Capítulo 20
E l número del decano está en la intranet de Tynahine, junto a una fotografía en blanco y negro del siglo XIX . Fausto Nocth no ha cambiado nada, su rostro se quedó congelado a los treinta años. Es la última persona en la que quiero confiar, pero no tengo otra opción.
–Oficina del decano –dice una voz barítona que me resulta familiar. Aprieto los dientes y exhalo.
–Habla Cassie –digo.
–Ah, mi cazadora de vampiros favorita.
Hundo las uñas en las palmas de mis manos. No quiero pedir favores. Pero no se me ocurre qué más hacer.
–Necesito cambiar de habitación.
–Ah, ¿sí? –Su humor sigue intacto. Qué molesto.
–He dejado de tomar mis suplementos de alicina.
Oigo el crujido de su silla. Casi puedo imaginarlo recostándose.
–Estupendo. Pero mudarse es una pésima idea, Rebecca.
–Es temporal –digo, tratando de mantener la calma en mi voz–.
Necesito unos días para que Aliz se acostumbre a mi aroma antes de dormir en la misma habitación.
Ya se ha mostrado algo… –Trago nerviosa, intento encontrar la palabra correcta–.
Algo interesada en morderme. Y conozco el efecto que tiene mi sangre en los vampiros.
–¿Y usted ha demostrado interés también?
–Solo necesito una habitación nueva –respondo cortante. Me arden las mejillas cuando recuerdo la sensación de sus colmillos, tan ligeros y afilados contra mi piel.
Se escucha un largo suspiro al otro lado de la línea. Creo que va a decir que sí. Pero en cambio, dice:
–Puede que no sepa cómo anular el contrato, pero sí sé cómo empeorarán sus síntomas. Se supone que un familiar de sangre debe estar junto a su amo en todo momento. Cuanto más lejos esté, peores serán los síntomas.
–¿Cómo sabe tanto sobre esto? –pregunto, pensando en el efecto calmante del contacto de Aliz. Me doy cuenta de que él tiene razón.
–Porque los familiares de sangre eran lo habitual –responde–.
Al menos antes de los tratados. Eran más fáciles de controlar y el vínculo de sangre también les otorgaba habilidades superiores.
Se volvían más parecidos a sus amos, capaces de curarse más rápido, luchar con más fuerza y envejecer más despacio.
Hubo algunos casos de humanos que se arrepintieron de haber sellado el contrato e intentaron romperlo antes de que fuera permanente.
Los que huían siempre acababan volviéndose locos, señorita Charity.
–No diga mi nombre –protesto y miro hacia la puerta. Mi corazón se acelera y siento náuseas–. ¿A qué se refiere con locos ?
–Algunos decían que sentían las espinas de la marca clavándose en su piel.
Otros tenían pesadillas tan vívidas que les daba miedo quedarse dormidos y, por último, aquellos que abandonaban a sus futuros amos comenzaban a tener alucinaciones.
Pero solo podían huir hasta la luna llena.
Entonces todos volvían arrastrándose como fieles sirvientes.
–¿Qué se supone que debo hacer? –No dejo que se quiebre mi voz.
–Teniendo en cuenta que los síntomas empeoran si está lejos, tendrá que permanecer lo más cerca posible.
Cuelga justo después de esa última frase.
Miro fijo el ataúd al otro lado de la habitación, no puedo librarme del miedo que oprime mi pecho.
Todavía tengo tiempo de tomar otra píldora de alicina para revertir esto.
Pero con solo pensarlo, el final de mi pesadilla se me viene a la mente.
Aliz arañándose el cuello, sin poder respirar.
Si no puedo cambiar de habitación, al menos necesito encontrar algo que me mantenga a salvo mientras duermo.
Quizás no sea tan malo. Julia reaccionó bastante bien, considerando la situación, al olor de mi sangre.
Pero no puedo esperar lo mismo de Aliz. Incluso cuando mi sangre no tenía aroma, ella igual la deseaba.
No podemos arriesgarnos a que vuelva a estar en ese estado, sobre todo cuando no sé si podré controlar mis propios impulsos.
Miro algunos de los libros que hay sobre el escritorio de Aliz y, entre ellos, veo uno de los grimorios que encontré en el archivo de Kinsnet.
El libro de hechizos de Beiteag . Cuando era niña, mi papá y yo siempre veíamos Abracadabra juntos en Halloween, recuerdo que uno de los personajes usaba sal para ahuyentar a las brujas.
