Capítulo 25
E sa noche, no sueño con el laberinto.
En cambio, revivo una de mis primeras y más sangrientas misiones.
La noche que maté a Cieri.
Cieri, un vampiro italiano que se había hecho famoso en Londres, había organizado una fiesta en uno de sus clubes clandestinos.
Había seleccionado cuidadosamente a cincuenta víctimas, todos humanos con perfiles sanguíneos interesantes.
Me dejé capturar, tal y como me había indicado Penny.
Y permanecí esposada mientras los demás eran llevados uno por uno al escenario para que los invitados eligieran.
Penny me vistió justo como necesitaba para que Cieri me eligiera.
Vestido blanco, cabello rubio y largo. Él tenía un tipo específico.
También me dio una aguja para pincharme la piel antes de que él me inspeccionara.
Era mi primera misión trabajando sola. Me habían soltado en las sombras para demostrarle mi valor a Calisto.
Lo único que quería era salvar a los demás humanos, pero en lugar de eso, me vi obligada a mirar hacia otro lado mientras los colmillos desgarraban su carne.
Sus gritos eran tan fuertes como la música de fondo.
Seguí a Cieri hasta su cabina privada. Acarició mi vestido blanco con las manos y dijo que mi sangre era diferente a cualquier otra que hubiera olido antes.
Prometió que me convertiría en vampiro si se lo pedía por favor.
Algo se apoderó de mí en ese momento. En vez de clavarle la estaca y matarlo rápido, como me habían indicado, una parte retorcida de mi mente me dijo que me tomara mi tiempo.
Que le diera una dosis de su propia medicina.
Lo que pasa es que, si dejas que un vampiro se desangre, no lo matas.
Aunque sí le provocaría un dolor insoportable, así que le corté el cuello y las piernas, estuve a punto de arrancarle el corazón del pecho.
Cuando por fin lo atravesé con la estaca, mi vestido estaba empapado con su sangre, como una segunda piel.
Vomité junto al polvo que había dejado su cadáver y me limpié la boca, saboreando su sangre.
No pude deshacerme de ese gusto durante días.
Cuando despierto, todavía siento la sangre. Sangre robada, de víctimas anteriores arrastradas a sus clubes. Me cubro la cabeza con la manta, intento respirar. Escucho pasos cautelosos al lado de mi cama, detrás de la barrera de sal.
Siento como la bilis quema mi garganta y me tapo la boca.
Penny me dijo que tuviera más cuidado después de esa misión.
Estaba decepcionada. Incluso molesta, por el desastre que había causado.
“Quizá no estés lista”, dijo. Cuando me negaron mi primer ascenso un año después, mencionó la muerte de Cieri como una de las razones, diciendo que había actuado más como un monstruo que como una cazadora, a pesar de que nunca volvió a suceder.
–¿Cassie?
Trago con dificultad el ácido en mi garganta. Respiro. Pero todavía puedo sentir su sangre seca en mi piel.
–¿Estás bien?
Me seco las lágrimas. No quiero que ella me vea así. Pero la marca, que ahora se extiende más allá de mi cintura, me pica, advirtiéndome que hemos estado separadas demasiado tiempo. Me recuerda que me destrozará si no vuelvo a acercarme a ella.
Abro un poco las cortinas. Aliz está detrás de la barrera de sal. Sus ojos negros. Soy la única amenaza en nuestra habitación. Frunce el ceño, preocupada. No puedo mover los labios ni emitir un solo sonido, mientras paso por encima de la barrera.
Y solo cuando la abrazo, apretándome contra ella hasta que el dolor en mi cuello se convierte en un leve cosquilleo, me doy cuenta de lo que va a suceder después.
Cada noche, cada sueño que he tenido, ha resonado en la mente de Aliz. Cada imagen llena de un placer horrible le ha hecho saber, nos ha hecho saber a las dos, lo que podríamos tener si solo nos rindiéramos. Pero ese falso paraíso se ha esfumado.
Si nuestros sueños siguen conectados, cuando se duerma esta mañana, compartirá mi sueño sobre Cieri y me verá tal cual soy en realidad.
Un monstruo.
–¿Qué pasó? –dice con voz suave, su mano en mi nuca se siente fresca, gentil, familiar.
Abro la boca. Tengo que contarle lo que he visto, lo que ella verá cuando se duerma, pero me tiemblan los labios y mi garganta se bloquea.
