Capítulo 18 #2
–Para ocultar el olor de mi sangre. –La verdad se me escapa como una daga de plata cayendo de mi manga antes de matar. Ambas se sorprenden al escucharme, la reacción de Aliz es cada vez peor.
Elia da un paso hacia mí.
–¿Y por qué tienes que ocultar tu olor? –pregunta en voz baja. Está tan cerca que puedo sentir el agua de rosas de su cabello.
–Tiene un aroma muy fuerte –digo, tragando nerviosa. De esos que vuelven locos de sed a los vampiros , pienso. Doy un paso atrás y tropiezo con el escritorio–. Es del tipo S.
Elia recoge el frasco medio vacío del suelo y yo retuerzo las manos, siento cómo el corazón me late fuerte en el pecho. Ambas pueden sentirlo. No puedo mentirles. Ella toca mi mentón y yo me pongo tensa.
–¿Qué tiene que ver tu tipo de sangre con que guardes veneno en una habitación que compartes con una vampira? –pregunta, con sus ojos azul cristalino adquiriendo un tono más oscuro, tirando al carmesí.
–¡Apártate! –exclama Aliz, con una voz más cortante que nunca–. Está diciendo la verdad –añade y luego me mira a los ojos–. Has estado tomando estas píldoras, ¿verdad?
–Sí. –Siento un hormigueo en las piernas mientras pienso qué más puedo decir sin revelar la verdad. Porque Dios sabe lo que me harán si descubren que soy una cazadora–. Puedo hacerme un análisis de sangre si no me creen. No pensaba envenenarte.
–Te creo. Pero deberías recoger esto –dice Aliz con voz cautelosa–. Y quizá tengas que limpiarlas un poco antes de guardarlas.
Miro fijo a Elia, que sigue viva.
–¿Qué haces aquí? –le pregunta Aliz, finalmente, mientras yo me arrodillo entre ellas y recojo las píldoras.
–Solo quería recordarte nuestra cita –responde.
–Podrías haberme enviado un mensaje –dice Aliz, incómoda.
Ignoro los celos que nublan mis pensamientos.
De alguna manera, esta nueva sensación empeora los síntomas de la marca, como si pudiera sentir cada uno de los trazos, desde el cuello hasta la cintura.
Muerdo mi labio mientras intento no rascarme.
–Pasa por mí esta noche –dice Elia y, sin más, se marcha. Pero está claro que no vino a ver a Aliz.
Vino por mí . Y solo ahora que todo ha terminado me doy cuenta de lo planeado que estaba.
Tomó el veneno solo para demostrar que es inmune.
¿Sabrá que soy una cazadora? Echo un vistazo a mi parte de la habitación.
No hay nada fuera de lugar, salvo mis suplementos de ajo.
Pero si lo sabe, ¿por qué no se lo ha dicho a Aliz?
–No te preocupes, le diré a Fausto que cambie la cerradura. –Justo cuando empiezo a rascarme el cuello, Aliz se agacha a mi lado. Presiona su mano contra mi piel y la picazón desaparece–. Te ayudaría a ordenar, pero creo que debería tener cuidado.
–Sin duda.
–¿En serio tienes sangre del tipo S? –pregunta.
–Sí –digo. Mantiene su mano sobre mi piel, pero ahora que Elia se ha ido, no oculta su expresión de dolor. Anoche dijo que se alegraba de que yo no tuviera un olor fuerte, no la corregí–. Siento no habértelo dicho –agrego, las palabras resuenan incómodas en mi lengua–. Sé que debería haberlo hecho.
–Pensé que confiabas en mí –dice, sin mirarme a los ojos. Quita su mano de mi cuello–. Pero lo entiendo. Soy una vampira.
–Mi sangre me ha causado problemas en el pasado –digo–. Recuerdas… –Me tiembla la voz. Es una mala idea , pienso, pero será mejor que la prepare–. ¿Recuerdas cuando me preguntaste sobre mi perfume?
–¿Tu perfume? –pregunta, parpadeando con el ceño fruncido.
Por supuesto que no. Aliz no se ha obsesionado con cada conversación que hemos tenido como yo.
–El día que llegué –susurro–. Dijiste que la habitación olía bien.
Aparta sus labios y me busca con la mirada antes de preguntar:
–¿Eso era tu sangre?
–Eso es lo que pensaste al principio, ¿verdad?
Acerca mi muñeca a su nariz, como hizo anoche.
–No hueles a ajo.
–Lo sé. Las píldoras no tienen olor.
Cuando baja mi brazo, algo cambia en su expresión.
Observa mi muñeca, con el puño apretado.
Fija la mirada justo en el lugar donde estaba la marca del mordisco de Inverness.
Cuando Aliz curó mi cuello, esa cicatriz desapareció junto con la herida de Jannet.
