Capítulo 23
E stoy sentada en su ataúd, haciendo garabatos en el cuaderno negro en el que se supone que debemos anotar nuestros sueños. Todo lo que sucedió en ese palacio extraño, el cuadro que cobró vida… Parece más un recuerdo que un sueño.
Después de lo que me dijo Nocth sobre la importancia de la cercanía con Aliz, he decidido estar más cerca de ella.
Así que estudio en nuestra habitación, en vez de en la biblioteca.
Y hasta ahora apenas me ha picado el cuello.
Sigo describiendo el sueño de anoche hasta llegar al final.
No puedo escribir nada de lo que pasó después.
La respiración de Aliz cambia, el sonido queda amortiguado por la tapa de madera del ataúd. Luego, un jadeo.
Permanezco inmóvil, con las piernas cruzadas, miro fijo el cuaderno.
Entonces siento que ella intenta abrir el ataúd, pero no lo logra.
Salto al suelo y paso junto a la barrera de sal, por si vuelve a sentir sed.
La tapa se abre con un crujido y me encuentro mirando fijo el emblema de su familia, la luna rodeada de espinas.
Oigo respiraciones cortas y luego su voz, débil.
–¿Cassie?
–Estoy aquí –digo, esperando a que salga y me vea–. ¿Estás bien?
No responde, los únicos sonidos que emite son sus palpitaciones, ahora más profundas. Un minuto después, despeja su garganta.
–Creo que la sangre de Marcus ha funcionado.
La tapa del ataúd se levanta por completo y ella sale, más despeinada que nunca. Su cabello blanco apunta en todas las direcciones y una de las tiras del chaleco le cuelga del hombro.
–Qué bueno –digo, jugando con el cuaderno.
–Tu sangre sigue oliendo muy bien. –Despeja su garganta y se apoya en el ataúd mientras me mira fijo–. Pero la sangre de Marcus era diferente. Siempre pensé que la sintética era suficiente, pero nunca me había saciado así. Me siento… –Mira sus manos–. Fuerte.
–Me alegro –digo y vuelvo a mirarla.
–¿Qué es eso? –pregunta, mirando la sal. Después de todo lo que pasó anoche, lo debe haber olvidado y ahora parece confundida.
–Una barrera –digo–. Encontré las instrucciones en un grimorio.
–Ahora eres una bruja. Qué divertido –dice antes de entrar al baño.
Después de unos minutos, escucho que se apaga la ducha y Aliz asoma la cabeza por la puerta, con el pelo húmedo pegado a la frente. Nos miramos fijo.
–¿Has tenido otro sueño extraño? –pregunto.
Separa los labios y sus mejillas se enrojecen.
–Yo ya he escrito el mío –digo, acercándome a ella.
Lleva la camisa abrochada solo hasta la mitad y su cabello húmedo huele a menta.
La miro y le entrego el cuaderno. Lo abre y pasa las páginas hasta llegar a la última.
Muerde su labio mientras lee, con un colmillo afilado que casi le perfora la piel.
–¿Omitiste algo? –pregunta, deteniendo su mirada en la mía. El silencio se hace demasiado largo.
–Algunos detalles –susurro.
Pasa junto a mí y regresa a su ataúd. Se apoya en él y garabatea en el cuaderno.
Mantiene una expresión neutra, sin mostrar ni una pizca de vergüenza.
Prepara su desayuno mezclando la sangre de Marcus con el líquido sintético de siempre.
Espero a que beba, toqueteo mis mangas mientras ella lo prueba.
–¿Sabe mal? –pregunto, mientras traga el líquido color carmesí y lanza el cuaderno al otro lado de la habitación.
–No está tan rica como anoche, pero llena. –Limpia sus labios y mira fijo el cuaderno, que ahora está en mi regazo–. No fui tan cuidadosa como tú.
Lo mantengo cerrado, con mis mejillas enrojecidas. No puedo leerlo.
–¿Has visto a tu hermana salir de un cuadro?
–Sí. Fue bastante aterrador –dice, luego suspira–. Aunque imagino que para ti debió ser aún más terrorífico.
Me gana la curiosidad y abro el cuaderno. Aunque escribió deprisa, su letra sigue siendo perfecta, con trazos finos y curvos.
–Estos sueños deben significar algo –susurro–.
El palacio de tu hermana, el laberinto… –Mis ojos se deslizan hasta el final de la página y enseguida me arrepiento.
Cierro el cuaderno de un golpe y la miro con ira–.
Podrías haberte ahorrado los detalles –resoplo, y Aliz finge ofenderse, cruzada de brazos.
–Solo estoy siendo precavida, Cassie. Nuestros sueños son pistas. ¿Y si se nos escapa algo?
–¿Y qué parte de “te quité el camisón” es una pista?
–No lo sé. Quizás haya un mensaje secreto en la tela.
–Solo deberíamos escribir lo que importa –digo, apretando los dientes. Siento como arde mi piel–. Tengo que irme. Clase de Integración.
–Solo hay humanos en esa clase, ¿verdad? –pregunta, asiento con la cabeza.
Parece aliviada, hasta que añado:
–Pero todas mis otras clases son con vampiros. La última vez que me fijé, Tynahine seguía siendo una universidad para vampiros.
–Ten cuidado. Este ya no es un lugar seguro para ti –dice, mirando alrededor de la habitación, veo como la preocupación invade su rostro.