No puedo ocultarlo. Aún siento la sangre de mi sueño pegada en la piel, extendiéndose y manchando a Aliz también.
–Lo escribiré –susurro. Observo la página en blanco y luego, lo que escribí la noche anterior. La pluma casi se me resbala mientras intento encontrar las palabras que me salvarán. Quizás el sueño de Aliz no cambie. Quizás ella siga con el laberinto.
Me pican los ojos y copio lo que escribí la noche anterior.
El mapa está casi listo. Solo queda un pasillo, con un signo de interrogación en el centro y un hexágono que esconde lo que espero que sea la biblioteca de Ada Astra.
Aliz y yo experimentamos diferentes situaciones cuando intentamos cruzar el pasillo final.
Yo me ahogué y ella fue consumida por la luz del sol.
Yo escuché una voz. Ella no. Tiene que existir una forma de cruzar.
Busco respuestas en la biblioteca más variada de Tynahine, la Colección Palau.
Me pregunto si la alquimista de la que toma su nombre seguirá viva.
Quizás ella tenga alguna idea de cómo atravesarlo.
Pero en cuanto me siento con un libro, mi mente se desvía hacia algo que no puedo ignorar.
¿Ya habrá soñado algo Aliz?
¿Habrá visto mi verdadera identidad?
Ella siempre está ahí para mí. Pero yo me escondo en una biblioteca porque no puedo soportarlo. Muerdo mi labio hasta hacerlo sangrar, hasta sentir la picazón en mis ojos. Me duele la cabeza y al final me rindo. Regreso corriendo a Tynarrich, con la piel irritada, ardiendo.
Introduzco la llave en la cerradura, esperando lo peor. Aliz sabe quién soy y me odia como lo haría cualquier vampiro en su sano juicio.
Y cuando entro, ella voltea para mirarme y siento que todo se ha terminado. Está pálida y con los ojos enrojecidos.
Puedo explicarlo , quisiera decir. Pero no puedo decir nada. Aliz frota sus ojos.
–Mi sueño no fue igual que el tuyo –comienza, con la voz quebrada–. No… –Mira su cuaderno y le tiembla la mano al recogerlo–. No lo entiendo.
La habitación está en silencio, salvo por el sonido del viento afuera.
–Era más un recuerdo que un sueño –susurra–.
Algo que había olvidado. –Frota su cabeza, suena tensa–.
Fue justo antes de cumplir diecisiete años.
Mi padre tenía una reunión del Consejo y alguien…
–Me mira fijo, como si todavía estuviera atrapada en el sueño–.
Alguien me encerró en mi habitación sin suministro de sangre.
Se toca la garganta.
–¿Y qué pasó después? –pregunto. Ella niega con la cabeza.
–Me desperté –dice–. Con la sensación de que algo terrible estaba a punto de suceder.
Debería sentirme aliviada por no haber compartido el mismo sueño. Pero, en cambio, lo único que siento es la necesidad de calmarla.
–Solo fue un sueño –digo. Dejo caer mi bolso junto a la cama y, al igual que hice cuando desperté de mi propia pesadilla, me acerco demasiado a ella.
Le acaricio el cabello, que está un poco húmedo por el sudor, y la acerco a mí.
Ella me rodea la espalda con los brazos y apoya la cabeza en mi pecho. Suspira y luego me mira.
–Es raro –susurra, toqueteando la tela de mi suéter, mientras su mejilla descansa sobre mi pecho izquierdo.
–¿Qué cosa?
–Que seas tan amable conmigo.
La miro con el ceño fruncido, mis lentes se deslizan por la nariz.
–Siempre soy amable –digo. Ella aparta la mirada, hundiéndose en mí. Suspira de nuevo, pero no parece tan asustada como hace un rato–. Pero no me gusta lo que está pasando –susurro, y deslizo los dedos por su cabello–. Nuestros sueños ya no están conectados.
–¿No es algo bueno? –pregunta.
–Solo significa que las cosas se están volviendo más impredecibles –respondo–. Y tengo la sensación de que solo empeorarán.
Ninguna dice nada después de eso. Aliz no mueve los brazos, solo me abraza fuerte. Así que yo también me quedo como estoy, intento convencerme por enésima vez de que necesito esta cercanía solo para calmar la picazón de la marca, no para satisfacer algo mucho más profundo en mi interior.