Libro de sangre y rosas Capítulo 23 #3
57%

Capítulo 23 #3

–Claro –respondo. Siento un pinchazo en el pecho. Aliz la buscó durante tres años enteros. Elia fue capaz de resistirse. Mientras tanto, yo la conozco hace un mes y ya ha logrado descolocarme por completo.

–¡En fin! Elia dijo desde un principio que no buscaba una relación. Al principio me molestó, pero luego descubrí que podíamos divertirnos mucho más sin tener ningún compromiso.

–¿Y en algún momento se te pasó por la cabeza que estabas en una universidad, donde la mayoría viene a estudiar?

–¿Y tú qué? –pregunta, ignorando mi comentario–. Tienes algo con esa chica rubia, ¿no?

–¿Julia? –pregunto, guardando mis manos frías en los bolsillos. El bosque que nos rodea se vuelve cada vez más denso y mis ojos luchan por adaptarse a la oscuridad, que es cada vez más profunda.

–Sea cual sea su nombre. Las vi de la mano. Se veían adorables.

Mi lado inmaduro quiere decirle que hay algo entre nosotras.

Quiero que piense que tengo opciones y que ella no es la única vampira que me interesa.

Pero no puedo arriesgarme a difundir un rumor que afecte a Julia.

Justo cuando se me ocurre una respuesta que podría molestar a Aliz, tropiezo con una rama caída.

Aliz me atrapa y me atrae hacia su pecho.

–Lo siento –dice, con un tono de voz algo más suave–. Olvidé que no puedes ver en la oscuridad.

–Los ojos humanos son tan incómodos –respondo, y ella se ríe. Ojalá pudiera guardar ese sonido en una botella. Sigue rodeándome con un brazo, pero en lugar de soltarme, entrelaza su codo con el mío, para mantenerme a su lado.

–No quiero que te vuelvas a caer –dice.

El bosque está en silencio. Nadie puede vernos. Pero siento que estoy haciendo algo malo.

–No te molesta, ¿verdad? –pregunta.

–¿Qué cosa?

–Que estemos tan cerca.

–Lo detesto –digo con simpleza. Aliz se ríe de nuevo, aunque esta vez noto algo oscuro en su risa. Se inclina hacia mí, de repente está demasiado cerca.

–Sé que mientes –susurra en mi oído–, ¿no es así?

–Claro que sí –respondo entre dientes. ¿Qué le pasa esta noche?

–Vamos –dice, pasando un brazo por mis hombros–. No te enojes conmigo, Cassie.

–Entonces, deja de molestarme –digo.

–¿Molestar? ¿Yo?

Espero a que continúe, pero en lugar de eso se detiene y mira a través de las ramas algo que yo todavía no distingo.

La escucho tragar, mientras la mano que descansa sobre mi hombro juega, algo nerviosa, con la tela de mi abrigo.

El camino comienza a despejarse y lo que parece una antigua carretera divide el bosque en dos.

A lo lejos, oigo el río y justo delante, asomándose entre las sombras, el palacio decrépito que vi en mis sueños.

–Hogar, dulce hogar –dice, inquieta.

–¿Tienes miedo? –pregunto.

El camino es llano y el cielo estrellado ilumina lo suficiente como para no volver a tropezar. Aun así, Aliz sigue abrazándome.

–Me mudé aquí la noche que llegué –dice–.

Con dos sirvientas y un guardaespaldas. Pero incluso con ellos cerca, era aterrador.

No podía dormir. No dejaba de oír ruidos en el ático.

Corren rumores de que alguien vive ahí, pero, aunque pasé dos años aquí antes de mudarme a Tynarrich, nunca vi a nadie.

Las ventanas, que en mis sueños siempre aparecen rotas, están intactas.

Las glicinas, algo marchitas, están en plena floración, a pesar de que la temporada pasó hace meses.

Tal vez, al igual que el resto del pequeño palacio, las enredaderas están congeladas en el tiempo, con sus pétalos lilas convertidos en cristal.

No parece real. ¿Cómo podría haber soñado con un lugar como este sin haberlo visto? Levanto la vista y observo cada detalle que coincide con el palacio que nos persigue a ambas por las noches. Cuando miro a Aliz, veo que ella hace lo mismo, con la mandíbula tensa.

Sin embargo, lo único que falta ahora es el pánico que siento al comienzo de nuestros sueños. Los ojos de Aliz están negros. No tengo que huir de ella, no va a perseguirme.

–¿Por eso te mudaste a Tynarrich? –pregunto, mientras nos acercamos a la puerta principal–. ¿Por un ocupante ilegal en tu ático?

–Fue solo una excusa –dice Aliz–. Quería sentirme como una estudiante normal. Y nada me diferenciaba más de mis compañeros de clase que vivir en un lugar como este.

Señala la fachada de piedra imponente, yo trato de imaginarla abandonando Hungría y mudándose a este lugar solitario y decrépito. ¿Qué habrá sido exactamente lo que la llevó a mudarse aquí?

–¿Dónde está el laberinto? –pregunto.

–Al otro lado del río –dice, soltándome el hombro–. Pero no quiero acercarme.

El jardín delantero del palacio está cubierto de maleza, con arbustos altos y hierba que trepan por el camino, bloqueándonos el paso. Ella saca una llave vieja y oxidada. Las puertas principales crujen cuando las empuja para abrirlas.

