Libro de sangre y rosas Capítulo 18
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Capítulo 18

A liz duerme en su ataúd. De vez en cuando, la oigo darse la vuelta, inquieta dentro de su caja. Siento un nudo en el estómago, el hambre y la sed me piden que me levante de la cama, pero tengo demasiado miedo para moverme, soy muy consciente de lo que he hecho.

¿Por qué la abracé?

¿Por qué rodeé con mis brazos a una vampira y me sentí segura en su abrazo? ¿Por qué me alivió cuando ella, a su vez, me acercó su cuerpo?

¿Qué estoy haciendo?

Es como si mi alma se estuviera deslizando fuera de mi cuerpo.

Cuatro años de trabajo duro echados a perder por una sola vampira.

Pero por mucho que me repita a mí misma que la ternura que siento por ella no es real, mis pensamientos no importan.

Lo único que importa es el dolor en mi pecho, que me recuerda una y otra vez lo que sucedió en el sueño.

La maté. Y todo por culpa del ajo que hay en mi sangre. Y aunque solo fue un sueño, una parte de mí sabe que podría suceder. El decano dijo que ni siquiera tendría que hipnotizarme, que sería yo quien le pediría que me mordiera. Y si eso ocurre, Aliz morirá.

Sostengo la píldora mientras espero a que se termine de filtrar el café.

Sé que voy a empeorar las cosas si dejo de tomar la alicina.

Mi sangre volverá a oler como antes. Pero los rasgos agonizantes de Aliz están grabados en mi mente, demasiado vívidos.

No puedo arriesgar mi libertad. Y tampoco su vida.

Tiro la píldora al bote de basura más cercano y con ella me desecho la personalidad que he construido durante las últimas tres semanas.

Cassie, con su sangre de olor insípido, desaparecerá tan pronto como la alicina abandone mi organismo.

Miro el frasco de píldoras, con una etiqueta falsa que dice Vitamina B12.

Hay innumerables píldoras rojas dentro. Todas son mortales.

Es una pésima idea.

Casi tiro el frasco a la basura, pero la última pizca de cordura que me queda me detiene.

Durante el almuerzo, estoy distraída, mi cabeza a mil por hora. Los vampiros Silverbirch están organizando una fiesta de sangre. Una fiesta formal. Solo he estado en un par de fiestas formales antes, pero siempre suelen ser más sangrientas. Y Penny enviará a otra cazadora. ¿Y si ven mi marca?

Hundo las uñas en la palma de mi mano mientras observo mi mapa, aún sin terminar.

–¿Qué dibujas? –pregunta Julia e interrumpe mis pensamientos.

–Son solo bocetos aleatorios –digo, cerrando mi cuaderno de golpe. Y frente a mí, Ife frunce el ceño. Miro a Julia y veo que, como siempre, tiene abierto su cuaderno. Una vez más, está dibujando una estación de metro llena de gente sin rostro–. ¿Cómo van tus murales? –pregunto.

–Pésimos –dice.

–Tonterías –interviene Stephan–. Tienes que enseñárnoslos.

–Cuando los termine –responde ella, una pizca de color tiñe sus mejillas pálidas.

Ife me mira desde el otro lado de la mesa y luego vuelve a mirar a su amiga.

–¿Julia ya te ha asustado con su arte? –me pregunta, bajando la voz. Julia le da un codazo, ofendida.

–¿A qué te refieres?

–¿Todavía tienes el dibujo de Copito? –pregunta Ife y Julia, con el cuello enrojecido, busca en su bolso y saca un cuaderno de bocetos viejo y grueso.

Lo hojea y abre una página con fondo negro, donde hay un conejo blanco con ojos rojos y brillantes.

Observo el boceto y luego miro a Ife, que se ha quedado inmóvil.

No entiendo por qué Julia me lo muestra hasta que Ife dice:

–Julia dibujó eso el año pasado. Este es Copito, un conejo que tuve cuando era pequeña.

Lo maté por accidente cuando tenía diez años y no podía controlar mi sed.

No es el mejor recuerdo. –Sus ojos parecen más pesados de lo habitual mientras lo mira con nostalgia–.

Aquí viene lo extraño, Cassie. Me había olvidado de Copito.

En algún momento borré ese recuerdo. Lo envolví y lo metí en algún armario profundo en el fondo de mi cerebro.

Y luego, el año pasado, Julia me enseñó este boceto y lo recordé todo.

–Guau –susurro y miro a Julia. La vampira Convertida parece cada vez más incómoda y, al final, cierra su cuaderno–. Pero ¿no podría ser una coincidencia? –pregunto–. Parece un conejo bastante común.

–No –dice Ife–. Incluso tiene una mancha negra en la cola, igual que Copito.

–Su expresión sigue siendo melancólica–.

Lo considero el fin de mi infancia. Seguro piensas que, al crecer en una familia de vampiros, yo era consciente de lo que era.

Pero esa fue la primera vez que me di cuenta de que en realidad era…

–No pronuncia la última parte, pero puedo distinguirla en sus ojos. Un monstruo .

Vuelvo a mirar a Julia, esperando una explicación.

–No soy muy buena para los regalos –dice tras un profundo suspiro–, así que pensé que podría regalarle a Ife un dibujo para su cumpleaños.

Tenía diferentes ideas, pero por alguna razón, esta fue la que más llamó mi atención.

Mis dibujos cambiaron después de convertirme.

