Capítulo 26
E l domingo intentamos encontrar otra entrada al laberinto, pero de nuevo terminamos frente al nicho y sus dos puertas.
Y ninguna se atreve a volver a adentrarse en las pesadillas que se esconden allí.
Mientras la fiesta de sangre se acerca, mis sueños siguen igual: cada noche intento infiltrarme en la fiesta de Cieri y fracaso en salvar a sus víctimas porque me concentro en matarlo.
Aliz, por su parte, sueña con su extraña pesadilla, en la que una figura desconocida la encierra en su habitación sin sangre y cada noche pasa más y más sed.
Cuando por fin llega el lunes, me preparo para ir a Inverness.
Aliz entra en la habitación justo cuando termino de cerrar el cierre de mi bolso, con una decena de armas dentro.
Nocth nos dijo que debíamos permanecer juntas, pero por mucho que prefiera quedarme aquí con ella, no puedo permitir que se produzca una masacre y no hacer nada.
–¿A dónde vas? –pregunta.
–A Inverness –respondo–. A ver a un amigo de la familia.
Hay algo de verdad en lo que digo. Penny enviará a otra cazadora como refuerzo, a pesar de haber insistido en que no quiero ayuda. Pero sea quien sea esa otra cazadora, no puedo permitir que vea mi marca y, claro, no puedo dejar que se acerque a Aliz.
–Pero no debemos estar separadas –dice y se acerca a mi lado. Detiene su mano sobre la mía, siento sus dedos fríos en mi piel.
–Mientras no te duermas, estarás bien. –Ya no estoy segura de nada–. Tienes clase, ¿no? –Asiente con la cabeza–. Y seguro que Elia habrá organizado alguna fiesta.
–Por única vez, no lo ha hecho –dice, y suspira. No debería sentirme aliviada de que no vayan a pasar la noche juntas. Pero no puedo evitarlo–. Solo… ten cuidado. La última vez que estuviste en Inverness te mordieron.
–Estaré bien –digo, mirando nuestras manos, que siguen entrelazadas–. Y tú también lo estarás, siempre y cuando no te duermas antes de que yo regrese.
–Entonces, vuelve pronto –susurra, recorriendo mis nudillos con los dedos.
Esta cercanía es peligrosa.
–Eres tan dependiente –digo, quiero irritarla. Levanto la vista y me paralizo cuando ella se inclina hacia mí, con la nariz casi tocando la mía. Levanta mi mentón y se me corta la respiración.
–¿Dependiente? –Se acerca poco a poco, lo suficiente para que sienta su aliento fresco en mis labios–.
¿Yo? –No me sale ninguna respuesta. Lo único que puedo hacer es tragar y tocar la parte delantera de su camisa.
Y justo entonces ella se aleja, me suelta y estira los brazos por encima de su cabeza–. Nos vemos cuando vuelvas, Cassie.
Me quedo mirando la puerta mucho tiempo después de que se haya ido, hundo las uñas en las palmas de mis manos.
La marca de familiar comienza a picarme cuando salgo de la habitación.
La cubrí con corrector para tatuajes, que vuelvo a aplicar una vez que llego a Inverness.
Me detengo en un pub junto al río con una pizarra que anuncia micrófono al público y me pido una lata de Irn-Bru.
Del techo cuelgan lámparas desiguales y las ventanas están bordeadas de plantas en macetas, algunas muertas y otras apenas con vida.
No sé por qué lo hago, pero desbloqueo la pantalla de mi teléfono desechable y tomo una foto, capturo las luces, el techo colorido y el río resplandeciente al fondo. Y se la envío a Aliz.
Podríamos cenar aquí.
Cuando los días sean más cortos.
Responde dos minutos después.
Me encantaría.
Podemos celebrar que la marca haya desaparecido.
¿Crees que venden sangre?
Me río entre dientes mientras miro su foto de perfil. Siento la picazón en el cuello más intensa de lo habitual. Nocth ya me había advertido que la separación empeoraría los síntomas.
Una vez que el hielo de mi vaso se ha derretido, miro por la ventana. La luna menguante se redujo tanto que parece un recorte de uña en el cielo. La fiesta no empieza hasta medianoche, pero tengo que prepararme.
Voy hacia la estación de tren y retoco mi maquillaje en el baño.
No puedo permitir que nadie me reconozca.
Llevo una peluca rubia y estoy sin mis gafas.
Eso debería bastar. Me ajusto la liga en el muslo izquierdo, con la cruz de plata de Gustavsson y tres dagas enfundadas atadas a ella.
Llevo el arma y la estaca dentro de un bolso de mano dorado.
Dejo el resto de mis cosas en un casillero.
El camino hasta el castillo se me hace más largo de lo normal por mis tacones altos. Llevo un par de sandalias planas en mi bolso de mano, pero no puedo ponérmelas hasta haber terminado la misión.
Llego al castillo y me escondo detrás de un árbol, esperando.
Entonces los veo: humanos con trajes y vestidos rojos.
Me doy cuenta de que han sido hipnotizados, por la forma en que se dirigen hacia el castillo, con la mirada perdida.