Pero ella seguro la vio de nuevo cuando yo estaba desnuda, lo suficiente como para reconocerla.
–¿Has estado tomando ajo desde que llegaste? –pregunta. Sé lo que está pensando.
Y sé que estoy arriesgándolo todo al decir esto, pero necesito recuperar su confianza.
–Un vampiro me mordió en Inverness –digo en voz baja, mis manos temblando. ¿Qué estoy haciendo? El rostro de Aliz, que hasta ahora tenía el ceño fruncido, se relaja y abre los ojos de par en par–. Lo vi hipnotizando a una chica en un pub y, cuando lo enfrenté… –Giro la muñeca–. Me mordió.
Aliz no dice nada.
Mi respiración se acelera. Me arden los ojos y mi labio inferior tiembla mientras trato de encontrar la manera de explicárselo sin que se dé cuenta de lo que soy en realidad.
–Y él… –La siguiente palabra parece ser demasiado pesada para su garganta, cuando por fin logra pronunciarla, lo hace en un susurro–. ¿Él murió?
Trago nerviosa y asiento con la cabeza. El hecho de haber matado es un lado repugnante de mí que esperaba que ella nunca viera, pero lo entenderá, ¿no? Él me mordió . No es culpa mía.
–¿El ajo lo mató?
La habitación está demasiado silenciosa. El ajo lo habría matado. Lentamente. Primero, sus pulmones habrían dejado de funcionar y a medida que el ajo se expandiera, su cuerpo se habría descompuesto. Pero no fue así. Clavé una estaca en su pecho.
Los vampiros detectan las mentiras. Asiento con la cabeza otra vez y espero que me crea.
–No le diré a nadie –susurra mientras acaricia mi mejilla–. Solo… –Frota la zona donde estaba la marca del mordisco–. Promete que no volverás a hacer algo tan estúpido. Podrías haber muerto.
La miro a los ojos, sorprendida. Su mirada no muestra rechazo. En cambio, solo veo preocupación. Las píldoras de ajo siguen esparcidas a nuestro alrededor, como manchas de sangre.
–¿De verdad no se lo dirás a nadie? –pregunto.
–No le diré a nadie sobre tu… participación –responde–. Pero debo decirle a Fausto que un vampiro estaba hipnotizando a la gente en Inverness. Los vampiros corruptos rara vez trabajan solos.
Asiento con la cabeza, mis hombros se relajan.
Nocth ya sabe lo que soy, así que incluso si Aliz le dice que he sido atacada, no hará nada.
Además, él le advirtió a Penny sobre esos vampiros.
Recojo las píldoras de ajo que quedan en el suelo.
Hoy dejé de tomarlas. Pronto abandonarán mi organismo.
Pero, por lo tranquila que está, eso todavía no ha sucedido.
–Además… –comienza–. Además, tuve un sueño.
–¿Un sueño? –El cambio de tema se siente como un latigazo, pero lo agradezco. Al menos hasta que sigue hablando.
–Me dijiste que había muerto en el tuyo –dice.
Se levanta y toma asiento en mi cama, me mira mientras recojo las píldoras que quedan.
Su cabello blanco está revuelto, con algunos mechones sueltos que caen sobre las cejas.
Sus labios están algo rojos. Pero el lápiz labial no es suyo–. Eso lo explica todo –agrega.
–¿A qué te refieres?
No me mira a los ojos. Siento que busca qué decir, está asustada, igual que yo, por decir algo incorrecto. Luego camina hacia su lado de la habitación y busca un cuaderno en su escritorio. Me lo alcanza.
–Cuando desperté, escribí lo que había pasado en mi sueño, para asegurarme de no olvidarlo. –Despeja su garganta–. Dime si se parece al tuyo.
Miro la página con un nudo en el estómago. La letra de Aliz parece sacada de un manual de caligrafía. Pero no puedo apreciarla del todo mientras leo lo que ha escrito.
Tenía tanta sed que sentía la garganta en llamas. Cassie estaba asustada. Detrás del palacio de mi hermana: un laberinto, cuervos, estatuas, rosales.
Intente hipnotizarla, pero no funcionó. La atrapé y ella me besó. Le pregunté si podía morderla, su sangre era como lava. Mis pulmones ardían, no podía respirar. No podía curarme.
¿Me clavó una estaca?
El cuaderno cae al suelo. Siento náuseas al comprender lo que acabo de leer, siento la garganta seca. Ella espera una respuesta, pero cuando la miro, me doy cuenta de que mi expresión por sí sola ha respondido su pregunta.
–Es igual –digo. Toco la marca en mi cuello, clavando mis uñas–. El decano dijo que ambas experimentaríamos síntomas. Quizás el sueño…
–Deberías escribir los tuyos también –dice–. Es decir, si es que vuelve a suceder.
