Capítulo 27 #2
Sus palabras duelen más que una bofetada. Estoy a punto de quedarme. Estos últimos cuatro años de mi vida me han preparado para quedarme. Pero la marca en mi cuello arde, se retuerce dentro de mí, me dice que debo volver a Tynahine, volver con Aliz.
Y por alguna estúpida razón, le hago caso. Dejo atrás a Penny.
Salgo corriendo hacia la gélida noche, mi vestido parece de cartón, con sangre seca desprendiéndose de él.
Penny nunca me perdonará por esto. Me echará de Calisto y me perseguirá para dar el ejemplo.
Siento cómo el pánico se apodera de mí mientras me deslizo por una colina cubierta de hierba hasta llegar a la carretera.
Y cada nueva respiración duele más que la anterior.
He pasado cuatro años luchando por descubrir la verdad sobre mi familia. Y lo acabo de arruinar. Se me hace un nudo en la garganta y me pican los ojos al pensar en mis padres, en sus cuerpos mutilados, a los que prometí vengar. Penny no es la única persona a la que he decepcionado esta noche.
¿Qué he hecho?
Intento tragar mi dolor, evitar que me tiemblen las manos. Todavía estoy a tiempo de volver corriendo. De ser la cazadora que le prometí a Penny que sería.
Escucho el claxon de un auto y veo un destello rosado que se detiene de repente a mi lado. El auto es de un color rosa intenso, me hace olvidar mi dolor por un momento.
–Pequeña cazadora. –Elia se asoma por la ventana. Lleva el pelo recogido y el vestido negro queda oculto bajo un suéter rosa mullido–. ¿Necesitas que te lleve?
La miro fijo, vuelvo a mirar el castillo.
–De hecho, sí –respondo, con voz temblorosa. Cuando me subo, veo que el volante es una mezcla llamativa de felpa rosada y purpurina–. Este no puede ser en serio tu coche –agrego, secándome las lágrimas.
–Si no te gusta, puedes volver caminando a Tynahine –dice. Me recuesto mientras pisa el acelerador.
–Dejé un bolso en la estación de tren –digo. Siento la garganta seca como papel de lija. Todavía puedo ver a Penny apuntándome con el arma.
Elia se detiene en la estación y estaciona justo debajo de la estatua de un escocés de las Tierras Altas con una gaviota posada sobre su gorro de plumas.
Tenía pensado limpiarme allí para quitarme un poco la sangre, pero ella me dice que puedo darme una ducha en su casa.
Intento que mis manos dejen de temblar, pero en lo único que puedo pensar es en la espalda de Penny, alejándose de mí al irme. ¿Y si el Consejo la mata?
¿Qué he hecho?
Me vuelvo a sentar junto a Elia, tratando de mantener la calma.
–Así que eres rubia –dice mientras acelera por la carretera principal de la ciudad–. Lo sabía.
–En realidad, mi cabello es negro –digo mientras me quito la peluca.
Por un momento, espero que mi antiguo cabello corto y negro vuelva a aparecer. Pero, en cambio, revelo las trenzas castañas rojizas de Cassie, aplastadas por el sudor, todavía medio sujetas a mi gorro para peluca. Sacudo la cabeza despacio, dejando que mi cabello respire, y Elia hace una mueca.
–¿Qué? –digo.
–Te ves mejor rubia. Deberías teñirte. Quizás incluso saldría contigo.
–Bueno, no, gracias –respondo. Suena diferente. Menos reservada–. ¿Por qué no me dijiste que sabías mi secreto?
–Porque habrías intentado matarme –dice, despreocupada–. Es decir, habrías fracasado rotundamente. Pero creo que Aliz no habría estado muy contenta si te hubiera pasado algo.
–Claro. –La miro de nuevo. Antes la odiaba con toda mi alma. Y, sin embargo, acabo de arruinar mi relación con Penny, con Calisto, por ella. ¿Qué diablos me pasa? –. ¿Cómo sabes mi nombre?
–Fausto me lo contó –dice. Aprieto los puños–.
También me pidió que no dijera nada, así que no pongas esa cara.
–Se detiene en una calle tranquila. Por un segundo, me pregunto si tendrá una casa aquí, además de su departamento en el campus.
Pero cuando frena, no se mueve de su asiento rosa–.
Esa cosa que tienes en el cuello. ¿Qué es?
–Un tatuaje –respondo, y ella se da cuenta de la mentira, frunce sus cejas perfectas.
–Toma. –Saca una toalla desmaquillante y me la entrega. Suspiro y me limpio los restos de corrector del cuello, dejando al descubierto la luna pequeña. Elia se paraliza al verla, está pálida–. El emblema de los Astra –dice en voz baja, antes de añadir–: ¿Es una marca de familiar ?
–¿Sabes lo que es?
–Cualquiera que sea más viejo que los tratados podría reconocer una –dice–.
Nunca tuve un familiar de sangre, pero estudié todo acerca de los diferentes tipos de contratos de sangre en el pasado.
–¿Cuándo habrá sido ese pasado ? Por lo que acaba de decir, debe ser más vieja que los tratados–.
De hecho, si visitas mi biblioteca, encontrarás algunos de los ensayos que escribí sobre esto.
–¿ Tu biblioteca?
–La Colección Palau –dice, como si fuera lo más obvio del mundo. Nota mi confusión y me da más detalles–: Hace unos siglos, mi nombre era Elia Palau.
Abro los ojos como platos y ella aprovecha mi expresión para acercarse y presionar sus dedos fríos contra las líneas onduladas de la marca. Su toque no tiene el mismo efecto que el de Aliz.
