Libro de sangre y rosas Capítulo 22
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Capítulo 22

A l otro lado de la línea, reina el silencio. Por un segundo, pienso que el decano ha dejado el teléfono sobre su escritorio, olvidándose de mí. Pero entonces vuelvo a oírlo.

–Vengan a mi oficina.

Cuelga y, por un instante, me quedo inmóvil, intento asimilar lo que estoy haciendo.

Aliz sigue sentada en el alféizar de la ventana, con la cabeza apoyada en el marco. Observo cómo sus hombros suben y bajan, respirando todo el aire húmedo de la noche. Voltea y veo que tiene los ojos enrojecidos.

–Tenemos que irnos –digo.

–¿A dónde? –pregunta con voz débil, asustada.

–A la oficina del decano. –Se ve preocupada, pero enseguida agrego–: Vamos a buscar sangre, Aliz.

La observo mientras baja de la ventana y me mira de reojo. Está más pálida que nunca y juraría que ahora tiene las mejillas hundidas.

Me visto lo más rápido que puedo, con un suéter sobre el camisón y unos vaqueros debajo.

Cubro la maraña de enredaderas en mi piel con mi bufanda de tartán.

Bajamos las escaleras, pasando junto a los retratos, mantenemos cierta distancia entre nosotras.

Observo los cuadros, quisiera ver a una de las vampiras de cabello blanco de mi sueño. ¿Habrá sido Ada Astra?

–Lo siento, Cassie –dice Aliz una vez que estamos fuera.

–No lo sientas. –Acelero el paso para caminar a su lado. La tomo del brazo mientras entramos en el empinado bosque de pinos–. Aunque no lo creas, de verdad quiero que estés bien. –No responde, mis mejillas se enrojecen. Quizás hablé demasiado.

El viento agita mi cabello y busco una cinta para recogerlo.

Ella me la quita antes de que pueda ponerla, siento cómo sus dedos me tironean para hacerme una cola de caballo.

Intento concentrarme en el suelo mojado, en el colchón de hojas de pino.

El campus parece estar a kilómetros de distancia, como si estuviéramos solas en el medio de la nada.

Sigo caminando, espero que el sonido del viento oculte los latidos de mi corazón acelerado.

–Si vuelve a pedir hablar contigo a solas, por favor, dile que no –dice cuando llegamos al edificio de Humanidades–. No confío en él. Fausto ya estaba vivo mucho antes de los tratados. Ha probado la sangre humana, así que quién sabe…

Es en mí en quien no debería confiar.

Pronto llegamos al edificio.

–Entren –dice Nocth. No está solo. Marcus está de pie junto al escritorio, más pálido que la última vez que lo vi, con una gasa presionada contra el pliegue del brazo.

–Pensé que íbamos a saquear un banco de sangre –digo, mirando la copa medio llena de líquido color carmesí.

–Eso implicaría romper los tratados, señorita Smith –responde Nocth, sin mirarnos.

Está escribiendo algo en su cuaderno. Ni bien cerramos la puerta, dirige su mirada hacia mí, con los ojos teñidos de repente de un color carmesí, sediento.

Aliz se coloca delante de mí, no necesito ver su rostro para saber que está a punto de sisearle–.

No me mire así, Aliz –dice él–. Lo hacemos por usted.

–Al instante, el color rojo abandona su mirada y me dedica una sonrisa fría–.

Vamos, antes de que la sangre de Marcus se enfríe, por favor.

–¿Y cómo es que esto no va en contra de los tratados? –pregunta Aliz.

Fausto se recuesta en la silla, la mira decepcionado.

–Artículo cincuenta y tres, sección dos –responde–: “El consumo consensuado de sangre fresca puede llevarse a cabo con fines médicos cuando la sangre sintética no es suficiente”.

–¿Su familiar en verdad está de acuerdo? –pregunto. Sé que no debería discutir cuando lo único que quiero es que Aliz se recupere. Pero ¿y si Marcus fue alguna vez como yo, con voluntad propia? Marcus se burla, tira la gasa a la basura y me mira con ira.

