Libro de sangre y rosas Capítulo 26 #3
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Capítulo 26 #3

Cuando le hundo la estaca, el humo llega a mi nariz, quemándome los pulmones. Ya no siento la satisfacción de antes después de matar un vampiro. Ahora, en cambio, hay una sensación oscura y enfermiza que atraviesa mis huesos, me recuerda lo que realmente soy. ¿Qué pensaría Aliz si me viera ahora?

Levanto la vista. Solo queda Stella. Está temblando, tiene la piel tan pálida, casi morada, mientras mira fijo el montón de polvo que dejó Jannet. Luego observa a los humanos y la sangre en mi cara.

–No quería hacerles daño –comienza, con la voz quebrada–. Nunca quise…

El disparo hace temblar las paredes. Siento un zumbido en los oídos y veo cómo el cerebro de Stella se derrama por su cráneo, ahora fracturado. Al final del pasillo hay una figura vestida de negro, lleva una máscara blanca con una cruz negra pintada en el centro.

Penny había dicho que enviaría a otra cazadora.

–Te has tomado tu tiempo –murmuro, y levanto la estaca para clavarla en el cuerpo inerte de Stella.

–No lo hagas –dice la cazadora–, nos estamos quedando sin prisioneros. Cuando se recupere, podremos usarla para entrenarnos contra la hipnosis.

Incluso con la máscara que amortigua su voz, puedo reconocerla.

–Pensé que enviarías a alguien –digo. Siento como mi mano, que todavía sostiene la estaca, tiembla.

Es Penny.

Aquí, en Inverness.

Una parte de mí, esa parte que la conoce desde hace cuatro años, no podría estar más feliz de volver a verla, por fin.

Nunca habíamos estado separadas tanto tiempo.

Y hasta ahora no me había dado cuenta de lo mucho que la extrañaba.

Pero otra parte de mí está aterrorizada.

La cazadora de vampiros más letal que ha producido Calisto está aquí, a solo veinte minutos de la nueva vida que he construido en Tynahine.

Si ve la marca de familiar, que espero que siga oculta por el maquillaje y la sangre, no dudará en matar a Aliz.

Siento la garganta tan áspera como un papel de lija, Penny se agacha para tocar el cuerpo de Stella. Pasarán semanas hasta que su cerebro vuelva a ordenarse y su cráneo fracturado termine de cerrarse.

–¿Qué haces aquí? –pregunto, todavía no puedo creerlo. No puede ser Penny. Se quita la máscara y, al verla, siento una picazón en los ojos. Su rostro anguloso está libre de maquillaje. Tan inexpresiva como siempre, incapaz de mostrar si me ha echado de menos o no.

–¿Trellis está muerto? –dice, ignorando mi pregunta. Gira a Stella hacia un lado y escribe algo en la mejilla de la vampira, que está casi muerta.

–Estoy en eso –digo, recuperando el aliento–. Pero primero tenemos que sacar a los humanos.

–Estás aquí para asesinar a Trellis, no para rescatar a las víctimas.

–No podemos dejarlos aquí –digo–. Nos superan en número.

Penny me observa durante un segundo que parece eterno. Siento un ardor en el cuello, cada línea de la marca me pica mientras espero a que ella se dé cuenta. Pero después de suspirar, aparta sus ojos verdes de mí y observa a los humanos que están detrás de nosotras.

–Eugene Trellis debería estar en el bar de la azotea. –dice. Me levanto despacio. Penny forcejea con la ventana hasta que cruje y cede–. Me encargaré de él.

–Espera –la detengo antes de que se vaya–. Trellis es mi objetivo.

Penny no vio su expresión de satisfacción cuando condenó a muerte a sus víctimas.

–Entonces, ¿por qué estás perdiendo el tiempo en la otra punta del castillo? –gruñe. ¿Acaso piensa que salvar vidas es perder el tiempo ? Aprieto los puños, pero antes de que pueda discutir, ella asiente con la cabeza–. Está bien. Pero no pierdas ni un segundo más.

Está enojada, pero me ocuparé de eso más tarde. Y sé que ella podrá salvar a los humanos mucho más rápido que yo. Parecen estar en estado de shock, no pueden procesar lo que ha pasado. Extiendo la mano hacia la chica que sostiene la cruz de plata de Gustavsson.

–Si Calisto intenta reclutarte, dile que no –le susurro, sin dejar que Penny me escuche.

Mientras corro por el castillo, algo me parece extraño. No me cruzo con una multitud de vampiros buscando a sus presas. Solo silencio. Ahora que las luces están encendidas, puedo orientarme. Incluso hay un letrero que indica el camino hacia el jardín de la azotea.

Sigo esperando una emboscada. Pero entonces me doy cuenta.

Los invitados saben que hay un cazador en el edificio.

Seguro pensaron que vendría el ejército de Calisto, todos deben haber escapado.

Con suerte, Eugene Trellis siga por aquí.

Si se escapó, Penny me asesinará. Corro, asegurándome de que mi arma está cargada, y por fin encuentro una escalera que lleva al techo.

Las puertas automáticas se abren y ahí está él: el mismo hombre que anunció las reglas del juego con tanta alegría, ahora habla por teléfono y discute con alguien sobre la banda.

–¡Es la primera fiesta de sangre en Inverness en más de dos siglos y el clavicordio estaba desafinado! –sisea, antes de percibir mi presencia–. Ah, ha llegado la cena –dice, y cuelga–. ¿Cómo te has manchado tanto de sangre, cariño?

Pensaba que sería más difícil. Pero Trellis no ha puesto ninguna trampa, como lo han hecho algunas de mis víctimas anteriores.

Y, a diferencia de sus guardaespaldas, él no piensa escapar.

Tampoco opone mucha resistencia. Coloco el silenciador en el arma y le disparo en el hombro.

Grita, la plata le duele mucho más que la propia herida de bala.

Las calles de Inverness siguen animadas, los edificios bien iluminados. Cuando miro la luna, parece un gancho que se clava en mi alma, diciéndome que el tiempo se está acabando.

–Te daría diez minutos de ventaja, igual que nos diste a nosotros –digo, inclinándome sobre él, con la sangre que gotea de mi vestido rojo–. Pero siento que no llegarías muy lejos.

–Mortal inmunda –sisea, con los ojos brillando en color rojo–. ¿No sabes quién soy?

–Un pésimo organizador de fiestas. –Esbozo una sonrisa.

Saco la estaca y, justo cuando estoy a punto de clavársela en el pecho, algo me golpea la cintura, una patada demasiado fuerte. Se me cae el arma de las manos y ruedo por el suelo, como si la gravedad hubiera cambiado de dirección de repente.

Gruño y, cuando levanto la vista, la veo de pie, quieta como una estatua junto a Trellis, mirándome con indiferencia. Ya no lleva el cabello recogido, sus ondas castañas le caen por debajo de la cintura.

Los ojos de Elia brillan rojos en la oscuridad, pero no intenta hipnotizarme.

Porque sabe lo que soy.