Libro de sangre y rosas Capítulo 23 #2
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Capítulo 23 #2

–Están prohibidas –digo, cerrándola de nuevo. Es casi idéntica a la primera cruz que me dio Penny, cuando la acompañaba en sus misiones y todavía no me permitían llevar un arma ni una estaca.

–Lo sé –dice, apartándose el cabello rubio claro de los ojos–. Pero con ese tipo de sangre, más vale prevenir que lamentar.

Lo miro fijo. Nunca me acostumbraré a que los vampiros se preocupen por mi sangre, en vez que querer beberla.

–Tiene una mirada bastante intensa, señorita Smith.

Aparto la vista de él, siento como mi rostro se enrojece. Murmuro una disculpa en voz baja y guardo la caja en mi bolso. Por alguna razón, me siento un poco más segura que antes.

Más tarde esa noche, mientras estoy sentada en una clase sobre la influencia de los vampiros durante la Revolución Francesa, siento náuseas.

La sensación es tan fuerte que apenas siento la picazón en el cuello.

Incluso con la cruz de Gustavsson en mi mochila, siento como si algo me estuviera persiguiendo.

Y como si fuera poco, Elia, a quien no había visto antes en esta clase, decide sentarse a mi lado, con su sedoso cabello castaño rozando mi brazo.

Puede que sea inmune al ajo, pero no a mi sangre.

–No exagerabas –susurra, demasiado cerca. Aprieto los dedos alrededor de mi pluma, resistiendo las ganas de apuñalarla–. No me gustaría romper los tratados. Pero quizás tú lo valgas –agrega.

–¿Quieres morir? –digo, y su única respuesta es una risa suave. Mi corazón se acelera. Sabía en lo que me estaba metiendo.

Le he preguntado a Penny varias veces por qué la sangre del tipo S huele así, ella no lo sabe.

Es algo que podría investigar aquí en Tynahine.

Estoy segura de que encontraría las respuestas.

Pero primero debo encontrar el Libro de sangre y rosas .

No puedo concentrarme en lo que dice la profesora, su voz me molesta mientras escribe en la pizarra.

Mi sueño se reproduce en mi mente: Aliz se asoma por el seto y me empuja hacia una maraña de espinas.

Siento cómo sus manos se deslizan bajo mi camisón. Me hunde los colmillos y yo disfruto cada nueva mordida.

Salgo temprano de clase. Los vampiros me miran fijo mientras paso junto a ellos en los pasillos. Salgo corriendo afuera, bajo la llovizna.

No puedo quitarme esta sensación, incluso caminando por el bosque de pinos, lejos de los concurridos pasillos. Me siento observada. Tapo mis oídos con las manos, intento mantener la calma. Pero puedo verlos. Oírlos. A todos los vampiros que me han perseguido. A todos los que he matado.

Delicioso , dicen.

El miedo no es una opción. Sabía muy bien en lo que me estaba metiendo.

Aliz bebe un poco de sangre, con las piernas colgando sobre su ataúd. Mientras yo estaba en clase, ella estuvo investigando.

–Encontré los túneles planos –dice. Ha mezclado la sangre de Marcus con una mayor cantidad de la sintética para que dure más tiempo y, hasta ahora, este nuevo cóctel parece estar funcionando–. Pero las paredes no me hablaron.

–No es que hablaran –digo, mirando fijo el mapa–, las palabras estaban escritas en la pared.

Me pica el cuello y, mientras me froto la bufanda sobre la piel, ella salta de su ataúd y cruza la habitación de un salto. La sal que rodea mi cama sigue ahí.

–Si toco la marca, el dolor desaparecerá, ¿verdad? –pregunta. Sus ojos están de color negro. No puede hipnotizarme–. ¿Puedo?

No quiero arriesgarme. Por alguna razón, la idea de que Aliz se siente en la cama conmigo me parece terrible, así que me levanto, voy hacia mi escritorio y me siento ahí.

Ella no se queja, coloca una mano en el escritorio a mi lado y desliza la otra bajo la tela de la bufanda.

Puede sentir cómo se acelera mi pulso, pero no dice nada.

Estamos tan cerca. Observo su cuello, intento mantener la concentración.

Sería tan fácil levantar la vista y caer bajo su hechizo. Miro su chaleco gris, con mis manos inquietas. Quiero tocarla. Pero no puedo.

–El baile de Halloween será en el pabellón de caza –digo, rompiendo el silencio.

–Sí –susurra. No sé si está prestando atención a lo que digo. Su respiración suena entrecortada, débil y espaciada. Roza mi marca con el pulgar, frotando mi piel hasta que se me eriza. La mano que tiene sobre el escritorio se acerca despacio hasta mi muslo.

–Pensé que esto era una tortura –digo, antes de que se arriesgue a más. Estudio el corte de su ropa, cada costura alineada a la perfección con su cuerpo delgado. Ya he besado su cuello en mis sueños. Sé lo que ella me ha hecho en los suyos.

–Como dijiste –dice con voz tensa–, tengo que acostumbrarme a ti.

No hace mucho, Aliz Astra se burlaba de mí.

Y en mi furia incontrolable, quería derramar mi sangre, debilitar sus sentidos, tenerla a mis pies.

Ahora, mientras me encierra contra mi escritorio, apoyando suave su cabeza contra la mía, sé que nunca debí haber deseado tal cosa.

