Capítulo 16 #2
Observo el dibujo. Las ventanas del tren están completamente negras.
Algunas partes del vagón están dibujadas y sombreadas con un realismo casi fotográfico.
Otras son abstractas por completo, como si el papel en sí mismo tuviera fallas.
Justo cuando estoy a punto de preguntarle sobre ese fatídico día y qué la llevó a decidir dejar atrás su vida de humana, Julia se tensa y mira al otro lado del pasillo.
Sigo su mirada y veo a la amiga de Aliz. Esa vampira extraña que vi hace unas semanas, con cortes en las manos. Siento que ese encuentro fue hace meses.
Lleva el cabello medio recogido, medio suelto, con ondas sedosas que reflejan el resplandor cálido de las lámparas que la rodean.
Un abrigo de tartán, en color rosa y crema, le cubre apenas la minifalda.
La vampira me mira y sonríe. A simple vista, podría confundirlo con amabilidad o curiosidad.
Pero hay una frialdad en sus rasgos impecables que me estremece.
–¿Quién es ella? –pregunto antes de voltear para mirar a Julia.
–Elia.
Dudo por un momento y de repente recuerdo la conspiración de los Cinta Roja.
–¿Elia Tamarit? –susurro y Julia asiente con la cabeza.
–¿Has oído hablar de ella?
–La he visto algunas veces con Aliz. –Justo después de pronunciar su nombre me doy cuenta de que debería haber dicho Astra . Pero Julia no parece notar esta nueva familiaridad.
–Yo tendría cuidado con ella –susurra–. No es como el resto de los estudiantes de aquí.
–¿A qué te refieres?
–Hay rumores de que solía traer humanos al campus hace años. Como bocadillos .
Trago nerviosa. Un escalofrío recorre mis brazos y respiro hondo.
–También te diría que tuvieras cuidado con Astra, pero parece que te cae bien.
–No es así –digo algo rápido.
Julia no se digna a responder. Sigue trabajando en un recuerdo y muerde su lápiz de vez en cuando. Sus caninos afilados son más blancos que el resto de sus dientes.
Aliz está en nuestra habitación. Lo sé incluso antes de abrir la puerta, porque la picazón intensa en mi cuello empieza a disminuir, como si la marca pudiera sentir que está cerca. Me armo de valor, respiro lento y abro la puerta.
–Cassie –dice y cierra de golpe un libro en cuanto entro–. Qué sorpresa verte aquí.
Hay una chaqueta de terciopelo negro sobre su ataúd. Está más arreglada de lo habitual, con una camisa blanca a medida y un chaleco de terciopelo. Lleva el cabello blanco peinado hacia atrás, húmedo.
–¿Vas a la ópera o algo así? –pregunto.
–No –responde y gira la silla para quedar frente a mí. Una cadena cuelga de su cuello, torcida–. Elia dará una velada en su casa. Te llevaría conmigo, pero es solo para invitados.
–Diviértete –digo, dejando caer mi bolso sobre el escritorio.
Me quito las gafas y tomo asiento en la cama, trato de ignorar la picazón que sigue intensificándose y me quema la piel.
Necesito que sus dedos vuelvan a tocar la marca para aliviarla.
Me doy cuenta de que me está mirando y, un momento después, aparto la vista.
Aunque la velada no fuera solo para invitados, ni loca iría a una fiesta de vampiros. A menos que fuera a matar a alguien.
–No te rasques. –Solo cuando Aliz lo dice, me doy cuenta de que he empezado a clavar mis uñas en la bufanda. Cruza la habitación–. Te harás daño.
Desliza su mano libre bajo la bufanda y relaja mis músculos tensos.
–No estoy haciéndolo –digo, mientras ella dibuja un círculo sobre la luna. Se me eriza la piel al sentir su tacto y mantengo los ojos cerrados, sé que, si la miro, mi mente se distraerá–. Pero gracias. –Abro los ojos, sorprendida por mis propias palabras.
–De nada, Cassie. –Aliz sonríe y me pellizca el cuello.
Mi nombre falso suena demasiado bien cuando sale de sus labios, casi melódico.
¿Cómo sonaría “Rebecca”? Mis mejillas se enrojecen mientras ese pensamiento absurdo invade mi mente.
Quiero que ella diga mi nombre. Que sepa todo sobre mí, que no soy una niña rica como todo el mundo en Tynahine.
Quiero que pregunte dónde queda Wishaw o cómo son mis padres.
Quiero su compasión. Cada pensamiento nuevo es más patético que el anterior, y no soporto mirarla a los ojos.
Su teléfono vibra y ella se aleja, cruza la habitación para contestar.
–Ya voy –dice, mientras busca un par de zapatos debajo del escritorio–.
Quiero decir… –Hay una breve pausa y ella aprieta los labios.
Me lanza una mirada rápida y luego desvía la vista–.
Recuerdas lo que pasó la última vez que mezclaste alcohol con sangre, ¿verdad?
–pregunta. Puedo imaginar a Elia, con sus rasgos de muñeca y su cabello perfecto, al otro lado de la línea.
Aliz sonríe ante la respuesta de la otra vampira y luego susurra algo en otro idioma.