–¿Eres Palau?
–Acabo de decirlo, sí –responde.
–¿ La Palau? ¿La alquimista?
–Ah. –Hace una mueca y retira la mano–. Solo practiqué alquimia durante dos siglos. Pero basta ya de hablar de mí, cuéntame sobre esa marca. ¿Hace cuánto que la tienes?
Todavía estoy tratando de asimilar que Elia trabaje para el Consejo. Pero descubrir que también es la antigua alquimista de la universidad es simplemente alucinante. ¿Qué edad tendrá?
–Dos semanas –respondo–. Tenemos hasta la próxima luna llena para deshacernos de ella. La noche de tu baile de Halloween.
–¿Y Aliz no quiere sellar el contrato? –pregunta, sacando otra toalla desmaquillante. No entiendo por qué una vampira tan hermosa como Elia siente la necesidad de maquillarse.
–Claro que no –digo, con un nudo en el pecho–. Fue un accidente.
–¿De verdad crees eso? –dice, mirándome en silencio, con los ojos abiertos de par en par.
–¿A qué te refieres?
–Puedo darme cuenta de que estás diciendo la verdad. –Parpadea–. ¿De verdad crees que obtuviste la marca de familiar, un contrato de sangre que solo se puede realizar durante la luna llena, por accidente ?
–Aliz no lo hizo a propósito –digo. Aunque ella quiera convencerme de lo contrario, sé que no fue así.
–Entonces, ¿cómo fue? –Se quita los tacones y cruza las piernas–. Tuvo que darte su sangre, ¿no?
–Dos vampiras Cinta Roja intentaron matarme.
–Qué consideradas –dice, arrugando la nariz–. ¿Jannet y Stella?
Asiento con la cabeza. No me gusta la forma en la que me mira.
–Entonces, ¿dices que estas dos chicas decidieron que la noche de luna llena sería el mejor momento para atacarte?
–Si Aliz de verdad hubiera querido convertirme en su familiar, ya habría sellado el contrato.
–Y entonces sabrías con certeza que lo está haciendo a propósito –dice–. Quizá no quiere que lo sepas.
–¿Por qué la acusas de eso? –cuestiono con la voz entrecortada–. ¿No son amigas?
–Claro que sí –dice, y su mirada se oscurece–. Pero no soy ingenua. Aliz sigue siendo una Astra. Y los Astra te manipularán sin que te des cuenta de que estás bajo su hechizo…
–Ella no es así –exclamo, mi corazón se acelera. No entiendo por qué sus palabras me afectan tanto, pero no puedo parar–. No estabas ahí para ver su pánico cuando vio la marca. No has pasado horas buscando la biblioteca de su hermana, no tienes ni…
–¿La biblioteca de Ada? –pregunta–. Así que por eso estabas ahí abajo.
–¿Qué dices?
–Hay una rosa en la entrada de la biblioteca –explica.
Yo dejo caer la toalla desmaquillante, boquiabierta–.
Me avisa si alguien se acerca demasiado.
–Saca un pequeño espejo de bolsillo y lo abre de un golpe.
En él veo el reflejo de la rosa y la vela, y ella se lo lleva a la nariz–.
Sabía que eras tú a quien vi allí el otro día.
Podía oler tu sangre sin siquiera abrir el espejo.
–¿Cómo…?
–Una bruja me lo hizo cuando me dedicaba a la alquimia –dice, entregándome el espejo. Lo huelo, como hizo ella, y percibo el aroma de la rosa, la cera de la vela y el olor a humedad del túnel.
–¿Dijiste que esta es la entrada a la biblioteca? –Entonces, yo tenía razón. Pero saber la ubicación de la entrada y conseguir entrar son dos cosas diferentes–. ¿Cómo entramos?
–Solo yo puedo hacerlo –dice, tranquila–. Ada también podía, pero está muerta.
–¿La conocías?
–Bueno… –Su expresión se suaviza y baja la cabeza–. Fuimos pareja, con altibajos, durante cinco siglos.
–¿Cuántos años tienes? –Sé que no es la pregunta más importante en este momento, pero no puedo evitarlo.
–Pensé que lo adivinarías después de ver que soy inmune al ajo –dice–. Nací en Hispania, cuando Augusto era emperador.
–Tú…
La miro boquiabierta, tratando de procesar sus palabras.
–Dos mil años, más o menos.
–No.
–Sí –responde–. Nací y crecí en un pueblo pequeño de la costa, en la Cataluña moderna. Me convertí cuando tenía veintitrés años.
No digo nada. Dos mil años .
–Obviamente que mi primer nombre no era Elia.
He tenido varios, dependiendo de dónde vivía.
Primero fui Flora, y luego, cuando cayó el Imperio Romano de Occidente y mi latín nativo comenzó a diversificarse, cambié a Clotilde.
Después fui Elisenda, la vampira más temida de Barcelona.
–Sonríe al recordarlo–. Unos siglos más tarde, cuando Ada y yo nos cruzamos en Roma, ella comenzó a llamarme Elia. Y el nombre quedó.
–¿Tu lengua materna es el latín ? –No puedo creerlo. Por lo que me había contado Julia, sabía que Elia era vieja. Pero creo que nunca había conocido a una vampira tan vieja. Más de mil años mayor que la propia Tynahine.
– Ita –dice, con una sonrisa. Supongo que significa “sí”.
–¿Puedes dejarme entrar en la biblioteca? –pregunto, recordando de repente de qué estábamos hablando.
–¿La biblioteca?