Libro de sangre y rosas Capítulo 19
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Capítulo 19

O bservo el número de Aliz. Nunca he estado tanto tiempo lejos de Penny, tengo la sensación de que está vigilando todos mis dispositivos.

Aunque no sea así, no puedo arriesgarme.

Necesito un teléfono desechable y por suerte en el campus hay un par de tiendas benéficas que venden de esos y tarjetas SIM.

Entro en uno de los muchos cafés de Tynahine, uno en el que solo hay humanos, y le envío mi primer mensaje.

Hola, soy Cassie.

Un momento después, agrego “Cassie Smith”, porque no sé cuántas otras Cassie puede tener en sus contactos.

Hola, soy Aliz. Aliz Astra.

Mis labios me traicionan y esbozan una sonrisa.

Pellizco mi piel. ¿Cuántos años tengo? Pido un flat white con tres shots de expreso y el estudiante que trabaja detrás de la barra también sonríe.

Me pregunto si me habrá visto con Aliz. Afuera ya está oscuro.

Cuando abro mi chat con ella, veo que está escribiendo, pero no envía nada. Así que yo le escribo.

Recorreré los túneles hasta medianoche.

Tú puedes hacerlo después de clase.

No te pierdas.

Además, Fausto dice que la biblioteca del Departamento de Medicina tiene las mejores soluciones contra la sed.

Quiero verla. La picazón de la marca se ha extendido hacia abajo, a través de todas las espinas y líneas, lo único que puedo hacer para aliviarla es clavar mis uñas en la piel, pero sin rascarme, porque eso solo lo empeoraría.

Una vez que termino mi café, me dirijo a las profundidades del campus, con mi cuaderno en la mano.

Mientras camino por el túnel Cola de gato, recuerdo mi primer encuentro con Elia.

Tenía sangre en las manos. Pequeñas heridas que desaparecieron al poco tiempo.

Ahora sé que es inmune al ajo. Y puede que sepa que soy una cazadora de vampiros.

Mis pasos resuenan en las paredes curvas.

Los faroles que cuelgan de la piedra son cada vez menos, están cada vez más separados entre sí.

Después de dar una decena de vueltas, me doy cuenta de que no tengo idea dónde estoy.

Por lo que sé, podría estar justo debajo del edificio Tynarrich o en el pabellón de caza.

Siento como el pánico trepa por mi garganta al darme cuenta de la realidad.

Estoy perdida.

Pero no es solo eso. Hay algo en estos túneles que parece diferente. Solo cuando giro por tercera vez y observo el arco perfecto del techo, me doy cuenta de que el suelo es completamente plano.

Las escaleras serpenteantes y las aulas llenas de polvo han desaparecido, cuando saco mi cuaderno para anotar los nombres de los túneles, noto que no tienen ninguno. No hay arañazos ni grietas. Y lo más importante, no hay lámparas eléctricas ni de gas.

Lo único que hay son velas, colocadas en los recovecos perfectos, salpicando el camino. Todas están encendidas pero la cera no parece derretirse, como si estuvieran congeladas en el tiempo.

No sé qué es lo que me inquieta de este lugar, pero mi instinto me dice que aquí abajo ocurrió algo siniestro hace mucho tiempo. Se me eriza la piel de la nuca, volteo y trato de seguir mi mapa improvisado para volver al Cola de gato. Pero cuando más camino, menos sentido tiene mi ruta.

Acelero el paso, ignorando los latidos agitados de mi corazón, hasta que giro y me encuentro frente a un callejón sin salida.

Por un instante, espero que una mano salga de entre las piedras y me atrape, como hizo Aliz en nuestro sueño compartido.

Exhalo, me obligo a mantener la calma. Y entonces lo veo, tan tenue que apenas se distingue.

Enredaderas con hojas intrincadas, rosas y espinas. Es un grabado, pero tiene algo tan realista que me cuesta creer que alguien haya sido capaz de crearlo. Paso el dedo por la piedra y el sueño vuelve a atormentarme. Veo el rosal en el centro del laberinto, rodeado por cuatro estatuas.

Siento otro escalofrío, presiento que me están observando, aunque no se oyen pasos cerca de mí. Debería salir de aquí .

Justo cuando pienso esto, el grabado de la pared cambia, las enredaderas espinosas se transforman en palabras:

A phiuthar ghràdhach,

Tha m’ fhuil agad.

Ach tha thu fhathast nad chadal

–¿Qué…?

La piedra se ha movido.

Creo que mis ojos me engañan, que tal vez sea una pantalla, pero cuando estiro el brazo para tocarla, veo que las palabras son reales.

Trago nerviosa y lo anoto rápido, intento no pensar en cómo es posible.

No entiendo el gaélico, pero puedo reconocerlo por las palabras en cursiva que colocan debajo de los nombres de las estaciones de tren.

Solo llevo la mitad del grabado cuando las palabras desaparecen, retorciéndose de nuevo en forma de enredaderas.

–¡Espera! –protesto, pero no parece importarle.

Permanezco ahí parada por un minuto, esperando que vuelva a suceder lo imposible. Pero no pasa nada. Miro mi cuaderno, la inscripción a medio terminar y las nuevas líneas extrañamente uniformes de los últimos túneles, entonces emprendo el camino de vuelta.

Veinte minutos más tarde, me encuentro de nuevo frente al callejón sin salida. Un escalofrió me recorre el cuerpo. ¿Y si no puedo salir?

