Capítulo 14 #2
–Fausto –dice. ¿El Decano de la Noche? Ella responde la llamada y escucho cómo un idioma diferente brota de sus labios, rápido, con un tono apenas más elevado.
Me doy cuenta de que es su húngaro nativo.
Me mira el cuello y luego grita algo al teléfono.
La única palabra que entiendo es “ nem” , que repite varias veces y, supongo, por su expresión, que significa “no”.
Por fin cuelga el teléfono, frunciendo los labios.
–¿Qué sucede? –pregunto.
–Quiere vernos.
–¿A nosotras ? –pregunto–. ¿Por qué? ¿Le has contado ?
–¡Claro que no! –dice–. Pero Fausto tiene ojos en todas partes.
No pasa nada. –Da vueltas por la habitación, sin soltar la espada–.
Aunque lo sepa, no se lo dirá a mi padre.
Quiero decir… –Vuelve a mirar mi cuello.
Aliz está tan nerviosa que, al morderse el labio, lo hace sangrar.
La herida se cura al instante–. ¡No pasará nada! –No parece muy convencida.
–No podrá decirle nada a tu padre si la marca desaparece –digo, señalando la espada que cuelga a su lado. Aliz se sobresalta, como si solo ahora recordara que la tiene.
–Está bien –dice.
–Intenta no decapitarme.
–No ando decapitando a la gente –responde, con el rostro serio. Me apoyo en su ataúd y se acerca, demasiado. Levanta la hoja con cuidado y yo cierro fuerte los ojos, esperando que el metal me queme al tocar mi piel. En cambio, se siente como una lámina de hielo.
–¿Dolió? –susurra. Exhalo despacio y vuelvo a mirarla a los ojos.
–No –digo–. ¿Desapareció la marca?
–No –dice con seriedad luego de dejar la espada sobre el ataúd y deslizar un dedo por mi cuello. Le quito la mano, intento no pensar en lo agradable que es su tacto.
–Vamos, entonces. –Busco mi bufanda de tartán y la envuelvo bien alrededor del cuello.
–Bien.
En cuanto salimos de la habitación, siento un nudo en el estómago. ¿Y si el decano por fin ha descubierto lo que pasó con los Cinta Roja? Y ahora me delatará delate de Aliz. No , me digo a mí misma. No me habría dejado a solas con ella si sospechara que soy algo más que una humana normal.
Afuera está oscuro, así que podemos caminar por el bosque que separa Tynarrich de los edificios principales del campus.
Hay farolas viejas, negras y doradas, que bordean el sendero angosto que serpentea el bosque.
Mientras bajamos resbalando por una pendiente, me doy cuenta de que es la primera vez que la veo fuera.
Ella camina rápido, sus zapatos se hunden en las hojas de pino caídas, yo corro detrás.
–¿Qué nos pasará si el Decano de la Noche se entera? –pregunto.
–Supongo que estamos a punto de averiguarlo –dice.
Nos dirigimos a uno de los edificios más grandes de Tynahine, el primer piso está formado por salas de conferencia enormes y el segundo, por una serie de oficinas.
Al final del pasillo, Aliz se detiene. Me quedo mirando el letrero.
DR. FAUSTO NOCTH. Hay más texto debajo del nombre, pero Aliz no me da tiempo a leerlo y golpea la puerta.
–Adelante –dice una voz suave de barítono desde el interior.
Aliz respira profundo. Lo cual no me ayuda a tranquilizarme.
–Está bien –susurra.
Ella entra y yo la sigo. La habitación es una oficina sencilla, con estanterías a lo largo de las paredes. Hay un escritorio grande de cristal delante de una ventana tapiada, sobre la que cuelga un tapiz antiguo.
–Hola, muchachas –dice Fausto Nocth. Sonríe detrás del escritorio, un escalofrio recorre mi espalda. Tiene el cabello negro y largo, que le llega hasta las orejas, y los pómulos altos y marcados. Esperaba mantenerme lo más alejada posible de la dirección de Tynahine. Y, sin embargo, aquí estoy.