–¿Por qué no? –pregunto. Mi voz resuena en el pasillo oscuro. Aliz me ignora y busca algo en el suelo. Un segundo después, enciende una linterna antigua con un marco negro que envuelve una vela. La levanta y el resplandor dorado ilumina decenas de esculturas y pinturas que cubren las paredes.

Algo parecido al vértigo me impide moverme mientras miro fijo hacia el pasillo. Es igual que el de mis sueños. No puedo creer que sea un lugar real.

La sigo, mirando las pinturas.

Incluso con la luz tenue, puedo distinguir sus rasgos y sé quién es: Ada Astra, pintada como Circe entre leones.

Lleva un vestido color borgoña oscuro, con el cabello rizado recogido, y sus labios son de un rojo rubí.

Es impresionante y aterradora. La clase de vampira con la que no me gustaría cruzarme.

Esta vez, sin embargo, ninguno de los cuadros cobra vida. Aun así, me da miedo pasar por al lado, por si la pintura se agrieta y ella extiende la mano, cubierta de sangre.

–Ya sabes el motivo –dice Aliz, retomando nuestra conversación–.

Todos tienen exactamente el mismo final –susurra, tan bajo que su voz no resuena en el techo adornado con frescos descascarados.

Hay un leve olor a hollín, una chimenea que debe haber estado encendida hace unos días–, siempre te atrapo.

Me acaricia la espalda con la mano y yo trago con dificultad, jugando con el marco metálico de mis lentes.

Una escalera enorme marca el final del pasillo. Detrás de ella se encuentra el salón de baile de cristal, con estrellas y ramas que se pueden ver a través del techo de vidrio.

–¿Sabes dónde está la habitación de tu hermana? –pregunto.

–Arriba –dice.

Comenzamos a subir por unas escaleras de mármol cubiertas de polvo.

Un retrato grande de Ada Astra decora el pasillo, en este se puede ver un lado más natural de la antigua heredera.

Lleva un vestido amplio de estilo griego y el cabello blanco le cae en suaves ondas hasta las caderas.

Sus ojos azules me siguen mientras paso junto a ella.

–Era linda –digo. Aliz me mira con el ceño fruncido.

–¿Cómo yo?

–Tú eres… –La miro, intento sonar lo más indiferente posible. Acaricio su mejilla–. Hermosa.

Es cierto, pero me aseguro de que mi voz suene sarcástica, lo más empalagosa posible. Ella se enoja y frunce los labios.

–Cassie –protesta–, no seas mala.

–No busques cumplidos –respondo.

Las paredes del primer piso son idénticas a las de planta baja, con una variedad de esculturas de mármol y bronce, con extremidades que parecen estirarse para atrapar a quienes pasan.

Sin embargo, detrás de ellas, en vez de pinturas hay espejos.

Me quedo observando mi reflejo. Apenas me reconozco, con el cabello teñido de rojo, con un tono cobrizo que no había notado antes.

Pero lo peor es mi rostro, sonrojado, con las gafas que ocultan unos ojos que de alguna manera se ven… más suaves. Todo lo que era antes de llegar a Tynahine, mis aristas, mis asperezas, ahora se han difuminado. Soy la viva imagen de alguien saludable. ¿Qué pensaría Penny si me viera?

La luz de la antorcha se mueve, flota a lo lejos y solo entonces recuerdo que Aliz no tiene reflejo.

Igual que la última vez, puedo oírla, la siento, pero no está.

Enseguida me veo ahí, hace diez días. Justo después de encontrar la marca que se expandía por mis clavículas, su mano tirando de mi cabello, recorriendo con la lengua todo mi cuello, sus dedos deslizándose bajo mi camisa, presionando la rodilla entre mis piernas.

–Es espeluznante –dice–. Quizá deberías sostener la linterna, así no sientes que te está persiguiendo un fantasma.

La tomo, pesa lo suficiente como para calmar mis pensamientos. En ese momento, mi viejo teléfono vibra. Lo saco y veo el rostro de Penny en la pantalla. Rechazo la llamada lo más rápido que puedo y lo vuelvo a guardar en mi bolsillo.

–Podrías haber contestado –dice.

–No pasa nada –respondo. Vuelve a vibrar. Puedo imaginar a Penny, sentada en su oficina, irritada. Vuelvo a rechazar la llamada y presiono el teléfono contra mi pecho, para que Aliz no lo vea, mientras abro el chat. No puedo hablar , escribo rápido.

–¿Es tu novia? –pregunta Aliz.

–¿Por qué estás tan obsesionada con mi vida amorosa? –digo. Sueno demasiado agresiva, sin dejar lugar a una respuesta alegre.

–No lo estoy –responde, cortante. Por suerte, Penny no vuelve a llamar, aunque tampoco responde mi mensaje.

Empiezo a sentirme incómoda, hasta que Aliz dice–: Esa es su habitación.

–Su voz cambia, se vuelve más seria. Al final del pasillo con espejos hay unas puertas dobles, con esculturas a ambos lados que sostienen espadas largas.

De alguna manera, la habitación de Ada Astra es justo lo que esperaba.

Un pomposo candelabro cuelga del techo abovedado, con cristales que reflejan el brillo de la linterna.

A diferencia del resto de la casa, esta habitación no tiene polvo, como si alguien la hubiera estado cuidando.

En las paredes hay pinturas de paisajes enmarcadas en oro.