Siempre me consideré una persona creativa, pero esa creatividad solía depender de lo que mis ojos podían ver.

Una vez que me convertí en vampira, todas mis ideas se volvieron algo azarosas, casi como pensamientos intrusivos.

–Ah –dice Ife, cambiando rápido de tema para no hablar de la conversión de Julia–, ¡casi lo olvido! Ya anunciaron en dónde se celebrará el baile de Halloween este año. ¡Será en el pabellón de caza!

–¿Cómo pueden celebrar un baile en un pabellón? –pregunto.

–La universidad lo llama pabellón –responde Julia–. Supongo que palacio de caza no suena tan bien.

–¿No has oído hablar de él? –me pregunta Ife, que interpreta mi silencio como confusión–. El baile de Halloween es una tradición en Tynahine.

Niego con la cabeza. Lo último en lo que puedo pensar ahora mismo es en fiestas absurdas. O bailes .

–El año pasado me dejaron asistir –dice Stephan–. Aunque todavía no era estudiante.

–Este año será perfecto –dice Ife–. ¿Sabían que el treinta y uno habrá una luna de sangre?

–¿Luna de sangre? –pregunto.

–Es un eclipse lunar. La luna llena se verá roja. Como la sangre.

La luna llena. Poco a poco, la fecha límite se acerca. Tenemos menos de tres semanas para encontrar la biblioteca. Pero con suerte, cuando llegue el baile de Halloween, ya me habré liberado de la marca.

Mi última clase de Integración termina a las siete y vuelvo a mi habitación. Cuando abro la puerta, hay alguien sentado sobre el ataúd.

Alguien que no es Aliz.

Mis músculos se tensan cuando la veo.

Elia.

–¿Qué haces aquí? –pregunto, dejando la puerta abierta por si necesito escapar.

–Solo espero a Aliz –dice, inclinando la cabeza. Esa misma sonrisa fría y perturbadora que le vi anoche aparece en sus labios–. Ya debería haber llegado.

–¿Tienes una llave de nuestra habitación? –pregunto y dejo el bolso en mi cama.

Aliz nunca mencionó esto. Se supone que nadie puede entrar aquí.

Entonces veo lo que tiene en las manos. Un frasquito de vidrio con la tapa metálica desenroscada.

La etiqueta dice que son suplementos de vitaminas, pero el contenido es veneno para vampiros.

Me quedo sin aire cuando deja caer una píldora en sus manos.

–¿Qué haces? –pregunto.

–Ah, ¿son tuyas? –pregunta. Levanta el frasco y lo examina con atención. ¿Sabe lo que son? ¿Cómo las ha encontrado?–. Los vampiros pueden tomar suplementos. Y resulta que se me está acabando la vitamina B12.

Si hubiera revisado mi maleta, si hubiera encontrado mis armas, no estaría tan tranquila. Está sentada con las piernas cruzadas, lleva un vestido blanco amplio que le llega justo por encima de las botas marrones, su abrigo rosa está tendido junto a ella. Se lleva la píldora a los labios.

–¡No lo hagas! –grito y ella se detiene, parpadea antes de que la píldora toque su lengua.

–¿Por qué? –pregunta e inclina la cabeza hacia atrás, clavándome la mirada con sus ojos entrecerrados.

–Esa píldora es…

La traga antes de poder terminar mi frase.

Corro hacia ella, le quito el frasco de vidrio de las manos y las píldoras rojas caen por todas partes. Pero es demasiado tarde. Su garganta se mueve mientras traga el veneno.

Elia se inclina hacia mí, con su rostro a la altura del mío. Parece que va a decir algo, pero entonces oigo a Aliz fuera, empujando con cuidado la puerta, que sigue abierta.

–¡Estás aquí! –exclama Elia, mirándola. Espero a que el cuerpo de Elia reaccione.

Que se ahogue, como le pasó a Aliz en mi sueño.

Que tosa, caiga y muera. Pero, en cambio, salta del ataúd y aplasta mis suplementos de ajo con los tacones aguja de sus botas.

Se acerca a Aliz y la besa como si yo no estuviera en la habitación.

–Eh… –Aliz retrocede, me mira y luego mira el desorden en el piso–. ¿Qué está pasando?

–Tu compañera de cuarto se enojó. ¡Solo porque quería una de sus vitaminas! –La voz fría que usó conmigo hace un momento ha subido una octava, haciéndola parecer más joven, incluso infantil. ¿Cómo es que sigue viva?

–¿Qué te dije sobre entrar en mi habitación? –dice Aliz, molesta. Sé que debería estar recogiendo las píldoras ahora mismo, pero no puedo entender cómo es posible que Elia no haya muerto–. Mira lo que has hecho –añade, agachándose.

–¡Es ajo! –grito justo antes de que empiece a recoger las píldoras esparcidas.

Aliz se queda paralizada. Retira las manos rápido y me mira boquiabierta, confundida.

– ¿Ajo? –pregunta Elia, pronunciando la palabra muy despacio.

Aliz no dice nada, solo mira fijo al suelo. A todas esas píldoras que equivalen a un semestre de suplementos de ajo.

Se acabó.

Me han descubierto.

–¿Por qué traerías ajo a una universidad llena de vampiros, Cassie Smith? –pregunta Elia. ¿Cómo es que sigue respirando? La mirada de Aliz no transmite más que confusión, pero sé que en cualquier momento se convertirá en reproche. ¿Y entonces qué?