–Siempre tengo cuidado –digo–. Y soy más fuerte de lo que crees.
Espero una respuesta, pero solo suspira.
Durante las horas libres entre la clase de Integración y la de Gustavsson, voy al laberinto.
Esta vez estoy mejor preparada. He vuelto a dibujar el caótico mapa de mi cuaderno en una hoja de papel más grande, que guardo doblada.
Todavía faltan varias partes, aunque tengo una idea de cuáles pueden ser.
Encuentro el camino de vuelta al laberinto plano con paredes curvas, que tienen huecos para velas.
A diferencia de la última vez, tengo algo más que un mapa incompleto.
Tiza. Y si eso falla, un ovillo de lana.
Tan pronto como trazo la primera línea blanca en la pared, se mueve y se convierte en piedra. Le brotan hojas y se endurece con espinas, antes de desaparecer por completo.
–Esto es normal –digo en voz baja. Dibujo otra línea y vuelve a pasar lo mismo.
Todo mi esfuerzo por trazar mis pasos queda sepultado por la pared.
Y ni bien dejo caer el primer centímetro de lana sobre los bloques de piedra, se disuelve.
Así que, a pesar de estar tan bien preparada, corro de vuelta por donde he venido.
Una vez que llego a las escaleras y pendientes de los túneles más familiares, respiro hondo.
Cuando miro mi reloj, ya es hora de la clase de Gustavsson.
Una tos extraña interrumpe su explicación sobre los leitmotivs . Julia le avisó a Ife de antemano, pero, aun así, cuando me siento a su lado sus labios carnosos se separan y un destello color carmesí aparece en sus ojos antes de poder parpadear para hacerlo desaparecer.
–¿En serio? –susurra–. ¿ Así es como hueles en realidad?
Murmuro una disculpa tímida, pero tal y como dijo Julia anoche, Ife me susurra que no es mi culpa.
–Me acostumbraré –agrega–. ¿Puedo hablarle de ti a mi hermano? Es médico y estoy segura de que le encantaría estudiar tu sangre.
–No sé si quiero convertirme en una rata de laboratorio –susurro–. Pero gracias. –Me da un codazo. Intento imaginar cómo será su hermano. Antes de conocer a Ife, no sabía que los vampiros podrían ser médicos. Eso significa que también existen hospitales para vampiros.
Durante la clase, cada vez más compañeros voltean para mirarme, su sed me resulta familiar. Les devuelvo la mirada, con firmeza. Al final, todos apartan la vista. Nadie reacciona tan mal como Aliz.
–¿Smith? –llama una voz.
Tardo un momento en recordar mi apellido falso. Miro hacia el fondo del aula, en penumbra. La clase de Gustavsson ya ha terminado y los alumnos salen en fila, con los ojos rojos al pasar a mi lado. Ife está guardando sus cosas en su bolso, pero se detiene para mirar al profesor y luego a mí.
–¿Puede venir aquí un momento?
–Ve sin mí –le susurro a Ife, apretando las hebillas de mi mochila. Ella me mira, indecisa, pero asiente con la cabeza y se levanta del banco. Espero a que salga del aula antes de caminar por el pasillo.
Gustavsson me mira. Un destello carmesí brilla en sus ojos. Parpadea para disimularlo y despeja su garganta.
–Fausto no mentía cuando me habló de su sangre –dice.
Abro apenas la boca. ¿Cuánto le ha contado el Decano de la Noche sobre mí? Aprieto los puños tras mi espalda y mantengo la calma.
–¿Se lo advirtió? –pregunto, inclinando la cabeza. El aula está vacía. Gustavsson no tiene a ningún familiar que lo proteja aquí.
El tocadiscos sigue crepitando en un rincón, Gustavsson apaga la vela más cercana a él, justo cuando la cera gotea en un plato de metal.
–El juicio de los Cinta Roja terminó anoche. Les han quitado los colmillos a todos. –Aprieto los labios para ocultar mi sorpresa–. Algunos irán a la cárcel, incluso las señoritas que le tendieron la trampa. Y al resto los han multado.
Presiento que sabe lo que soy.
–¿Por qué me cuenta esto? –susurro, manteniendo la mano cerca del cierre de mi bolso.
–Porque hizo algo muy peligroso –dice, con la voz tan baja como la mía–. Puede que no lleve mucho tiempo en Tynahine, pero incluso yo sé que, si alguien se cruza con un club secreto de vampiros supremacistas, lo más razonable sería salir corriendo en la dirección contraria.
–Eso es exactamente lo que hice –respondo a la defensiva.
–Pero aun así resultó herida –dice y apoya un brazo en el escritorio. Juraría que parece preocupado–. Al menos eso es lo que me dijo Fausto. Es un milagro que el Consejo todavía no haya cerrado Tynahine.
–Supongo que sí –respondo. El disco para de sonar, deja el aula en un silencio demasiado profundo–. ¿Me ha llamado para hablar del juicio?
Gustavsson hace una mueca de disgusto ante mi tono brusco.
–Sí. –Toca una caja angosta de terciopelo negro que hay sobre su escritorio–. Cuando Fausto me habló de su sangre, pensé que sería prudente darle esto. –Empuja la caja–. Eso sí, no me deje ver lo que hay dentro, por favor.
Frunzo el ceño y la recojo. Sin que él pueda mirar, la abro.
Hay una cruz de plata sobre un cojín rojo.