Capítulo 24
A la mañana siguiente, atiendo la llamada de Penny.
Estoy sentada en un banco junto al río y todavía estoy medio dormida.
Ese sueño tan horrible sigue rondando en mi cabeza.
El pabellón de caza, el laberinto, los colmillos de Aliz.
Son solo las nueve, así que el campus está vacío.
La mayoría de los estudiantes humanos ya han cambiado sus horas de sueño para adaptarse a la de los vampiros.
Miro el cielo gris y las nubes pesadas que anuncian una tormenta.
–¿Por qué no contestaste ayer? –pregunta, cortante. Hago un esfuerzo por contener mi enojo.
–Aunque no lo creas, estoy tratando de encontrar esa maldita biblioteca –respondo–. Pero ya estoy cerca. Creo que por fin entendí el mapa.
Hay una pausa larga, Penny rompe el silencio.
–¿De verdad? –dice en voz baja.
–Creo que sí –respondo. Esta noche pondremos a prueba mi teoría y, con suerte, si funciona, mañana seré libre.
–Muy bien –dice–. El lunes por la noche irás a Inverness –agrega–. La fiesta de sangre se celebrará en el centro de la ciudad.
–¿Dónde? –digo, tragando con dificultad. Ya me había olvidado de la fiesta .
–En el castillo de Inverness –dice–. Necesitarás un vestido rojo y… –Duda–. Has dejado de tomar tus suplementos, ¿verdad?
–Sí –respondo.
–¿Cómo reaccionó Aliz Astra al aroma de tu sangre?
–¿Le has hecho la misma pregunta al decano? –pregunto, contemplando el río. El agua refleja el cielo gris. Oigo un suspiro al otro lado de la línea.
–No, Rebecca. No lo he hecho.
–Ya se acostumbró –digo, ignorando la desconfianza que me genera su respuesta. No quiero hablar de Aliz con ella. No quiero volver a escuchar a Penny pronunciar su nombre nunca más–. Estoy bien.
Paso el resto del día trabajando en el mapa.
Me siento en mi escritorio, con una taza de café vacía al lado, mientras trato de alinear los túneles que he dibujado hasta ahora con los setos del laberinto de Ada Astra.
Tengo una foto en mi teléfono, no es de la mejor calidad, pero se ve bastante bien.
A la una en punto, el ataúd de mi habitación se abre con un crujido.
Aliz sale a toda prisa, casi se cae mientras lucha con la tapa del ataúd.
Bosteza apoyando la cabeza en el codo y luego me mira.
–Esta noche es la noche –dice, de repente detrás de mí. Lleva el pijama medio abierto, solo unos botones lo mantienen cerrado, yo hago todo lo posible por no mirarla. Apoya las manos sobre mis hombros, masajeándome a través del jersey–. Estás muy tensa –añade.
Un día más de esto. Si termino el mapa esta noche, esta tortura, esta obsesión con ella, por fin terminará.
Pero no logro terminar el mapa.
Por mucho que lo intento, girando la página y tratando de encajar los setos en el círculo, todavía hay huecos que no encajan y, lo peor de todo, es que con cada nueva línea me siento cada vez más cansada.
Y mi cansancio se mezcla con miedo. La misión del lunes no será como mi último viaje a Inverness.
A medida que pasa el día, Penny me envía más información.
Mi objetivo es un vampiro llamado Eugene Trellis.
Es el organizador, tiene unos seiscientos años.
Hasta ahora ha trabajado exclusivamente en Edimburgo, esta es su primera vez en las Tierras Altas.
Una nota, entre paréntesis, dice que está tratando de convertir Inverness en un nuevo destino vampírico .
La fiesta es una forma de encontrar inversionistas para un club.
Así que será una demostración de riqueza.
Y de poder.
Me duele la mano de tanto trazar líneas en el papel, busco el camino más rápido hacia el centro, como si no fuera más que un rompecabezas, una simple distracción. Quizás para Ada Astra sí lo era.
–No puedes faltar a otra clase de Integración –dice Aliz, justo cuando le propongo que continuemos nuestra búsqueda–. ¿Cómo vamos a encontrar la biblioteca si te expulsan?
No puedo evitar reírme al oír esto. Ahora que sé que el decano me quiere aquí, dudo que me expulsen. Pero, de todos modos, asisto y escucho la clase de Clemence sobre los vampiros del siglo XVI y su influencia en el feminismo moderno.
Durante toda la clase, veo cómo el nombre de Aliz va y viene en la pantalla de mi celular, con mensajes aleatorios que aparecen en nuestro chat. No sé si Stephan los ve, pero no dice nada, está muy concentrado en la clase.
¿Qué sabor tiene la pizza?
Escribe ella. Y luego:
¿Qué crees que le pasaría a un vampiro si fuera a la luna? ¿Debería ir a la luna?
