Libro de sangre y rosas Capítulo 16
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Capítulo 16

S iento las mejillas irritadas por el roce del viento.

Una niebla espesa ha sustituido la lluvia, diluye los colores quemados del otoño.

Camino hacia la zona del campus. A pesar de que ahora hay estudiantes humanos, solo unos pocos locales están abiertos durante el día, como la cafetería por la que Stephan y yo pasamos el primer día.

Pido un flat white para llevar, espero que una bebida caliente calme mi mal humor antes de llamarla.

–Te levantaste temprano, ¿no? –pregunta Penny. Cuando escucho su voz, el enojo que siento por su traición se apodera de mí.

–¿Estás trabajando con Fausto Nocth?

Me arden los ojos. Muerdo mi lengua para evitar apretar los dientes y contemplo el río Negro, serpenteante entre las rocas planas cubiertas de musgo. La niebla es aún más espesa al otro lado del río, ocultando el bosque.

Penny todavía no ha dicho nada.

Me gustaría gritarle. Pero si quiero saber la verdad, tengo que mantener la calma. No está trabajando con un vampiro. No lo haría.

–¿Qué te dijo? –pregunta. Hundo mis uñas en la palma de mi mano.

–Que estuviste aquí, hace ocho años.

–¿Qué más?

–¿Por qué no me lo dijiste? –pregunto. Aún no lo ha negado–. ¿Por qué estoy aquí?

–Ya sabes por qué.

–Fausto Nocth me dijo que sea cual sea la misión que me asignaste, solo es un pretexto. Seguro ni siquiera necesitas el libro, ¿verdad?

–Sí, lo necesito, Rebecca. Sin importar lo que él te diga…

–¿Has explorado los túneles? ¿Sabes dónde está la biblioteca?

–No estarías ahí si lo supiera –dice, con una voz tan cortante como la mía.

–¿En serio? –Casi derramo mi café–. Porque el decano dio a entender lo contrario. Al parecer, voy a serle útil, ¿también te dijo eso?

–Cuida tu tono –me reprende, y yo contengo mi miedo. He hecho todo lo que me ha pedido. Siempre.

–¿Calisto sabe algo de esto?

¿Eres una espía? , pienso.

–No –admite, por fin. Aprieto la taza de café, conteniendo mi mal humor–. Pero Fausto es útil. No te lo dije porque no esperaba que interactuaras con él. ¿Por qué exactamente…?

–¿Y el hecho de que estuviste aquí? –interrumpo–. ¿Nunca pensaste que sería útil decírmelo primero?

–Te di la información que necesitabas. –Su voz gélida me dice que deje el tema. Pero no puedo.

–¿De verdad? No me dijiste nada, Penny. ¿Con qué otros vampiros trabajas?

–Solo con él. –Su voz se suaviza. Quiero creerle–. Como te dije, Fausto es útil, eso es todo. A veces me da información sobre ciertos vampiros o sucesos. Pero yo soy la única cazadora en la que confía.

–¿Y tú confías en él? –Una gaviota se posa en una de las rocas planas del río y me mira ladeando la cabeza.

–Claro que no. Y tú tampoco deberías confiar. Intenta mantenerte alejada de él.

–Habría sido mucho más fácil si me lo hubieras dicho desde el principio –digo, pero mi enojo empieza a desaparecer. Al menos lo ha admitido. Aunque estoy bastante segura de que todavía me oculta algo.

Igual que yo.

Entro a la clase de Gustavsson y siento mi pulso en las orejas.

Lo miro directo a los ojos a ver si me devuelve la mirada.

Espero a que sus ojos lo delaten, que revelen que Nocth le ha contado lo que soy.

Pero él está ocupado peleándose con el tocadiscos, insultándolo mientras otro estudiante se ofrece a ayudarlo.

Según el decano, Gustavsson se ocupó de los Cinta Roja, pero no me imagino a ese vampiro escuálido enfrentándose con nadie. Las sombras marcadas del aula, que parece una cripta, solo hacen que sus rasgos parezcan más demacrados. Cuando por fin dirige su mirada hacia mí, no tarda en apartarla.

Intento prestar atención a lo que dice. Pero no puedo dejar de pensar en Penny. Repito nuestra conversación una y otra vez, me esfuerzo por creerle.

Calisto, en verdad Penny, ha sido lo único constante en mi vida durante los últimos cuatro años. Quizá tenga razón. Obtener información de alguien tan poderoso como Fausto Nocth debe tener sus ventajas. Pero él es un Astra. Ella misma lo dijo, son peligrosos. No son vampiros normales .

Sea o no cierta la información que Penny me ha dado sobre mi misión de encontrar el libro, no tengo más remedio que continuar. Y como no puedo concentrarme en la clase, hago garabatos en mi cuaderno, trato de entender el mapa de los túneles. Todavía hay muchas piezas que faltan.

–Cassie –susurra Ife detrás de mí una vez que termina la clase.

–¿Sí?

Cuando levanto la vista, los estudiantes ya están saliendo de la sala de música. Y en la puerta, veo una melena de cabello blanco.

–Tu compañera de cuarto está aquí –dice, lanzándome una mirada inquisitiva.

