Libro de sangre y rosas Capítulo 27
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Capítulo 27

S iento cómo el frío traspasa mi vestido húmedo mientras la sangre se seca en mi piel.

Los ojos rojos de Elia se posan en mi estaca, a solo un metro de distancia.

Puedo alcanzarla. Me duele el cuerpo como si me hubiera roto una costilla, pero puedo hacerlo.

Justo cuando mis dedos se acercan al arma, ella la patea y la lanza al otro extremo del techo.

No . La miro, esperando que me dé una patada a mí también.

–Me temo que no puedo dejar que lo mates, Rebecca –dice. Un escalofrio me recorre el cuerpo.

–Gracias –dice Trellis, con la bala de plata todavía ardiendo en su hombro–. Ahora saca a esta maldita…

Pero entonces Elia hace algo extraño. Se agacha y el dobladillo de su vestido negro roza el suelo húmedo. Trellis la mira, boquiabierto y confundido, mientras ella saca una cámara antigua y le toma una foto.

Todavía tengo el arma. De alguna manera, el dolor en el pecho parece haber desaparecido, como si lo hubiera imaginado.

Sea lo que sea lo que Elia esté planeando, no dejaré que se salga con la suya.

Mataré a Trellis, como me ordenó Penny. Me levanto, tambaleándome, y Elia guarda la cámara justo cuando apunto al vampiro.

Ella chasquea la lengua y me tira al suelo antes de que pueda apretar el gatillo, dejándome sin aliento.

Tengo el rostro presionado contra la piedra y siento a la vampira encima de mí.

Me sujeta los brazos con fuerza detrás de la espalda y yo dejo escapar un grito ahogado mientras el dolor recorre mi cuerpo.

Se inclina hacia mí.

–No te interpongas en mi camino –dice posando sus labios en mi oído. Me aprieta con más fuerza y siento el aroma de su perfume de agua de rosas–. Tú ya has hecho tu trabajo. Ahora déjame hacer el mío.

Siento como si mis brazos estuvieran a punto de romperse, pero parpadeo y asimilo sus palabras. Clava sus uñas en mi piel y no puedo moverme. Me muerdo la lengua, trato de distraerme del dolor.

–Ahora te comportarás, ¿verdad? –pregunta, mientras Trellis sigue gritando y el hedor a carne quemada brota de su herida–. ¿Verdad?

–Claro –espeto.

–Llegarán en un minuto –dice ella, soltándome. No sé dónde está mi arma, pero cuando volteo, veo que la expresión de Trellis ha cambiado por completo, el dolor se transformó en horror. ¿ Quiénes llegarán en un minuto?

–No –dice el vampiro, y sus ojos abiertos de par en par se cruzan con los míos–. ¡Mátame! –grita, e intenta ponerse de pie, pero cae cuando su herida empeora.

Y entonces todo cobra sentido. Solo existe una organización a la que un vampiro como Trellis podría temerle tanto.

–¿Trabajas para el Consejo? –pregunto.

Elia coloca las manos en sus caderas y mira a Trellis como si no fuera más que un niño. Si no fuera por la bala de plata en su hombro, podría haberse transformado en murciélago.

–Hago algunos trabajos independientes para ellos de vez en cuando –responde–.

Es como ser una cazadora de vampiros, pero con neuronas.

–Mira su teléfono y yo trato de relacionar la imagen de esta mujer, una vampira que fue capaz de hipnotizarme por completo, con la chica molesta que me estaba olfateando en clase la otra noche–.

Si fuera tú, me iría –añade–. Al Consejo no le agrada mucho Calisto.

Los de tu clase nunca cumplen las reglas.

Así que, a menos que quieras unirte a mi amigo Eugene en su celda, deberías irte.

Tiene razón, al Consejo no le agrada Calisto.

Cada vez que han intentado incluirnos en sus tratados y establecer algunas reglas básicas para nuestras operaciones, nos hemos negado.

Una de las reglas de Calisto, que ahora sé que Penny ha violado, es no cooperar nunca con los vampiros.

Hay una ligera llovizna afuera y se siente tanto frío que en cualquier momento podría empezar a nevar.

–¿Cómo sé que dices la verdad? –pregunto, frotándome los brazos. Tengo que asegurarme de que los humanos llegaron a sus casas sanos y salvos–. ¿Cómo sé que no lo estas ayudando a escapar?

–Tienes razón –admite–. Me temo que tendrás que confiar en mí.

–¿Y por qué lo haría?

Escucho el sonido entrecortado de un helicóptero y luego lo veo a lo lejos, un punto blanco que se acerca al castillo. Trellis se queja, intenta levantarse de nuevo. Si Elia lo está ayudando a escapar, es muy buen actor, porque nunca he visto a nadie tan aterrorizado.

–En realidad no tienes otra opción. –Inclina la cabeza–. ¿Qué ganarías con matar a este hombre? ¿Acaso eso reviviría a sus víctimas? ¿Desharía el trauma que acaban de sufrir esos mortales?

–Le impediría organizar algo así otra vez –respondo entre dientes. Tiene razón. Tengo que salir de aquí.

–No te preocupes. Una vez que el Consejo lo haya interrogado, lo obligarán a tomar sol. –Se lleva las manos a la espalda y hace un gesto de impaciencia–. En serio, deberías irte.

