Capítulo 21
E l palacio en el bosque está en pésimas condiciones. Las glicinas y la hiedra cubren las columnas, cada pilar está lleno de grietas y cubierto de musgo. Y, así como lo hice anoche, corro.
Puedo sentirla detrás de mí. Me acecha y luego desaparece entre las sombras del palacio abandonado. Corro por un pasillo amplio, la luz de la luna brilla a través de los vitrales y proyecta sombras grotescas sobre las esculturas de mármol.
Aliz Astra está aferrada a la puerta, con sus ojos carmesí perforando la oscuridad de la medianoche. Un sonido brota de mi garganta, algo entre un sollozo y un jadeo. Las enredaderas afiladas se han extendido por mi piel, moviéndose y cortándome
Siento un dolor en mis pies descalzos contra el suelo frío de mármol, me detengo debajo de un cuadro de una mujer, una vampira con cabello blanco como la nieve que le cae en una cortina recta, por debajo de la cintura, con nada más que una sábana fina que la cubre.
Y aunque es una figura en un cuadro, congelada en óleo y pinceladas gruesas, siento cómo su mirada se posa en mí.
Sus labios rojos se abren, muerde el lienzo.
La pintura se agrieta y se desmorona mientras ella traviesa el marco.
Está cubierta de sangre y sus ojos brillan con un color azul eléctrico aterrador.
Todos mis sentidos me dicen que huya. También escucho a Aliz, más cerca, diciéndome que espere, que tiene sed.
Corro por un salón de baile con paredes de cristal y rompo el muro, entro a toda velocidad en el laberinto de setos.
Quiebro una rama y formo una cruz. Le pido a gritos que se mantenga alejada.
Mis pies sangran al enredarme entre las espinas.
Es un callejón sin salida, su mano aparece a través del seto, tirando de mí para sacarme.
Y, al igual que la última vez, cuando estoy en sus brazos siento como el dolor, el miedo, la impotencia, todo se desvanece, y solo queda ella.
Como en el sueño anterior, beso su cuello, clavo mis uñas en su piel, la deseo más que nada en el mundo.
Luego, sus ojos rojos se posan en los míos, suaves, letales.
Pero no me muerde enseguida. Se toma su tiempo, besa mi cuello, me empuja al suelo y sube mi camisón.
Sus dedos recorren mi piel y sabe perfectamente cómo tocarme.
La acerco más a mí y le pido que me muerda, una y otra vez, mientras besa mi torso.
Siento su lengua, sus dedos hundiéndose muy dentro de mí.
Gimo y vuelvo a suplicarle que me muerda.
Y me da lo que le pido, hunde sus colmillos en mi muslo interno, curva sus dedos y…
Despierto. Tengo los ojos llenos de lágrimas, el corazón acelerado y la piel caliente.
La sensación que me ha dejado lo que acaba de pasar, todo, todavía retumba bajo mi piel. Hundo la cabeza bajo la almohada. Siento cómo las lágrimas de frustración humedecen mis mejillas, la insoportable vergüenza de haber soñado con ella de esa manera oprime mi garganta.
La última vez que sentí un ardor así en el cuerpo fue cuando me convertí en cazadora.
Me quedo quieta un rato más. ¿Ya estará aquí? Busco mi teléfono entre las sábanas, pero no lo encuentro. Debe haberse caído , pienso. Paso la mano por las cortinas y cuando tiro de ellas, la tela se abre unos centímetros.
Asomo la cabeza y la veo mirándome fijo, con los ojos rojos.
Me quedo paralizada, sujetando la cortina. Tiene la mirada vacía. Está sentada, inmóvil, con las piernas cruzadas, justo en el límite de la barrera de sal, de la que brota una luz azul tenue que le bloquea el paso.
Abro la cortina unos centímetros más y ella respira hondo, como si solo ahora se diera cuenta de que yo también puedo verla.
–Vete a la cama –digo con voz calma.
–Estaba esperando a que despertaras. –Si no fuera por sus ojos rojos, pensaría que está de lo más bien. Pero reconozco esa expresión. La sed, ese tipo de sed que se apodera por completo de la mente de un vampiro, congeló sus rasgos, como la quietud que precede a una tormenta. Trago con dificultad.
–¿Por qué? –pregunto. El deseo que podría haberme convertido en presa fácil me ha abandonado por completo, mis instintos cazadores comienzan a despertarse de a poco.
Quizá tenga que decirle la verdad. Mostrarle mis armas para que tiemble de miedo, se esconda en su ataúd y espere a que el monstruo se vaya de la habitación. Me duele el pecho. Su mirada es como la de los vampiros en las fiestas de sangre. Lo que ve es comida, no una persona.
–Estabas suplicando que te mordiera –dice con rostro sereno. Su voz es seductora, intenta atraerme–. Solo quiero darte lo que me pediste.
–Muy amable de tu parte –digo–. Pero no va a suceder.
–Miro al otro lado de la habitación. Hay una mascarilla en el suelo.
Debe haber intentado soportar el olor. El perfume de ambiente también está ahí, junto a un desodorante.
Debe haber abierto la ventana. Si el viento hubiera soplado un poco más fuerte, podría haber esparcido la sal.
Según lo que acaba de decir, hablé dormida otra vez.
La vergüenza que me invade es cada vez más intensa, me quema el cuello–. Vuelve a tu ataúd.