Salgo y veo a Aliz entrando en el hueco estrecho de la escalera. La sigo y veo que está reclinada en la pared, justo debajo de una lámpara. La escalera está hecha de peldaños empinados de granito que se pierden en la oscuridad.

–No sabía si me seguirías –dice, mientras bajo los dos primeros escalones y entro en el rincón frío y oscuro. Parece algo incómoda, recuerdo su expresión de anoche. Me apoyo en la pared frente a ella y me mantengo lo más alejada posible, todo lo que me permite la angosta escalera.

–No era mi intención ser dura contigo anoche –digo, con una voz tímida y forzada.

Aliz me mira fijo, con los ojos muy abiertos. Y entonces, para mi sorpresa, sonríe. Una sonrisa genuina y sincera, del tipo que nunca antes había compartido conmigo.

Una sensación de calidez se extiende por mi pecho y mi respiración se corta por un instante.

–Entonces…, somos amigas –dice. Yo parpadeo, recuperando mis sentidos.

–Claro que no. Pero fui grosera. –Me ajusto la bufanda un poco más, ignoro la picazón–. ¿Por qué estás aquí?

Ella mira desde la escalera hacia el túnel que hay fuera de la sala de conciertos. El profesor Gustavsson es el último en salir y, cuando me asomo, me saluda con la mano antes de marcharse, con el estuche del violonchelo casi tan ancho como sus hombros.

–No dejaré que te conviertas en mi familiar –dice por fin, manteniendo la voz baja–. Vamos a encontrar el Libro de sangre y rosas antes de la luna llena. Lo prometo.

Esa calidez que intenté expulsar de mi pecho vuelve a aparecer. Asiento, trato de que las emociones no se reflejen en mi rostro.

–Y qué si te pido que…

–No te morderé –asegura antes de que pueda terminar mi frase–. Lo que pasó en el baño fue un error. Me dejé llevar.

–Yo también –digo.

–Muy bien, entonces –dice, despejando su garganta. Da un paso adelante y me tiende la mano–. Manos a la obra.

Aliz prometió que encontraríamos la biblioteca, pero durante nuestro primer recorrido por los túneles, ya tengo ganas de arrancarme los pelos.

–Es por aquí –insiste y señala un pasillo angosto por el que pasamos hace apenas diez minutos.

Abro mi cuaderno negro, pero me cuesta distinguir la red de túneles. Se lo acerco a la cara y mantengo un dedo sobre el túnel que ella quiere que tomemos.

–Conduce a una clase. Ahí estábamos.

–¿Cuándo te dio el tiempo para dibujar todo esto? –dice, hojeando las páginas–. Es un desastre.

–Antes de las clases –digo y se lo quito–. Y si te parece tan caótico, deberíamos trabajar por separado. –Sin darle tiempo a que pueda protestar, agrego–: Así avanzaremos más, ¿no?

Estoy acostumbrada a trabajar sola. Además, si no tengo que caminar por estos pasillos angostos con ella, tampoco sentiré la necesidad de tomar su mano.

Llega el lunes, mi séptima noche con la marca de familiar, todos los salones y cafeterías de Tynahine parecen estar celebrando algún tipo de fiesta.

El único lugar tranquilo, además de mi habitación, es el comedor de Tynarrich.

La picazón en mi cuello es constante y me araño por encima de la bufanda roja mientras trago aire una y otra vez.

Me arde el estómago y el pastel escocés que tengo delante me parece muy poco tentador, con su relleno de cordero que toma un tono grisáceo al rebosar del plato de porcelana. Hasta ahora he podido mantener la compostura. Pero por dentro, siento que algo empieza a desmoronarse.

Julia entra en el comedor e interrumpe mi ensimismamiento.

Lleva el cabello largo recogido y despeinado.

Hay algo en ella que la hace parecer demacrada, como si fuera un residuo de la muerte.

Intento imaginarla a los dieciocho años, cuando era humana como yo, con las mejillas redondas y quizás el pelo casi blanco de un tono más oscuro.

Sé que algunos Convertidos se parecen a sus creadores.

–Has estado ocupada –dice y se deja caer en un sillón al otro lado de la chimenea. Las velas parpadeantes cubren la repisa y la cera crea una película sobre la caoba rayada. Como siempre, lleva un cuaderno para dibujar bajo el brazo y no pierde tiempo en abrirlo.

–Más de lo que esperaba –digo.

No puedo añadir humor a mi voz. Quiero ver a Aliz. Este pensamiento aparece en mi mente como si perteneciera a otra persona. Y en cierta manera, así es. Es la marca, que me retuerce y me dice que pasar tiempo con otro vampiro es un desperdicio.

–¿Cómo va el…? –Señalo su cuaderno, sin saber muy bien qué hace Julia en clase. Huele a pintura y trementina, pero todo lo que veo ahora mismo es papel y dos lápices–. ¿El arte?

Suelta una risa breve, con un suspiro atrapado en la garganta.

–Estoy trabajando en una serie de murales –dice–.

Escenas de la adolescencia. Te los puedo mostrar cuando estén listos, si alguna vez quieres visitar el edificio Traquair.

Los hago para mantener las manos ocupadas.

–Abre el cuaderno en una página al azar y revela un vagón de tren abarrotado–.

El metro –dice, pasando los dedos por las siluetas en sombras–. Lo último que vi con mis ojos humanos.