–Decano –dice Aliz. Pronuncia un par de palabras en húngaro y luego se acuerda de que estoy aquí–. ¿Quería vernos?
–No suelo prestar atención a lo que mis alumnos sacan de la biblioteca.
Pero tres días seguidos pidiendo prestados libros sobre contratos de sangre, bueno, me ha empezado a preocupar bastante –dice con una sonrisa que deja ver sus colmillos letales.
Trago nerviosa. Bueno, al menos no se ha dado cuenta de que soy una cazadora–.
¿Puede quitarse esa bufanda, señorita Smith?
No hay nada que hacer. Aliz protesta, pero la ignoro y me la quito. Solo espero que no me haya dejado un chupón.
–Puedo explicarlo –dice Aliz, sus mejillas se enrojecen.
–Por favor, hágalo –dice Nocth y se recuesta en su sillón de cuero. Un silencio se apodera de la oficina y él enfoca su atención en mi cuello–. Lleva varios días con eso, ¿verdad?
Aliz se acomoda nerviosa a mi lado, despeja su garganta.
–Fue un accidente. Y no fue culpa de Cassie. Así que, si alguien va a ser expulsada…
–Ninguna tiene por qué ser expulsada –dice él, sonriéndole a la vampira–. Solo tenemos algunas reglas que deben seguirse. Especialmente cuando se trata de familiares.
Aprieto los puños, pero no digo nada. No puedo decir que no soy un familiar, no con esta marca tan evidente en mi piel.
–¿Cuáles son esas reglas?
–Bueno… –Se levanta–. Hoy en día, cuando hablamos de familiares, solemos pensar en aquellos que se someten a sus amos mediante contratos escritos. Un vampiro promete que, después de cinco o diez años de servicio, el humano se convertirá.
–Pero no hicimos eso –dice Aliz, y él asiente con la cabeza.
–Sí, lo sé. Antes era diferente. En lugar de un documento, el contrato se firmaba con sangre.
–Pero cómo… –Siento que me hierven las entrañas y se me hace un nudo en la garganta–. ¿Cómo puede ser un contrato si ninguna de las dos sabía…? –Miro a Aliz, tiene la misma expresión que yo–. Nosotras no elegimos esto.
–Es difícil que esta marca aparezca por accidente –dice el decano–. Pero permítanme adivinar: por alguna razón, la señorita Astra le dio su sangre.
Ambas asentimos con la cabeza y una mueca de disgusto se dibuja por un instante en el rostro esculpido del decano.
–Y por alguna razón, hicieron esto bajo el resplandor de la luna llena –dice él–. ¿Fue así?
Ya entiendo. La ventana, abierta de par en par, el resplandor plateado de la luna que llenaba el dormitorio. Aliz está pensando lo mismo, con los ojos abiertos como platos, sin poder creerlo.
–Realmente no lo sabía –dice ella, con voz tensa, después de un silencio.
–¿Cómo nos deshacemos de esto? –pregunto–. ¿Podemos hacerlo?
–Estoy seguro de que han notado que aún no ha hecho efecto –dice–. Todavía no está obligada a cumplir las órdenes de la señorita Astra. Pero una vez que la próxima luna llena alcance su punto más alto en el cielo, el contrato quedará sellado.
Esas palabras, dichas con tanta naturalidad, nos dejan heladas a las dos. La habitación da vueltas, las manos me sudan mientras lo miro boquiabierta. No .
–¿Cómo me deshago de esto? –vuelvo a preguntar, intento centrarme en el lado positivo. Sigo siendo libre. Al menos hasta la próxima luna llena–. Tiene que haber una cura.
–Puede que sí –dice él.
–¡Por qué no empezó por ahí! –exclama Aliz, relajando los hombros aliviada.
–Porque no sé dónde está.
Lo miramos fijo y los ojos azules de Nocth se encuentran con los míos.
–¿A qué se refiere? –pregunto despacio.
–Ambas han oído hablar del Libro de sangre y rosas , ¿cierto?
Sí . No sé si debería responder.
–¿Pero no es imposible de encontrar? –pregunta Aliz.