–Claro que estoy de acuerdo –responde, molesto–. Un contrato en papel no implica ningún tipo de obligación. Todo lo que hago por mi amo, lo hago por voluntad propia.

–Sí, claro –murmuro.

Camino hacia el escritorio y observo cómo vuelve a aparecer el color rojo en los ojos de Fausto.

Me pregunto qué habría dicho sobre mi sangre si Aliz no estuviera aquí.

Tomo la copa de vino, con el líquido turbulento en su interior y se la doy a ella.

Espero que se la beba de un trago, pero en lugar de eso la mira, desconfiada. Luego mira a Marcus.

–No sé si podré.

–Sabes que eres una vampira, ¿verdad? –susurro–. Se supone que te gusta beber sangre.

–Lo sé –dice antes de pellizcarse la nariz.

Inclina el vaso hacia atrás, una gota se desliza por sus labios y recorre su mentón.

Sus hombros tensos ahora se relajan y emite un sonido que delata que la sangre de Marcus no está para nada agria.

La bebe de un trago. Luego se queda de pie, paralizada por completo, mirando la copa vacía.

Tiene los ojos abiertos de par en par y las mejillas enrojecidas, como si no pudiera creer lo que acaba de beber.

–Estuvo increíble.

Comienzo a sentir la picazón, siento cómo las espinas se clavan en mí y me indican que no debería dejar que ella beba la sangre de otra persona. Respiro despacio, ignorando el dolor.

–Gracias –agrega Aliz, mirando al familiar.

–Marcus ha accedido a donar un litro durante los próximos cuatro días –dice Fausto–. Mañana comenzaremos a dosificarlo con sangre sintética, aunque sospecho que este problema podría continuar hasta que la señorita Smith acepte ser su familiar.

–Sabe que eso no va a suceder –respondo, mirándolo fijo y permitiéndome una sonrisa.

–¿Cómo va la búsqueda de la biblioteca?

–Estamos cada vez más cerca –dice Aliz–. ¿Cree que ya puedo convertirme en murciélago? –pregunta, y el decano suspira.

–La hormona necesaria para la transformación solo se libera con un mordisco –digo, Aliz me mira boquiabierta.

–¿Cómo lo sabes?

–Porque, a diferencia de ti, yo sí presto atención en clase.

Entrecierra los ojos, como si estuviera pensando una respuesta, pero en lugar de eso voltea hacia su primo.

–¿Cuándo puedo venir a buscar el resto de la sangre? –pregunta, mirando de nuevo a Marcus.

–Se la enviaré –dice Nocth, y masajea su sien con los dedos–. El sol saldrá pronto. Será mejor que se vayan.

Tomo a Aliz de la muñeca y nos vamos de la oficina.

Podría soltar su muñeca, huesuda y fría entre mis dedos.

Pero algo me detiene, como si el viento pudiera arrebatármela si la soltara.

No debería tener estos pensamientos o querer estar cerca de ella, en especial después de lo que pasó esta noche.

Pero por alguna razón, sus lágrimas, su dolor, el peligro en sus ojos color carmesí, solo avivan la tentación que me atrae hacia ella.

–Lo siento –susurra de nuevo, mientras las hojas de pino crujen bajo mis botas y el viento sacude el bosque. Tynarrich brilla en lo alto de la colina. Nuestro hogar. Ningún otro lugar me ha hecho sentir así en los últimos cuatro años. Deslizo los dedos desde su muñeca hasta su mano.

–Lo sé –digo, y la miro fijo a los ojos. Su cabello revuelto cae sobre sus cejas y se agita con el viento. Tiene una mancha de sangre en los labios. La limpio y veo sus colmillos–. Vamos a superar esto.

–Lo haremos –dice. Su mirada es suave y cálida. Me hace sentir a salvo.