Capítulo 17
C uatro columnas de piedra coronan la entrada del laberinto. El suelo está embarrado. Las ramas cortan mis pies descalzos. Cada seto es una criatura monstruosa formada por tallos irregulares. Y en la parte superior de uno de ellos, camina un cuervo grande de ojos color carmesí.
La marca de familiar ya no es solo un dibujo. Las enredaderas han cobrado vida y poco a poco desgarran mi camisón blanco.
–¿Cassie? –La voz de Aliz está teñida de sed.
El aire húmedo se pega en mi cuello y comienzo a correr.
Corto una rama de un seto y hago una cruz improvisada. Mis manos tiemblan mientras corro cada vez más hacia las sombras.
Tropiezo con una rama caída y muerdo mi lengua para no gritar. A solo dos setos de distancia, oigo la respiración entrecortada y desesperada de Aliz. Mi visión se nubla y sigo corriendo, cada paso más rápido que los latidos de mi corazón, hasta que veo como se abren los pasillos angostos.
Entre cuatro estatuas en ruinas hay un rosal. Cada estatua sostiene una luna en una fase diferente. La primera está bañada en oro. Las rosas están en plena floración, sus pétalos parecen sangre fresca. El aroma, demasiado intenso, quema mis fosas nasales.
Y justo cuando quedo hipnotizada por las flores, la veo.
Nuestras miradas se cruzan.
–No te muevas –susurra Aliz. Sus ojos brillan con un horrible color carmesí. Intenta hipnotizarme. Siento como su voluntad lucha contra la mía. Por un segundo, creo que ha funcionado, porque no me muevo. Pero entonces ella da un paso adelante y algo se rompe dentro de mí.
Corro. Paso junto a las estatuas y los rosales, vuelvo a refugiarme entre los setos. ¿Por qué hace esto? Me lo prometió. Y yo le creí. Debería haberla matado cuando tuve la oportunidad. Mis pulmones están vacíos, pero sigo corriendo. Doy otra vuelta y encuentro un callejón sin salida.
Entonces una mano se asoma por el seto y toma mi brazo. Antes de que pueda gritar, me empuja a través de las ramas filosas que cortan mi piel. Mi cruz se cae y Aliz me aprieta contra su pecho.
Y en cuanto siento su piel contra la mía, cada dolor, cada herida, desaparece. Mi mente se aclara, sin dejar nada más que a ella.
–Aliz –susurro. Apoya sus labios sobre mi sien y me abraza más fuerte. Me aferro a ella, trato de acercarme aún más. No entiendo por qué huía de ella en primer lugar.
–Estás a salvo ahora –susurra en mi oído. Tiene una mano en mi cintura y la otra en mi hombro. Las lágrimas se me secan en las mejillas–. Ya pasó todo, Cassie.
Está cerca, pero no lo suficiente.
Siento un frío penetrante bajo la piel. Beso su clavícula, su cuello. Aliz contiene el aliento y acaricia mi cabello con los dedos. La deseo desde el momento en que me vio por primera vez, desde que escuché su voz ese día.
–¿Puedo morderte? –pregunta, levantándome el mentón. Sus ojos son de un color carmesí imponente y aterrador.
Mis labios tiemblan y dejan escapar una sílaba mortal, tan silenciosa que la noche casi la traga por completo.
Se acerca hacia mí y hunde sus colmillos en la curva de mi cuello. El placer recorre mis venas y clavo las uñas en sus omóplatos, me cuesta respirar mientras desliza su lengua en la herida.
Solo cuando muerde por segunda vez, cuando traga lo suficiente para aflojar mis rodillas, recuerdo lo que fluye por mis venas. Aliz suelta un grito ahogado, toma mi cabello y tira como si eso fuera a abrir de alguna manera sus vías respiratorias que se están cerrando rápido.
–Ali… –balbuceo, tratando de alcanzarla mientras cae, con mi sangre brotando de su boca. Tiene los dientes manchados de rojo y se ahoga en el suelo.
Nocth me dijo que dejara de tomar ajo. Penny también. No les hice caso.
–Lo siento –grito de rodillas. Aprieto los dedos alrededor de la estaca de madera, la que no me atreví a usar la última vez que tuve la oportunidad. Con la misma fuerza mecánica que he utilizado tantas veces antes, la hundo en sus costillas.
Sollozo mientras espero a que se convierta en humo y polvo.
Pero, en vez de eso, Aliz sigue ahogándose y araña el suelo.
El cuervo de la entrada del laberinto se abalanza sobre ella y le picotea los ojos.
Y mientras lucho con el pájaro, la marca en mi cuello vuelve a arder.
Cada línea de espinas atraviesa mi cuerpo y crece hacia dentro, envolviendo mi corazón podrido.
Alguien sacude mis hombros y cuando despierto, ella está inclinada sobre mí, con los ojos abiertos de la preocupación.
–Cassie –dice, yo respiro hondo mientras la realidad vuelve poco a poco a su lugar–. No pasa nada.
–¿Qué…?
–Fue un sueño –dice Aliz y, esta vez, cuando su mano suelta mi hombro y se aleja de la marca, ese dolor tortuoso no me atraviesa. Solo siento una picazón leve. Me obligo a respirar con calma, parpadeo para secarme las lágrimas
–¿Estás bien? –Siento la voz como un papel de lija en mi garganta.
–Si –dice y se sienta a mi lado, exhalando. Fue un sueño. Siento la boca seca mientras la culpa se apodera de mí, es tan visceral que me dan ganas de vomitar. La imagen de Aliz asfixiada ya está grabada en mi mente.
Dejé que me mordiera. Incluso después de las advertencias del decano sobre el ajo en mi sangre.
De alguna manera, cuando empiezan las lágrimas, no puedo detenerlas.
Pone una mano en mi cabeza con cuidado. Y aunque sé que no debería, con su mano todavía en mi cabello y mis ojos llenos de lágrimas, la abrazo. Está viva. Solo fue un sueño.
–Lo siento –murmuro.
–No. –Me devuelve el abrazo y es una sorpresa que sus brazos estén tan cálidos–. Por favor, no digas eso. –Huele un poco a menta y miel, el perfume de otra chica–. Intenté despertarte cuando entré a la habitación, pero no pude. No te despertabas. ¿Qué pasó? Yo…
–Estabas muerta –digo y ella se pone tensa.
–Entonces, sí era mi nombre el que decías –dice. Me quedo sin aire. ¿Dije su nombre? Mierda–. ¿Qué me pasó?
–Me mordiste.
–Lo siento –dice y se aleja, como si fuera su culpa que la Aliz con la que soñaba me clavara los colmillos en la piel–. No lo haré. Lo prometo. –Apoya las manos en mis hombros–. Ni aunque me claven una estaca en el corazón.
Tiemblo. La culpa devora mi pecho como un animal salvaje. Ella me abraza de nuevo, me siento demasiado cómoda. La rodeo con mis brazos, respiro su aroma y, a pesar de repetirme una y otra vez que está mal, que no debería sentirme así, me parece lo correcto.
Es solo la marca, pienso, mientras la abrazo fuerte.