Sintió la estaca. ¿Sabe lo que soy? Justo cuando comienzo a sentir pánico, Aliz se agacha a mi lado.
–Solo fue un sueño, Cassie –dice. Acaricia mi mejilla y, al igual que anoche, al abrazarla me siento tan cómoda.
–Lo sé –digo, tragando con dificultad. De repente, me doy cuenta de algo–. ¿Existe ese laberinto? –pregunto, Aliz frunce el ceño y asiente con la cabeza.
–Está junto al palacio antiguo de mi hermana. El pabellón de caza, como le dicen en Tynahine –dice. Quita su mano de mi mejilla y mi piel se enfría de repente. Ahí es donde la mayoría de los estudiantes creen que vive Aliz, así que no debería sorprenderme que fuera de su hermana.
–¿Y si la biblioteca de tu hermana está en el pabellón?
–Eso sería fácil y práctico –dice Aliz–. Pero no está ahí. Ya me fijé.
–Quiero verificarlo –digo, devolviéndole su cuaderno–. Podemos ir después de clase.
–No puedo –dice, con voz tensa. Me inclino sobre su ataúd, sin saber qué pasa por su mente–. No puedo estar a solas contigo.
–Estamos solas ahora mismo –digo.
–He pasado todo el día pensando solo en ti –susurra, mirando fijo al suelo.
Sus palabras me atraviesan, volviéndome loca–.
Pensé que esta sensación desaparecería al verte, pero en cambio…
–Me mira fijo y siento un nudo en el pecho al adivinar lo que va a decir después.
Reconozco la sed que se esconde en sus ojos–. Te deseo aún más.
Mi piel arde, cada segundo que paso lejos de ella es como una espina que se hunde cada vez más profundo. Yo también la deseo.
–Estar separadas podría empeorar las cosas –susurro, alejo sus palabras, intento no aferrarme a ellas. No lo dice en serio. No realmente. Es una vampira , me recuerdo a mí misma. Como si aún me importara ese minúsculo detalle técnico.
–Tal vez. –Mira sus zapatos lustrados–. Pero no confío en mí misma. Estarás más segura si nos separamos.
–No te tengo miedo.
–Me tenías miedo en el sueño –dice, levantando la vista, su mirada es intensa.
Aliz estaba allí cuando desperté. Me abrazó con cariño y me dijo que estaba a salvo. Pero cuando despertó de su propia pesadilla, estaba sola.
–Entonces, buscaré sola –digo, con un nudo en el pecho.
–No vayas al pabellón de caza –dice–. Está demasiado lejos del campus, podrías encontrar cualquier cosa acechando por ahí.
–¿Cómo qué? ¿Un vampiro? –pregunto y niega con la cabeza.
–Qué graciosa –dice y se acerca para pellizcarme–. Por favor, Cassie –añade, con los dedos aún sobre mi piel. Veo una píldora de ajo suelta y la guardo en el frasco, cierro bien la tapa–, te llevaré cuando tenga un poco menos de… sed .
La palabra me sobresalta y doy un paso atrás. Son los síntomas de los que nos habló Nocth.
–¿Qué te hace pensar que tu sed desaparecerá? –pregunto–. El decano dijo que los síntomas solo empeorarían.
–Debe haber algún remedio para la sed en la biblioteca –dice, mientras sus mejillas se enrojecen–. Tiene que haber algo . Y una vez que lo averigüe, iremos al palacio de mi hermana.
Puedo ir igual, no puede detenerme. Pero por alguna razón, decido escucharla.
–Seguiré buscando en los túneles –digo, ella asiente con la cabeza, aliviada–. Pero si no encuentro nada en estos días, iré al palacio, con o sin ti.
–Iré a la Colección Palau –dice.
–¿Y buscarás libros o chicas?
–¿Estamos celosas? –pregunta, inclinando la cabeza a un lado.
–No lo soporto –respondo y ella esboza una sonrisa–. Tenemos que mantenernos informadas, así que deberías darme tu número.
Saco mi teléfono y se lo entrego.
–Solo tenías que pedírmelo, Cassie –dice mientras lo escribe rápido.
–Es justo lo que estoy haciendo –digo. Hace una mueca, decepcionada por mi reacción.
Ni en un millón de años hubiera imaginado tener un Astra en mi lista de contactos.
No pierdo tiempo y me preparo para pasar las próximas horas en los túneles.
–Buena suerte –dice justo cuando estoy por abrir la puerta.
Volteo para verla. Está recostada sobre su ataúd. Un mechón de cabello blanco cae sobre sus cejas, lo aparta con la mano. “Te deseo”, dijo hace un minuto. Sé que es solo la sed la que habla. Sé que no es real, que no debería creerlo. Pero nunca antes había deseado escuchar algo tanto como eso.
–Igualmente –respondo, mientras salgo de la habitación.