Libro de sangre y rosas Capítulo 14
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Capítulo 14

A brocho el último botón de mi camisa. La sensación sigue ahí.

Hace menos de un minuto, Aliz estaba tirándome el sujetador, sus labios en mi cuello.

No debería haberlo disfrutado. Es una vampira .

Miro mi suéter gris y suspiro, lo tiro sobre la cama.

Mi piel aún está demasiado caliente para ponérmelo.

Solo ahora, cuando volvemos a la habitación, me doy cuenta de lo cerca que estuve de matarla.

Si la hubiera dejado que me mordiera, estaría muerta. La miro fijo y ella sigue frotándose las orejas.

–¿Tan doloroso fue? –pregunto. Por mis misiones, sé el efecto que pueden tener las oraciones o las palabras sagradas en los vampiros, pero la palabra “Dios” parece haber afectado a Aliz más de lo que pensaba.

–Sí –responde–. Es como una sirena muy fuerte que además te da un golpe en el rostro. –Tiene las mejillas rojas y no me mira a los ojos.

Trago nerviosa, intento concentrarme.

–Suena bien –digo, sentándome en el borde de mi cama.

Ella mantiene una distancia prudencial. Estoy bastante segura de que a Aliz no le costará olvidar lo que acaba de pasar entre nosotras.

Es probable que esta noche tenga a otra chica en sus brazos.

Mientras tanto, yo lo reviviré en mi mente una y otra vez–.

¿A qué más eres alérgica? –pregunto, tratando de controlar mis pensamientos.

–¿No has visto eso en Integración? –inquiere mientras me mira con desconfianza.

–No estaba prestando atención.

Ya sé cuáles son sus debilidades. Pero quiero saber cómo lo explica una vampira.

–El más importante es el ajo –dice. El ajo que corre por mis venas. Que ella casi bebe–. Nos obstruye los pulmones. No es una muerte muy agradable.

–¿Por qué? –Frunzo el ceño. Me quito las gafas y las limpio.

–Bueno, la alicina, el compuesto principal del ajo, es un antibiótico natural. En las leyendas, nuestra sangre se considera una enfermedad, por lo que cada vez que entramos en contacto con ese compuesto, intenta curarnos .

–Pero tu sangre me curó –digo. Ella me lanza una mirada penetrante. Toco mi cuello y hago una mueca de dolor. Me curó…, pero no fue gratis–. No entiendo –digo.

–Sí. –Sube al ataúd y cruza las piernas–.

Es bastante difícil de explicar, pero, en pocas palabras, estamos atados a las leyendas de la tierra donde nacimos.

–Se inclina hacia delante, tensando los músculos de los hombros–.

Nací en Hungría, donde la idea que tiene la gente de un vampiro es, bueno…

–Inclina la cabeza–. No alguien como yo , sino alguien con mis debilidades. Plata, ajo, cruces.

–Espera –digo–. ¿Tus debilidades son psicológicas ?

–Ojalá –se burla. Su expresión se vuelve agria y percibo que toqué un tema sensible–.

Somos monstruos. Los monstruos se adaptan para avivar los temores de quienes los rodean.

Pero, así como los humanos tardaron millones de años en evolucionar, nosotros también somos bastante lentos a la hora de deshacernos de esas maldiciones.

–Se recuesta, pensativa–. Pero todo depende de dónde hayas nacido o dónde te hayas convertido.

Mi madre, por ejemplo, es una jiangshi . Una vampira saltarina.

Abro los ojos sorprendida y Aliz extiende los brazos frente a ella, imitando a un zombi.

–No puede salir durante el día, igual que nosotros. Pero no le afectan las cruces ni las oraciones cristianas. En cambio, sisea ante un Bagua y su piel se quema si toca la sangre de un perro negro. Diferentes culturas, diferentes leyendas –dice con una sonrisa.

–Claro. –Aunque Penny me ha hablado un poco sobre los vampiros de todo el mundo, mi formación se ha centrado solo en los vampiros occidentales–. ¿Por qué duermes en un ataúd? –pregunto luego–. Supongo que tiene sentido para los Convertidos, ya que técnicamente están muertos, pero tú naciste así.

–Mi padre me dijo que el vampiro original era un Convertido, así que, en teoría, seguimos siendo sus descendientes. Igual, nos cuesta dormir en cualquier otro lugar. Tiene que ver con que nuestra sangre se inquieta mucho si no estamos en un ataúd de madera.

–Ya veo.

–¿Qué más quieres saber?

–La plata –digo y de repente me pongo de pie, con los ojos muy abiertos.

–Bueno, como dije…

–No –interrumpo–. Quizás la plata nos ayude a deshacernos de la marca. –Estoy a punto de sacar la cadena de mi reloj. Pero no puedo, no mientras ella esté aquí.

–¿Y dónde vas a conseguirla? –pregunta, saltando de su ataúd.

–No lo sé. ¿Una tienda de caridad?

–Claro –dice. Camina hacia el refrigerador y saca un frasco de sangre.

–¿Ya tienes hambre? –Casi pregunto si es por mí. Por lo que estaba haciendo hace unos minutos. Pero me callo y observo cómo coloca la sangre en el microondas.

–La última vez que comí fue a la una, así que claro que tengo hambre. –Se apoya contra el aparato mientras comienza a zumbar y me mira con una expresión indescifrable–. Puede que tengas razón. Pero ¿y si la plata te quema?

–¿Por qué me quemaría a mí ?