Pensé que tendría poder sobre ella, como con todos los demás vampiros.

En cambio, el único poder que tengo, al menos en este momento, es el autocontrol.

–El pabellón de caza –digo, quitando sus dedos de mi cuello.

Carraspeo y retrocedo despacio sobre el escritorio.

Este gesto es como un muro que rompe la línea delicada que estábamos recorriendo hace unos segundos.

Aliz se endereza y recupera la compostura–.

Quiero ir. Sé que dijiste que ya buscaste ahí, pero…

–Claro. –Camina hacia su ataúd. No puedo verle los ojos. Me pregunto si se habrán puesto rojos. Quizás siguen así–. ¿Qué te parece mañana por la noche?

–Sería mejor si pudiéramos ir durante el día, pero entiendo que eso te resultará difícil –digo, y me bajo del escritorio. Tengo las piernas entumecidas, como si hubiera estado ahí sentada durante horas en vez de minutos.

–Preferiría no terminar ardiendo en llamas, si no te importa.

Pone una segunda taza de sangre en el microondas y, cuando me mira, sus ojos son de un color borgoña oscuro.

No sé qué expresión tengo en el rostro, pero ella desvía la mirada enseguida y vuelve a fijarla en el microondas.

Bebe su cena en un par de tragos, con una sed que nunca le había visto cuando la sangre sintética no estaba mezclada con la de Marcus.

La noche siguiente, Aliz y yo vamos al pabellón de caza.

Dejamos atrás el campus y nos dirigimos al puente de piedra que conduce al bosque.

Ella lleva un abrigo que le robó a su padre antes de irse de Hungría y, a pesar de tener que caminar por el lodo, en vez de botas para la lluvia, lleva un par de zapatos Oxford.

–¿Tienes otra cosa que no sea un traje? –pregunto, mientras los adoquines dan paso a grandes bloques de piedra y los faroles que bordean el puente de piedra se vuelven más brillantes.

–Cuando era una niña solo me dejaban llevar faldas y vestidos –dice.

Su voz suena tranquila, pero puedo percibir algo de amargura en el fondo–.

Así que, en cuanto llegué aquí, me corté el pelo y asalté el armario de Fausto.

Claro que su ropa me quedaba grande, pero enseguida me dio dinero para comprarme mis propios trajes.

–¿En serio? –pregunto. No puedo imaginarme a Nocth siendo nada más que un idiota insufrible.

–Siempre ha tenido debilidad por mí –dice.

–Claro. ¿Y los jeans? –pregunto–. ¿O los conjuntos deportivos?

–La vida es demasiado corta como para andar informal –dice, sonriendo.

–Eres literalmente inmortal –señalo. Aliz se ríe y me da un empujón mientras cruzamos el río–. ¿Por qué dejas que la universidad celebre el baile de Halloween en tu palacio?

–Elia es quien lo organiza –dice–. Creo que será una buena idea arreglarlo. Lleva cinco años vacío.

–¿Fue idea tuya?

–No. Pero Elia nunca pide permiso –responde–.

Hace unos años me gustaba una estudiante francesa y ella me la robó antes de que pudiera pedirle su número.

–Me mira, dudando sobre lo que va a decir a continuación–.

Y aunque a ninguna de las dos nos gustan los humanos, si cree que me interesas, también te perseguirá a ti.

Aliz despeja su garganta y yo respiro despacio. Sé que solo es la marca, pero es evidente que ha mostrado interés .

–¿Nunca te has acostado con un humano? –pregunto.

–Claro que no. Solo lo hago con vampiros –responde, como si fuera lo más obvio del mundo.

Trago con dificultad, ignoro los celos que se retuercen en mi interior.

Aliz apoya su mano sobre mi hombro y cometo el error de levantar la vista hacia ella.

Su mirada es demasiado magnética–. ¿Qué tiene de malo?

–pregunta, bajando la voz hasta convertirla en un susurro–. ¿Quieres que haga una excepción?

La miro boquiabierta y ella abre apenas la boca, consciente de que dijo algo que no debía.

–¿Qué…? –Aparto su mano, siento cómo arden mis mejillas–. ¿Qué carajo, Aliz?

–Es broma –dice, soltando una risita incómoda–. Se me escapó –agrega, y yo respiro hondo. Me gustaría poder borrar esas palabras de mis oídos–. A veces no tengo filtro.

–No me digas.

–¿De qué estábamos hablando? –pregunta con voz débil–. ¿Elia?

Mi corazón se acelera.

–Sí –respondo con un suspiro, irritada–. Nunca imaginé que ustedes dos se pelearían por una chica. ¿No son novias?

–Claro que no –dice. Yo me concentro en el sonido suave de nuestros pasos sobre las hojas húmedas caídas, ignoro el placer que me genera su respuesta–.

Cuando llegué a Tynahine, estaba obsesionada con ella.

Es decir, la has visto, ¿no? –Muerdo mi lengua para ocultar mi irritación, pero asiento con la cabeza, esperando que cambie de tema–.

Pero Elia me ignoró por completo hasta que cumplí veinte años.

Seguí colándome en sus fiestas. Ella estaba furiosa conmigo, me dijo que odiaba a los Astra con toda su alma y…

–¿Y?

Sus mejillas se enrojecen, se rasca la nuca.

–El resto es una historia demasiado explícita para tus oídos tan inocentes, Cassie.