–Aliz, ¿sabía que lo escribió Ada Astra? –Ella lo mira boquiabierta y se inclina hacia delante–. Pero la única copia que queda está escondida en su biblioteca.
–Entonces, iré a Hungría –dice Aliz inmendiatamente.
–No –responde Nocth y niega con la cabeza–. La que está aquí, en Tynahine. Pero nadie, ni siquiera yo, sabe dónde está.
¿La biblioteca secreta le pertenece a una Astra?
El nombre Ada me resulta familiar. Recuerdo el retrato pequeño en la galería donde se reunían los Cinta Roja. La Caminante de Sueños de Roma .
–¿No le puede preguntar dónde está? –pregunto.
–Lleva muerta más de doscientos años, señorita Smith –dice Nocth–. Exigir respuestas a los muertos no es tarea fácil.
Después de un momento, Aliz me mira.
–Ada era mi hermana. La que te mencioné antes –dice. La que fue asesinada por Calisto. Voltea hacia Nocth–. Entonces, si encontramos la biblioteca…
–Encontrarán el Libro de sangre y rosas .
–Pero ¿usted no sabe dónde está la biblioteca? –insisto, y él niega con la cabeza–. Bueno, si usted no lo sabe, seguro que Ares Astra sí. ¿Verdad?
–Conozco este lugar mucho mejor que él –dice el decano, con tono severo, mientras veo que, ante la mención de su padre, Aliz se pone tensa a mi lado–.
Y si supiera dónde está, ya se lo habría traído –añade–.
¿Se imaginan el escándalo que se desataría entre los vampiros si se enteraran de que la heredera de los Astra ha elegido a un familiar antes incluso de siquiera decidirse por un esposo?
–Lo encontraremos –dice Aliz. Parece no haberse inmutado en lo absoluto por esas últimas palabras.
Con todo lo que ha pasado en los últimos días, no había mirado más allá de mí misma para considerar las implicaciones de que Aliz eligiera un familiar.
Por supuesto que es algo importante. Pero el pánico que llenaba su voz desde que llegamos aquí parece haberse disipado. No sé cómo puede ser tan optimista.
Pero ahora sabemos que sí hay una cura.
En algún lugar profundo en el laberinto de Tynahine está mi libertad. Tanto para deshacerme de la marca como para completar mi misión.
–Puede retirarse –dice Nocth. Volteo para irme con Aliz, pero Nocth carraspea–. Usted quédese, señorita Smith.
–¿Por qué? –pregunta Aliz, mirándolo con los ojos entrecerrados y la boca abierta.
–Tenemos que hablar a solas.
–Bien –dice ella. Pero se detiene y me mira. Yo me encojo de hombros. Luego de dudar una vez más, Aliz cierra la puerta tras de sí y cuando volteo hacia Nocth, su mirada es mucho más intensa que hace unos segundos. Siento una sensación de malestar en el estómago. La ignoro.
–Siéntese –dice, señalando la silla frente a su escritorio.
Hago lo que me pide, bajándome un poco la falda.
Quizá me dé más detalles sobre los síntomas de la marca.
Mira hacia su estantería justo cuando se abre y alguien, un joven, entra.
Lleva el mismo traje de lino color crema que llevaba cuando lo vi en la oficina de seguridad del campus, donde decidió que mis preocupaciones sobre los Cinta Roja no merecían ser escuchadas. El familiar.
No dice nada y se apoya sobre el tapiz detrás del decano. Siento un nudo en el pecho.
Cuando miro a Nocth, espero que diga algo. En cambio, el Decano de la Noche me pregunta:
–¿Puedo morderla, señorita Smith? –Parpadeo, sin comprender del todo sus palabras. Y demasiado tarde, siento ese entumecimiento familiar en la parte posterior de mi cabeza, como pinchazos y hormigueos. Sus ojos de un rojo brillante resplandecen mientras me hipnotiza.
Intenta hacerlo.
No me muevo. No puedo decir que sí.
–Impresionante –dice, con el brillo apagándose en sus ojos–. Es un placer conocerla por fin. –Sus colmillos reflejan el resplandor dorado de la lámpara de escritorio–. Rebecca Charity.