–Por la marca –dice–. Si es de origen vampírico, podría reaccionar de la misma manera que mi piel reacciona a la plata. Quemándome y todo eso.

–Entonces, que así sea –digo. No se me había ocurrido que una parte de mí, una capa de mi piel, pudiera haberse infectado por su culpa.

–Supongo que podríamos probarlo –dice. El microondas suena y sus manos tiemblan mientras toma la comida. Toda la tensión en sus hombros, que ni siquiera había notado, se relaja solo al dar el primer sorbo. Se aleja de mí, todavía apoyada en la pared mientras bebe.

–¿Probarlo?

–De hecho, tengo algo de plata –dice, y yo la miro boquiabierta, con mi ceño fruncido esfumándose.

–¿Tienes… qué?

–Sí. –Quita la tapa del vaso, bebe todo de un trago y lo tira a la basura. Luego, busca debajo de su ataúd y yo me acerco. ¿Por qué demonios un vampiro tendría algo de plata? Saca un estuche y, enseguida, reconozco el material traslúcido que lo recubre.

Zia .

Retira la zia y abre la cremallera del estuche. Dentro hay un par de guantes y una espada larga plateada. En la empuñadura está grabado el mismo escudo que tengo tatuado en el cuello.

–No entiendo –digo, arrodillándome junto a la espada. Es una espada de cazadora. Entonces, por qué…

–¿Crees que los Astra se convirtieron en la familia más poderosa de Europa por ser amigos de otros vampiros?

–pregunta y recoge los guantes con cuidado.

Me doy cuenta de que también están cubiertos de zia.

Se los pone y levanta la espada–. Hace tiempo, mi familia tenía un grupo de asesinos profesionales.

–Sostiene la espada frente a ella, con la plata casi tocándole la nariz–. Los llamábamos Sangre de Calisto.

Miro fijo la espada. Escucho las palabras, pero no tienen sentido.

–¿Calisto? –Nunca pensé que diría esa palabra aquí, delante de ella.

–Supongo que has oído hablar de los cazadores –dice con una sonrisa enorme. Se levanta de un salto y blande la espada sin preocuparse por nada–. Pues adivina qué. ¡Al principio eran nuestros guardaespaldas!

Penny me dijo que Calisto se formó para detener a los vampiros. Para proteger a la humanidad.

–Mi padre fue una especie de astrónomo durante el siglo XV –continúa al percibir mi confusión–.

Aunque su descubrimiento se atribuyó a Galileo, mi padre fue el primero en identificar las cuatro lunas más grandes de Júpiter.

Y bautizó a cuatro sectores de su personal con sus nombres.

La sangre de Ío eran los sirvientes; Europa, los jardineros; Ganimedes, los coperos; y Calisto, los cazadores.

Escucho lo que dice, estupefacta. No puede ser.

–¿Y tu padre se veía a sí mismo como Júpiter? –pregunto, Aliz hace una mueca.

–Supongo que sí –dice.

–¿Y qué pasó después? Con Calisto.

–Una disputa –explica, reclinada contra la ventana falsa, las primeras estrellas de la noche brillan detrás de ella–. Mi hermana iba a hacerse cargo de la familia, estaba destinada a ser la nueva líder. Y como sus planes eran distintos a los de Sangre de Calisto, la asesinaron.

–¿Calisto asesinó a tu hermana?

Recuerdo aquella llamada telefónica con Penny. La tensión en su voz. ¿Sabrá la verdad sobre los orígenes de Calisto? Me rasco la cabeza. No tiene sentido. Según ella, Catherine Lovelace fundó Calisto hace aproximadamente doscientos años. Pero según Aliz, nuestros orígenes se remontan al siglo XV .

–La drogaron y la sacaron al sol –dice, despertándome de mis pensamientos.

–Lo siento –digo.

–No te preocupes –responde, apoyando la espada de plata sobre el ataúd–. Todavía no había nacido.

–¿ Cuándo naciste? –pregunto.

–¿Cuántos años crees que tengo? –replica.

Me acerco y ella retrocede, sorprendida.

–Mm… –Levanto la mano para tocarle el rostro y la giro para ver sus rasgos mejor–. ¿Dos mil?

–No está mal –dice, parpadeando. Toma mi mano y la mantiene presionada contra su mejilla con los dedos fríos–. Te equivocas por poco.

–¿Por poco? –digo, boquiabierta.

–Tengo veinticuatro.

–¡Veinticuatro!

–¿Eres un loro? –pregunta, inclinándose hacia mí. Por fin consigo liberar mi mano de la suya y doy un paso atrás–. Todavía me quedan seis años más para envejecer. Después, quedaré con este aspecto para siempre.

–¡Guau! –susurro–. Me equivoqué.

–Sí –resopla–. ¿Y tú?

–Veintidós –digo.

–Bueno, veamos si eres alérgica a la plata –dice.

Levanta la espada de nuevo y siento la hoja bajo el mentón, inclino la cabeza hacia arriba.

–No entiendo –dice en voz baja–. Te pones nerviosa cuando tomo tu mano, pero ahora, con una maldita espada en tu garganta, ¿no tienes ninguna reacción?

–¿Quizás es porque tú eres más aterradora? –respondo.

–Sí, claro –dice–. ¿Estás lista?

Cierro los ojos, preparándome para sentir cómo el metal frío quema la marca, pero entonces suena el teléfono de Aliz.

–Mierda –dice y retira el arma. Por la forma en que la sostiene, me doy cuenta de que seguro sabe cómo usarla. Toma el teléfono y susurra–: Mierda.

–¿Quién es? –pregunto.