Y mientras sigue enviando tonterías, intento no sonreír y me dedico a tomar nota.
Después de cenar, Aliz y yo vamos a los túneles. Si tengo razón sobre el laberinto, si en verdad es un mapa, esta noche podría marcar el final de nuestra búsqueda.
Encontraremos la biblioteca y el L ibro de sangre y rosas .
Y la marca de familiar por fin desaparecerá de mi cuello.
Con solo pensarlo se me acelera el corazón, pero intento mantener la calma.
Aliz mira el mapa y lo sostiene con cuidado frente a ella.
En medio del caos de los túneles se encuentra el laberinto perfectamente redondo, con una línea roja que traza el camino más rápido hacia el centro.
No dice nada, pero por cómo me mira, sé que tiene tantas esperanzas como yo.
Los estudiantes voltean para mirarnos mientras pasamos junto a ellos, me pregunto qué piensan que vamos a hacer aquí abajo. Poco a poco, las paredes rectas empiezan a curvarse. El suelo se vuelve plano.
Llegamos a un túnel amplio con una escalera tapiada en un extremo.
–Debe ser el túnel que lleva a la casa de mi hermana –dice Aliz–. El pabellón de caza estaba conectado con el campus, pero hace un siglo lo tapiaron para impedir que los estudiantes fueran allí.
Trago con dificultad, recuerdo el dolor que sentí al estar tan cerca de la ventana de su hermana. Su respiración en mi cuello.
–Creo que esta es nuestra puerta de acceso –digo, señalando las dos entradas separadas por dos columnas corintias, con otras dos a cada lado–. Si lo dibujé correctamente, deberíamos tomar la de la izquierda.
–Claro que lo dibujaste bien –dice–. Eres un genio.
La miro fijo, con una expresión neutra, mordiéndome la mejilla para evitar sonreír.
Los primeros cinco túneles coinciden a la perfección con lo que dibujé, eso me da mucha confianza. Por fin la vamos a encontrar, a pesar de los esfuerzos de Ada Astra por mantenerla oculta.
Aliz empieza a quedarse un poco atrás, dejando más distancia entre nosotras.
No hace falta que le pregunte por qué lo hace, ya que la última vez que entré en este laberinto, aunque en ese momento no sabía lo que era, los túneles apenas tenían el ancho justo para una sola persona.
Ahora, si caminamos una al lado de la otra, nuestros brazos se rozarían.
–¿Por qué nos detenemos? –pregunta, siento algo de tensión en su voz. No volteo por miedo a encontrarme con sus ojos rojos clavados en los míos.
–Esta pared no debería estar aquí –susurro, y miro el mapa bajo el resplandor de una de las velas del laberinto. Aliz se inclina lo suficiente como para verlo, con su brazo apoyado en el mío.
–¿Nos equivocamos de camino? –pregunta. Levanto la vista hacia ella. Sus ojos están negros y reflejan el resplandor parpadeante de la linterna.
–No, pero debo haberme saltado un seto. –Le doy el mapa y saco mi teléfono, tratando de entender las líneas borrosas de la imagen–.
Quizás deberíamos haber girado a la izquierda –digo, pero enseguida nos topamos con otra pared.
Es más larga, más alta y, a diferencia del resto, está cubierta de grabados en piedra, con el mismo diseño que vi la última vez. Rosas y espinas. Aliz toma mi mano.
–¡Se mueve! –exclama asombrada. Puede ver mejor que yo, así que tardo unos segundos más en darme cuenta de que tiene razón: las hojas de piedra del tallo de la rosa parecen revolotear y los pétalos se abren un poco.
–Quizás sea esto –digo, sin entender del todo qué estoy viendo. Ella toma mi mano y nos quedamos quietas, esperando que la piedra se mueva más rápido, cambie de forma o revele una puerta. Pero no pasa nada–. O tal vez no –agrego.
Intento trazar un nuevo camino en el mapa, apoyando el papel sobre la pared, con miedo a que la piedra comience a moverse.
–Siento que no te estás asustando lo suficiente –dice Aliz, que mira fijo el grabado, con las hojas de piedra que siguen moviéndose, como si las soplara un viento invisible.
–¿Tu hermana se dedicaba a la brujería? –pregunto, no me sorprendería que así fuera, teniendo en cuenta lo que hay en su biblioteca secreta. Pero Aliz se encoge de hombros y me susurra que, a estas alturas, yo sé tanto sobre Ada Astra como ella.
–Si no me equivoco, podríamos estar justo al lado del centro del laberinto –digo, estudiando la pared sólida. Espero a que vuelvan a aparecer las palabras en gaélico, pero no pasa nada.
–¿La biblioteca está detrás de este muro? –pregunta, acercándose.