El sudor me cubre la frente. Siempre he pensado que, si moría, sería por un vampiro. No perdida en un laberinto. Sigo caminando, el suelo sigue siendo demasiado plano. Espero oír a un estudiante, o incluso a un animal, cualquier cosa que me indique que voy en la dirección correcta.

De repente, el terreno comienza a inclinarse. Encuentro una escalera que no había visto antes y subo corriendo, con miedo a que desaparezca. Cuando llego arriba, me siento y recupero el aliento. Abro el traductor del teléfono y escribo las palabras lo más rápido que puedo.

Querida hermana:

tienes mi sangre,

pero…

Aprieto los dientes, intento recordar cuál era la última línea. Lo escribo en mi cuaderno, debajo del gaélico, espero que de repente tenga sentido. ¿Qué fue eso?

El sonido de unos pasos me distrae. Guardo el cuaderno en mi bolso y volteo hacia el túnel que está detrás de mí. Veo la silueta de una mujer, apenas iluminada por la escasa luz de la lámpara y, al acercarse, se tapa la boca y la nariz.

–¿Cassie? –pregunta Julia en voz baja mientras mira a su alrededor.

–Sí, soy yo –digo, ella tose–. ¿Qué sucede?

–Algo huele raro.

–No huelo nada –digo, olfateando el aire. Me levanto y agrego–: ¿Qué haces aquí abajo?

–Acabo de salir de clase –dice, señalando un letrero en la pared con una flecha y la inscripción EDIFICIO TRAQUAIR. Da un paso atrás. Sus ojos azul claro adquieren de repente un tono rojizo, pero parpadea y desaparece–. ¿Es tu sangre?

Sube el cuello de su suéter hasta cubrirse la nariz. Un dolor fuerte me atraviesa el pecho por un segundo cuando entiendo lo que está pasando.

El ajo ha abandonado mi organismo. Trago con dificultad.

–Sí –respondo.

–Pero no tenías ese aroma antes –dice, confundida. Se mantiene a una buena distancia y yo asiento con la cabeza.

–Tomaba suplementos de ajo –digo–. Neutralizan el olor. –Todavía no se ha movido, está tensa–. Pero tuve que dejarlos.

–¿Por qué? –pregunta con voz tensa. Esto no está bien.

Los vampiros como Julia, que respetan los tratados, nunca han probado la sangre humana.

Están acostumbrados a la sintética y sin aroma que los mantiene sanos y saciados, pero que no los satisface como lo haría mi sangre.

Pero si me ataca, estoy segura de que podré noquearla sin hacerle daño.

Julia permanece inmóvil, camina despacio hacia mí.

–Me hacían mal al estómago –digo.

–Lo siento –dice, respirando hondo. Se baja el suéter e intenta calmar su voz–. Es que me sorprendió un poco. No quería ser grosera.

–Quizá debería haberte avisado –digo, me quedo boquiabierta al ver cómo inhala lentamente, como si intentara acostumbrarse a mi aroma.

–No hay problema, no es tu culpa que tu sangre huela así –dice, y yo la miro.

Siento un nudo en la garganta.

La sangre del tipo S no solo huele bien. Hace que todos los que la huelen sientan sed y, dependiendo del vampiro, esa sed puede llegar a ser insaciable. Pero, a pesar de la tensión en su rostro, ya no tiene los ojos rojos. Se está controlando.

La sigo mientras recorre el supuesto atajo. Está demasiado delgada, tiene las mejillas hundidas. Con el paso de los años, empezará a engordar, la sangre subirá a sus mejillas y desarrollará músculo. Pero he oído que los Convertidos pueden tardar décadas en recuperar sus fuerzas.

–Con ese tipo de sangre, eres una candidata ideal para las fiestas de sangre –dice. Oculto mi reacción. Las fiestas de sangre no son ningún secreto, pero tampoco son algo que la mayoría de los vampiros civilizados reconozcan abiertamente.

–¿Alguna vez has ido a una?

–No. –Se acerca a la pared, manteniendo nuestra distancia.

Seguro era muy linda cuando estaba viva.

¿Y si Julia fue víctima de una fiesta de sangre?

¿Y en lugar de ser drenada en esa fiesta, fue convertida?

Algunos vampiros me ofrecieron la inmortalidad antes de revelarme como cazadora. Tal vez sí cumplen sus promesas.

–Bueno…, casi –dice, rompiendo el silencio.

–¿Casi?

–Casi asisto a una cuando era humana. Pero en lugar de eso, me convirtieron.

Sus palabras son suaves, pero puedo sentir todos los pedazos rotos que hay detrás de ellas.

–Te convirtieron en contra de tu voluntad –murmuro, Julia me mira. Tras una breve pausa, asiente con la cabeza.

–Prefiero no hablar del tema –dice.

–Claro –respondo. ¿Quiénes fueron? Entiendo que no quiere hablar de ello, pero ahora es lo único en lo que puedo pensar. El dibujo del metro se me viene a la mente. Ella dijo que eso fue lo último que vio con sus ojos de humana .

Quiero preguntar más. Hace cuatro años asesinaron a mis padres.

Hace cuatro años, Julia fue transformada.

He oído que cada año se crean decenas de vampiros.

No debería buscar una conexión entre estos dos acontecimientos, pero no puedo evitarlo.

Necesito un hilo del que tirar, algo que me acerque a la verdad.