–Solo un sorbo –suplica. Los ojos rojos brillan demasiado. He visto esto en otros vampiros. Sus mentes se retuercen, la sed es el único sentido que les queda, más fuerte que la razón. Ojalá nunca la hubiera visto así. Pero sabía que esto podía pasar.
Respiro hondo y me concentro.
No es mi culpa que mi sangre huela así. Pero ella tampoco puede controlar su sed.
Me levanto de la cama y no sé si es por el movimiento repentino o por la mirada asesina que ha aparecido en mi rostro, pero ella recupera la lucidez y su expresión neutra se convierte en pánico.
–¡No te acerques! –grita. Sus brazos tiemblan y veo que lucha contra la sed, no permite que vuelva a apoderarse de ella.
–No –respondo, pasando por encima de la sal. Ella mantiene los ojos bien cerrados, con la respiración entrecortada–, tienes que acostumbrarte a esto, Aliz.
–No puedo –dice, refugiándose junto a su ataúd. El peligro en su voz se esfumó. Vuelve a ser la Aliz que conozco–. Tienes que consumir el ajo, yo no puedo…
–Bueno, no puedo arriesgarme –digo, agachándome frente a ella–. Mírame.
–Prometo no morderte. –Su voz suena ronca–. Así que, por favor…
–Sé que no lo harás.
La empujo y, a diferencia de otras veces, no oculto mi fuerza. Más tarde, si me pregunta cómo lo hice, le mentiré. Le diré que no fue tan fuerte, que ella estaba débil por culpa del deseo. Para que esto funcione, para que sobrevivamos lo que queda del mes, necesito que me escuche.
–No vas a morderme –digo con voz fría, la que uso cuando cazo, mientras sujeto sus muñecas–. Y por mucho que lo desee, no te lo pediré. ¿Te queda claro?
Puede que mis sueños digan lo contrario. Pero esta es la realidad. No voy a permitirme ser débil.
Ella contiene la respiración, cierra fuerte los ojos. De verdad lo está intentando.
–¿Y si me corto por accidente? –pregunto, inclinándome hacia ella. Aliz gira la cabeza, las lágrimas humedecen sus pestañas blancas–. ¿Y si me caigo o me sangra la nariz? Deseabas mi sangre antes de conocer su verdadero aroma. Lo sabes.
–¡Pero esto es cien… mil veces peor! –grita, lucha contra mí sin lograr nada.
–Lo sé.
–No. No sabes una mierda –dice, sin dejar de forcejear–. Es una tortura.
Trago con dificultad, sus palabras me atraviesan como una espada. Debí haber sabido que reaccionaría así, que el olor de mi sangre la haría perder el control.
–Por favor –susurro y ella me mira confundida. Sus ojos se abren de par en par al ver mi expresión.
–¿Qué pasa? –pregunta, apenada.
–Necesito que me veas como una persona –digo, conteniendo las lágrimas. Mis ojos arden. Es probable que mis palabras no tengan sentido para ella–. Necesito esto de ti, más que nadie, Aliz.
Sus pupilas siguen siendo de un color carmesí brillante. De a poco, alejo mis manos de sus muñecas. Ella no se abalanza sobre mí. A pesar de que la marca de familiar hace que me desee mucho más de lo que debería, agudizando su sed, logra mantener el control.
–Claro que eres una persona –dice. Toma mi mano, no para hacerme caer ni atraparme, solo para apretarla. El calor y la sal cubren mis mejillas–. Yo soy el monstruo aquí, no tú –agrega–. Pero ¿y si te obligo?
A pesar de toda su lucha, de decir que es una tortura, Aliz logró de alguna manera que sus ojos vuelvan a su color natural.
–Confío en ti –digo en voz baja. Me siento derecha, con las rodillas aún a ambos lados de sus caderas. Ella me mira fijo, con los ojos abiertos como platos. Sorprendida.
–¿En serio?
–Sí –susurro–. Sobreviviremos a esto, Aliz. –Acaricio su frente con un dedo y ella no intenta morderlo, respira de forma entrecortada, breve–. ¿Ya cenaste?
–No pude beberla –susurra–. La sangre… –Sube la camiseta y tapa su nariz–. Tiene un sabor agrio.
Me estremezco. Eso no es bueno.
Pero antes de entrar en pánico, se me ocurre una idea. No es el tipo de idea que debería tener una cazadora de vampiros. Pero ahora mismo, en este momento, Aliz es más importante que mis principios. Si se lo digo, seguro dirá que no.
–¿Por qué no te sientas junto a la ventana? –pregunto, y ella asiente despacio. Parece que se está calmando. Me gustaría abrazarla, pero sé que solo empeoraría las cosas–. Tengo que hacer un llamado.
Nocth contesta enseguida.
–Oficina del decano –dice, igual que antes.
–Habla Cassie –digo, esperando que no pronuncie mi verdadero nombre con Aliz aquí–. Necesito ayuda. Aliz…
–¿La ha mordido?
Aliz sube a su escritorio y se sienta en el alféizar de la ventana, yo salgo de la habitación y me quedo en el pasillo, llevo solo mi camisón y las pantuflas.
–No –digo. No sé si su suspiro es de decepción o de alivio–. ¿Le importa el bienestar de Aliz? –pregunto.
–Claro que sí –responde. Miro hacia el techo abovedado, el corazón me late fuerte.
–Bueno, necesita sangre.
Calisto me matará.
Pero no se me ocurre qué otra cosa podría ayudarla a superar esto.
–Sangre humana –digo.