Capítulo 23 #4
También hay espadas colgadas, algunas tienen un brillo reluciente, de hierro o plata, mientras que otras son como agujas oxidadas que parecen a punto de desmoronarse.
En el centro de la habitación, sobre un podio de vidrio de tres escalones de altura, hay un ataúd.
Es una cosa monstruosa, tan ancho como mi cama, con tres cojines rojos.
La madera blanca parece porcelana y tiene grabado en oro el mismo emblema que decora el ataúd de Aliz. El mismo que tengo en el cuello.
Se detiene a mi lado, lo mira fijo.
–¿Y si hay alguien dentro? –murmura.
Una ráfaga de aire frío cierra la puerta de golpe. Aliz se asusta con el ruido, me agarra los hombros y enseguida me suelta. Susurra algo entre dientes. Entonces el palacio queda en silencio absoluto.
–No seas ridícula –digo al fin–. Es el ataúd de tu hermana, ¿no?
–Sí.
–¿Lo puedo abrir? –pregunto, subiendo los tres escalones.
–Adelante –dice, cruzada de brazos. Se mueve incómoda, me mira a mí y luego al ataúd.
Lo abro solo unos centímetros y suelto un grito.
Aliz grita también. Toma una espada oxidada de la pared y la deja caer al instante, al ver mi expresión. No debería reírme, pero no puedo evitarlo.
–De verdad que eres miedosa –digo, abriendo del todo el ataúd vacío.
–Gracias –gruñe. Me concentro en el ataúd. No hay nada dentro, solo más madera blanca. A diferencia del de Aliz, no hay colchón ni ropa de cama. Pero en el interior de la tapa hay marcas de arañazos, largas y profundas.
–Bueno, esto da miedo en serio –susurro mientras siento que Aliz se acerca a mi lado.
–Aquí no hay nada –dice–, ¿nos vamos?
–¿Tu hermana tenía un estudio? –pregunto–. Quizás encontremos algo allí.
En ese momento, detengo la mirada en un cuadro justo en la esquina de la habitación, es diferente al resto. El lienzo ha sido rasgado con una línea furiosa en diagonal. Levanto el borde rasgado hasta que aparecen unos rasgos que me resultan algo familiares.
La mujer del cuadro parece una guerrera, con el cabello negro azabache cortado justo por debajo de las orejas. Sostiene una espada plateada y en su cuello apenas se puede ver una luna negra rodeada de espinas.
–La familiar de mi hermana –dice Aliz detrás de mí–.
Cuenta la leyenda que era una guardaespaldas inmune a la hipnosis.
Así que, para controlarla, Ada recurrió a unas brujas para encontrar una maldición que las uniera.
–Se acerca al cuadro y observa la marca en el cuello de la familiar–.
Me pregunto cuánto habrá de verdad en eso.
Siento un dolor punzante en la marca. Estoy en la misma situación. Soy inmune a la hipnosis, pero estoy a punto de perder la única defensa que tengo.
–¿Cómo se llamaba? –pregunto, con un nudo en el pecho.
–Catherine Lovelace –dice. De repente, noto cómo se me enfrían las manos.
No .
Pienso en la oficina de Penny y en la espada plateada que cuelga allí, que una vez le perteneció a la mujer del cuadro. Me pican los ojos. Descubrir que Calisto había trabajado para los Astra ya era bastante malo. ¿Pero esto ?
La fundadora de Calisto también era la familiar de Ada Astra.
Pareciera como si el suelo fuera a desaparecer bajo mis pies. Me alejo rápido del cuadro, conteniendo el pánico. Siento las manos entumecidas y un nudo en la garganta que no me deja articular ni una sola palabra. Necesito calmarme.
Tiene sentido , pienso, clavándome las uñas en las palmas de las manos. Intento recuperar la sensibilidad. Si fue Calisto quien mató a Ada, lo hizo para liberar a Catherine de su contrato. Y si Penny descubre alguna vez que estoy en la misma situación, no dudará en hacer lo mismo con Aliz.
–Aún tenemos tiempo –susurra a mi lado–. Romperemos el contrato, te lo prometo.
No puedo mirarla. Me acerco a la ventana para intentar calmarme.
Y cuando contemplo la noche, me doy cuenta.
Entre las sombras, más allá del río y del salón de baile de cristal, está el laberinto.
Un escalofrío recorre mi cuerpo. Es un círculo perfecto, más pequeño de lo que pensaba.
Los setos, igual que en mis sueños, están muy crecidos y algunos pasajes están completamente bloqueados por sus ramas trepadoras.
Dejo la linterna en el suelo y observo el exterior.
En el centro del laberinto hay cuatro esculturas, cada una con una luna.
Como en mis sueños, la luna creciente está bañada en oro. Desde aquí no se ve el rosal.
Y mientras miro el contorno del laberinto y el patrón de los setos, algo hace clic en mi mente. Aliz se acerca a mi lado, está tensa mientras contempla el lugar de nuestras pesadillas compartidas.
Sin decir nada, introduzco la mano en mi bolso y saco el cuaderno, donde está el mapa de los túneles. Todavía falta el centro, pero los mismos tres túneles, las curvas que dibujé de memoria, aparecen ahora cerca de la entrada del laberinto.
–Es un mapa –susurro.
–¿Qué?
No sé si es intencional o no, pero siento la respiración de Aliz en mi oído. Su voz suave, que podría escuchar todo el día, me atrapa, me aleja del laberinto y atrae de nuevo al dormitorio de Ada Astra. Puedo escuchar mi propia respiración también, demasiado fuerte.
Sus dedos se detienen sobre el cuaderno, sin quitármelo, lo inclina lo suficiente como para poder verlo. Roza mi mano. Estamos demasiado cerca. Lo suficiente como para que la marca me queme la piel, no es picazón, sino una sensación muy diferente. Un deseo, susurrándome lo que quiero.
Muérdeme .
Cierro los ojos con fuerza, tratando de librarme de ese pensamiento, pero todavía siento su aliento en la piel. Los sueños que intento evitar cobran vida. Sus colmillos, mi sangre. Quiero que me consuma una vez más. Basta , me digo a mí misma.
–¿Estoy demasiado cerca?
Siento cada latido del corazón como un golpe en la puerta, exigiendo que lo dejen entrar para resguardarse de la lluvia.
–No.
Espero que se acerque aún más. Tiene la otra mano descansando suavemente contra el vidrio. Debería correr. Pero la deseo tanto que tiemblo.
La mano que tiene sobre mi cuaderno se desliza hasta mi muñeca y las páginas encuadernadas caen al suelo de madera.
Ella se agacha para recogerlo, roza mi muslo con su hombro.
Se queda de rodillas y mira por la ventana con una mueca de disgusto.
Luego levanta la vista hacia mí. Tiene los ojos negros.
–No –dice, como si supiera exactamente lo que estoy pensando.
Se levanta y poco a poco el impulso me abandona. Siento vergüenza y exhalo, no puedo mirarla. Ese pensamiento no era mío. Y aunque debería estar aterrorizada, Aliz fue capaz de controlarse. Tal y como prometió.
Miro por la ventana, reconstruyo poco a poco lo que estaba pensando antes de que ella se acercara a mí.
–El laberinto –digo de nuevo, manteniendo distancia–. Parece un mapa.
–¿Un mapa? –pregunta con una voz suave–. ¿De qué?
–Puede que me equivoque –digo, apoyando la mano en el cristal. Miro fijo hacia la noche–. Pero creo que es el mapa para llegar a la biblioteca.