pueda llegar al grifo, el agua está hirviendo. Aliz vuelve a sisear cuando el chorro se detiene y me mira con esos ojos aterradores–. ¿Qué pasó?
Cuando me inclino, me empuja. Está llorando, con gotas de sangre goteándole desde el mentón.
–Ella me obligó –solloza.
–¿Quién? Aliz…
–¡Arla!
Hace un ruido como de arcadas, pensé que era imposible que pudiera perder más sangre. Ahora me doy cuenta de lo grave que es la situación. Sigo sin entender qué está pasando, pero si sigue así…
Me arrodillo fuera de la ducha y busco el número del decano.
–No pasa nada… –susurro, intento tranquilizarla sin acercarme demasiado.
Nunca la había visto así. Salgo rápido del baño y casi me resbalo de camino a su refrigerador.
Solo queda un cuarto de botella de la sangre de Marcus, pero intento mantener la calma y respiro mientras lleno uno de sus vasos descartables con el líquido.
Lo coloco en el microondas y por fin encuentro el número de Nocth.
Mientras espero que conteste, vuelvo al baño. Ella no se ha movido. Rodea sus rodillas con los brazos empapados, en la ducha que parece una jaula de cristal.
–Oficina del decano.
–¿Nocth? –Tengo que mantener la calma–. Soy Cassie Smith.
–Ah. Qué sorpresa tan agradable.
Siento el pecho a punto de estallar.
–Aliz tiene un problema. Está… –Miro alrededor del baño, hay sangre por todas partes–. Está vomitando sangre, llorando y…
–¿Pronunció el nombre Arla ? –pregunta con voz seria.
–Sí –respondo. Se oye el microondas. Aliz no levanta la vista.
–Deje la puerta abierta. Voy para allá –dice.
Yo corro hacia el microondas. Espero que, una vez que beba esto, se sienta mejor.
Vuelvo despacio al baño, dejando que ella escuche mis pasos. Antes de agacharme frente a ella, digo:
–Debes tener frío ahí. Toma esto, Aliz.
Toma el vaso y lo lanza, casi me golpea. La sangre salpica la pared de cristal de la ducha.
–No quería hacerlo –murmura, ocultando su rostro–. Ella me obligó… Arla me obligó a matarla…
¿Matarla?
–Todo está bien –susurro. Estiro la mano para tocarla y ella me aleja con un manotazo.
Salgo, con un nudo en la garganta, y abro la puerta.
Nocth llega unos segundos después, con un traje parecido al que llevaba la última vez que lo vi.
Echa un vistazo rápido a nuestra habitación, observa los charcos de sangre, pero no dice nada.
Detiene la mirada en la barrera de sal y, cuando vuelve a mirarme, juraría que parece perturbado.
–Está en el baño, ¿verdad?
–Sí.
Entra en el baño de azulejos blancos y Aliz no reacciona al verlo.
–¿Han vuelto los recuerdos, Aliz? –pregunta.
Lo sigo dentro, me detengo justo fuera de la ducha. Él se agacha en el suelo, manchándose los pantalones del traje, obliga a Aliz a mirarlo. Ella traga con dificultad, dilatando las fosas nasales.
–No quería…
–Lo sé.
Nocth le aparta el cabello empapado de la frente y saca un frasco con sangre. Antes de que Aliz pueda reaccionar o quitárselo de encima, él le echa la cabeza hacia atrás y vierte el líquido en su boca. Ella se queja, pero él le tapa los labios y la obliga a tragar.
–Escúcheme –le dice, y desde fuera de la ducha veo que sus ojos adquieren un brillo color rojo. ¿Acaso puede dominar a otros vampiros?–. Recordará lo que le digo.
–Sí –dice ella, hipnotizada.
–No ha pasado por el ritual de iniciación –dice Nocth–. Nunca conoció a Arla. Nunca vio a esa chica humana. No ha matado a nadie.
Sus ojos siguen brillando y Aliz lo mira fijo, paralizada. Ella asiente un poco con la cabeza.
–Se escapó de su casa porque discutió con sus padres.
Otra vez asiente con la cabeza.
–Nunca ha probado la sangre fresca.
Y al decir esto, se inclina hacia delante y le besa la frente. Es solo un segundo, suficiente para grabar las palabras en la mente de Aliz. Pasa un momento, ella se ve más pálida, cierra los ojos y se desmaya.
Él la abraza, serio. Y en ese momento repara en que sigo aquí, observando.
–Creo que será mejor que la lave usted y no yo –dice–. Póngale ropa seca y déjela descansar en su cama.
–De acuerdo –digo, con un nudo en el pecho.
Nocth me dirige una sonrisa triste.
–Venga a mi oficina cuando la haya acostado –me dice–. Enviaré a alguien para que limpie la habitación.
Se marcha antes de que pueda hacerle preguntas, dejando a Aliz, aún inconsciente, en el suelo.
Pongo manos a la obra, tomo una toalla y uno de mis camisones de repuesto.
Seguro me asesinará por ponerle falda, pero no quiero pasar a su lado de la habitación todavía, no con tanta sangre.