Siento un nudo en el pecho. Las otras chicas solo son juguetes. Pero tengo la sensación de que Elia significa mucho más.
–Nos vemos mañana, Cassie –dice, casi sin mirarme.
–Espera –digo, y frena justo en la punta de su ataúd. Me acerco. No te vayas , pienso–. Está torcido –agrego, y desabrocho la cadena dorada que lleva sujeta al collar, después la vuelvo a abrochar hasta que queda colgando en una curva perfecta–. Ya está.
–Gracias –dice y, por alguna estúpida razón, su mirada se posa en mis labios.
–¿Qué tipo de fiesta es? –pregunto, intentando que recupere sus sentidos–. ¿Una orgía de vampiros?
–Solo jugaremos a las cartas. Aunque el perdedor siempre termina desnudo –explica, poniendo mala cara.
Me gustaría no haber dicho eso, porque ahora no puedo evitar imaginarla quitándose la ropa.
–Suena divertido –digo. Aliz toma mi mano, que seguía sin pensar pegada a su cuello. Siento como sus dedos buscan mi pulso. Y entonces, como sin pensarlo, lleva mi muñeca hacia su nariz.
Me pongo rígida. He visto esto, lo he experimentado, muchas veces. Innumerables vampiros hundiendo sus narices en la curva de mi cuello o inhalando, como lo hace Aliz ahora desde mi muñeca.
Pero cuando ella huele, sus ojos siguen siendo negros y su expresión es más de curiosidad que de sed.
–Me alegra que no tengas olor –dice y coloca una mano sobre mi cabeza–.
Sino, esto sería mucho más difícil. –Pienso en la advertencia de Nocth.
“Deja de tomar ajo”. No sé qué expresión pongo, pero Aliz acaricia mis mejillas con seriedad en el rostro–.
Lo digo de verdad –dice con voz suave–. Y no tener olor no es algo malo. De hecho, es…
–¿Podemos no hablar de mi sangre?
Aliz nunca podría volver a mirarme de la misma manera si alguna vez sintiera el verdadero olor de mi sangre. Ninguno de los vampiros que he conocido hasta ahora lo haría. Se convertirían en todas las demás criaturas que he cazado durante los últimos cuatro años.
–Lo siento –susurra, dando un paso atrás.
–Disfruta el strip poker –agrego. Aliz niega con la cabeza.
–Lo haré –dice y, a pesar de mi tono cortante, hay algo de calidez en su voz. No lo merezco.
Me dedica una última sonrisa y luego se marcha. Quedo mirando la puerta, el corazón me late fuerte. Ojalá tuviera una excusa para odiarla, pero a estas alturas sé que no lo ha hecho a propósito. Aliz quiere deshacerse de la marca de familiar tanto como yo.
El cielo nocturno está cargado de lluvia, la primera llovizna es un presagio del aguacero que se avecina.
Llevo la capucha puesta, el impermeable abrochado hasta el mentón y un paraguas luchando contra el viento.
No podía quedarme en nuestra habitación.
No podía dejar de pensar en ella y la picazón volvió a aparecer en mi piel apenas unos minutos después de que se marchara.
Es uno de los síntomas más frustrantes de la marca.
Camino por el campus, recorro las calles empedradas y paso junto a los sauces.
Varios vampiros, bien arreglados, avanzan por la calle principal en la misma dirección.
Supongo que todos están invitados a la fiesta de Elia.
Aliz seguro dormirá con ella esta noche.
La imagen de ellas atraviesa mi mente: la mano de Aliz deslizándose bajo su vestido, Elia suplicándole que la muerda y Aliz dándole lo que yo no puedo tener, hunde sus colmillos y bebe su sangre de inmortal.
Oigo una música que viene de un edificio al otro lado del parque, justo en el límite de la zona del campus.
Las columnas bordean las paredes curvas y el techo está decorado con esculturas de mujeres que sostienen rosas.
La puerta está pintada de negro azabache y veo mi reflejo borroso fijo en ella, incluso a través de la lluvia.
Cuando miro hacia arriba, hacia los ventanales amplios que van del suelo al techo entre las columnas, veo cristales cubiertos con unas cortinas pesadas en color carmesí y dorado.
Y apoyada contra una de esas ventanas, con su cabello castaño cayendo más allá de la cintura en ondas impecables, está el motivo de mi envidia.
Elia lleva un vestido de seda color champán, que le llega justo por encima de los tobillos, con una abertura hasta el muslo.
Sus hombros se sacuden mientras se ríe de algo que alguien, que no llego a ver, debe haber dicho.
Aliz está allí, entre las sombras de los vampiros que bailan.
Mi instinto cazador me dice que investigue. Infiltrarme, como hago siempre, y revelar su maldad. Demostrar si los rumores sobre los bocadillos de Elia son ciertos.
Justo cuando lo estoy pensando, Elia voltea.
Sus ojos no se pierden por la calle húmeda.
Posa su mirada en mí enseguida, como si ya supiera que estaba allí.
Trago con dificultad y, un momento antes de apartar la mirada, ella levanta una copa medio vacía, haciendo girar el líquido rojo en una especie de brindis silencioso.