Así que, hojeo el libro y busco esa palabra en particular. Cien páginas después, la encuentro.
El uso de la sal para todas las criaturas: vampiros, lobos, duendes, hadas y otras.
Robo un salero del comedor y luego abro el libro en el suelo, leo las instrucciones dos veces para asegurarme de no omitir nada.
El truco consiste en considerar como parte de tu casa todo lo que se encuentre dentro del perímetro.
Así, los vampiros necesitarían una invitación para entrar.
Y, según el grimorio, lo mismo ocurre con los lobos, los duendes, las hadas y otras. Sea lo que sea ese otras .
Con cuidado, dibujo mi barrera alrededor de la cama. Vuelvo a mirar el libro y exclamo:
–Esta es mi casa.
Doy un paso atrás y me quedo sin aliento cuando una suave luz azul brota del polvo. No sé cómo ni por qué, pero puede que funcione.
–¡Guau! –exclamo.
Reviso cada centímetro de la línea para asegurarme de que no haya puntos abiertos que anulen sus efectos.
Luego, una vez que me he mordido las uñas hasta la raíz, desbloqueo mi nuevo teléfono.
Aliz no me envió ningún mensaje. Es casi la una de la madrugada.
Con suerte, no volverá hasta las cinco. Solo estaremos en la misma habitación durante una hora.
Me voy a la cama, cierro las cortinas y por fin envío un mensaje de texto.
Tengo que decirte algo.
Dime.
La respuesta de Aliz es inmediata. Seguro estaba con el teléfono en la mano.
He dejado de tomar mis suplementos de ajo.
Espero a que me responda. Pero en vez de eso, aparece su foto de perfil en mi pantalla, una foto en la que sale con el pelo un poco más largo y unas gafas de sol apoyadas en la punta de la nariz mientras mira fijo a la cámara.
Mierda, es hermosa . El aparato vibra y contesto la llamada, preparándome para escuchar su enojo.
–Sé por qué lo has hecho –dice, en vez de enfadarse.
–¿En serio? –respondo y suspiro, recostándome en la cama.
–No creo que sea una buena idea, Cassie. Es decir… Gracias por no querer asesinarme, pero tu sangre, incluso con el olor de antes, era irresistible.
–Todavía faltan tres semanas para la luna llena –digo.
Ella se queda en silencio–. No sabemos qué es lo que va a cambiar.
Si sigo consumiendo ajo, la marca te engañará haciéndote creer que mi sangre huele bien, de todos modos.
–Miro mis uñas, ahora desiguales porque volví a mordérmelas–. No puedo arriesgarme a hacerte daño.
–Fausto dijo que, si te mordía, sellaríamos el contrato. No puedo arriesgarme a que te conviertas en mi familiar.
–No lo haré –digo, tragando con dificultad–. No dejaré que me muerdas. Pase lo que pase.
–¿Y si te hipnotizo?
–No lo harás. –Si le digo que soy inmune, su pánico desaparecería. Pero si lo hiciera, me estaría delatando–. Confío en ti.
–Me cambiaré de habitación –dice–. Puedo quedarme en la casa de mi hermana.
Siento un nudo en la garganta. Le cuento la conversación que acabo de tener con Nocth, sobre la proximidad que debemos mantener.
–He dejado un desodorante de ambientes junto a la puerta, para que puedas rociar la habitación al entrar. Ah, y usa tu mascarilla. ¿Encontraste algún remedio para la sed?
–Un libro decía que había que beber tanta sangre como fuera posible –dice–. Así que eso es lo que estoy haciendo. ¿Has tenido suerte en los túneles?
Le cuento sobre los túneles planos y las palabras en gaélico que aparecieron en la pared. Con el teléfono todavía en mi oreja, sujetándolo con el hombro, leo la traducción en mi cuaderno.
–“Querida hermana, tienes mi sangre”. El resto de las palabras desaparecieron antes de que pudiera escribirlas.
–Hermana –susurra Aliz–. ¿Crees que ese mensaje podría ser para mí? Si la biblioteca de mi hermana estuviera cerca, tal vez…
–Pero tu hermana murió antes de que tú nacieras –digo.
–Cierto –dice con voz vacilante–. De todas formas, debería comprobarlo.
–No te pierdas –digo.
Cuando cuelga, me quedo quieta, mirando al techo. Quizá no sea tan malo. Quizá la atracción de la marca ya sea más poderosa que mi sangre.