Sé que así lo hacen los vampiros, prueban la sangre de un humano en particular y, si les gusta, hipnotizan a la víctima para que vaya a la fiesta de sangre vestida de rojo.
Como en cualquier otra fiesta, los vampiros no discriminan por género o tipo de cuerpo, lo que importa es el sabor de la sangre.
Me preocupaba no saber adónde ir, pero los humanos caminan hacia la torre norte y entran por una puerta metálica pequeña.
Hago todo lo posible por ignorar el miedo que crece en mí, recordándome que he hecho esto cientos de veces. Ya no soy la chica inexperta que era cuando me infiltré por primera vez en la fiesta de Cieri.
Imito la mirada de trance de los otros humanos y subo despacio por la pendiente hasta los edificios de piedra que forman el castillo de Inverness. Fuera de la puerta de la torre norte, veo a un guardia de seguridad vampiro. Sus fosas nasales se dilatan cuando huele mi sangre.
No duda en abrir la puerta.
Entro y siento ese aroma tan familiar, metálico, dulce y ahumado, que se desliza en mi nariz.
El aroma de una fiesta de sangre.
Los vampiros, en especial los Convertidos, prefieren el frío.
Como ellos deben morir antes de volver a la vida, su temperatura corporal tiende a ser varios grados más baja que la de los humanos.
El castillo está helado y, si no estuviera actuando como hipnotizada, seguro estaría frotándome los brazos para entrar en calor.
Siento cómo se me eriza la piel. Y la cruz de plata que me regaló Gustavsson, que llevo atada debajo de la falda, parece una lámina de hielo.
El castillo ha sido renovado hace poco, pero los vampiros han conseguido que el espacio parezca antiguo, con cortinas de terciopelo decoradas que cubren las ventanas.
¿Y si se trata de una subasta, como en mi sueño?
¿Y si mis pesadillas me han estado preparando para esta noche?
Pero, al mirar a mi alrededor, veo que no están sacando a los humanos del salón.
Supongo que, en lugar de una subasta, solo están planeando una matanza bastante democrática.
Algún tipo de fuerza invisible empuja a los humanos hacia la parte delantera del gran salón.
Imagino que en el castillo se han celebrado bodas.
Y bailes de graduación. Pero pronto el suelo estará empapado de sangre.
Observo a mi alrededor y veo unas cortinas que ocultan cabinas privadas.
Pero por ahora no se están llevando a ningún humano hacia las sombras.
Mientras que nosotros estamos vestidos de rojo, los vampiros están de negro, lo que los hará mucho más fáciles de encontrar.
No puedo salvar a los humanos uno por uno.
Tengo que desmantelar la fiesta: encontrar a Trellis y matarlo, para que esto no vuelva a suceder.
Matarlo como maté a Cieri…, pero esta vez sin que ninguna de las víctimas salga herida.
Pienso en los cinco vampiros que vi en el depósito.
¿Estaba Trellis entre ellos? Respiro con calma.
Espero que, si alguno de ellos me ve, no me reconozca.
Miro a mi alrededor de la forma más disimulada posible.
No veo a esos cinco vampiros entre los demás invitados.
Entonces siento que alguien detrás de mí huele mi cuello.
Mi instinto es darles un codazo. Pero no lo hago.
Tengo que actuar como si me hubieran hipnotizado.
Así que dejo que la vampira, una mujer alta con cabello rubio oscuro y un vestido brillante de fiesta color negro, me tome del mentón y me acerque hacia ella.
–Serás mía en cuanto comience la persecución –dice. Persecución . Entonces…, no habrá subasta, quieren que los humanos corran, griten y supliquen por sus vidas. La vampira acaricia mi hombro desnudo–. O tal vez debería secuestrarte ahora, antes de que alguien más te ponga las manos encima.
Recorre mi vestido rojo con la mirada.
En ese momento veo a alguien en la otra esquina del salón.
Lleva un vestido negro azabache con un escote pronunciado.
Su característico cabello castaño, que suele llevar suelto y ondulado, está recogido, los rizos enmarcan su rostro.
Se lleva una copa, llena de lo que supongo que no es sangre sintética, a los labios.
Y aunque estamos a cierta distancia y yo llevo un disfraz, cuando Elia me mira a los ojos, sé que me reconoce.
Con los labios manchados de un color carmesí, levanta su copa hacia mí.
No muestra ni un signo de sorpresa. Casi como si esperara verme aquí esta noche, como si ya supiera lo que soy.
¿Cómo lo supo?
Esboza una sonrisa horrible, que nunca le he visto en la universidad, que distorsiona sus rasgos. Parece la sonrisa de un monstruo.
Siento cómo un escalofrío me recorre el cuerpo, pero antes de poder dar un solo paso hacia ella, la banda, conformada por un clavicordio y un cuarteto de viento, deja de tocar.
El silencio se apodera del lugar cuando un hombre sube al escenario.
Tiene el rostro demasiado arrugado para ser Puro.
Aparto la vista solo un segundo, pero cuando vuelvo a buscar a Elia, ya se ha ido.
Maldita perra .