Libro de sangre y rosas Capítulo 19 #2
48%

Capítulo 19 #2

Entramos en un nuevo túnel, moderno y mucho mejor iluminado. Está lleno de vampiros, a algunos los he visto en clase. Los que están bastante cerca como para percibir mi olor se detienen en seco. Sus narices se mueven, sus ojos brillan con un color carmesí, de repente dominados por la sed.

–Mierda –murmura Julia entre dientes, mientras yo busco despacio el botón de mi reloj. Podría correr. Y por muy bien que huela mi sangre, no pueden morderme a menos que yo esté de acuerdo–. No mires a nadie a los ojos –agrega.

Rodea mis hombros con un brazo y me atrae hacia ella. A pesar de que está abrigada, la siento helada. Los vampiros que están a nuestro alrededor nos clavan sus miradas, demasiado intensas, pero el brazo de Julia es suficiente para impedir que se acerquen.

–Necesitas salir –me dice. Retira su brazo, me agarra la mano y sube corriendo por las escaleras–. Me alegra que te hayas cruzado conmigo.

–A mí también –digo, sorprendida por mis propias palabras.

Atravesamos otro pasillo y, a la distancia, distingo esa cabellera blanca que me es tan familiar, está lo bastante lejos como para no poder percibir el olor de mi sangre.

Aliz mira en nuestra dirección, posa su mirada en mi mano, todavía entrelazada con la de Julia. Incluso desde lejos, puedo distinguir como una infinidad de emociones pasan por su rostro. Y tal vez me habría sentido culpable si no tuviera un brazo alrededor de los hombros de Elia.

–No podemos ir por ahí –digo. Julia se queda mirando, reconoce a Aliz.

Esta mañana, cuando estábamos juntas, el ajo todavía no había abandonado mi organismo.

Ahora no hay manera de ocultar el olor de mi sangre.

Pero no estoy lista para ver cómo cambia la expresión en su rostro.

Solo porque Julia ha podido controlar de alguna manera su reacción, no quiere decir que Aliz vaya a hacerlo.

Sobre todo, teniendo en cuenta la atracción magnética que ejerce la marca.

–Supongo que lo bueno de que ahora huelas como tú es que ya no hueles como ella –dice Julia en voz baja.

–¿A qué te refieres con como ella ? –pregunto, mientras me arrastra hacia arriba, hasta que por fin llegamos a una salida. Me detengo, disfrutando el aire frío, mientras Julia respira hondo.

–Reconozco su perfume. Y lo tienes por todo el cuerpo. Es como … – Sacude la cabeza–. Como que se siente todo el tiempo. Así que no tienes que mentirme –agrega–. Son más que compañeras de habitación, ¿verdad?

Me detengo un momento, aprieto mis labios. ¿Por todo mi cuerpo? De repente recuerdo su reacción la mañana que encontré la marca. Toda esa actitud se debía al aroma de Aliz.

Como si ya le perteneciera. Julia tiene razón en una cosa. No somos solo compañeras. Lo que pasó frente al espejo del baño no fue algo normal.

–Es complicado –consigo responder.

Julia se detiene junto a un abeto y se ata las agujetas de los zapatos. La corteza detrás de ella está cubierta de musgo.

–Está bien. No sé cómo será Aliz, pero su familia es peligrosa. Si te involucras con los Astra…

–No lo haré –digo. El viento ruge a través de las copas de los árboles, dejando ver por un instante una porción del cielo nocturno.

–En especial… –dice en voz baja, como si temiera que los árboles nos escucharan–. Él.

Seguimos caminando, subimos por la pendiente cubierta de hojas de pino. Ella recoge una y la hace rodar entre sus dedos.

–¿Ares? –digo, y hace una mueca de disgusto.

Dicen que la apariencia de un Convertido cambia un poco para parecerse al vampiro que lo convirtió. Su cabello puede aclararse, o el color de sus ojos también puede cambiar. El cabello de Julia es rubio muy claro. Casi blanco.

–No es tu creador, ¿verdad?

La brisa nocturna se convierte en llovizna, Julia se ríe.

–¡Qué horror! Claro que no.

–¿Por qué le tienes miedo, entonces? –pregunto. Ella se detiene, a pesar de la lluvia ligera, y mira hacia atrás, hacia el campus, que brilla con un tono dorado a través del bosque.

–Es difícil de explicar. Y es posible que no me creas.

–Inténtalo.

Ella ríe de nuevo. Entonces se pone seria y algo parecido al miedo aparece en sus ojos.

–Soñé con él. –Guarda las manos en los bolsillos y luego las vuelve a sacar–. Sé que suena tonto.

Por alguna razón, recuerdo uno de mis primeros viajes a los túneles, cuando encontré la sala de reuniones de los Cinta Roja, llena de marcos cubiertos de polvo y un pequeño retrato con la inscripción: ADA, LA CAMINANTE DE SUEÑOS DE ROMA. En ese momento no sabía quién era.

–¿Ares Astra es un Caminante de Sueños? –pregunto. Julia abre los ojos de par en par.

–Nunca había escuchado esa expresión –dice–, pero supongo que es correcta.

–¿Qué sucedió?

Duda antes de hablar, todavía está observando el campus.

–Los sueños eran demasiado vívidos. Parecían…

reales, incluso después de despertar. Él me hacía preguntas.

–Su labio inferior comienza a temblar y se lo muerde hasta sangrar–.

Y yo no podía responderlas. –Juega con un botón de su chaqueta, lo abrocha y lo desabrocha–.

Al principio, pensé que solo era mi imaginación hiperactiva.

Pero lo había visto junto al río, detrás del edificio de Humanidades.

Me había mirado directo a los ojos, fue entonces cuando empezaron los sueños.

–Vuelve a guardar las manos en los bolsillos–.

Los sueños desaparecieron cuando se fue de Tynahine.

Pero durante meses me daba miedo quedarme dormida.

–¿Has soñado con él desde entonces?

–No –afirma. Mientras la llovizna se intensifica, continuamos con la caminata rápida hacia Tynarrich–. Y, por favor, no le cuentes nada de esto a tu compañera de cuarto.

–No lo haré –le prometo.

–¿El decano sabe que tu sangre huele así? –pregunta–. Me cuesta creer que en Tynahine acepten a alguien que pueda hacer que sus estudiantes… –Vacila, no puede encontrar las palabras adecuadas.

–¿Pierdan el control? –sugiero y Julia abre la boca, pero no dice nada–. Lo sabe –agrego. Pero no le cuento cómo se enteró exactamente.

–¿Y Astra? –pregunta mientras los muros enormes de Tynarrich aparecen frente a nosotras–. ¿Lo sabe?

–Se lo dije hoy más temprano –digo, mirando mis botas–. Pero no sé cómo va a reaccionar. –Me mira con una expresión entre lástima y desconcierto–. Lo sé –susurro antes de que pueda añadir algo–. Debería habérselo dicho hace mucho tiempo. Y a ti también. Y a Ife. Pero…

–No –dice–. Está bien.

–No, no es así. –Mi voz se debilita–. Siempre lo mismo, espero hasta que es demasiado tarde.

Julia coloca una mano fría sobre mi hombro y, cuando levanto la vista, siento como si tuviera una hoja de pino clavada entre las cuerdas vocales.

–Alguna vez te han…

No es necesario que termine la pregunta. Y por alguna razón, siento que podría responderle. Podría ser sincera. No sé por qué, pero tengo el presentimiento de que ella entendería lo que he perdido. Más que Penny, más que nadie en Calisto.

Los vampiros la trajeron a este mundo oscuro contra su voluntad. Ahí tenemos algo en común.