Le quito la ropa empapada y la ducho, veo como la sangre corre por su piel.
Espero que se despierte, pero no lo hace, su respiración es débil.
Cuando la envuelvo con la toalla y apoyo mi frente contra la suya, siento que me arden los ojos y las lágrimas comienzan a brotar. Respiro hondo y luego le pongo el camisón por la cabeza y subo la manta hasta la altura de su cuello.
–Volveré pronto –susurro. Aliz sigue dormida.
La oficina de Nocth está exactamente igual que la última vez que la vi, excepto que han cambiado el tapiz por un cuadro barroco. Es el retrato de un hombre sin camisa, con el pelo largo y negro, que sostiene una vela como si ayudara al espectador a orientarse en la oscuridad de la noche.
–Caravaggio logró capturar mi esencia, ¿verdad? –pregunta él al darse cuenta de que estoy observando el cuadro.
–¿Qué fue lo que pasó? –pregunto. Estoy agotada, mucho más que cuando Elia me trajo a casa.
La adrenalina de ver a Aliz en ese estado y tratar de evitar que expulsara hasta la última gota de sangre que le quedaba en las venas ha disminuido.
En medio de todo esto, casi no había pensado en Penny, a quien dejé abandonada en el castillo.
¿Y si el Consejo la ha capturado? ¿Y si la han asesinado?
–¿Aliz ha tenido pesadillas últimamente?
–dice Nocth, suspirando, mientras da unos golpecitos en su escritorio.
Su cabello negro, que suele lucir siempre impecable, tiene algunos mechones sueltos que le caen sobre sus ojos.
Los aparta y noto que sus mangas todavía están húmedas por haberla abrazado.
–Sí –susurro. Quizás debería habérselo dicho antes.
–¿Sobre qué?
–Estar encerrada en una habitación sin sangre. –Hago una pausa y observo mis manos–. Dijo que era un recuerdo, pero que en algún momento de su vida lo había olvidado.
–Le dije que se mantuviera cerca de ella. Está claro que su ausencia le ha hecho recordar todo lo que pasó –dice, frotándose la sien.
–¿Esperaba que me quedara de brazos cruzados y permitiera la fiesta de sangre en Inverness? –espeto–. ¿Qué es exactamente lo que ella recordó?
–Su decimoséptimo cumpleaños. Aliz cree que vino a Tynahine porque no quería casarse. Ahora bien, aunque eso es en parte cierto, la verdadera razón es algo que ella ha olvidado.
–Le borró los recuerdos, ¿verdad? –digo, tragando con dificultad.
–Sí –responde–. Bueno, los modifiqué. Reemplacé a ciertas personas, acontecimientos específicos. Sus padres aceptaron estos cambios. También aceptaron su exilio, siempre y cuando eso significara que ella pudiera salvarse.
–¿Salvarse?
–Justo antes de que Aliz cumpliera diecisiete años, la mano derecha de Ares, Arla, obligó a Aliz a someterse a un antiguo ritual de iniciación. No entraré en detalles, pero una de las cosas que hizo fue obligarla a drenar a una chica humana.
Lo miro fijo. La obligaron .
–Aliz no mató a la chica, lo hizo uno de los otros asistentes, pero aun así la felicitaron y celebraron con ella ese primer drenaje.
–Pero… –Tengo la boca seca, menos mal que no había comida en la fiesta de sangre–. Pero los Astra respetan los tratados, ¿no?
Ellos mismos los redactaron, maldita sea .
–Arla había trabajado para Ares durante siglos.
Era la única humana a la que él había convertido y, durante los primeros milenios, fue sumamente leal.
Pero en algún momento del siglo pasado, se unió a una secta conocida como los Vasallos, que se oponen por completo a los tratados.
Entonces, cuando tuvieron la oportunidad de acercarse a la heredera de la familia Astra, estaban seguros de que podrían atraerla a la secta –dice, apretando la mandíbula.
»Pero en lugar de adoctrinarla, la destrozaron.
Encontré a Aliz segundos antes de que saliera a la luz del día.
–Suelto un grito ahogado, no puedo imaginarme a Aliz, con diecisiete años, a punto de sacrificarse–.
La alejé de la casa familiar, con la esperanza de que se recuperara si no estaba en contacto con el lugar donde…
–Despeja su garganta–. Pero no quería beber sangre.
Ni siquiera la sintética. No podía soportarla.
–Mientras lo escucho, siento un nudo en la garganta–.
Esperé tres días. Pensé que, si no insistía demasiado, ella al final tomaría un vaso.
Pero cada vez que bebía, volvía a vomitar.
Y ya sabe lo que le pasa a un vampiro si pasa una semana sin sangre.
–Se seca –digo. Se convierten en monstruos, con extremidades y cuellos alargados, con rostros completamente desfigurados.
–Así que manipulé sus recuerdos. Mi plan era esperar a que terminara de envejecer y luego, poco a poco, intentar ayudarla a aceptar lo que había sucedido. –Suspira profundo–. Pero la marca debió haberse grabado hondo en su subconsciente para abrir esa herida.