Regreso por donde vine, aunque mi instinto me dice que haga lo contrario.

El dolor que sentía en los brazos, esa sensación como si estuvieran a punto de romperse, desaparece.

¿Cómo es posible? El temor se apodera de mí mientras bajo las escaleras, buscando el camino de vuelta al salón principal.

Hay cortinas de terciopelo que decoran el interior del castillo.

Y, todavía, reina el silencio. Había al menos un centenar de vampiros en el salón antes de que huyera, no puedo entender cómo es que han desaparecido.

Cuando por fin llego al salón, con el escenario y sus cabinas separadas, hay cuerpos de vampiros por todas partes.

Ese grito que escuché, que pensé que era de un humano, podría haber sido de uno de ellos.

Y junto a cada vampiro inconsciente hay una copa rota.

¿Elia les habrá puesto algo en la bebida?

Aunque no es algo que quiera considerar, ella podría estar de mi lado.

Esa idea me genera dolor de cabeza. El mundo era mucho más fácil de entender cuando los cazadores eran los buenos y los vampiros, los malos.

–Cuando te dije que te fueras, lo decía en serio –dice una voz detrás de mí. Elia se agacha junto a uno de los cuerpos. ¿Cómo llegó tan rápido? , pienso–. Están llevándose a Trellis, pero volverán por el resto, así que vete de aquí.

–¿Por qué no los mataste? –pregunto.

–Porque ya he matado a suficientes –responde sin levantar la vista–. Además, estos malditos podrían saber cosas. Cosas que nunca sabremos si los matamos ahora.

Detesto que tenga razón.

–¿Qué es eso que tienes en el cuello? –pregunta de repente, cambiando el tono de voz.

Ya es demasiado tarde cuando recuerdo que el maquillaje que ocultaba la marca debe haberse desvanecido, dejando al descubierto el escudo de los Astra y sus enredaderas espinosas. Las líneas me queman. Y entonces lo oigo. El sonido de un cargador.

Levanto la vista y veo un arma asomándose por la ventana.

–¡Muévete! –grito, y me lanzo sobre Elia justo cuando se escucha el primer disparo.

Rodamos hasta chocar con uno de los vampiros inconscientes. Y cuando sus ojos se cruzan con los míos, veo que están abiertos de par en par.

–Hay otra cazadora –digo, mirando hacia atrás. Penny no me dispararía a mí también, ¿no?–. Vete de aquí.

–¿Acabas de salvarme la vida? –pregunta Elia, no lo puede creer.

–Date prisa –digo.

¿Qué he hecho? Volteo justo a tiempo para ver a la cazadora saltar desde la ventana. Aterriza y apunta con su arma. Elia ya ha desaparecido, con una velocidad que no logro comprender, pero me alegra. Me quedo de pie, mirando a Penny, intento mantener la compostura.

–¿Qué haces?

Me rasco el cuello, tratando de encontrar una respuesta.

No creo que haya nada lógico que pueda decir.

Entregar a un vampiro al Consejo no es algo que se haya hecho antes, al menos no que yo sepa.

Y mientras miro a Penny, sin moverme, entiendo que estoy en problemas.

Esto es tan grave como para que ella arruine todo el trabajo que he hecho hasta ahora.

–Ella nos ayudó –digo, mantengo la voz firme.

Uno de los vampiros que está a su lado gime, despertando de los efectos del veneno de Elia.

Penny le dispara, el sonido de su arma resuena como un trueno.

–Te has vuelto blanda –dice, mientras recarga el arma–. Débil.

–No es cierto –respondo, apenas me reconozco cuando añado–: Pero mi misión era poner fin a esta fiesta. El Consejo está en camino, así que, a menos que…

–Bien. Entonces, te quedarás aquí y lucharás conmigo.

–No luchamos contra el Consejo –digo. No nos llevamos bien con la organización, pero tampoco deberíamos atacarlos–.

No matamos a los vampiros que respetan los tratados, tú misma me lo dijiste.

–¿Y si me mata? ¿Acaso sobreviví a esta persecución de mierda solo para que me mate Penny?

¿Justo ella?–. Pero si quieres quedarte, no voy a detenerte.

–Es una orden –dice. Mi miedo se transforma en otra cosa–. Pensaba que eras más fuerte que esto. –Siento cómo su decepción se infiltra bajo mi piel–. Creía que podía confiar en ti para estar entre ellos, y no…

–¿Por qué debería confiar en ti ? –pregunto. Solo ahora que la vuelvo a ver, siento cómo su traición, su omisión sobre sus días en Tynahine, me genera un nudo en el pecho–. ¿Cuántas de mis misiones fueron gracias a la información de Nocth?

Cuando menciono al decano, Penny, que ha pasado los últimos cuatro años entrenándome y enseñándome los trucos de este mundo retorcido, que tras la muerte de mis padres se convirtió en la única persona a la que podía considerar mi familia, levanta su arma y dispara.

Me agacho, estoy segura de que estoy viva porque falló adrede.

–¿Cómo te atreves? –me reprocha con voz fría–. Después de todo…

Oigo el sonido de pasos arriba, anuncian la llegada del Consejo, Penny voltea y recarga su arma. No hay manera de que podamos luchar nosotras dos solas contra ellos.

–¡Penny! –grito–. ¡Vamos!

–Me has decepcionado.