Mi instinto me dice que sí. Pero no hay ninguna puerta. Y dudo que el decano nos apruebe una solicitud para derribar una pared que sin duda está encantada.
–Tenemos que llegar aquí –digo, señalando otra línea en el mapa, el punto sur del hexágono. Nos lleva casi media hora, chocamos con muros que no había considerado. Hasta que comienzo a sentir un aroma floral inconfundible. Aceleramos el paso y, de repente, las paredes interminables se detienen.
Espero encontrar un rosal como el del laberinto.
En cambio, hay un nicho con los mismos grabados que tenía la última pared, rodeando un altar con enredaderas de piedra.
Dentro del nicho hay una única rosa y, detrás de ella, una vela negra.
–Debe ser aquí –dice Aliz. Asiento con la cabeza, sin apartar la vista del altar–. Pero hay dos puertas.
–Tú ve por la derecha y yo iré por la izquierda –digo.
–O… –Toma mi mano antes de que pueda dar un paso adelante–. Podemos ir puerta por puerta, para no perdernos.
–Está bien –digo. Respiro hondo y abro la de la izquierda.
Una ráfaga de aire frío con un ligero olor a humedad golpea mi rostro. Pero no veo ninguna biblioteca. Incluso Aliz, con su vista excepcional, dice que no hay nada más allá de la oscuridad. Aprieto sus dedos con fuerza y, sin decir más nada, nos adentramos en las sombras.
La mano desaparece. Volteo rápido, pero Aliz ya no está. No hay velas aquí, pero poco a poco mis ojos se adaptan a la oscuridad espesa.
–¿Aliz? –llamo. No hay eco. Ni siquiera me oigo a mí misma. Solo sé que dije algo. Los muros de ladrillo están cubiertos de musgo y algo que parece algas y crustáceos. Es extraño, pero hay basura, botellas de plástico y bandejas de pescado vacías.
No logro ver el final del túnel. El suelo vibra y justo cuando me agacho para recoger un trozo de plástico, lo oigo. Un rugido, algo colosal. Miro hacia delante, sorprendida, esperando ver un monstruo.
En cambio, es un río.
Una pared de agua cristalina viene hacia mí tan rápido que no tengo tiempo de alcanzar la puerta antes de que me golpee.
Mi cabeza choca contra la puerta de madera y el agua entra por mis fosas nasales, hasta los senos paranasales.
En lugar de morir o desmayarme como debería suceder, lucho con el picaporte para poder abrir, con los pulmones vacíos que arden.
Y luego, una voz.
A phiuthar ghràdhach,
tha m’ fluil agad.
Ach tha thu fhathast nad chadal
Hundo las uñas en la puerta a pesar de que la corriente me aplasta contra ella. Entonces el agua del río llena mis pulmones, mis ojos y mis oídos, todo se desvanece. Siento un grito atrapado en mi garganta.
Cuando abro los ojos y toso, esperando vomitar agua, veo a Aliz. Está en el suelo, cubriéndose la cabeza, con la respiración entrecortada.
Estamos de vuelta en el pasillo entre las dos puertas, debajo del altar con la rosa y la vela. Estoy seca como un hueso.
–¿Aliz? –grito, esperando encontrar mis cuerdas vocales destrozadas. Pero están bien. Yo estoy bien, de alguna manera. Exhalo, aprieto los puños para evitar que me tiemblen las manos.
–¿Viste un río? –pregunto, y ella por fin levanta la vista y baja los brazos. Está mucho más pálida, algo demacrada. Y tiene los labios morados.
–¿Un río? –dice, mirándome fijo–. No. Era… –Despeja su garganta–. Era el amanecer.
Observa sus brazos. Tiene las mejillas húmedas y el rostro paralizado por el pánico. Y no me pongo a pensar en si esto tiene sentido, acorto la distancia entre nosotras y la atraigo hacia mí.
–No fue real –susurro.
–Parecía real –dice. Entonces respira profundo, sus pestañas húmedas rozan mi cuello, es una sensación tan intensa que me hace olvidar el río. Pero por mucho que quiera quedarme así, acariciando su suave cabello con los dedos, recuerdo lo que escuché.
–“Querida hermana, tienes mi sangre, pero…” –comienzo, recordando la traducción de mi cuaderno–. Oí una voz que decía eso. Pero había algo más… ¿ Chadal ?
–Mi nivel de gaélico es igual que el tuyo –dice–. No muy bueno.
–Pero ¿tú también lo escuchaste?
La voz que oímos debió haber sido Ada, pero Aliz no quiere admitirlo.
–No escuché nada –dice–. ¿Cómo vamos a atravesarlo? –pregunta. Retiro la mano y me alejo un poco, poniendo distancia entre nosotras.
–Encontraremos la manera.
Pero, aunque digo eso, sé que lo que haya más allá del altar puede ser mucho más peligroso que el laberinto.