Capítulo 27 #3
–La de Ada Astra –respondo. Ella cruza las piernas y analiza mis palabras durante un momento.
–Claro que no –dice por fin.
–La cura está ahí –digo–. No puedo convertirme en familiar.
–Y yo no puedo dejar que una cazadora de vampiros entre en la biblioteca de Ada. Olvídalo. –Ya siento el pánico apoderándose de mí, pero a Elia no parece importarle–. Aliz debe estar preguntándose dónde estás –dice, cambiando de tema.
–¿Y no puedes ayudarnos a encontrar una cura?
–Sabes, ella no se ha acostado con nadie desde hace más de una semana.
–Ignora mi pregunta–. Aliz no es ninfómana en absoluto, pero me pareció interesante que su apetito haya disminuido tanto de repente.
–Hago todo lo posible por no reaccionar ante eso, intento no leer entre líneas–.
No le digas que te he contado, claro. Pero incluso en nuestra última fiesta, al menos mientras yo estuve ahí, se la pasó deprimida en un rincón.
–¿Por qué no le has contado la verdad sobre mí? –pregunto–. ¿No temes que le haga daño?
–Si Aliz se parece en algo a Ada o a su padre, entonces no debe ser fácil de matar –dice–. Ni siquiera para una asesina en serie tan experimentada como tú.
–Gracias –digo, respirando hondo y mirándola con ira.
–¿Qué otro adjetivo debería usar? –pregunta, perdiendo toda la calidez en su voz–. ¿A cuántas personas mataste esta noche?
–Fue en defensa propia.
–No te pregunto el porqué –dice, mientras la lluvia golpea el techo de su coche rosa–. ¿Cuántos?
Me hundo en el asiento de cuero, siento las palabras atrapadas en mi garganta.
Es el término que usa, “personas”, lo que me llama la atención.
He pasado casi media década odiando a los vampiros con cada parte de mi ser.
Esta sensación de odio me ha dado un propósito.
Ha sido lo único que me ha mantenido en pie, pero ahora, decir que he matado a un vampiro no se siente muy diferente a decir que he matado a un humano.
Llegamos a Tynahine por los mismos caminos que tomó Marcus cuando me trajo aquí por primera vez.
Seguro que él también sabía la verdad en ese momento.
Enseguida llegamos y Elia estaciona el auto.
Luego, me lleva por el campus. Su casa es enorme, tiene una decoración moderna, aunque hay demasiado color rosa para mi gusto.
Lo único que delata su verdadera edad son unos cuantos cuadros y tapices que parecen tener cientos de años.
La observo mientras enciende la luz, está radiante.
Dos mil años .
Casi la misma edad que el papá de Aliz.
–Debes tener muchas preguntas –dice, mientras me trae una toalla–. Pero podemos hablar mañana.
Miro el teléfono y veo que ya son las tres de la madrugada. Aliz me envió un mensaje hace una hora.
Regresa con cuidado.
Siento una sensación de inquietud que me pincha el estómago. No tengo motivos para preocuparme. Todavía es temprano, seguro está en clase. Y, sin embargo, no puedo quitarme el miedo que brota por mi cuerpo.
De repente, siento un dolor fuerte en las líneas de la marca, como si unas espinas me desgarraran la piel.
Suelto un grito y dejo caer la toalla y el teléfono.
Cada una de las líneas se siente como lava fundida.
Elia me mira desde el otro lado de la habitación, parpadeando, yo respiro, tratando de ignorar el dolor.
De a poco, vuelve a suavizarse y se convierte de nuevo en picazón.
–¿Qué acaba de pasar? –pregunta.
–Estoy bien –digo, con la voz entrecortada, pero realmente creo estarlo.
El miedo sigue subiendo por mi pecho mientras me ducho, enjuago la sangre de mi piel con el gel de ducha con aroma a rosas de Elia.
La marca me pica demasiado, de una forma que solo había sentido antes en mis sueños.
¿Qué está sucediendo? Vuelvo a vestirme con mi ropa vieja y Elia toma el vestido rojo manchado de sangre.
–Déjame lavarlo –dice, y lo deja en un canasto–. Después de todo, casi recibes una bala por mí.
Quiero ver a Aliz. Cada vez que pienso eso, la picazón de la marca de familiar empeora.
Corro por el campus, dejando atrás los alrededores empedrados.
Subo por el bosque de pinos hasta Tynarrich.
Me detengo junto a un árbol y recupero el aliento por un segundo.
Algo anda mal. No estoy segura de qué, pero puedo sentirlo.
Incluso cuando entro en la residencia, me cuesta calmarme. Toqueteo el ascensor con el pie, necesito que suba más rápido. Las puertas se abren en el noveno piso y salgo corriendo.
Introduzco la vieja llave en la cerradura y exhalo. En cuanto se abre, siento un olor extraño. La habitación está en total oscuridad y, a través de las sombras, veo que las cortinas de su lado han sido arrancadas. Me quedo inmóvil, confundida. La marca ya no me pica. Siento un zumbido en los oídos.
–¿Aliz? –digo, dando un paso atrás. Miro hacia abajo y noto que estoy pisando algo húmedo. Enciendo la luz. La alfombra tiene un diseño en color blanco y negro. Pero aquí, junto a su ataúd, la parte blanca se tiñó de un rojo brillante.
Hay sangre por todas partes.
–¿Aliz? –digo de nuevo, siento las manos entumecidas.
Entonces escucho un ruido. La ducha está encendida, la puerta del baño entreabierta. Ella no responde, así que me acerco, no estoy del todo segura de lo que estoy viendo. El rastro de sangre continúa hasta el baño y, cuando miro dentro, veo que los azulejos blancos están manchados de rojo.
Está sentada en la ducha, con las rodillas dobladas y la cabeza entre las manos. Su camisa blanca, empapada en sangre, se pega a su cuerpo como una segunda piel.
–Qué…
En cuanto se da cuenta de mi presencia, gruñe. Pero no me mira, se pone tensa mientras se encoge más, tratando de hacerse más pequeña. Justo cuando le voy a preguntar qué ha pasado, vomita. La sangre brota de su boca y cae directo al desagüe.
Cuando por fin me mira, veo que tiene las mejillas hundidas y pálidas, y sus ojos, sus hermosos ojos negros, brillan con un color rojo intenso.